Mostrando entradas con la etiqueta Padre en prácticas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Padre en prácticas. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de abril de 2011

Poesía para niños de tres años

Vosotros lo habéis querido, una muestra de mi calidad literaria, afortunadamente los niños han mostrado interes y se han tragado la historia de cómo se hace la miel, de por qué los osos hibernan y que las ardillas aunque no son pájaros hacen nidos, evidentemente el tema era el bosque. Prueba superada.

En el bosque hay animales,
bichos, ranas y roedores,
y árboles descomunales
bajo los que crecen flores
que abejas en los panales
hacen miel de mil sabores.

Los ciervos tienen dos cuernos,
los jabalís dos colmillos,
y comen frutos muy tiernos
los osos que son muy pillos,
para dormir los inviernos
mientras les cantan los grillos.

En los arroyos los peces
mueven la cola fresquitos,
no les gustan las nueces
les gustan más los mosquitos,
por eso algunas veces
los cazan dando saltitos.

En el bosque todo es vida,
crecen bayas y una seta
que sirven como comida
a una ardillita coqueta
que entre las ramas anida
saltando muy pizpireta.

lunes, 14 de marzo de 2011

Juanjo busca su sitio

Este es un post que lleva mucho tiempo dando vueltas en mi carpeta de borradores, a medio escribir, esperando un día de defensas bajas para salir de su madriguera. Hoy es ese día, la culpa es de molinos que me ha dejado tocado.

Hace mucho tiempo, cuando esto de internet estaba en pañales yo escribía cartas, cartas a gente que conocía a través de chats alocados en conexiones por telnet, era la pera. Por supuesto que el fin último de aquello era ligar, bueno era el fin único, y milagrosamente funcionaba, pero ese es otro tema que hoy no viene a cuento. El caso es que conversación tras conversación, carta a carta, llegué a hacer amistades a las que contaba mis cosas como ahora las cuento en este blog, era estupendo, sobre todo la sensación de recibir una carta de verdad llena de palabras de verdad, escritas por personas que no eran de mi mundo, ni geográfica ni emocionalmente, con puntos de vista totalmente diferentes, con historias alucinantes que lo mismo me hablaban de Jacques Brel, con cancionero incluido, que de musicales de Broadway, con algún CD también de regalo. Hoy encuentro algo de ello en este blog, afortunadamente, con un delicioso bollo clandestino de canela para recordármelo.

Cuento esta historia porque he recordado una de aquellas cartas, una carta de varias hojas que partió llena de angustia vital camino de Barcelona, una carta que me marcó durante bastante tiempo en la que contaba lo perdido que me encontraba al darme cuenta de que el paraguas de mis padres ya no me tapaba. Ahora que soy padre, soy consciente de que en parte no tenía razón, y que además era bastante injusto, pero me encontraba bajo los efectos de shock que me producía ver que la infalibilidad de mis padres era bastante más dudosa que la del Papa. Imagino que a todo el mundo le sucedería, pero ser consciente de que mis padres tenían problemas que no sabían bien cómo solucionar, incluyéndome a mí, que era una oveja descarriada, me cambió el chip, ver que eran de carne y hueso, con defectos y virtudes como los de cualquiera no entraba en mis planes y me costó mucho aceptarlo.

Ahora me doy perfectamente cuenta de lo iluso que era, y de lo buenos que ellos habían sido haciendo su labor de padres, consiguiendo hacerme creer durante veinte años que en realidad sabían lo que se traían entre manos, que tomaban siempre la mejor decisión en aras de un interés superior que a veces entraba en conflicto con mis intereses particulares a corto plazo, pero ni eso lo dudaba, por mucho que me fastidiaran. Habían hecho de ello un arte, y ahora que me toca a mí tomar su papel me doy cuenta de que no sé ni por dónde empezar, me encuentro tan perdido a la hora de ser padre como delante de una página en blanco. Al final me veo improvisando y trato de hacerlo lo mejor que puedo, pero intuyo que mis mejores intenciones se estrellan contra una pared invisible que es la ignorancia, y me veo cometiendo los mismos errores que cometieron mis padres, y muchos más, a pesar de haberme jurado millones de veces que nunca actuaría como ellos. Hay días en los que me siento un padre horrible y desnaturalizado.

Porque ser padre no te da superpoderes, como mucho te vuelve más precavido y responsable, pero ni de eso estoy seguro. Además, o por lo menos a mi me ha pasado, no se llega en un día al clímax del amor paternal, sería demasiado bonito. Al principio crees que es lo mejor que te ha podido pasar en la vida, pero realmente ves a tu hijo como un ente extraño, le quieres pero no es ni una caricatura de lo que le vas a querer, te preocupas pero no es ni un ápice de lo que te vas a ir preocupando, cada vez más, superando etapas a la velocidad del rayo con la duda de si lo estarás haciendo bien, tomando decisiones que crees a vida o muerte y que son un juego de niños comparadas con las que te quedan por tomar, sabiendo además que tu papel consiste en ser una especie de respiración asistida hasta el día que pueda hacerlo por él mismo, arriesgándote a meter la pata y que un día te lo eche en cara, uf, qué agobio, prefiero no pensarlo.

