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lunes, 26 de agosto de 2013

Para E

Cuando nos conocimos nos odiamos al instante, ni ella entraba en mis planes ni yo en los suyos, hace ya de eso media vida y media vida es mucho tiempo.
 
Pero las cosas son como terminan, porque los planes a los veinte años son dibujos en la arena que borra el mar y los caminos que se separan muchas veces tras varias curvas vuelven a ser convergentes. Y nosotros, sin saberlo, íbamos a terminar cruzándonos para no separarnos más.
 
De la forma más inesperada, tejiendo hilos invisibles en noches en las que bebíamos como si no fuera a haber un mañana, con amaneceres en un parque muertos de frío después de habernos desnudado, pero solo por dentro. Espantándonos novios, mandándonos muchas veces a la mierda, queriéndonos más de lo que uno puede confesar a otro si no te atreves a terminar susurrando un te quiero.
 
Siendo absurdos hasta el infinito, hasta casi perdernos, despertando a la realidad justo antes de caer en un abismo en el que esperábamos ser salvados por otros brazos, recuperando el tiempo perdido muy deprisa, convalidándonos asignaturas que nos sabíamos de memoria aunque nunca nos hubiéramos examinado.
 
Hasta llegar a hoy, sin que nadie aportase por nosotros, juntos desde nuestra profunda diferencia, haciendo piruetas mortales en el alambre de nuestra mutua incomprensión, pero juntos al fin y al cabo, en los buenos momentos y en los malos, en la vida y en la muerte, que de las dos cosas hemos aprendido, construyendo nuestra historia imposible, para todos menos para nosotros.
 
E cumple cuarenta, aunque nadie lo diría, un cumpleaños doloroso que no admite celebraciones, un cumpleaños que aprovecharé para darle todo ese cariño que merece y que muchas veces se queda a medio camino sepultado por la rutina de lo cotidiano, una cifra redonda para decirle que es a su lado donde quiero estar, porque la necesito hoy más que nunca, porque E es mi vida, mi familia, mi sangre y la quiero.

lunes, 1 de julio de 2013

Te debo unas palabras


Te debo unas palabras, las que me guardé sin querer, las que no tuve tiempo de decirte, las que no me dejan escribir porque son tuyas y ya no puedes leerlas. Las que tengo atravesadas, desordenadas, emborronadas por las lágrimas... Quiero gritarlas, lanzarlas fuera de mí y soltar con ellas toda la rabia que llevo por dentro. Quiero imaginar que, de alguna manera, te llegarán y no morirán en el espacio absurdo que rodea a los que ya no creemos en nada. Quiero imaginar que las escuchas y me sonríes con los ojos, como cuando todo iba tan mal que los te quiero estaban desnudos de pudor, como cuando todo iba tan bien como para pedirte con sorna que no me hicieras esta putada. Que no te hicieras esta putada.

Te debo un adiós y no un hasta mañana que ahora ya es para siempre... y no me lo creo. Te debo decirte cuánto te he admirado, cuánto te he llorado y lo grande que es el hueco que has dejado. No podrías imaginar, ni remotamente, lo difícil que es habitar ese espacio que era tuyo y en el que todos nos encontramos perdidos sin tu referencia, no podrías entender que entro en tu habitación cuando nadie me ve y me siento en tu cama porque es como volver a estar contigo, por lo menos hasta que vuelvo a abrir los ojos y la realidad hace que te desvanezcas y en tu lugar sólo quede mi cara de idiota, no podrías creer que al escuchar una canción que me recuerda a ti el tiempo se detiene y se me escarcha el alma.

