martes, 1 de julio de 2014

Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie



Este mes, los abigarrados miembros del Club de Lectura 2.0, hemos leído “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie”, de Juan Eslava Galán. Cuando propuse este libro como posible lectura al resto del club, me dejé llevar por un título que lleva a engaño, y que, seguramente, obedecerá a una astuta estrategia comercial. Y es que creo que el libro no será sólo del agrado de quien busque en él un estudio riguroso de la guerra civil, ya que no me parece que, la lectura del mismo, aporte mucho a alguien con ciertos conocimientos sobre el tema. Para los demás, para los que somos más de romanos que de milicianos, no deja de ser un libro entretenido, con pocas pretensiones y que, tal vez, pueda remover alguna conciencia. Tal vez.

Creo que ya he explicado varias veces que huyo de las lecturas de las guerras modernas como de la peste, porque me duelen, porque me llevan a un sufrimiento que me revuelve las tripas, porque no entiendo la sinrazón que lleva a dos personas a decidir que, sin conocerse, pueden ser jueces de la vida del otro. Está claro que los Arvenos de Vercingetorix sentían el mismo dolor y la misma desesperación al ver a las legiones romanas arrasar sus pueblos, pero, de alguna manera, ellos se han elevado a la altura de mitos, de seres legendarios arrastrados a las profundidades de los océanos del tiempo. Allí descansan en paz.

Por el contrario, los soldados que esperaban un balazo en cualquier trinchera, son personas de carne y hueso, a los que hemos puesto cara y nombre, podemos cruzar su mirada con la nuestra en fotografías sepias en las que les vemos muchas veces consumidos, desesperados y harapientos. Ellos podrían ser tú o yo, o tu abuela, o tu tío el del pueblo, has podido escuchar su historia varias veces, de su propia boca o a través de labios prestados, son tan de verdad que mientras que lees su historia puedes casi oler su sudor y su miedo.

Eslava galán se esfuerza en todo momento por mantener una cierta equidistancia entre los dos bandos contendientes, tratando de hacernos entender por qué luchaba cada uno, una tarea difícil, sin ahorrarnos episodios que debieron de teñir de vergüenza la conciencia de “los hunos y los hotros”, como muy atinadamente denominó Unamuno a ambos bandos. Esa es una de las dos características del libro, la otra es que a veces trata de evadirse de lo grandilocuente para darnos detalles íntimos y cotidianos de las gentes que vivieron la guerra, arriesgando con diálogos en primera persona que dan ritmo al devenir de la historia.

No creo que a estas alturas tenga que explicar que bando es el que ha despertado siempre mis simpatías, total, quítenme unos fusilados y pelillos a la mar. Sin embargo creo que por primera vez en mi vida he podido pensar en la guerra civil de manera global, he sentido que los que siempre para mí han sido los malos no eran algo ajeno a mi vida, que forman parte de esa otra España que tanto me hace sufrir, pero que no deja de ser también mi España, que tal vez muchas de las personas que admiro y quiero forman parte de la misma, aunque espero y confío en que nunca más tengamos que llegar tan lejos como para descubrirlo.


En resumen, “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie” es un libro que recomiendo leer, no va a levantar grandes pasiones pero ésa es posiblemente su mayor virtud, que no está escrito desde las tripas, y se agradece, porque llega hasta donde tiene que llegar sin dar detalles innecesarios que sólo valdrían para añadir morbo al sufrimiento. Como siempre podréis encontrar otras reseñas de libro en los blogs de DesgraciaítoCarmenLivia y Bichejo.

domingo, 1 de junio de 2014

Momentos estelares de la humanidad



Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído “Momentos estelares de la humanidad” de Stefan Zweig, elección que hemos hecho, tal vez para que sirva como precedente, de manera consensuada. Yo espero que esta sea una de esas raras veces en las que todos nos vamos a poner de acuerdo, porque estamos hablando de una pequeña joya de la narrativa histórica compuesta por una serie de miniaturas que van engarzándose en el tiempo hasta formar una cadena cuyos eslabones son tanto la épica y el valor como la suerte y el destino.

Ya queda clara su intención desde el prólogo, porque Zweig nos hace ver que hechos cruciales tienen como punto de partida circunstancias a priori insignificantes o casuales: “Ningún artista es durante las veinticuatro horas de su jornada diaria ininterrumpidamente artista. Todo lo que de esencial, todo lo que de duradero consigue, se da siempre en los pocos momentos de inspiración. Y lo mismo ocurre en la historia.