Me encuentro como sumergido en un capítulo de Juanjo busca su sitio, haciendo malabarismos para equilibrar su espacio y el mío, aprendiendo a ser más calmado y más paciente, más travieso también, tratando de volver a ser el niño que fui cuando estoy a su lado. Porque en esos momentos solo está él, con su inocencia no fingida, con su inquietud y con su alegría, con su bendita inconsciencia que ha de perder, y se me parte el alma al pensarlo. Él, que no sabe todavía cómo es su padre ni cuales son sus miedos y sus miserias, que me recuerda sin quererlo que es en este mundo donde debo estar, como un ancla que me fija a la vida, para que no me escape de la atmósfera como si fuera un globo de helio que el viento se va llevando.

viernes, 4 de marzo de 2011

Carnaval escolar (pabernos matao)

No debe existir cosa más absurda en este mundo que un colegio público de barrio periférico con vocación de Liceo Británico. Ese es el cole al que inconscientemente he llevado al peque, vale, tiene buenas instalaciones, es bilingüe, con profesores de inglés nativos, blablablablabla, eso está bien, pero lamentablemente está lleno de gilipollas que, además y como deber ser habitual, copan esos centros de poder mafioso llamados consejo escolar y (h)ampa. No es difícil huir de ellos, total, uno va a por el niño y mira fijamente al horizonte como si nadie existiera, se refugia en un libro, insulta mentalmente a los que van en coche y aparcan en triple fila, vamos, cualquier actividad que te haga invisible y/o desagradable (1). Eso no es nada difícil, lo que es difícil es huir de las decisiones que esa fauna toma en nombre de la democracia, san canelón nos proteja.

Estos carnavales nos ha tocado disfrazarle cada día de una cosa, el lunes de árbol, el martes de duende, el miércoles solo tocó maquillarle como un búho, el jueves disfraz de contenedor amarillo en honor al día del reciclaje y hoy, viernes, de rana, porque además tenía que ir disfrazado de algo relacionado con el bosque. El pobre no estaba muy convencido y me preguntó al comprar el disfraz si en el bosque había ranas, más les vale, contesté, y vaya si las había, el veinte por ciento de los niños iban de rana, un diez por ciento de tigres, que, joder, no sé en qué puto bosque habrán visto su padres tigres, igual se han criado en Indochina o Sumatra, vete a saber, otro veinte por ciento iba de Robín de los Bosques y el resto reciclaban el disfraz de duende del martes porque no está la cosa para despilfarrar. Entre las niñas los más vistos han sido los disfraces con alas, a saber, mariquitas, mariposas, abejas, hadas, bueno, una iba disfrazada de Gormiti, así, con un par, ha sido sin dudar mi favorita.

Pero todo esto es lo de menos, lo increíble, y lo que de verdad me ha parecido un espectáculo, ha sido la concurrencia. Admito que la organización ha sido tirando a mala, que no se escuchaba absolutamente nada y desafortunadamente, sobre todo por los niños, ha chispeado todo el rato, vamos un horror, pero yo esas cosas me las reservo para la intimidad, además los niños se lo estaban pasando estupendamente ajenos a esos problemas terrenales, así que tampoco me ha parecido para tanto. Sin embargo a los padres vengadores, esos seres superiores que deben ser infalibles en su trabajo, les ha sabido a poco. La palabra indignación no puede expresar bien sus miradas de odio y su mala baba. Mira que no es santa de mi devoción la profe del peque, la sargentona, pero ahí os quería ver yo a vosotros, campeones, disfrazados de abeja maya, dominando a treinta niños que saltan y bailan en el patio mientras amenaza la lluvia. Si a vosotros en vuestro trabajo os hacen disfrazaros así y en esas condiciones pedís la cuenta entre lágrimas.

El sarao estaba montado en la pista de fútbol sala, recubierta de colchonetas para que las criaturas retozaran, bien, después unos bancos haciendo de grada para que los niños se sentaran hasta que les llegase el turno de hacer su coreografía, los más pequeños delante de los mayores y detrás los padres separados por unas vallas. Primer problema, los niños mayores no se sientan, como es natural, y no se puede ver a los niños pequeños mientras que bailan, un primer padre iluminado comenta satisfecho que él habría puesto a los pequeños detrás para que los padres les pudiesen ver, murmullos de aprobación, ¡qué gran idea pienso yo!, si luego los pequeños no ven nada que se jodan hasta que cumplan once años. Un segundo iluminado añade que además como casi todos van de verde, menos los tigres, es imposible diferenciar a nadie, sorprendentemente la multitud no salta sobre él y le despedaza, al contrario, alguien añade que ya que no se ven los niños en las fotos espera que el colegio nos regale el vídeo de la actuación, aclamación popular y chascarrillos varios sobre la estúpida prohibición de grabar a menores. Un gafapasta, al que daban ganas de disolverle en ácido, eleva el nivel de la conversación incluyendo un nuevo punto de vista, los niños se sienten desorientados sin saber dónde están sus padres, totalmente inseguros, yo miro a los niños y les veo cantar, bailar y saltar sobre las colchonetas sin hacernos ni puto caso.