Te debo no olvidarte porque no quiero que el tiempo te transforme en la imagen que encierra una foto enmarcada, te lo debo, y por eso me da miedo ir olvidando tus gestos, tu manera de andar, el timbre de tu voz... Te debo que no te olviden, te debo saber contestar, en su momento, a todas las preguntas que sobre ti me harán, sin desmerecer lo grande que eras, lo valiente que eras, lo generoso que eras... y me aterroriza fallarte, porque mereces quedarte para siempre en ese cielo prefabricado desde el que nos cuidas y velas nuestras noches, como el superhéroe que fuiste. Te debo creer que ese cielo es de verdad, aunque sé que tú no lo creerías, pero lo que ya nunca podrás saber es que, llegados a este punto sin retorno, importa más ganar que jugar limpio y sin hacer trampas.

jueves, 14 de marzo de 2013

Del orgullo bloguero

orgullo.
(Del cat. orgull).
  1. m. Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.
Nunca me he sentido muy orgulloso de mi mismo, eso es así, y me moriré con la sensación de no haber hecho nunca nada del otro mundo. A ver, no quiero decir que no haya cosas de las que me sienta orgulloso, que no hay tampoco que pecar de falsa modestia, pero sé que no pasaré a la historia por nada relevante. Hay una canción de Bénabar, un cantautor francés que me gusta mucho, sobre todo por lo irónico de sus letras (no ésta precisamente que es pura melancolía), que me recuerda mucho a lo que siento ahora:
 
Moi qui frôle les quarante ans
J'ai pas fait progresser la science
J' découvrirai pas de continent
Faut voir les choses en face

Al borde de los cuarenta ni he hecho progresar la ciencia ni descubriré un continente, las cosas como son. Os la enlazo al final del post.
 
Es algo que asumo, sobre todo en estos tiempos de vacas flacas emocionales que me van limando las aristas a palos, hasta hacerme blandito, ¡quién me ha visto y quién me ve! En estos tiempos en los que junto con mi pelo veo desaparecer buena parte de mi rabia juvenil, siento cosas que antes me parecían secundarias y una de las principales, y que además me llama mucho la atención, es la exaltación de la amistad, y donde escribo amistad quiero decir realmente del cariño. Si me hubierais conocido con veinte años, cuando era arisco como un gato, entenderíais mejor la importancia que tiene para mí ahora al tema.
 
Lo disfruto como un niño.
 
Mucha culpa de ello, la tiene alguna de la gente que pasa por aquí, y que espero que no haya sucumbido todavía a la tentación de dejar de leer este rollo repollo, gente que empezó haciéndose un huequito muy pequeño en mi vida y que ahora me resulta necesaria, que me hace la vida divertida y que, afortunadamente, me regala parte de su tiempo y me hace feliz con su compañía. Pero, y a eso es lo que iba en el post, es gente absolutamente brillante, por mucho que intenten aparentar cualquier otra cosa, en el mundo 2.0, por mucho que vayan de rubias, o de cualquier otro color, por la vida de los unos y los ceros.
 
Por eso, cuando veo que sacan al mundo su lado más talentoso, y las leo por esos blogs del mundo escribiendo cosas realmente fantásticas, cambiando de registro y estilo con la facilidad que lo han hecho, noto como una ola de orgullo me recorre el cuerpo, y me gustaría tenerlas delante para comérmelas a besos y decir a todo el mundo sacando mucho pecho que son mis amigas. Y es que, claro, si volvemos al principio del post y hacemos caso de la definición de orgullo que nos proporciona el diccionario, y vamos a eso de la estimación propia, solo me cabe pensar que me siento orgulloso de lo que ellas hacen porque las considero ya algo mío, forman parte de mi vida 1.0.
 
Pero nunca hablaré de estas cosas con ellas, ni las haré un post bonito que las haga llorar, a no ser que sea de risa, porque ellas y yo sabemos que, en el fondo, estas cosas sentimentales son una pérdida de tiempo.
 

martes, 29 de enero de 2013

13,90 (Antes de impuestos) Homenaje a José Antonio.

Hoy mi padre me ha enseñado una carta con su sonrisa más burlona, esa misma cara de niño malo que ponemos los ML cuando se nos ocurre una maldad, sí, la misma que pongo yo pero en guapo, una carta firmada por un señor llamado José Antonio Panizo Robles del que ahora, y tras releer “ojipláticos” la carta, sólo sabemos dos cosas, a saber: es Director General del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS para los amigos), ahí es nada, y además es un cachondo mental con un sentido del humor directamente proporcional a su desvergüenza y descaro, dicho esto con respeto y cariño. Nos ha caído fenomenal al instante.