Como todo relato de ficción histórica, nos encontramos en la disyuntiva de ser críticos o ser constructivos, y es que la mayoría de los detractores de la narrativa historiada basan su rechazo a la misma en el contenido de esa amalgama de ficción que tiene que conectar los hechos que por todos son conocidos. Por eso se retuercen al ver como el autor pone en boca de personajes, para ellos hechos de lienzo o mármol, ideas y pensamientos, sufren al no poder dar por seguros hechos irrelevantes que hacen arte del conocimiento, que recubren de carne y pelo a los esqueletos.

Y de esto hay mucho en Zweig, que sin el menor pudor, y para gran suerte de nosotros, sus lectores, vemos como habla por boca de los más grandes personajes de la historia como si fuese un medium. Con una prosa rica y preciosista, nos pone delante de personajes históricos justo en el momento en el que se juegan a cara o cruz el destino de sus vidas; vemos personajes de carne y hueso tan reales que sentimos la necesidad de cruzar las páginas para tenderles una mano. Sentimos como nuestro su dolor y su angustia, participamos en sus victorias y lloramos con sus derrotas, literalmente, porque hay que ser de piedra para no leer las desventuras de Robert Scott en la Antártida sin lágrimas en los ojos.

Yo, que soy de romanos, he disfrutado al ver hecha realidad esa mezcla de dignidad y cobardía que tuvo que hacer de la vida de Cicerón un infierno. He podido imaginar cómo Santa Sofía perdía sus cruces para lucir bajo sus pechinas ornamentos islámicos. Me ha permitido formar parte de la expedición de Núñez de Balboa y comparar su mirada con la mía cuando hemos visto juntos el nuevo océano separados sólo por una pequeña distancia de quinientos años. Zweig me ha presentado en persona a Häendel, Goethe, Tolstoi y Dostoievsky, para descubrir que su genialidad era frágil y por ello mucho más hermosa. También me ha demostrado con el ejemplo de El Dorado que no es el más rico el que más tiene, que todos en algún momento dependemos de alguien, aunque seas el mismísimo Napoleón, Emperador de Francia, y nunca hayas visto a tus ejércitos derrotados.

Además, me fascina el empeño que pone Zweig en humanizar a los personajes que escoge, y de forma especial la forma en que los dota de una voluntad capaz de unir con un cable dos continentes, desafiando a la técnica, haciendo más pequeño el mundo y más grande a la humanidad; una voluntad que los vuelve capaces de arriesgarlo todo en una loca carrera sobre la nieve contra la muerte, o sobre un tren para derribar, llevando como uniforme una chaqueta raída, el imperio de los zares y el orden mundial. Aunque también vemos como la voluntad de todo un presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, se vuelve de papel mojado cuando fuerzas invisibles se cruzan en tu camino.

Espero que esta reseña os anime a leer los “Momentos estelares de la humanidad”, porque merecen mucho la pena, y si yo solo no puedo seguro que hoy cuento con la ayuda de las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Livia y Bichejo. Yo de vosotros las leería corriendo.

viernes, 2 de mayo de 2014

El héroe discreto




Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído "El hombre discreto", una novela de Vargas Llosa. Como sigo viviendo en un erial laboral, he vuelto a dejar la reseña para última hora, sin acordarme que ese día el Atleti jugaba la semifinal de la copa de Europa, Os lo podéis imaginar, termina el partido, la adrenalina por las nubes y Don Mario esperando a que un humilde servidor le haga la crítica de su libro. Imposible, como dijo Pascal "El corazón tiene razones que la razón no entiende" y todo lo relacionado con el Atleti me lleva al caos más absoluto. Espero que mis queridos compañeros del club me perdonen este mes el retraso.

Pero vamos al lío, el que me conozca sabe que yo soy yo y mis prejuicios, y si un escritor me da repelús en este mundo es Vargas Llosa, y digo mal al decir un escritor sin más, porque me refiero a la persona y no a su obra, que es algo bien diferente, pero una cosa lleva a la otra y, aunque yo no soy de esos que mezclaría ambas cosas, mi subconsciente me debe llevar a elegir lecturas que no son las suyas. Y hago mal, porque "El héroe discreto", sin ser una obra maestra, me ha recordado lo gran escritor que es Vargas Llosa, y es que esta novela en cierto modo ligera, melodramática y llena de humor, es alta literatura.