Por supuesto llega el momento climatológico que todos estábamos esperando, un gañán dice solemnemente que podían haberlo hecho el lunes que ha oído que va a hacer bueno, yo me quedo sin palabras, algo que no les sucede a un coro de madres que como si fueran las Ronettes corean “se van a poner malos dubidubidubidu”. Sin dejar que me reponga y cuando creo que no se puede superar una señora con aspecto de mastín de los Pirineos añade que todo es una “imprivisión”, que se podía haber alquilado el teatro de la escuela de música (sic) y que ella incluso hubiera pagado un euro de ser necesario, casi aplaudo tanta generosidad pero las Ronettes se me adelantan y corean de nuevo “se van a poner malos dubidubidubidu”. Una madre con un plumas dorado y más pintada que las cuevas de Altamira aprovecha para decir que lo que está pasando es súperfuerte, que ella no ha comido para verlos y fíjate que mal, además nos hace saber que se tiene que volver al trabajo. A puntito estoy de comentarla que no sabía que los viernes por la tarde se grababa princesas de barrio.

Ya roto el hielo cada uno hace la guerra por su cuenta, unos se quejan, otros aprovechan para ajustar cuentas con preguntas tan sutiles como ¿la “conserja” de qué va disfrazada?, mira que es fea, mira que es gorda, mira que es rara, apuntilla la multitud. El de gimnasia está buenorro escucho a mis espaldas, la de cinco años está horrorosa… y como no puedo darme la vuelta y decir abiertamente que los de cinco años están de mi lado de la valla decido plegar velas e irme estupefacto. Afortunadamente el peque se lo ha pasado genial y luego me ha cantado una canción que hablaba de salvar el mundo de los peligros de las personas. ¡No lo sabe el bien!

(1) Un afectuoso saludo para Anniehall

martes, 10 de agosto de 2010

Verdades infantiles (como puños)


Admito que no soy un padre del otro mundo, es más, debo ser un padre bastante deficiente, porque no siento dentro de mí esa pasión desbocada que veo en otros padres de mi alrededor. Por supuesto que no tiene que ver nada con el cariño, ni mucho menos, yo por mi hijo mato, y aclaro que es por lo único que mataría, sin embargo ser padre no es el fin de mi vida, me explico, seguramente sea la faceta más importante y la que más me preocupa pero necesito de más cosas para ser yo mismo, a lo mejor muchos me toman por alguien horrible pero es lo que hay, además es recíproco, si alguien me dice lo contrario tampoco me lo creeré y le tomaré por algo psicópata.

Dicho esto tengo que decir que no me merezco la suerte que tengo, primero porque es un niño fuerte y sano, el mes que viene cumple tres años y por lo más grave que hemos pasado ha sido un catarro, después porque es más listo que el hambre, y eso no es amor de padre, es un hecho, y además es guapo a rabiar, vamos, de llamar la atención, lo cual además de un hecho sí que es amor de padre. Ha tenido la suerte de heredar la delgadez de su madre y la belleza de mi padre, afortunadamente, porque mi padre es guapísimo (bueno dicen que es atractivo lo cual es mejor), tanto que mis amigas de adolescencia venían a casa por verle y, lo que es peor, me pedían que les enseñara fotos suyas de cuando era más joven. Es un trauma que llevo con dignidad porque a la fuerza ahorcan, sin embargo gracias a mi hijo he podido comprobar que yo no era adoptado, eso de que la genética se salta una generación es verdad, para desgracia de mis nonatos nietos.

Pero al grano, que me pongo a teclear y suelto el sermón de la montaña, esta mañana Dani se ha levantado antes de que me fuese a trabajar, algo raro. Al verme se ha debido pensar que era fin de semana y se ha desilusionado bastante al verme coger el portátil y ponerme los zapatos, la conversación quitando su lengua de trapo ha sido esta:

Papi, ¿a dónde vas?

A trabajar cariño.

No vayas. (Él realmente dice no vayes)

Hijo tengo que ir para ganar dinerito para comprar la comida.

Yo te doy dinerito.

No Dani, hace falta mucho dinerito, tú no tienes tanto.

Esto no le ha debido dejar muy conforme porque tras pensarlo un rato ha insistido y me ha soltado:

Papi no puedes ir a trabajar.

¿Por qué Dani?

Porque en el trabajo hay muchos monstruos.