Y es que este señor, a pesar de ser un auténtico desconocido para nuestra familia, ha tenido a bien gastarse unos centimillos en enviar una carta con membrete oficial del gobierno de España, que oye eso nos tranquiliza porque está bien confirmar por escrito que en este país sigue habiendo un gobierno, aunque sea un gobierno epistolar y pistolero. Obviamente él no ha pagado ni pegado el sello, faltaría más, porque, aunque ganará una pasta gansa, jubiletas como mi padre los hay a millones, y donde escribo jubiletas vosotros leed gente sin escrúpulos que se resiste a la muerte y salen caros al estado. Total, que él ha enviado las cartas y los millones que han costado los hemos pagado entre todos, pero como el pueblo español ha votado eso libre y dramáticamente democráticamente pues bienvenidas sean las cartas.

Al grano, José Antonio, y espero que me permita la confianza ahora que nos carteamos, dice que le complace informar a mi padre de que su jefe, Mariano, le va a subir un uno por ciento la pensión, además le es grato comunicarle la nueva cuantía a percibir y ya puesto aprovecha para ofrecerle los servicios de su Instituto, el INSS. Como podéis ver, José Antonio es un tío muy majo, algo redicho pero majo, es el Papa Noel de los pensionistas, muchísimo más majo que el ministro Montoro, que además de subirle el IRPF a mi padre le ha dado otro sablazo con el IVA sin tener en cuenta que son paisanos. Y muchísimo más majo que el presidente González, el capullo de la rosa no, el del Ático de Estepona, que le ha metido inconstitucionalmente la mano a mi padre en el bolsillo aprovechando los achaques de la edad y sus inevitables visitas a la farmacia. González, devuélvenos los diez euros por receta que te hemos pagado por el morro, primer aviso.

Yo le he contado a mi padre que los jubilados quieren estar informados y tener medicinas gratis y todo a la vez no puede ser. Me ha dado una merecida colleja por mi cinismo. No le gusta a mi padre el cinismo.

El director del instituto ha pensado que era necesario, que digo necesario, que era imprescindible, que mi padre estuviera al corriente de que en el mes de enero le iban a ingresar diez eurazos más en la cuenta, ¿podéis imaginar el impacto que hubiera sido para él encontrárselos ahí de golpe y sin previo aviso dos meses después de un infarto cerebral? Tiemblo al pensarlo. Igual podría haber pensado que alguien desviaba fondos a su cuenta desde Suiza para blanquear dinero, y por ahí los ML no pasamos. Queremos lo nuestro, tal cual, que los ML somos de izquierdas, obreros y solidarios.

Por esto José Antonio es ahora el ángel custodio de nuestra familia, José Antonio es el director del instituto de mis padres, un hombre formal, con él nada nos falta. A su salud nos hemos gastado los 13,90 del aumento (antes de impuestos) en una cena a base de pan con aceite, y hemos debatido en la misma si la carta de José Antonio era humor o recochineo, porque en mi casa sabemos apreciar el humor cuando es bueno. Después hemos votado y por abrumadora mayoría ha salido que lo de José Antonio es humor, un alivio, de verdad, porque la otra alternativa sería pensar que José Antonio toma a mi padre por gilipollas, y ya ha tenido mi padre suficiente con cotizar para su pensión desde los 15 años, con criar cuatro hijos, pasándolas moradas, para mayor gloria de su paisano Montoro que ahora los despelleja vivos, con haber sobrevivido a un cáncer chungo y a un ictus como para que José Antonio le falte al respeto.

José Antonio, eres un fenómeno y un artista, nos has alegrado el día y has sobrepasado con mucho lo que esperábamos de vosotros, que era nada. Nuestra casa es tu casa, por eso, si alguna vez te ves en un apuro, no lo dudes, escríbenos, ya sabes la dirección, nos alegrará devolverte todo lo que has hecho por nosotros, aunque sea a sello revertido.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Una broma macabra


La vida está llena de tópicos y todos caemos en ellos.

Es fácil, sobre todo cuando hablamos en primera persona de cosas que le suceden a terceros, sobre todo cuando esos terceros nos importan un pimiento, qué curioso, nuestro amor a la humanidad se termina en el último ser humano al que conocemos y aún así, a veces no llegamos tan lejos.

