martes, 1 de abril de 2014

Joyland


Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído a propuesta de Bichejo Joyland, una novela de Stephen King. Es una pena que el erial laboral en el que vivo no me permita escribir una reseña a la altura de las circunstancias, porque a mi humilde entender se trata de un libro sencillo pero maravilloso, escrito con una sensibilidad que ha logrado en muchos momentos conmoverme. Y como ando más bien justo de tiempo voy a aprovechar para copiar la reseña del editor con la que coincido plenamente.

Verano de 1973. Carolina del Norte. Devin Jones entra a trabajar en Joyland, un singular parque de atracciones local. La leyenda de un terrible asesinato cometido en la Casa Embrujada del parque, la pérdida de su virginidad y unos meses plagados de misterio, aventura y grandes descubrimientos cambiarán su vida para siempre. «Joyland es un libro impresionante, bello, desgarrador. Tiene misterio, tiene atracciones, es una historia sobre madurar y hacerse mayor, y sobre aquellos que no pueden hacer ninguna de las dos cosas porque la muerte viene a por ellos antes de hora. Hasta los lectores más insensibles se emocionarán.»

Está claro que, sin llegar al nivel de entusiasmo que el editor de Jim Thompson muestra en la reseña de aquella novela de cuyo nombre no quiero acordarme, este señor es realmente optimista, porque Joyland parece no haber conmovido al ala dura de nuestro club, pero en el fondo tiene toda la razón del mundo y si no me la dais es que, como dice Bichejo, “estáis muertos por dentro”. Porque Joyland es sobre todo una historia de amor y de desamor, de jóvenes desorientados que no han encontrado todavía el sitio en la vida pero que lo buscan a toda costa, y a pesar de ello no es un libro triste, como mucho en ciertos episodios se vuelve intencionadamente melancólico.

Y digo intencionadamente porque junto a los episodios de melancolía se van intercalando escenas emocionantes y divertidas, que para eso la acción se desarrolla en un parque de atracciones y, como no, existe un misterio un poco de mentirijillas que se resuelve de la misma forma que se resuelve un capítulo de Scooby Doo, de una manera lógica y sin dar mucho miedo. Porque las consecuencias que la historia deja en sus protagonistas poco tienen que ver con su experiencia paranormal, sino con su experiencia vital, con el paso de la juventud a la madurez y con el hecho de que a partir de ese momento se sienten dueños de sus destinos. Y aunque he subrayado mucho no encuentro un párrafo que resuma mejor el espíritu del libro que su comienzo, en el que queda claro lo delgada que es la línea que separa la felicidad y la desdicha.

Tenía coche, pero en aquel otoño de 1973 casi todos los días iba paseando hasta Joyland desde la Pensión Beachside de la señora Shoplaw en la ciudad de Heaven’s Bay. Parecía lo más adecuado. La única opción, en realidad. A principios de septiembre la playa de Heaven estaba prácticamente desierta, lo cual encajaba con mi estado de ánimo. Puedo afirmar, aun cuarenta años después, que aquel otoño fue el más hermoso de mi vida. Aunque jamás me he sentido más desdichado que entonces; eso también lo aseguro. La gente cree que el primer amor es dulce, y más aún cuando esa primera relación se rompe. Habrás escuchado mil canciones de música pop y country que así lo demuestran; canciones sobre algún tonto al que han partido el corazón. Sin embargo, ese primer corazón roto es siempre el que más duele, el que más tarda en curarse, el que deja la cicatriz más visible. ¿Qué tiene eso de dulce?”

Como siempre, encontraréis en sus blogs las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Livia y Bichejo en la que podréis comprobar una vez más que somos un club muy unido, pero sobre todo en aquello que no tiene que ver con los libros que leemos. Creo que con el tiempo derivaremos en una sociedad gastronómica o en un club de karaoke. Admitimos apuestas.

sábado, 1 de marzo de 2014

La casa de la alegria


Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído a propuesta mía “La casa de la alegría”, una novela escrita en 1905 por Edith Wharton. La verdad es que para ser el primer libro que se lee gracias a mí, y al Atleti (y de esto seguro que os habla Carmen, que ignora el alivio que tengo por tener que publicar un día antes del derbi) creo no haber defraudado las expectativas de sufrimiento que todos los miembros del club depositamos los unos en los otros. Explico antes de empezar que mi interés en Edith Wharton viene de un curso que hice en la universidad llamado “La edad de la inocencia: Cine y literatura”, curso que trataba de explicar el contexto histórico de la novela que daba el título al mismo y el enfoque que de la misma daba la maravillosa película de Martin Scorsese.