No he podido evitar sonreír y contestar:

Sí, Dani, cariño, no lo sabes tú bien.

viernes, 30 de abril de 2010

Y la carne se hizo carne

Los milagros existen, todos los días, en cada rincón del mundo, sin darle mucha importancia, casi sin darnos cuenta. Todos los días millones de heroínas anónimas enganchan a este mundo el siguiente eslabón de la cadena, sin prácticamente hacer ruido, apretando los dientes y dejándose el alma, con miedo y con incertidumbre, pero también con mucho amor, alegría y esperanza, una alegría que solo conoce el que ha conseguido transformar sus genes en carne, una esperanza que unos días será temor, angustia otros y la mayoría simplemente será un juego de cartas, esperando levantar un naipe y que nos salga un as o una dama.

No existe amor parecido al que se siente por un hijo, no es prepotencia ni presumir de nada, es así y no se sabe hasta que le has mirado a los ojos por primera vez. Posiblemente no te ha visto, ni siquiera te reconoce, no eres nadie aún para él pero con solo haber atravesado esa flor en llamas que es la puerta del mundo, con su vida, ya ha llenado la tuya, te ha poseído hasta los tuétanos y cruzarías mares y desiertos por conservarla. Porque por mucho que quieras no volverás a ser jamás un individuo, una fuerza sobrehumana te ha fisionado para después fusionarte con su materia, que es diferente, pero en la que encajas como encajan una figura y su molde. Todavía deberás aprender que la figura cobrará vida propia hasta que no dependa para nada de ti, pero hasta que llegue ese día ahí estarás, para lo bueno y para lo malo, e incluso después, cuando ya no hagas falta.

Y pasaras ratos buenos y ratos malos, ratos en los que habrás creído encontrar el sentido de la vida y serás dichoso, embriagado por una felicidad plena porque no se nutre de la necesidad de obtener nada, y existirán otros ratos en los que desearas no haberle tenido, pero esos son ratos de mentira, porque su mirada lo llenará todo, su olor te devolverá a la vida y el tacto de su piel te transportara siempre a una mañana de primavera, junto al mar, con la brisa revolviéndote el pelo y acariciándote la cara. Eso lo vale todo, a partir de ahora será tu gasolina y el mejor motivo para nunca tirar la toalla, y algún día cuando él inicie ese ciclo escribirá cosas parecidas y te estará agradecido y te querrá más que nunca.

Pero hay que aprenderlo por uno mismo, escuchando con mucha atención todas las opiniones que, requeridas o no, comenzaran a bombardearte a tu alrededor, es ley de vida. Aunque sin hacerlas caso al pie de la letra, y eso a las más sensatas, porque lo más emocionante del viaje que comienza es el mutuo aprendizaje, todas las enseñanzas que vais a intercambiar, él sorprendiéndote con su inocencia, tú bañándole con tu experiencia. Porque un niño es un lienzo en blanco, pero un padre es una pared que hay que volver a pintar, al principio de blanco cuando no se sabe nada, y después de los colores que nacen de la intuición y de un instinto durmiente que, sin saberlo, está grabado en nuestro código genético.

Él lo aprenderá todo porque no sabe nada y tú querrás desaprender mucho de lo que sabes para encontrarle a la mitad del camino. Le regalarás un idioma para expresarse, al principio torpemente, equivocando sonidos y conceptos, pero poco a poco llegaréis a un entendimiento, palabra a palabra os iréis uniendo hasta que cantéis la misma canción con la misma letra aunque seguramente con distinta música, es como debe ser. Él te enseñará tus errores, te cambiará los conceptos y juntos escribiréis un nuevo libro lleno de manchones y gurripatos, vuestro libro, el más bonito, el que se viene escribiendo desde hace miles de años, el libro de la vida, el libro que todos entendemos aunque hablemos diferentes lenguas, aunque seamos amarillos, negros o blancos.

Esta semana me he enterado de que dos nuevas personitas ya son, y que dentro de nada les conoceremos. No son de mi sangre, pero me da lo mismo porque aprecio y quiero a quienes les han engendrado, les quiero a mi manera, claro, siempre en segundo plano y como si no estuviera, por tanto les quiero a ellos también y estoy deseando abrazarlos. Sé que son unos niños deseados, los más deseados, pero también sé que serán unos niños felices y queridos, tremendamente afortunados, porque vienen al lugar adecuado, porque tienen libros del Pato Donald esperándolos y un mundo a éste y al otro lado del océano por descubrir. Solo les deseo que crezcan sanos y felices, que no le tengan miedo a nada porque sean valientes pero sobre todo porque no exista nunca nada a lo que tengan que temer, que miren al mundo de frente y si hace falta que se lo coman a bocados.

lunes, 5 de abril de 2010

Viajar con niños


Viajar con niños es una experiencia trepidante, da igual lo bien que lo planifiques todo, da igual si te crees un ser de otro planeta con súper poderes capaz de controlar la situación, todo da igual. Puedes ser tan iluso de pensar que las cosas van a salir según ese guión maravilloso que tan minuciosamente has preparado, pero no, viajar con niños es una de esas experiencias tan condenada a fracasar como ir a ligar a una fiesta de supermodelos, porque eso también es de ilusos, las supermodelos no son seres solitarios en busca de un alma gemela que las haga caso, y si es así ese alma gemela seguro que no eres tú.