Según la editorial "El héroe discreto narra la historia paralela de dos personajes: el ordenado y entrañable Felícito Yanaqué, un pequeño empresario de Piura, que es extorsionado; y de Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, dueño de una aseguradora en Lima, quien urde una sorpresiva venganza contra sus dos hijos holgazanes que quisieron verlo muerto." Vargas Llosa se las apaña bien para irnos contando de manera alterna ambas historias hasta que llegan a confluir, si es que no lo habían hecho antes debido a los claros paralelismos que hay en las mismas. 

"El hombre discreto" nos habla de personas rectas que en su rectitud no buscan más que en hacer justicia, principalmente a su propia dignidad, luchando a cara descubierta contra fuerzas que a priori parecen superiores, cuando lo más fácil hubiera sido ceder a las mismas. Pero no es el caso, porque esta novela habla de cómo es mejor arriesgar la propia vida cuando la alternativa es vivir una vida indigna, de cómo el honor puede ser mas poderoso que el miedo: "Se sentía desconcertado e indeciso, pero al menos seguro de una cosa: por ninguna razón y en ningún caso daría un centavo a esos bandidos".

En las historias que van tejiendo la novela nos encontramos con hombres hechos a si mismos a los que la edad ha dado un punto de clarividencia y sabiduría, de inmediato sabemos que ellos son la parte ejemplar de la novela, o no tanto porque su ejemplaridad no está exenta de vicios, caprichos y pecados. Frente a ellos tenemos a sus hijos, que son zafios y mezquinos, criaturas retorcidas que no han podido estar a la altura de lo que son sus padres. Y completan la trama personajes femeninos variopintos como la vidente, la mujer que consiente una infidelidad como pago a una traición del pasado, la amante traicionera, la cazafortunas que parece no serlo. Son personajes secundarios que dan sentido al argumento y que hacen a los protagonistas seres epicúreos de carne y hueso.

Vargas Llosa aprovecha este libro para hablarnos en paralelo del resurgir económico del Perú y de su modernización, tal vez con un punto de orgullo, todo ello sin renunciar a un lenguaje rico y lleno de localismos y modismos del léxico peruano, algo que a mí particularmente me encanta aunque sé que a algún miembro del club se le hace algo de bola; es parte del encanto del libro, además de una trama intrigante que va atrapando poco a poco al lector. Por eso lo recomiendo a todos aquellos que quieran disfrutar de su sencillez magistral, de sus diálogos perfectos, de su humanidad desnuda, pero sobre todo de su humor y su sentido de la ironía.

Como siempre, encontraréis en sus blogs las reseñas de DesgraciaítoCarmenLivia Bichejo, corred a leerlas.

martes, 1 de abril de 2014

Joyland


Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído a propuesta de Bichejo Joyland, una novela de Stephen King. Es una pena que el erial laboral en el que vivo no me permita escribir una reseña a la altura de las circunstancias, porque a mi humilde entender se trata de un libro sencillo pero maravilloso, escrito con una sensibilidad que ha logrado en muchos momentos conmoverme. Y como ando más bien justo de tiempo voy a aprovechar para copiar la reseña del editor con la que coincido plenamente.

Verano de 1973. Carolina del Norte. Devin Jones entra a trabajar en Joyland, un singular parque de atracciones local. La leyenda de un terrible asesinato cometido en la Casa Embrujada del parque, la pérdida de su virginidad y unos meses plagados de misterio, aventura y grandes descubrimientos cambiarán su vida para siempre. «Joyland es un libro impresionante, bello, desgarrador. Tiene misterio, tiene atracciones, es una historia sobre madurar y hacerse mayor, y sobre aquellos que no pueden hacer ninguna de las dos cosas porque la muerte viene a por ellos antes de hora. Hasta los lectores más insensibles se emocionarán.»