Todos decimos que la vida es una mierda a pesar de ser lo único que tenemos, dos tópicos encadenados que no por serlo dejan de ser ciertos. Hablamos de la injusticia como si el mal, el dolor o la pena pudieran hacerle justicia a alguien, tal vez sí o tal vez no, si no creo en Dios cómo puedo pretender jugar a serlo. Sin embargo debe haber una escala que ligue el valor de la justicia y el merecimiento, una escala que debe ser logarítmica y que se dedica a castigar con más saña a los más buenos.

V es una persona buena, sin más, hace tiempo que lo conozco y rara vez le he visto un detalle que no me haya gustado, eso, teniendo en cuenta que yo puedo llegar a ser bastante capullo y susceptible, dice mucho de su persona. Él vive y deja vivir, seguramente porque la vida ya fue un regalo cuando nació pesando menos de un kilo hace treinta y cuatro años. Hoy en día casos peores salen adelante sin problemas, entonces fue un milagro que sobreviviera.

Pero no fue sin pagar un peaje, le quedaron secuelas que no le dejaron llevar una vida normal, si pensamos que una vida normal es una vida como la tuya o como la mía. Creció siendo un niño especial, enfermizo y débil, con unos órganos que no maduraron lo suficiente, especialmente los riñones, que siempre fueron del tamaño de un niño pequeño. Nunca le escuché quejarse por ello, al contrario, siempre le vi dándolo todo para ser uno más, dejándose la espalda currando como el que más, llegando a casa dolorido y tumbándose hasta conseguir recobrar el aliento.

Un día sus riñones infantiles dijeron que ya no podían seguir su ritmo y comenzó a ir a diálisis, tres veces a la semana, una condena en vida que sufre mucha más gente de la que pensamos y lo hacen de manera estoica, sabiendo que se lo juegan todo enganchados a ese potro de tortura, porque, precisamente, ir a dializarse no es como ir de paseo. Pero tuvo suerte y a los pocos meses le trasplantaron un riñón que por fin le cambiaría la vida y con el que conseguiría comenzar de nuevo. Y así parecía que iba a ser, a pesar de que tuvieron que operarlo un par de veces más porque estuvo a punto de perderle por falta de riego.

Sin embargo la vida es perra e injusta, como ya decía al principio de este texto, hace un par de meses en unas radiografías de rutina para preparar una nueva operación, la que ya iba a ser definitiva, le encontraron unas manchas en el pulmón, unas manchas que no parecían importantes, que pasaron de parecer una infección a un principio de tuberculosis y que tras múltiples pruebas han resultado ser un linfoma. Un asesino en potencia silencioso y cabrón que en solo unos días se está extendiendo sin parar por su cuerpo.

Dicen los médicos que, aunque raro, es algo que le puede pasar en una persona trasplantada, a mí me recuerda a la historia del caballo de troya, qué mierda de caballo, qué mierda de broma macabra. También dicen que queda esperanza para su curación, aunque sea a base de quimioterapia y a renunciar a su riñón nuevo. Lo escucho y me quiero agarrar a esa esperanza, pero le miro y le veo cansado y débil, asustado... ¡cómo para no estarlo! Pero sé que va a pelear con todas sus fuerzas, porque no queda más remedio.

Hoy me siento triste y lleno de impotencia, muy torpe, incapaz de encontrar palabras que sirvan de consuelo a su hermana y que parezcan creíbles, conteniendo las lágrimas delante de la tarta de cumpleaños de mi hijo, que en menos de una hora cumple cuatro años y que no entiende por qué no ha venido su tío y su abuela a traerle un regalo, incapaz de terminar el post que celebra el segundo aniversario de este blog, haciéndome preguntas que sé que no tienen respuesta en mi vacío interno.

V es mi cuñado y le quiero.

viernes, 17 de junio de 2011

10 años no es nada

Si como cantaba Gardel veinte años no es nada, diez son casi nada, pero para mí lo han sido todo. Este es un post improvisado, que no tenía intención de publicar ni hoy ni nunca pero que me ha llegado casi por la espalda. Hoy era un día normal de los de mantener una pinza en el estómago esperando una llamada tranquilizadora, una llamada que como un ritual, al principio cada seis meses y después cada año, se ha ido prolongando durante una década. La verdad es que el paso del tiempo ha hecho que cada vez fuera menos angustiosa, desde el no poder pensar en otra cosa en todo el día de las primeras al seguro que no es nada de las últimas, cada vez más relajado y despreocupado, pero nunca tranquilo porque uno tiene presente que el mal siempre acecha.