El protagonista principal de un viaje con niño evidentemente es el niño. Como la naturaleza no es la mitad de sabia de lo que dicen, ni siquiera de lo que debería, los niños no tienen un botón de desconexión en modo viaje. Sería ideal, les montas en la sillita, activas el botón y a tirar millas, si alguna persona lo inventa habrá contribuido al desarrollo del transporte tanto o más que el inventor de la rueda. Una alternativa al botón es el adormecimiento por medios más o menos naturales, el más básico es el estacazo en la cocorota, pero desaconsejable, porque no es de buen gusto atizarle con un bate de beisbol a una criaturita que está estudiando o a punto de hacerlo. Posiblemente con la LOGSE igual ni se nota, pero mejor no tentar a la suerte. Las drogas podrían ser otra solución pero ilegal, si te para la benemérita y ve a un niño tranquilamente dormido en su sitio y a unos padres relajados disfrutando del viaje, al primero que le hacen un análisis de estupefacientes es al crío, y entonces ya la has liado. Vamos a descartar estos métodos fáciles solo en apariencia.

Otra solución, que no cuela, es darle a tu retoño un madrugón inmisericorde, crees que va a ser la forma de que caiga rendido y se duerma mientras tomas las curvas con la finura de un Michael Schumacher. Es un error de principiantes con dramáticas consecuencias, porque el crío no se vuelve a dormir hasta que escucha el crujido del freno de mano al llegar al destino, pero tú, que tan inteligente te creías, descubres a los cien kilómetros que estás hecho polvo y que matarías por ir en la silla del porta bebés. Porque además esos cien kilómetros los has hecho a la velocidad de un paso de nazarenos, rodeado, como ellos, por una multitud que ha tenido la mismita idea de dar el madrugón a los niños. Solo os falta que por radio tráfico os canten una saeta.

Llegados a este punto de fracaso comienzan los planes B, hoy en día uno de los más recurrentes es el DVD portátil con sonido dolby surround, diversión garantizada para toda la familia. Y es que eso es el progreso, tener una pantalla de DVD en el asiento trasero del coche. En mi generación servía como motivación y entretenimiento ser capaz de esquivar el pellizco o colleja destinada al primero que se moviera. Ahora no, ahora tienes que tener DVD con un repertorio de películas que sea digna del exquisito gusto de su alteza real el príncipe de la casa. Normalmente esto se arregla comprándote, o pirateando, un pack de series y películas Disney. Es una solución a corto plazo, porque en una media hora el crío se habrá aburrido, pero media hora de paz al volante es una recompensa que no hay que desdeñar.

Aún así el precio es alto, muy alto. Yo no sé si es que soy un poco peculiar, o un poco esquizofrénico, pero es superior a mis fuerzas conducir escuchando la voz de Mickey Mouse a mis espaldas, porque verlo es soportable, pero solo escucharlo justifica el ingreso urgente en un psiquiátrico. Las historias son insulsas, pero joder con las voces, tienen que vibrar a la frecuencia de resonancia de mi tejido neuronal y en unos segundos son capaces de joderme el cerebro. Si no, cómo se explica que la última vez que Mickey dijo que iba a utilizar la misteriosa Mickey Herramienta me lo imaginé desnudo, con gabardina y acechando en la puerta de un colegio. Hay que estar muy mal del coco para llegar a esos extremos, pero es todavía mucho peor admitir que estuve a puntito de girarme para ver cómo se las gastaba el ratón acosador.

Pasada la etapa DVD llega la etapa de las canciones, un ejercicio familiar que une a todos menos al interesado. Creemos absurdamente que al pobre le van a gustar las mismas canciones ochenteras que cantábamos en nuestra niñez, pero al niño le suele dar lo mismo. Y eso que a base de darle la tabarra es capaz de tatarear la Gallina Turuleta o la Abeja Maya, pero para viajar no sirve. Dos canciones después y varios niveles de autoestima menos ya no sirven absolutamente de nada. Es el momento “¿falta mucho?”. A ver, tienes dos años, no tienes noción del tiempo ni del concepto de la distancia y ya sabes decir “¿falta mucho?”. Estoy seguro de que es una de las secuencias que vienen ya pre programadas en el cerebro de los niños.

Después de responder varias veces que falta poco comienzas a perder crédito a pasos agigantados, y todavía quedan 200 km. El coche se convierte en una verbena andante, Mickey Mouse sigue amartillando el cerebro, otra facción insiste en que lo más conveniente es seguir cantando de los Apeninos a los Andes, el niño pasa de los pucheros al llanto más desconsolado, el perro ladra haciendo los coros al niño y el pobre conductor empieza a valorar la opción de despeñar el coche por un barranco y terminar todo de una maldita vez. Pero no, esta situación puede mantenerse más de una hora hasta que ves en el horizonte la localidad de destino. Ni Juan de la Cosa fue tan feliz al divisar América y gritar a pleno pulmón “Tierra a la vista”.