Está claro que, sin llegar al nivel de entusiasmo que el editor de Jim Thompson muestra en la reseña de aquella novela de cuyo nombre no quiero acordarme, este señor es realmente optimista, porque Joyland parece no haber conmovido al ala dura de nuestro club, pero en el fondo tiene toda la razón del mundo y si no me la dais es que, como dice Bichejo, “estáis muertos por dentro”. Porque Joyland es sobre todo una historia de amor y de desamor, de jóvenes desorientados que no han encontrado todavía el sitio en la vida pero que lo buscan a toda costa, y a pesar de ello no es un libro triste, como mucho en ciertos episodios se vuelve intencionadamente melancólico.

Y digo intencionadamente porque junto a los episodios de melancolía se van intercalando escenas emocionantes y divertidas, que para eso la acción se desarrolla en un parque de atracciones y, como no, existe un misterio un poco de mentirijillas que se resuelve de la misma forma que se resuelve un capítulo de Scooby Doo, de una manera lógica y sin dar mucho miedo. Porque las consecuencias que la historia deja en sus protagonistas poco tienen que ver con su experiencia paranormal, sino con su experiencia vital, con el paso de la juventud a la madurez y con el hecho de que a partir de ese momento se sienten dueños de sus destinos. Y aunque he subrayado mucho no encuentro un párrafo que resuma mejor el espíritu del libro que su comienzo, en el que queda claro lo delgada que es la línea que separa la felicidad y la desdicha.

Tenía coche, pero en aquel otoño de 1973 casi todos los días iba paseando hasta Joyland desde la Pensión Beachside de la señora Shoplaw en la ciudad de Heaven’s Bay. Parecía lo más adecuado. La única opción, en realidad. A principios de septiembre la playa de Heaven estaba prácticamente desierta, lo cual encajaba con mi estado de ánimo. Puedo afirmar, aun cuarenta años después, que aquel otoño fue el más hermoso de mi vida. Aunque jamás me he sentido más desdichado que entonces; eso también lo aseguro. La gente cree que el primer amor es dulce, y más aún cuando esa primera relación se rompe. Habrás escuchado mil canciones de música pop y country que así lo demuestran; canciones sobre algún tonto al que han partido el corazón. Sin embargo, ese primer corazón roto es siempre el que más duele, el que más tarda en curarse, el que deja la cicatriz más visible. ¿Qué tiene eso de dulce?”

Como siempre, encontraréis en sus blogs las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Livia y Bichejo en la que podréis comprobar una vez más que somos un club muy unido, pero sobre todo en aquello que no tiene que ver con los libros que leemos. Creo que con el tiempo derivaremos en una sociedad gastronómica o en un club de karaoke. Admitimos apuestas.

sábado, 1 de marzo de 2014

La casa de la alegria


Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído a propuesta mía “La casa de la alegría”, una novela escrita en 1905 por Edith Wharton. La verdad es que para ser el primer libro que se lee gracias a mí, y al Atleti (y de esto seguro que os habla Carmen, que ignora el alivio que tengo por tener que publicar un día antes del derbi) creo no haber defraudado las expectativas de sufrimiento que todos los miembros del club depositamos los unos en los otros. Explico antes de empezar que mi interés en Edith Wharton viene de un curso que hice en la universidad llamado “La edad de la inocencia: Cine y literatura”, curso que trataba de explicar el contexto histórico de la novela que daba el título al mismo y el enfoque que de la misma daba la maravillosa película de Martin Scorsese.

“La edad de la inocencia” me enamoró al instante, y por si alguien todavía no lo sabe el nick de Newland, que he ido arrastrando por la red desde entonces, es mi pequeño homenaje a su protagonista. En “La casa de la alegría” he encontrado muchos lugares comunes con “La edad de la inocencia”, como por ejemplo esa angustia vital debida a la extrema rigidez de una alta sociedad neoyorquina, a caballo entre los siglos XIX y XX, entregada a unas leyes sociales y económicas no escritas pero que ajusticiaban sin piedad al que trataba de salirse de ellas. También he encontrado en “La casa de la alegría” una crítica mordaz de una moralidad cuanto menos discutible, bañada de falsa piedad, ensombrecida por la ilegitimidad que se asocia a la libre expresión de los sentimientos.

Quien haya llegado hasta aquí pensará que mi reseña va a ser completamente elogiosa, y me duele escribir que no puede ser así, porque la verdad es que aún cuando la historia me ha interesado, y a pesar de ser Edith Wharton una escritora estupenda capaz de contar una historia con un estilo sencillo pero muy elegante, la novela llega a hastiar, y es que seguramente se podría haber contado lo mismo en la mitad de páginas para satisfacción de todos, menos de la escritora, que publicó su novela por entregas en la revista Scribner´s Magazine, de enero a noviembre, y seguramente cobraba en función del volumen del texto publicado.