Los que me hayáis ido siguiendo en el blog ya sabréis que si existe una persona que quiero y admiro como a nadie más es a mi padre, ya he hablado antes de su vida, de su historia de superación personal, de todo lo que ha dado por tener esa familia que él no tuvo, por haber sabido llegar a esa edad que raya en la vejez con los deberes hechos, sin embargo un tumor del tamaño de una pelota de tenis casi se lo lleva por delante impidiendo completar una vida que necesita compensarse de tantos problemas y sinsabores. Ese año fue una mierda, pero el anterior no fue tampoco mejor, en unos meses vi fallecer a dos personas que me importaban y a una tercera que ahora tendría que estar aquí para conocer a su nieto y a la que no me dio tiempo a tomar afecto. Siempre la misma canción, siempre un cáncer de por medio.

Aun recuerdo el día que murió el padre de mi amigo Carlos, con el que tan buenos momentos habíamos pasado durante años, recuerdo no saber qué decir ni como comportarme, tan emocionalmente torpe como el día que di mi primer beso. Peor fue cuando al poco tiempo murió mi tío Miguel, por ser la primera vez que la muerte se presentaba en primera persona, recuerdo estar tomándome un yogur de cereales cuando mi padre me dio la puñetera noticia, y en cómo entre lágrimas tuve que ir a vomitarlo. Mi tío, que tan buen ejemplo fue siempre para mí, ese rayo de persona culta y leída que no reconocía en nadie más de mi familia, no era de mi sangre pero le llevo grabado en el comportamiento. Tanto me afectó su muerte que estuve meses sin salir de casa, meses en los que estudié como si estuviera poseído, escuchando en bucle tres discos sin parar, el “Coming Up” de Suede, el “White on Blonde” de Texas y el “Tragic Kingdon” de No Doubt, machaconamente, hora tras hora, hasta memorizar todas sus canciones que me vuelven mezcladas con problemas de cálculo de estructuras y sistemas electrónicos digitales. Ese año, entre junio y septiembre terminé todas las asignaturas que me quedaban de la carrera, sin un suspenso de por medio, creo que se lo debía y así se lo dije en las dedicatorias del único libro que he escrito en mi vida, y escribiré, mi proyecto fin de carrera.

Recuerdo el día de la primera operación a mi padre, llevaba unos pocos meses trabajando en la empresa patera, que por cierto se portó conmigo impecablemente, todavía no sabíamos que tenía un cáncer. Recuerdo la extraña llamada del cirujano a los veinte minutos de haber comenzado a operar, en la que nos comunicó que se habían encontrado con algo imprevisto, un tumor, que las cosas cambiaban, que habría que volver a operar pero que no perdiéramos la esperanza. Lo recuerdo como si yo no hubiera estado allí, como si se tratase de una teleserie, pero no, aquello era de verdad y había que afrontarlo. Nunca he sentido tanto miedo, sin mi padre el mundo no existía, no podía existir. La primera semana seguramente fue la más difíciles de mi vida, porque aun no tocaba decírselo, lágrimas en los pasillos y risas en la habitación, cuando se lo contaron me impactó su entereza, su fe en que nada malo le iba a pasar, su fe en la protección de una madre que no conoció, también me sorprendió la humanidad de los médicos, el doctor Lledó y el doctor Llorente, a los que nunca podré estar suficientemente agradecido aunque ellos no lo sepan, y también al resto del equipo que le operó que interrumpió sus vacaciones para intervenirle un 21 de agosto. Desde entonces lo celebramos como si fuera otro cumpleaños.