“La edad de la inocencia” me enamoró al instante, y por si alguien todavía no lo sabe el nick de Newland, que he ido arrastrando por la red desde entonces, es mi pequeño homenaje a su protagonista. En “La casa de la alegría” he encontrado muchos lugares comunes con “La edad de la inocencia”, como por ejemplo esa angustia vital debida a la extrema rigidez de una alta sociedad neoyorquina, a caballo entre los siglos XIX y XX, entregada a unas leyes sociales y económicas no escritas pero que ajusticiaban sin piedad al que trataba de salirse de ellas. También he encontrado en “La casa de la alegría” una crítica mordaz de una moralidad cuanto menos discutible, bañada de falsa piedad, ensombrecida por la ilegitimidad que se asocia a la libre expresión de los sentimientos.

Quien haya llegado hasta aquí pensará que mi reseña va a ser completamente elogiosa, y me duele escribir que no puede ser así, porque la verdad es que aún cuando la historia me ha interesado, y a pesar de ser Edith Wharton una escritora estupenda capaz de contar una historia con un estilo sencillo pero muy elegante, la novela llega a hastiar, y es que seguramente se podría haber contado lo mismo en la mitad de páginas para satisfacción de todos, menos de la escritora, que publicó su novela por entregas en la revista Scribner´s Magazine, de enero a noviembre, y seguramente cobraba en función del volumen del texto publicado.

Como en toda la obra de Edith Wharton, "La casa de la alegría" nos da un perfecto retrato de la alta sociedad neoyorquina de la época, algo que no debía resultarle muy difícil ya que formaba parte de la misma. Y la verdad es que no debía gustarle mucho, porque nos la muestra de una manera cruel, despojándola hasta de su misma humanidad debido al culto que profesaba a un único Dios llamado dinero. Para muestra la frase siguiente que es demoledora:

"En este ambiente de tórrido esplendor se movían seres tan ricamente tapizados como los muebles, seres sin metas definidas ni relaciones permanentes que vagaban en una lánguida marea de curiosidad, de restaurante a sala de concierto, de invernadero a sala de música y de "exposición de arte" a desfile de modelos de alta costura."

Tal vez de está crítica proviene el título de la novela, que está tomado del Eclesiastés 7:4 “El corazón de los sabios habita la casa del duelo, pero el de los locos habita la casa de la alegría” Me imagino que Edith Wharton nos quiere hacer ver que ese mundo no es más que una jaula dorada totalmente irreal en la que habita la locura. Y en esa casa, más prisionera que nadie, habita la protagonista de la novela, Lily Bart, una bellísima mujer de familia adinerada venida a menos, una huérfana que vive gracias al miserable apoyo de su tía. La protagonista a sus ya 30 años no ha podido vencer los escrúpulos para acceder a un matrimonio de conveniencia y se siente atraída por la moralidad y por los principios de un joven abogado llamado Selden que, seguramente, podría haber sido su tabla salvavidas, pero a la que no se quiere aferrar ya que él no puede proporcionarle el dinero que ella necesita para seguir siendo parte de un mundo que realmente ya no es el suyo. La importancia de todo esto se puede leer en este párrafo:

“El único modo de no pensar en el aire es tener el suficiente para respirar. Es muy cierto en un sentido, pero los pulmones no dejan de pensar en el aire, aunque uno no lo haga. Y lo mismo ocurre con la gente rica: tal vez no piense en el dinero, pero lo respira. ¡Trasládeles a otro elemento y les verá retorcerse y jadear!”