Como en toda la obra de Edith Wharton, "La casa de la alegría" nos da un perfecto retrato de la alta sociedad neoyorquina de la época, algo que no debía resultarle muy difícil ya que formaba parte de la misma. Y la verdad es que no debía gustarle mucho, porque nos la muestra de una manera cruel, despojándola hasta de su misma humanidad debido al culto que profesaba a un único Dios llamado dinero. Para muestra la frase siguiente que es demoledora:

"En este ambiente de tórrido esplendor se movían seres tan ricamente tapizados como los muebles, seres sin metas definidas ni relaciones permanentes que vagaban en una lánguida marea de curiosidad, de restaurante a sala de concierto, de invernadero a sala de música y de "exposición de arte" a desfile de modelos de alta costura."

Tal vez de está crítica proviene el título de la novela, que está tomado del Eclesiastés 7:4 “El corazón de los sabios habita la casa del duelo, pero el de los locos habita la casa de la alegría” Me imagino que Edith Wharton nos quiere hacer ver que ese mundo no es más que una jaula dorada totalmente irreal en la que habita la locura. Y en esa casa, más prisionera que nadie, habita la protagonista de la novela, Lily Bart, una bellísima mujer de familia adinerada venida a menos, una huérfana que vive gracias al miserable apoyo de su tía. La protagonista a sus ya 30 años no ha podido vencer los escrúpulos para acceder a un matrimonio de conveniencia y se siente atraída por la moralidad y por los principios de un joven abogado llamado Selden que, seguramente, podría haber sido su tabla salvavidas, pero a la que no se quiere aferrar ya que él no puede proporcionarle el dinero que ella necesita para seguir siendo parte de un mundo que realmente ya no es el suyo. La importancia de todo esto se puede leer en este párrafo:

“El único modo de no pensar en el aire es tener el suficiente para respirar. Es muy cierto en un sentido, pero los pulmones no dejan de pensar en el aire, aunque uno no lo haga. Y lo mismo ocurre con la gente rica: tal vez no piense en el dinero, pero lo respira. ¡Trasládeles a otro elemento y les verá retorcerse y jadear!”

De esta manera, esta lucha interna se traduce en una serie de oportunidades perdidas que, de la misma manera que pasaba en “La edad de la inocencia”, son muy difíciles de entender para un lector de hoy en día. El único momento en el que podemos atisbar por qué lo suyo no puede ser posible es durante este diálogo en el que cada uno expone cuál es su idea del éxito:

“Selden -El éxito... ¿qué es el éxito?. Me interesa conocer su definición.
-¿Del éxito?- Lily titubeó-. Bueno, supongo que es obtener de la vida todo lo que se puede. Es una cualidad relativa, después de todo. ¿No coincide su idea con la mía?
-¿Mi idea? ¡En absoluto! -Se incorporó con súbita energía, apoyó los codos en las rodillas y detuvo la mirada en los plácidos campos. -Mi idea del éxito -dijo- es la libertad personal.
-¿Libertad? ¿De las preocupaciones?
-De todo... del dinero, de la pobreza, de la comodidad y la ansiedad, de todos los accidentes materiales. Mantener una especie de república del espíritu; a esto llamo yo éxito.”

Es justo aquí el punto en el que unos pensarán que Lily es una persona absurda, y en el que otros pensarán que sólo es un alma confundida y atormentada. Yo soy de los segundos. Porque fruto de esa confusión y del poco entendimiento que tiene de las reglas del mundo en el que vive, ella había puesto más confianza en el poder de la seducción que en el del dinero, y por eso empieza a cometer errores que, pese a no ser graves, la llevan a ser expulsada del paraíso a pesar de ser inocente y a ser tratada como una cualquiera cuando la realidad es que Edith Wharton jamás nos quita la idea de que estamos hablando de una virgen vestal de casi 30 años.