Ha llovido tanto que parecen historias de fantasmas, pero el rastro que han dejado no lo puedo borrar. La cirugía es dura, pero el tratamiento posterior es casi peor, la recuperación lenta y dolorosa, y cuando crees que estás ganando la batalla a la enfermedad te encuentras con otra que es casi peor, la depresión que llega por la espada en cuanto te paras a pensar qué te ha pasado. Pero ha pasado, y todo ha sido para bien, dicen que no hay mal que por bien no venga y a mí me sirvió para madurar de golpe, para tomar las decisiones de la familia, como hermano mayor que era, porque mi madre no salía del estado de shock y delegaba. Por eso, hoy me alegra poder contar una historia con final feliz, porque esto, como casi todo, se puede superar y no hay que identificar cáncer con muerte. Sé que cada vez se curan más pacientes, que se investiga más, que la prevención es mejor, que los medios cada día son más potentes, que si entre todos arrimamos el hombro las cosas pueden ir a mejor. Yo desde entonces todos los meses colaboro con la AECC, qué menos, sé que es poco pero si muchos hicieran lo mismo todos lo agradeceríamos.

Han pasado diez años y de repente en esta última llamada me dicen que todo esto se acabó, que le han dado de alta, que las únicas secuelas que quedan son las físicas, porque las del alma ya están más que superadas, y me emociono como un niño porque quiero verle envejecer en paz, porque por fin podemos pasar página y olvidar esta historia, porque he podido escribir un post a base de pico y pala en el que enterrarla.

miércoles, 2 de febrero de 2011

A mi padre


La mayor injusticia de este blog es que después de casi doscientos post no he hablado nunca de mi padre, es para matarme. Por si acaso se me pasan las ganas de escribir un día de estos no voy a dejarlo para otro día, es algo que él me ha enseñado siempre, si hay que hacer algo cuanto antes mejor, una enseñanza estupenda que yo me empeño en no seguir.

Decir que ha tenido una vida difícil sería quedarme corto, era el pequeño de nueve hermanos y su madre murió cuando él tenía un año, con dos se cayó en una hoguera, cosas de no tener una madre vigilante, y además de unas horribles quemaduras se le inutilizó prácticamente una mano que no arreglaron hasta que fue a la mili y le operaron. Su padre era un bala perdida que yo conocí cuando ya era octogenario y no podía valerse por si mismo, una persona sin ningún tipo de sentido de la responsabilidad que sin embargo tuvo la suerte de ser acogido por el hijo del que nunca se preocupó, porque eso es muy de mi padre, el sentido del deber, el hacer lo que su corazón le indica que es justo sin dudarlo. Y es para aplaudirle, porque la idea de mi abuelo, al quedarse viudo, fue disolver la familia pasados un par de años, vendió la casa, repartió el dinero que como herencia le tocaba a cada hijo y si te he visto no me acuerdo. ¿Qué fue de mi padre? Pues que le internaron en un colegio del auxilio social en Linares hasta los doce o trece años, un sitio que no me puedo imaginar para pasar una infancia de férrea disciplina eclesiástica y bastante penurias y no poco hambre. No hemos hablado mucho de ello, imagino que le debe doler y no tengo ganas de remover el pasado.

Del colegio le sacaron unos tíos que no veían en él más que mano de obra barata para trabajar en el campo, sus hermanos bastante tenían con sobrevivir, no lo soportó y con quince años se subió en un tren con destino a Huesca, solo y sin dinero, pasándolas moradas. Allí encontró trabajo en los Pirineos, trabajando en la construcción de las pistas de esquí, durmiendo por la noche en barracones llenos de obreros que le duplicaban y triplicaban la edad, imagino que con un ojo abierto y otro cerrado. Como es más listo que el hambre salió adelante trabajando de cualquier cosa, panadero, vaquero, pescadero, albañil, lo que se terciara, recorriendo Aragón, Navarra y el País Vasco. Luego le toco ir a la mili, vuelta otra vez a Andalucía, para emigrar luego a Madrid con 22 años. Me da vértigo escribirlo, pero la verdad es que con esa edad ya había vivido más de todo lo que yo voy a vivir en mi vida, pensar en las cosas que a nosotros nos frustran me da vergüenza y el término trauma mejor ni mencionárselo.