De esta manera, esta lucha interna se traduce en una serie de oportunidades perdidas que, de la misma manera que pasaba en “La edad de la inocencia”, son muy difíciles de entender para un lector de hoy en día. El único momento en el que podemos atisbar por qué lo suyo no puede ser posible es durante este diálogo en el que cada uno expone cuál es su idea del éxito:

“Selden -El éxito... ¿qué es el éxito?. Me interesa conocer su definición.
-¿Del éxito?- Lily titubeó-. Bueno, supongo que es obtener de la vida todo lo que se puede. Es una cualidad relativa, después de todo. ¿No coincide su idea con la mía?
-¿Mi idea? ¡En absoluto! -Se incorporó con súbita energía, apoyó los codos en las rodillas y detuvo la mirada en los plácidos campos. -Mi idea del éxito -dijo- es la libertad personal.
-¿Libertad? ¿De las preocupaciones?
-De todo... del dinero, de la pobreza, de la comodidad y la ansiedad, de todos los accidentes materiales. Mantener una especie de república del espíritu; a esto llamo yo éxito.”

Es justo aquí el punto en el que unos pensarán que Lily es una persona absurda, y en el que otros pensarán que sólo es un alma confundida y atormentada. Yo soy de los segundos. Porque fruto de esa confusión y del poco entendimiento que tiene de las reglas del mundo en el que vive, ella había puesto más confianza en el poder de la seducción que en el del dinero, y por eso empieza a cometer errores que, pese a no ser graves, la llevan a ser expulsada del paraíso a pesar de ser inocente y a ser tratada como una cualquiera cuando la realidad es que Edith Wharton jamás nos quita la idea de que estamos hablando de una virgen vestal de casi 30 años.

Y de ahí viene la última reflexión de la reseña, esa que habla del papel de la mujer en esa alta sociedad, que no deja de ser ornamental, alguien a quien exhibir como se exhibiría una bonita porcelana. Un género que debe aceptar con sumisión su papel a riesgo de ser cercenado de raíz y exterminado, porque no tiene muchas más alternativas aceptables, alternativas por las que va pasando Lily hasta llegar al final de la novela, que no os contaré aquí, pero que será debidamente debatido en nuestro querido Club de Lectura 2.0 .


Como siempre, encontraréis en sus blogs las reseñas de DesgraciaítoCarmenLivia Bichejo que seguro que este mes me van a dar para el pelo.

sábado, 1 de febrero de 2014

Noche salvaje



Este mes, en el Club de Lectura 2.0, hemos leído a propuesta de ND “Noche Salvaje”, una novela negra escrita por Jim Thompson. Admito que no soy un seguidor enfervorecido de la novela negra, así que mi predisposición hacia el libro no era la mejor, pero de esto a encontrarme el desastre que me he encontrado va un abismo, porque no me ha enganchado absolutamente nada la historia, ni qué cuenta no cómo lo cuenta, y sobre todo sigo horrorizado por el desenlace, estúpido y surrealista, tal vez porque la historia había ido tan a menos que no había huevos suficientes para volver a subir esa mayonesa.

Por eso alucino cuando leo que la editorial describe el libro así:

Un hombre que se hace llamar Carl Bigelow llega a Peardale, una población de mala muerte situada a unos ciento cincuenta kilómetros de Nueva York. Nadie se acercaría a ese lugar sin una razón de peso pero, desde luego,Bigelow la tiene. A pesar de ser alguien de aspecto inofensivo, ha viajado hasta allí para cumplir un escalofriante encargo: matar a Jake Winroy, un hombre que ha sido testigo de un crimen y que, si acaba declarando, puede hacer mucho daño a gente poderosa. Bigelow tiene que cometer el asesinato discretamente y sin fallos; le va en ello algo más que su reputación.

Escrita originalmente en 1953, Noche salvaje es un genuino cóctel de violencia y crudeza, aderezado con unos toques de existencialismo y humor negro, como solo es capaz de preparar Jim Thompson. Uno de sus mejores trabajos y una de las indiscutibles cumbres literarias del género negro.”