Y de ahí viene la última reflexión de la reseña, esa que habla del papel de la mujer en esa alta sociedad, que no deja de ser ornamental, alguien a quien exhibir como se exhibiría una bonita porcelana. Un género que debe aceptar con sumisión su papel a riesgo de ser cercenado de raíz y exterminado, porque no tiene muchas más alternativas aceptables, alternativas por las que va pasando Lily hasta llegar al final de la novela, que no os contaré aquí, pero que será debidamente debatido en nuestro querido Club de Lectura 2.0 .


Como siempre, encontraréis en sus blogs las reseñas de DesgraciaítoCarmenLivia Bichejo que seguro que este mes me van a dar para el pelo.

sábado, 1 de febrero de 2014

Noche salvaje



Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído a propuesta de ND “Noche Salvaje”, una novela negra escrita por Jim Thompson. Admito que no soy un seguidor enfervorecido de la novela negra, así que mi predisposición hacia el libro no era la mejor, pero de esto a encontrarme el desastre que me he encontrado va un abismo, porque no me ha enganchado absolutamente nada la historia, ni qué cuenta no cómo lo cuenta, y sobre todo sigo horrorizado por el desenlace, estúpido y surrealista, tal vez porque la historia había ido tan a menos que no había huevos suficientes para volver a subir esa mayonesa.

Por eso alucino cuando leo que la editorial describe el libro así:

Un hombre que se hace llamar Carl Bigelow llega a Peardale, una población de mala muerte situada a unos ciento cincuenta kilómetros de Nueva York. Nadie se acercaría a ese lugar sin una razón de peso pero, desde luego,Bigelow la tiene. A pesar de ser alguien de aspecto inofensivo, ha viajado hasta allí para cumplir un escalofriante encargo: matar a Jake Winroy, un hombre que ha sido testigo de un crimen y que, si acaba declarando, puede hacer mucho daño a gente poderosa. Bigelow tiene que cometer el asesinato discretamente y sin fallos; le va en ello algo más que su reputación.

Escrita originalmente en 1953, Noche salvaje es un genuino cóctel de violencia y crudeza, aderezado con unos toques de existencialismo y humor negro, como solo es capaz de preparar Jim Thompson. Uno de sus mejores trabajos y una de las indiscutibles cumbres literarias del género negro.”

La persona que ha escrito esto, especialmente el último párrafo es un cachondo, porque sin dudar de las virtudes de Jim Thompson, que las tendrá, yo lo escribiría de nuevo de esta manera: Noche salvaje es un ingenuo cóctel de violencia para el lector, aderezado con unos toques de existencialismo absurdo y humor necio, como solo es capaz de perpetrar Jim Thompson. Que es lo que deberían haber escrito, si tuvieran un poco de honestidad, y si alguien piensa que exagero un ápice le reto a que tenga narices de leerlo y luego explicármelo, mirándome a los ojos, a ver si es capaz de hacerme entender, sin partirse de la risa, a que viene la estupidez de las cabritas.

Porque una cosa es que su editor proclame a los cuatro vientos que se trata de la mejor obra del bueno de Jim, y es que me puedo imaginar la estampa del pobre hombre con las manos en la cabeza diciendo desesperado - ¿qué mierda me has traído Jim?, ¿cómo quieres que demos salida a esto? - y otra es que nos tomen el pelo a nosotros y a la memoria de Jim Thompson diciendo que esto era lo mejor que podía hacer. Que se vayan al carajo. Por eso mismo, una vez descargada mi ira contra la editorial, me veo en la obligación de decir algo interesante del libro, y mira que me resulta difícil, pero me debo a mi público y a mi club así que voy intentarlo.

De lo poco que me parece reseñable en el libro destacaría cómo Jim Thompson es capaz de transmitir la idea de cómo unos seres realmente insignificantes son manejados por los hilos de los poderosos, como si fueran simples peones, tan prescindibles que viven continuamente en el filo de la navaja, siendo conscientes de que la ganancia que van a tener por ello va a ser muy poca, sobre todo comparada con el riesgo perpetuo que supone para sus vidas, ya que en cualquier momento pueden ser sacrificados y apartados del juego. Y pese a ello vemos como siguen jugando porque no tienen alternativa ni escapatoria, y lo saben, hasta que pasa lo inevitable, cabritas mediante.