Cualquiera podría pensar que una vida así ha hecho de él alguien triste y huraño, pues si lo piensa se equivoca, mi padre es todo alegría, muy simpático, con un don especial para la gente, que siempre piensa en positivo y no se arruga ante nada. Vamos, casi todo lo que no soy yo. Al poco de estar en Madrid conoció a mi madre, en un semáforo de la calle Santa Engracia, cosas de la vida, porque si hubiera estado en verde no estaría yo aquí escribiendo esto. Entre su gracia andaluza y que es guapo de llamar la atención consiguió acompañarla a casa, algo muy milagroso en aquellos recatados tiempos, sé que es guapo porque mis amigas se mataban por subir a casa para verle y más de una, y más de dos, todavía me sigue diciendo que sigue siendo interesante a pesar de los años. Pero volvamos a la historia, en un par de años se casaron, él con 25 y ella con 21, sin un puto duro y viviendo en un piso compartido de mala muerte, y a los nueve meses clavados yo vine al mundo ganándonos el derecho a vivir solos de alquiler en un apartamento en Leganés del que prácticamente ni me acuerdo. No deja de ser una historia de supervivencia, como muchas más de un país roto, pero es la suya y por eso es la mía, y por eso le admiro, le respeto y sobre todo le quiero.

A partir de ahí ya pueden hablar mis recuerdos, de tiempos difíciles en los que nunca perdía la compostura, en los que sabía suplir lo material con su atención, porque ni un día puso una excusa para no jugar conmigo y mis hermanos, nos llevaba al campo todas las semanas, nos enseñó a distinguir los árboles, los bichos, los pájaros, a distinguir las setas buenas de las malas, a buscar espárragos. Nos llevaba de acampada a la sierra, nos contaba historias, se preocupaba de enseñarnos él mismo a leer y a escribir, a sumar y restar, hasta que se le terminó el repertorio después de los quebrados. Nos enseño a luchar por nuestros ideales, desde sus ideas de sindicalista de los que ya no quedan, nos inculcó la importancia del saber, eso hasta la obsesión, a apreciar la oportunidad de tener esos estudios que a él se le había negado, sin tener nunca nada para él mismo, lo mismo que mi madre para ser justo, invirtiendo en nosotros hasta la última peseta sin importarle no tomarse una cerveza con los amigos o tener un coche descacharrado de segunda mano. Así año tras año, hasta sacar cuatro hijos adelante, hasta llegar a la jubilación, hasta ver nacer a sus nietos, hasta que la vida quiera, y más le vale a la vida que sean aún muchísimos años.

Porque entre medias casi le perdemos, el año maldito que le diagnosticaron un cáncer que afortunadamente ha superado, y ni los médicos se explican mucho cómo salió todo tan bien, a lo mejor algo se merecía bueno después de tanto malo, seguramente, o a lo mejor tiene razón mi madre y su madre, que se llamaba Ángeles, es el de la guarda y le sigue cuidando. Desde entonces todos los años me busco la vida y nos vamos un fin de semana solos los dos, y es el fin de semana del año más maravilloso, porque nos llevamos genial y disfrutamos de las mismas cosas, que suelen ser sencillas, pero sobre todo disfrutamos de ser adultos y comprendernos, y de poder hablar de cualquier cosa y poder callar también sin molestarnos. Y he descubierto que no solo es un padre genial, sino que es casi mejor como abuelo, sus nietos le adoran y se me cae la baba viéndole disfrutar de ellos, como si el reloj hubiera vuelto a los setenta y estuviera de nuevo jugando con sus hijos, pero sin preocupaciones, ayudando en todo lo que puede si hace falta, madrugando para llevarles al cole no porque se lo pidamos, sino por el placer de verlos, comprándoles más chuches de las que a mí me gustaría, aunque quién las hubiera pillado, ahora que lo que menos le preocupa en la vida es el dinero.

Y no deja de enseñarme lecciones cuando me dice que él ha tenido una vida feliz, a pesar de todo, ya jubilado, a punto de cumplir 40 años casado y criando a cuatro hijos, algo que nunca pudo imaginar cuando salió de Jaén con poco más que unos pantalones remendados, como él dice, y sobre todo con la satisfacción de haber podido comprarse una casa en su pueblo, para reconciliarse con la vida, con los suyos, con su pasado.