La persona que ha escrito esto, especialmente el último párrafo es un cachondo, porque sin dudar de las virtudes de Jim Thompson, que las tendrá, yo lo escribiría de nuevo de esta manera: Noche salvaje es un ingenuo cóctel de violencia para el lector, aderezado con unos toques de existencialismo absurdo y humor necio, como solo es capaz de perpetrar Jim Thompson. Que es lo que deberían haber escrito, si tuvieran un poco de honestidad, y si alguien piensa que exagero un ápice le reto a que tenga narices de leerlo y luego explicármelo, mirándome a los ojos, a ver si es capaz de hacerme entender, sin partirse de la risa, a que viene la estupidez de las cabritas.

Porque una cosa es que su editor proclame a los cuatro vientos que se trata de la mejor obra del bueno de Jim, y es que me puedo imaginar la estampa del pobre hombre con las manos en la cabeza diciendo desesperado - ¿qué mierda me has traído Jim?, ¿cómo quieres que demos salida a esto? - y otra es que nos tomen el pelo a nosotros y a la memoria de Jim Thompson diciendo que esto era lo mejor que podía hacer. Que se vayan al carajo. Por eso mismo, una vez descargada mi ira contra la editorial, me veo en la obligación de decir algo interesante del libro, y mira que me resulta difícil, pero me debo a mi público y a mi club así que voy intentarlo.

De lo poco que me parece reseñable en el libro destacaría cómo Jim Thompson es capaz de transmitir la idea de cómo unos seres realmente insignificantes son manejados por los hilos de los poderosos, como si fueran simples peones, tan prescindibles que viven continuamente en el filo de la navaja, siendo conscientes de que la ganancia que van a tener por ello va a ser muy poca, sobre todo comparada con el riesgo perpetuo que supone para sus vidas, ya que en cualquier momento pueden ser sacrificados y apartados del juego. Y pese a ello vemos como siguen jugando porque no tienen alternativa ni escapatoria, y lo saben, hasta que pasa lo inevitable, cabritas mediante.


Y paro aquí porque el tema no da para más, si queréis saber si estoy exagerando en mi crítica corred a leer reseñas de DesgraciaítoCarmenLivia Bichejo; ellos os sacaran de dudas.

domingo, 26 de enero de 2014

Doña Mema y Doña Fea



Hoy escribo para deciros que estoy preocupado por José Antonio ¿no le recordáis? Era el ángel custodio que hace un año nos escribió en términos muy corteses para informar a los jubilados de mi familia que les subía la pensión un magro uno por ciento. ¡Ay, José Antonio! Eran buenos tiempos y ahora me arrepiento de haber dudado de tus intenciones. Por favor, José Antonio, si me lees deja un pequeño mensaje, por nuestra tranquilidad, dinos que estás bien, cuéntanos a que dedicas ahora el tiempo libre.

Y me preocupo porque mi padre y mi abuela han vuelto a recibir la misma carta, pero él ya no la firma, ahora la firma una señora llamada María Eugenia Martín, a la que por abreviar a partir de ahora llamaré Doña Mema, para que vea que nosotros somos tanto o más efusivos que ella en la carta que nos dirige, y nos permitimos usar tan cariñoso apócope sabiendo que seguro no le molesta. Porque sí, ahora resulta que la Directora General de la Seguridad Social es Mema y no José Antonio, al que confieso que echaremos de menos.

Pero entendemos su cese, era un derrochador que iba subiendo las pensiones a los viejos a lo loco, usando los antiguos métodos que permitían hacer subidas con parte entera y parte decimal, cuando lo que se lleva ahora son las nuevas fórmulas de revalorización que garantizarán que nuestros mayores no vean congeladas sus pensiones aún a riesgo de ver congeladas sus casas. Pero nosotros no dudamos de que es por su bien, para que puedan recordar sus tiempos mozos en los que las pasaban canutas, que las comodidades ablandan el espíritu y que es mejor para el cerebro echar cuentas de cómo llegar a fin de mes descontando lo que ahora tienen que pagar además por los medicamentos.

