lunes, 1 de julio de 2013

Cómo hablar de los libros que no se han leído


Este mes, mis compañeros del Club de lectura 2.0, han tenido a bien elegir "Cómo hablar de los libros que no se han leído" escrito por Pierre Bayard. Si tengo que decir la verdad, no me ha entusiasmado, aunque tampoco me ha dejado indiferente, que ya es algo. Admito que, en general, no me siento muy atraído por el ensayo, que lo mío es leer novela, y si a esto se suma que me he leído el libro en francés la realidad es que a muy duras penas he sido capaz de leer seguidas más de seis o siete páginas.

El nombre del libro, "Cómo hablar de los libros que no se han leído", deja poco a la imaginación del lector en lo referente al tema que trata. El autor, a través de ciertos libros, que utiliza como esqueleto sobre el que construir su disertación, usa el tabú de que no se debe hablar de los libros que no se han leído para construir un discurso sobre la lectura y sus diferentes connotaciones.

Si he de decir la verdad, después de terminar el libro no sé si he aprendido algo sobre cómo hablar de libros que no he leído, es más, no sé si he aprendido algo sobre cómo hablar de libros en general, y si eso me resultaría útil de alguna manera, ya que, desgraciadamente, vivo en un mundo hostil a la lectura en el que hablar de libros en las conversaciones cotidianas es algo tan exótico como hablar de la cría en cautividad del Dragón de Komodo.

No debe ser el caso del autor que, en mi opinión, utiliza este ensayo para dos cosas. En primer lugar es un pretexto para hablar de libros, porque a pesar de las apariencias este libro es una declaración de amor a la lectura, de cualquier genero y en cualquier circunstancia. En segundo lugar, y aquí ya tengo mis dudas, sirve para dar un pequeño palo, cargado de sarcasmo y cierto cinismo, a toda esa gente remilgada que pretende que la lectura, y su divulgación, sea un hecho elitista, estirado y presuntuoso.

Quizá lo que más me ha gustado del libro es en parte eso, el hecho de quitar importancia a la lectura de un libro en particular, dejando claro que cada libro es hijo de su autor pero sobre todo de su tiempo, que todo forma parte de algo más elevado que él denomina "biblioteca colectiva", que tener cierto dominio sobre ella es de mayor importancia que haber leído tal o cual vaca sagrada de la literatura universal. Por ello, el libro puede usarse como antídoto contra ese pudor, por el que creo que todos hemos pasado, que supone tener que reconocer en algunos ambientes, más o menos cultos, la no lectura (término que uso conscientemente en lugar de no haber leído) de un libro determinando, curiosamente en uno de los capítulos también nos habla de la existencia de ese pudor cuando admitimos el gusto por ciertos tipos de lecturas. A fin de cuentas, cualquier libro, incluso el que pueda ser considerado la obra cumbre de la literatura, no deja de ser algo insignificante, y espero que se entienda el concepto porque no es mi opinión, dentro de los miles de libros que se escriben cada día. Todo teniendo en cuenta que nuestra existencia es demasiado corta como para llegar a rascar en el cascarón del conjunto de toda la obra escrita.

Por ello, también es curioso cómo explica que ese conocimiento puede llegar incluso desde la no lectura, aunque parezca algo paradójico, porque puede llegar de otras maneras como, por ejemplo, desde la tan socorrida lectura en diagonal o también desde el estudio de la crítica y las opiniones ajenas.

Es importante sobre todo lo último, la opinión del otro, porque es capaz de conseguir que un libro que nunca ha estado en nuestras manos entre de lleno en nuestro ámbito de conocimiento, como miembro ignorado de esa biblioteca colectiva que antecede a su incorporación a nuestra biblioteca personal. Sin ir más lejos, esta reseña, y las de mis compañeros del club de lectura, harán que "Cómo hablar de los libros que no se han leído" forme parte de la biblioteca colectiva de nuestros lectores, haciendo que ellos, y no dudo de que así va a suceder, puedan a su vez hablar del libro con terceros futuros seguidores de nuestro club de lectura, de manera que, estos no lectores, adquirirán su propia referencia personal que sólo será modificada por la verdadera lectura, estando ésta marcada e influida por nuestra propia experiencia.

También me parece una reflexión de interés la que explica como, tomando como punto de partida el hecho de que un lector llegue a hablar con el autor de un libro (algo que puede llegar a ser difícil sobre todo si el escritor está muerto), se llegue a reconocer la existencia de algo que Bayard denomina "el libro interior". Aquí nos zambullimos de lleno en el fascinante mundo de la compresión lectora, de las verdaderas intenciones y sentimientos del escritor en el momento de escribir su texto y aquello que nosotros como lectores, en un determinado momento, entendemos e interpretamos. En el fondo no deja de ser otro pariente de la no lectura, y es, además, una manera de desposeer al autor de su obra, ya que ésta no deja de ser como una fotografía que es revelada en nuestro interior y que cobra vida sólo al ser leída, hecho que depende en gran parte de nuestras circunstancias que a su vez son variables. Por eso, Bayard llega incluso más lejos, considerando cada texto no como algo inmóvil, si no más bien como un ente cambiante a lo largo del tiempo. Y es verdad, todos los que hemos leído un libro en diferentes momentos de nuestra vida creemos haber leído dos libros diferentes; es fácil imaginar dicho efecto si lo multiplicamos por millones de personas cada una víctima de sus propias coyunturas.

Por último, que ya me está quedando densa la reseña, sólo me queda hablar de la parte romántica del asunto, del libro olvidado, de cómo la lectura de un libro supone el primer paso para olvidarlo, de qué nos queda de ese libro cuando el tiempo pasa. Según Bayard no queda más que una mera reseña del mismo, vacía de la mayoría de su contenido y equivalente a la que podríamos tener de cualquier otro libro del que hayamos oído hablar con cierta profundidad. Todos sabemos que esto no es verdad, que es bastante absurdo y que Bayard exagera, siendo él el primero que lo sabe, pero sí que es verdad que esa pérdida existe y es demoledora.


Hay que aceptarlo, porque la lectura es como el amor, es mejor amar y perder que no haber nunca querido. O leído.

3 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Respecto a la importancia del lector en el propio libro no hay más que ver que los cinco que hemos leído y reseñado el libro llegamos a conclusiones distintas partiendo del mismo libro.

Eso para mí es fascinante, al igual que el cambio del libro y de su percepción cambiante al leer otros libros, hablar con otras personas e ir olvidando el propio libro.

Bichejo dijo...

Un libro sin lector no es absolutamente nada...

Creo que me he tomado este libro muy por lo personal, y por eso conmigo no ha triunfado.

Bienvenido al club, y al grupo de wassap, que sabemos que es lo que más te interesaba.

Carmen J. dijo...

¿Y qué es el Dragón de Komodo? Tendré que leer "Cómo hablar del dragón de Komodo sin saber qué es"...

Yo no creo que el autor hable del amor a los libros, sino que los toma como una obligación y como un objeto. Sólo de muy pasada habla del placer de leer, de leer sin querer por ello cultivarse, de leer por leer, para distraerse, y no para aprender o para sacarle provecho concreto. Sólo cuando habla de El Tercer hombre y de forma muy tangencial habla de esto.

Bienvenu au club de lecture, mon cher!