Pero después de tanto remar descubres que vas a morir en la orilla, te gustaría ser la reencarnación de Herodes cuando a menos de un minuto de llegar un rugido furioso resuena en el asiento trasero, tu hijo acaba de vomitar. Criaturita. Te queda encontrar aparcamiento, bajar el equipaje y pasarte media hora limpiando la tapicería que parece ahora un cuadro de Miró, si tuvieras que ponerle un nombre sería “Tropezón, cuajarón y estrella”, y es que en el fondo tu hijo va a ser un artista.

lunes, 22 de febrero de 2010

Cuentos infantiles


Desde que soy padre en prácticas no me ha quedado más remedio que desarrollar la paciencia y también la imaginación. Porque hay que armarse de paciencia y de imaginación para entretener a un niño tan activo como el mío (pero me encanta). Al principio me conformaba con ir tirando de los cuentos populares y los que vienen en libritos con versiones resumidas para niños, por poner un ejemplo puedo citar a “El Mago de Oz”. El problema es que cuando se lo has leído tres veces él, por decisión propia y espontánea, llega a la conclusión de que el mago es tonto, Dorotea es tonta (odio el nombre de Dorothy), el león es tonto y el hombre de hojalata y el espantapájaros dan mal rollo.

Por eso he comenzado a contar cuentos imaginarios, espontáneos e interactivos. Es mucho más divertido ir inventado el cuento sobre la marcha, escoger a los personajes por consenso y dar giros absurdos a la trama según esta avanza, introducirse en el mundo de la lengua de trapo y los pensamientos limpios es una terapia estupenda cuando el resto del día una vive en el mundo de la lengua viperina y los pensamientos sucios y malintencionados.

Cuando le digo a Dani que le voy a contar un cuento se vuelve loco de contento, manda el Lego a la porra y se olvida de los dibujos de la tele, salta de un brinco a mi lado y pone ojos como platos esperando la siguiente ocurrencia de su padre. Hay que tener una gran vena de actor para satisfacerle y además es imprescindible hablar despacio y con aire misterioso, exagerando cualquier cosa, por insignificante que parezca y sobre todo ahuecar más la voz, lo cual en mi caso significa poner voz de locutor de documentales de osos hambrientos pescando salmones extenuados
.
Él corresponde haciéndose el sorprendido y contestando “Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii????” con ojos como platos cada vez que algo sucede en la historia, por insignificante que sea, “el niño se llamaba Pepito”, Siiiiiiiiiiiiiiiii????, público más agradecido no puede haber. Le encantan las historias con animales, si yo le digo que le voy a contar un cuento de un príncipe enseguida el me dice que tiene un caballo y yo añado un dragón para darle algo de sustancia al asunto, pero no sé donde ha aprendido que los dragones se comen a los caballos y por eso hay que matarlos con una espada, natural. En mi generación los dragones se podían comer a los caballos y se les podía atravesar y hasta darles dos descabellos sin el menor problema, pero yo soy un padre del siglo XXI y resuelvo los problemas de otra manera. El príncipe, como si fuera el de Beckelar, le ofrece galletas al dragón, que no es que sea malo, es que tiene hambre. Éste muy agradecido se hace amigo del caballo y todos comen perdices, aunque a mí lo que me pide el cuerpo es que el dragón despedace al príncipe, que por algo soy republicano, pero no es políticamente correcto.

Si le digo que le voy a contar un cuento de una ballena y le propongo que él ponga otro personaje me sorprende nominando a la Gallina Turuleca, sí, habéis leído bien, gracias a Miliki y a mis padres la puñetera gallina me va a perseguir hasta el final de mis días, porque le veo cantándole la cancioncita de marras a mis nietos. Y es que las canciones de Miliki le encantan, sospecho que esconden mensajes subliminales que solo puedes entender si tienes menos de cinco años, luego se te olvidan para volver a reactivarse como una bomba del tiempo cuando tienes un hijo, palabra de honor, el que no recuerde “En el auto de papá” que no se preocupe, en cuanto tenga un niño se actualizará automáticamente como si se tratara del Windows XP, un día se despertará y allí estará la canción.

Total, que hay que montar una historia con una gallina, una ballena y en el último momento Dani sube la apuesta y añade un tiburón llamado Peteto, porque todos los cuentos con un tiburón son mejores, y Peteto debe ser un nombre maravilloso que va repitiéndose de cuento en cuento. Os ahorraré los detalles del cuento, pero al final todo acaba igual, el tiburón se tiene que comer a la gallina y a la ballena. Es curioso que todos los cuentos terminan con un bicho comiéndose a alguien. Cuando rendido estoy a punto de admitir que los tiburones han nacido para devorar cetáceos y gallináceas él me dice muy decidido “nooooooooooooo papi, dale galletas”.