Veo que Doña Mema (la Mema en Catalá) era directora de empleo de la comunidad de Madrid, eso es lo que yo llamo tener unas magníficas referencias para su nuevo cargo, sin contar que antes había sido senadora y diputada, lo que se dice una mujer de nuestros días, conocedora sin duda de la opípara realidad de mi padre y de mi abuela. Se nota al leer su carta, aunque ha utilizado exactamente las mismas palabras que su predecesor, algo que un malintencionado se lo afearía con un “eso se lo dice usted a cualquiera”; pero a ella se le nota que lo hace en nombre del bien universal. Por eso le complace informar a mis mayores que les va a subir un cero coma veinticinco por ciento la pensión, además le es grato comunicarles la nueva cuantía a percibir y ya puesta aprovecha para ofrecerles los servicios de su Instituto, el INSS.

Y si os creéis que tan grata noticia la podía dar cualquiera estáis errando, porque sólo puede ser Mema la que envíe una carta en esos términos, porque la cosa no se queda ahí, que va, ella es tan escrupulosa en su tarea que a mi abuela sólo le va a subir ese potosí en la mitad de su pensión, porque los otros trescientos eurazos son un complemento a mínimos. Y hace falta ser Mema para saber que a los mayores hay que darles lo mínimo, que luego engordan y eso es muy malo. Total, que a mi abuela es como si le hubiese tocado la lotería a sus 84 años, y si no me creéis ya veréis lo contentos que se ponen los del banco donde domicilia la pensión cuando vean que, ahora, disponen de 23.465 millones de euros pagados por todos más ochenta y dos céntimos que son lo que le sube a mi abuela el gobierno.

Pero Doña Mema no es la única que nos ha escrito, qué va, este año lo ha hecho además la Sra. Ministra de Trabajo y jefa suprema de la(s) SS, Fátima Báñez García (a la que llamaremos Doña Fea con afecto), actuando como telonera epistolar y compartiendo el mismo sobre que Doña Mema. Porque son épocas de recortes y podemos permitir que tiren el dinero tan espléndidamente con nuestros mayores, pero jamás se lo perdonaríamos a Doña Fea y a Doña Mema si se lo gastan al buen tuntún en sobres y cartas. Sólo les ha faltado incluir en las cartas una estampita de la Virgen del Rocío, para que rezándole lleguen a comprender que la dichosa fórmula de marras es mano de santo, aunque tal vez no hubiera funcionado porque mi abuela cree más en la Virgen del Carmen y mi padre nos ha salido un poco ateo.

martes, 21 de enero de 2014

Enjoy the silence

El viernes pasado fue un día muy extraño, un día que llevaba muchos días marcado en el calendario como especial desde hace muchos meses. Teníamos entradas para ver el concierto de Depeche Mode, compradas en Julio, como parte del regalo de 40 años de E, porque ella es muy fan de Martin Gore y sus chicos. E se lo merece todo, especialmente este año en el que ha perdido a su hermano.

Iba a ser un día perfecto, pero el destino es muy caprichoso y hace que cosas que no tienen mucha relación sucedan a la vez. Quién me iba a mí a decir en Julio que, justo el 17 de enero, mis padres iban a firmar el acuerdo para su divorcio, algo que ha sucedido como parte de una pesadilla que nos ha llevado la ilusión por delante, solo nos queda enfrentarnos al vacío que queda tras 41 años que ahora no son nada.

Cualquiera se puede imaginar con qué ánimo fuimos al concierto y, sin embargo, es lo mejor que podíamos haber hecho. Todo el mundo sabe ya a estas alturas lo que para mí significa la música, lo importante que es, lo feliz que me hace. No puedo concebir un momento de mi vida sin asociarle una canción, un disco, un concierto... Y aunque Depeche no han sido nunca de mis favoritos, sí que están asociados a una persona que fue muy importante para E y para mí, como ex-novio y como ex-mejor amigo. Tal vez sin él ahora no estaríamos juntos.

Así que allá nos fuimos, temprano, tan temprano que terminamos en primera fila, y asistimos a un espectáculo MARAVILLOSO. Podría hablar de la sensualidad que transmite Dave Gahan, de lo emocionante que es escuchar como solista a Martin Gore, de lo bien que suena Depeche con una batería potente y una guitarra, pero eso, aún siendo increíble, no es lo más importante. Lo que quiero intentar contar es cómo una canción, durante cuatro eternos minutos, puede hacer que olvides todas tus penas.


