Cuando los amantes de la
historia pensamos en el origen de la civilización, inevitablemente
volvemos nuestros ojos a esa tierra bañada por los ríos Tigris y
Eúfrates que ha sido llamada Mesopotamia desde la antigüedad.
Desgraciadamente, y por una especie de ironía macabra, todos,
amantes de la historia o no, volvemos los ojos al mismo lugar cuando
pensamos en la más absoluta barbarie, un lugar donde miles de años
después esa misma civilización corre el riesgo de ser destruida.
Hoy a esa tierra entre ríos la llamamos Iraq y la estamos dejando
morir al otro lado del televisor, como si no fuera más que un plató
de cine en el que pelean buenos y malos.
Así, sentado en mi
sillón, he podido ver como unas alimañas han destruido la ciudad de
Nimrud, una de las cuatro capitales asirias, y se me ha roto el
corazón, la pena que siento es tan grande que me obliga a escribir
estas líneas para cambiar por letras mis lágrimas. Al que crea que
exagero le invito a leer este
otro post que escribí hace ya casi cuatro años, cuando era
inimaginable, al menos para mí, que la barbarie pudiese llegar tan
lejos. Y siento más pena todavía por toda esa gente atrapada en el
infierno sólo por haber nacido en un lugar tan maravilloso en un
tiempo equivocado, escribiría por ellos también, pero lo que mis
tripas quieren decir mis dedos se niegan a teclearlo.
He tenido la suerte de
conocer esos dos ríos en mis viajes por Turquía, los turcos me
pasearon por el Eúfrates y los kurdos por el Tigris para enseñarme
una ciudad muy pequeñita llamada Hasankeyf
que, según me dijeron tenía una antigüedad de 10000 años. Pocas
veces he sido más feliz que ese día, mirando esas aguas de un azul
turquesa y su puente roto que tantos habían contemplado antes de mí
allí mismo. Gente de diferente color de piel, gente que en multitud
de idiomas habrían adorado allí mismo a dioses olvidados y a dioses
modernos, gente como tú y como yo, cuyos descendientes se sentían
orgullosos de mostrarme su herencia milenaria, a pesar de la
decadencia visible. Habría que ser muy cretino para en ese momento
no sentir otra cosa que un profundo respeto.
Por eso, yo, que soy
consciente de lo circunstancial del lugar de mi nacimiento, soy capaz
de hacer parte de mí lo suyo, soy capaz de comprender que cuando
decimos que un lugar es patrimonio de la humanidad es porque
realmente es parte de nuestra herencia colectiva como seres humanos,
y siento que me agreden cuando destrozan un Lamassu
unos desgraciados que ni siquiera saben qué significa aquello que
están destruyendo, tanto como si volasen por los aires el acueducto
de Segovia o la catedral de Santiago de Compostela. Porque en esto no
debe existir ni la distancia ni la indiferencia, pensar que el
problema es de otros, escurrir el bulto y mirar a otro lado nos hace
a todos más miserables y a este mundo peor.
Quiero que el mundo al
que pertenezco combata esta lacra hasta las últimas consecuencias,
porque si hace tres mil años los asirios no hubieran imaginado que
existiría una declaración universal de los derechos humanos yo
ahora no puedo aceptar que en el mismo lugar del mundo que fue su
imperio esa declaración en el 2015 sea papel mojado. No puedo
aceptar que nadie mueva un dedo con verdadera determinación para que
se cumpla porque, nos guste o no, estamos perdiendo esta guerra y
algún día, avergonzados, diremos que se puedo hacer más, que se
reaccionó tarde, que había demasiados intereses enfrentados que nos
ataban de pies y manos. No puedo aceptarlo, me niego, son fanáticos,
no tienen cabida en el mundo y sin complejos hay que exterminarlos.
Y mientras, con el
corazón en un puño buscando un falso consuelo, me repito que las
esculturas que tanto admiré sólo eran piedra, sólo eran piedra,
como sus corazones. Malditos sean.