Y es que Dani tiene razón, el mundo con más galletas sería un lugar mejor.

sábado, 6 de febrero de 2010

De cómo nació Dani (II)


Dicen que la naturaleza es muy sabia, yo lo dudo cuando cada día miro a mi alrededor o a mi espejo, pero un parto no me parece desde luego natural, es una aberración, es algo complicadísimo y con una tasa de fallo enorme si se le deja a la propia naturaleza seguir su curso. Pienso que es mucho más eficaz poner un huevo y empollarlo, siendo consciente de que pasar nueve meses calentando un huevo es un coñazo insoportable, pero más solidario es, ya que por lo menos cabe la posibilidad de compartir la tarea. No voy a descubrir nada si afirmo que a un hombre promedio no le importaría pasarse las horas sentado encima de su huevo si ponen en la tele un partido de fútbol y tiene a su alcance unas latas de cerveza.

Y es que lo de la dilatación es insufrible y complicado, cuatro centímetros, cinco, seis, siete, ocho, ¿ocho?, todavía me estremezco al recordarlo, a los ocho centímetros la hijaputa saca algo parecido a una aguja de hacer punto y la introduce sin piedad para romper aguas, impresionante momento que no voy a pormenorizar, creo que todavía mi estómago no ha vuelto a su sitio después de la experiencia, el líquido amniótico no es agua de colonia precisamente. Era el momento de partir hacia el paritorio y en el que la hijaputa formuló la pregunta fatídica:

- ¿Dónde está la ropa del bebé?
- (Mecagoenmiputacalavera) Nos la hemos olvidado en casa con las prisas.
- ¿Os la habéis olvidado? (sonrisa de satisfacción)
- Sí.
- Menudos padres, si no tengo ropa cuando nazca lo meto en la incubadora.
- Ya digo que me la traigan (hijaputa)

Salgo corriendo de allí porque para eso están los padres, los de verdad:

- Papá nos hemos dejado la ropa en casa ¿puedes traerla a la clínica?
- Por supuesto, ahora mismo (menudos padres)
- Date prisa, muchas gracias.
- Claro (membrillo)

En el paritorio siguió el show de la hijaputa:

- Ahora tienes que hacer lo que te han enseñado en el curso de preparación al parto.
- No lo he hecho.
- ¿No lo has hecho?, ¡joder!
- No, es una gilipollez.
- No tenéis ropa, no habéis hecho el curso, menudos padres.
- (quetefolleunpez)

Afortunadamente en ese momento pasó a tomar el mando de las operaciones el ginecólogo, mi ídolo, ¡mi héroe!

- Empuja cuando notes las contracciones (M).
- No noto nada, tengo anestesia.
- Pues empuja cuando yo te diga (M).
- Vale.
- Ahora no, cuando yo te diga (M).
- Claro, si hubiera hecho el curso…(HP)

Así comenzaron una serie de intentos de expulsión a los que yo asistía con la misma perplejidad con la que asistiría a una invasión alienígena de Alcorcón (4-0). Aquello que en otros momentos más apasionados era absolutamente reconocible para mí parecía ahora un sangriento campo de batalla. Y a cada intento fallido la hijaputa apostillaba “si hubiera ido al curso…” Deseaba matarla con mis propias manos, ahogarla con los restos del cordón umbilical, asfixiarla con una ingestión masiva de placenta. Mi héroe debió leerme el pensamiento y con toda la educación del mundo la dijo “tu trabajo es decirla cuando lo hace bien para que aprenda, si no lo vas a hacer puedes irte y termino yo solo”. En ese momento le hubiera besado en la boca, creo que no me hubiera importado ni que el niño fuese suyo. La hijaputa calló y paso a colaborar, pero no estaba derrotada. Porque entonces llegó la ropa y esa era todavía su última bala.

De repente apareció una cabeza redonda con tonos rosas y azulados, un último esfuerzo y las hiperbólicas manos de M atraparon a Dani sacándole de su cómodo refugio con un gesto mezcla de suavidad y firmeza. Me sorprendieron varias cosas a la vez, lo alargado que parecía, su tono azulado en contraste con lo blanco del cordón que no dejaba de salir, nunca imaginé que un cordón umbilical pudiera ser tan grande. Y además allí estaba Dani con su cara perfecta, con sus enormes ojos azules mirándonos ya a todos, con su nariz ni grande ni pequeña perfectamente proporcionada con una boca de labios carnosos y regordetes justo encima de esa barbilla con un hoyuelo que todos los ML nos enorgullecemos de tener. Quien no me conozca pensará que mis palabras son fruto del amor de padre, pero se equivocan, mi destreza de juntapalabras no puede ni aproximarse a lo lindo que es, los demás, los que han tenido la suerte de verle con sus propios ojos saben que no miento.