Y es lo que sentí al escuchar y cantar el “Enjoy de silence” junto a ellos, una de mis canciones favoritas. Porque durante ese momento te abandonas y sientes que no eres material y que nada malo te puede pasar; notas como el tiempo se ha ralentizado para ti de forma que, por unos segundos, te crees inmortal, inundado por una alegría que te hace comprender que vivir tiene sentido, pensando que esa felicidad, aunque efímera, es importante, que no necesitas más, que estás cantando con todas tus fuerzas “All I ever wanted, all I ever needed, is here in my arms” y sabes que es de verdad.

viernes, 10 de enero de 2014

Mañana va a ser un gran día


Mañana es un gran día para todos los que tenemos el corazón teñido de rojiblanco, para todos los que somos soñadores e idealistas, para los que nos cuesta creer que todo en la vida se mide en dinero, para los que hemos elegido el camino más difícil siendo conscientes de que merecía la pena hacerlo, para los que somos pequeños pero valientes, para los que nunca perdemos el aliento, para los que vivimos permanentemente esperanzados.

Mañana no será un día como los demás y me levantaré contento. Será un día de mirar el reloj cada cuarto de hora y de echar cuentas del tiempo que queda para el inicio del partido, mañana será un día en el que encima de la ropa de abrigo luciremos orgullosos la camiseta colchonera y nos anudaremos las bufandas al cuello esperando el momento de cantar un gol y agitarlas al cielo de Madrid, fundiendo nuestro aliento cálido con el frío relente del Manzanares hasta caldearlo.

Mañana saldré temprano hacia el estadio, sabiendo que seré la envidia de muchos que se crucen conmigo y con los que, probablemente, compartiré unas palabras de ánimo. Mañana montaré en el metro ya nervioso, como si en lugar del metro fuese un vehículo que me lleva a un mundo mágico. Saldré de él y me mezclaré con la gente que como un río de montaña desemboca, entre risas y cánticos, en el campo.

Mañana me asomaré al césped y será como si fuese la primera vez, se me pondrá la carne de gallina al ver las gradas repletas de gente que en ese momento está sintiendo lo mismo que yo, y me uniré a ellos para cantar nuestro himno como si formase parte de un conjuro de hermanamiento que nos convierte en familia hasta que todo termine con el pitido del árbitro. Y me dejaré la voz animando a los muchachos del escudo de las siete estrellas que tantas alegrías nos están dando.

Mañana será un gran día para ser rebelde, para ser feliz, para disfrutar durante dos horas como sólo sabemos hacerlo nosotros, andando en el alambre que separa el éxito del fracaso, ese alambre del que tantas veces nos hemos caído y al que tantas veces nos hemos vuelto a subir sin admitir nunca que estábamos derrotados. Y es que así somos, inasequibles al desaliento, humildes pero orgullosos, conscientes de nuestra locura imposible de entender para quien no la ha experimentado.

Pero es que además mañana va a ser nuestro día, porque esta vez perder el partido no entra ni en el más remoto de nuestros cálculos, porque nada nos va a amedrentar por muy fiero que nos parezca el contrario, que lo es. Porque nos merecemos esa alegría después de haber atravesado el desierto y la vamos a tener. Porque ser del Atleti es una religión y el Calderón es un templo en lugar de un estadio. Y allí estaré, rezando súplicas paganas para que un balón entre en una portería de 7,32 metros de largo por 2,44,de alto.

martes, 7 de enero de 2014

Había una vez... un barquito chiquitito


Hace unos años me encargaron diseñar cómo llevar unos barquitos de papel de una piscina a otra. Aunque pueda parecer poca cosa no es fácil manejar los barquitos de papel, así que nos pasamos más de un año pensando en la mejor forma de hacerlo, siguiendo los criterios de los dueños del canal que une las dos piscinas, que por cierto son municipales. Ellos tampoco lo tenían que tener muy claro porque nos cambiaron los criterios de operación cerca de treinta veces, en una de ellas, casi terminando el plazo, redujeron a la mitad el número de compuertas, aunque luego rectificaron... para mí que no tenían muy claro si les iba a llegar el dinero. Ya se sabe, comenzaba la crisis y debían a pensar que les faltaría el crédito. Al final, debieron de pensar que de perdidos al río y compraron el paquete completo

De todo se sale, pensarían.