Y paro aquí porque el tema no da para más, si queréis saber si estoy exagerando en mi crítica corred a leer reseñas de DesgraciaítoCarmenLivia Bichejo; ellos os sacaran de dudas.

domingo, 26 de enero de 2014

Doña Mema y Doña Fea



Hoy escribo para deciros que estoy preocupado por José Antonio ¿no le recordáis? Era el ángel custodio que hace un año nos escribió en términos muy corteses para informar a los jubilados de mi familia que les subía la pensión un magro uno por ciento. ¡Ay, José Antonio! Eran buenos tiempos y ahora me arrepiento de haber dudado de tus intenciones. Por favor, José Antonio, si me lees deja un pequeño mensaje, por nuestra tranquilidad, dinos que estás bien, cuéntanos a que dedicas ahora el tiempo libre.

Y me preocupo porque mi padre y mi abuela han vuelto a recibir la misma carta, pero él ya no la firma, ahora la firma una señora llamada María Eugenia Martín, a la que por abreviar a partir de ahora llamaré Doña Mema, para que vea que nosotros somos tanto o más efusivos que ella en la carta que nos dirige, y nos permitimos usar tan cariñoso apócope sabiendo que seguro no le molesta. Porque sí, ahora resulta que la Directora General de la Seguridad Social es Mema y no José Antonio, al que confieso que echaremos de menos.

Pero entendemos su cese, era un derrochador que iba subiendo las pensiones a los viejos a lo loco, usando los antiguos métodos que permitían hacer subidas con parte entera y parte decimal, cuando lo que se lleva ahora son las nuevas fórmulas de revalorización que garantizarán que nuestros mayores no vean congeladas sus pensiones aún a riesgo de ver congeladas sus casas. Pero nosotros no dudamos de que es por su bien, para que puedan recordar sus tiempos mozos en los que las pasaban canutas, que las comodidades ablandan el espíritu y que es mejor para el cerebro echar cuentas de cómo llegar a fin de mes descontando lo que ahora tienen que pagar además por los medicamentos.

Veo que Doña Mema (la Mema en Catalá) era directora de empleo de la comunidad de Madrid, eso es lo que yo llamo tener unas magníficas referencias para su nuevo cargo, sin contar que antes había sido senadora y diputada, lo que se dice una mujer de nuestros días, conocedora sin duda de la opípara realidad de mi padre y de mi abuela. Se nota al leer su carta, aunque ha utilizado exactamente las mismas palabras que su predecesor, algo que un malintencionado se lo afearía con un “eso se lo dice usted a cualquiera”; pero a ella se le nota que lo hace en nombre del bien universal. Por eso le complace informar a mis mayores que les va a subir un cero coma veinticinco por ciento la pensión, además le es grato comunicarles la nueva cuantía a percibir y ya puesta aprovecha para ofrecerles los servicios de su Instituto, el INSS.

Y si os creéis que tan grata noticia la podía dar cualquiera estáis errando, porque sólo puede ser Mema la que envíe una carta en esos términos, porque la cosa no se queda ahí, que va, ella es tan escrupulosa en su tarea que a mi abuela sólo le va a subir ese potosí en la mitad de su pensión, porque los otros trescientos eurazos son un complemento a mínimos. Y hace falta ser Mema para saber que a los mayores hay que darles lo mínimo, que luego engordan y eso es muy malo. Total, que a mi abuela es como si le hubiese tocado la lotería a sus 84 años, y si no me creéis ya veréis lo contentos que se ponen los del banco donde domicilia la pensión cuando vean que, ahora, disponen de 23.465 millones de euros pagados por todos más ochenta y dos céntimos que son lo que le sube a mi abuela el gobierno.

Pero Doña Mema no es la única que nos ha escrito, qué va, este año lo ha hecho además la Sra. Ministra de Trabajo y jefa suprema de la(s) SS, Fátima Báñez García (a la que llamaremos Doña Fea con afecto), actuando como telonera epistolar y compartiendo el mismo sobre que Doña Mema. Porque son épocas de recortes y podemos permitir que tiren el dinero tan espléndidamente con nuestros mayores, pero jamás se lo perdonaríamos a Doña Fea y a Doña Mema si se lo gastan al buen tuntún en sobres y cartas. Sólo les ha faltado incluir en las cartas una estampita de la Virgen del Rocío, para que rezándole lleguen a comprender que la dichosa fórmula de marras es mano de santo, aunque tal vez no hubiera funcionado porque mi abuela cree más en la Virgen del Carmen y mi padre nos ha salido un poco ateo.