Fuimos tres grupos de amiguetes los que presentamos nuestras propuestas, nosotros y unos colegas americanos decidimos que nos consideraríamos bien pagados con cuatro millones y medio de piruletas, otros chavales del barrio (a partir de ahora OCDB), decidieron que si les daban poco más de tres millones de piruletas se tiraban a la piscina, los señores de los barquitos (a partir de ahora SDLB) que se pensaban gastar tres millones y medio estuvieron encantados.

Fue una decepción para todos, menos para los OCDB. Nadie se podía explicar cómo podrían conseguirlo, algunos llegaron a pensar que se habían olvidado de una de las piscinas. Además, los SDLB, que son gente muy seria, nos habían dicho que lo más importante era hacer las cosas bien, que por dinero no iba a ser, que en llevar barquitos de papel entre dos piscinas se jugaba el futuro de la humanidad y de su barrio. Para que quedasen las cosas claras, los SDLB dijeron que, además de costar menos piruletas, la propuesta de los OCDB era la más molona y que nadie sabía manejar mejor que ellos los barquitos de papel. Los chicos americanos no se lo podían creer, gritaban como poseídos que aquello no era posible, que ahí había tongo, que something smelled like toasted, o algo parecido.

Un lío.

Los chicos americanos llegaron incluso a llamar a sus padres para que los SDLB deshicieran el entuerto, pero ni por esas los SDLB se bajaron de la burra y con mucha pompa y boato ordenaron a los OCDB que comenzasen las obras del canal. La suerte estaba echada.

Pasó el tiempo y ya casi me había olvidado del tema, entretenido como estaba en crear la máquina de los terremotos, cuando unos sicarios de los OCDB me hicieron una propuesta que, afortunadamente, si pude rechazar. Querían saber cómo había pensado mover los barquitos, querían que me convirtiese en uno de ellos. Yo estaba patidifuso porque si los SDLB habían jurado por Snoopy y Winnie Pooh juntos que nadie lo hacía mejor que los OCDB ¿qué podía haber pasado?

Un misterio emergía ante mis ojos, alguien tal vez no había dicho toda la verdad, alguien podría haber tratado de ganar de cualquier manera sin haber contado bien todas las piruletas y los SDLB empezaban a no parecerme tan inmaculados como habían pretendido cuando fui a hacerle unas preguntillas y me colocaron delante una taquígrafa y un notario.

Ahora, los OCDB dicen que o les dan otro millón y medio de piruletas o que los barquitos de papel ya los pueden llevar los SDLB en brazos. Los muy cabritos ahora piden más piruletas que nosotros al principio, alegando que los SDLB les tienen manía y que una colonia de gatos se ha cagado en la arena con la que iban a hacen el canal que une las piscinas. Los SDLB dicen que esas cosas las deberían haber previsto, que a cualquiera se le caga un gato en la arena y que de más piruletas nada, que se les van a caer los dientes por golosos.

Algunos nos reímos maliciosamente de ver tanta justicia universal materializada en desdicha ajena, porque si esto fuese una película se debería llamar “Entre pillos anda el juego”.

Pero se nos ha congelado la sonrisa en la cara cuando nos hemos enterado de que los profesores de los OCDB, que también son los profesores nuestros y de muchos más niños de los alrededores, se habían comprometido con los SDLB a pagar de su bolsillo todas las piruletas que pudieran faltar, algo tan improbable, según ellos, como que Selena Gómez no encontrase en mi clase pareja para ir al baile de fin de curso. El problema es que ese bolsillo que tan ligeramente comprometen, lo hemos ido llenando de piruletas entre todos con muchísimo trabajo.


Son cosas de las bandas de chicos malos, que siempre acaban ganando, tal vez porque han amenazado con contar cosas malas de los profesores, tal vez porque les han regalado un equipo de música y una tele para su cuarto.