También tengo que decir que nunca me he sentido tan orgulloso de su madre como en aquel momento, tengo serias dudas de si yo lo hubiera soportado con su aplomo y entereza, seguramente no, lástima que se le terminó en cuanto fue consciente de que su hijo había nacido, desde entonces hace de ella lo que quiere. Es un sin vivir, por eso a los dos segundos la madre de la criatura exclamó alarmada:

- ¡No llora!
- No le he cortado el cordón, ya llorará (M).
- (no me fío)

Porque antes de cortarle el cordón le tomaron las huellas a madre e hijo en el papel ese de la partida de nacimiento, muy profesional, imposible de cometer un error. Y se cortó el cordón, y lloró por primera vez, y se me saltaron las lágrimas al escuchar su primer acto de rebeldía ante la vida, porque respirar por primera vez es un acto de rebeldía suprema que demostró que él ya era un ser independiente aunque no se irá de casa hasta dentro de treinta años. No dejo de repetírmelo cada día para que no se me olvide jamás, que no me pertenece, que él no soy yo, que un día se marchará.

Estaba totalmente flipado cuando por fin me asignaron una misión:

- Haz algo, sujeta a tu hijo mientras que termino de coser a tu mujer (M).
- Vale, me encanta ser útil.

Me lo entregó con el desinterés del que ya ha hecho su trabajo, el niño no era su negocio, el negocio era su madre. Le sujeté por primera vez y fue lo más natural del mundo, le miré a los ojos y tuvimos nuestra primera conversación:

- Hola, ya estoy aquí.
- Hola, soy papá.
- Ya lo sé, tienes una voz inconfundible.
- Te voy a querer siempre.
- Claro.

Si hubiéramos estado solos el momento habría sido perfecto, pero no, estaba la hijaputa que iba sacando la ropa para vestirle con cara de desaprobación:

- No está mal la ropa… ¿y el gorro?
- ¡Coño! No tenemos gorro, ¿había que traer un gorro?, ¡menudos padres somos!
- No pasa nada, ya le hago yo uno con un pañuelo (sonrisa de condescendencia)
- Gracias (hijaputa).
- Es que si no le tengo que meter en la incubadora.
- (hijaputahijaputahijaputahijaputa)

Y así vino Dani al mundo y así le presentamos en sociedad, con su cachirulo, dispuesto a comerse el mundo, yo estoy seguro de que se lo va a comer.

jueves, 4 de febrero de 2010

De cómo nació Dani (I)



Dani nació una noche a principios del otoño, seguramente quería regalarnos otra primavera para hacernos olvidar que los días empezaban a ser más cortos y las noches más largas y frías. Con él los días eran eternos y las noches también, pero daba igual, a lo mejor por eso nació a las cinco de la mañana, como símbolo de todas las cinco de la mañana que a partir de entonces íbamos a compartir y que aún seguimos compartiendo. Supongo que algún día cuando pase las noche fuera de casa, vaya usted a saber con quién y haciendo qué, echaré de menos las noches de insomnio y las mañanas en la oficina bostezando.

Todo comenzó a las doce de una noche en la que una luna llena grande como una galleta presidía el cielo:

- Creo que estoy de parto
- ¿Has roto aguas?
- No, pero estoy de parto
- Vale, seguro que la M30 está vacía, no perdemos nada yendo (gran momento de sensibilidad por mi parte)

Y es que si una mujer dice que está de parto es que está de parto. Punto pelota.

Llegamos a la clínica enseguida, era privada y no había nadie, eso nos mosqueo un poco pero en el fondo era mejor, nos atenderían bien, ¡ja! La recepcionista estaba físicamente sopa (no diré literalmente sopa para que Anniehall no la visualice nadando entre fideos), mientras se desperezaba hizo la pregunta del millón:

- ¿Qué os pasa?
- Pues nada, venimos a la una de la mañana para putearte y no dejarte dormir.
- ¡Ah!, vale, no os preocupéis, llamo a la matrona y sigo durmiendo.
- Gracias.

La matrona apareció al cuarto de hora y tenía menos sensibilidad que las piernas de la momia de Lenin, ¡menuda hijaputa estaba hecha!, con cara de mosqueo porque debería estar en un cuarto viendo la teletienda y habíamos osado molestarla con nuestras menudencias nos volvió a preguntar:

- ¿Qué os pasa?
- Pues nada, venimos a la una de la mañana para putearte y no dejarte ver la teletienda.
- Eso decís todas, seguro que es una falsa alarma.

Entonces desaparecieron y allí me quedé esperando como un bobo. La siguiente noticia que tuve fue que la falsa alarma eran cuatro centímetros de dilatación y vi pasar a la hijaputa corriendo como una gacela en busca del anestesista. Por poco no llegan a tiempo de poner la epidural. Una vez puesta me dejaron entrar a mí. Creo, sin tratar de ofender a nadie, que la epidural es el mejor invento de la humanidad, y no soy mujer, lo de parir con dolor está muy bien si es una decisión personal pero me parece un error. Por la misma regla de tres deberíamos operarnos de apendicitis sin anestesia ni nada, no entiendo a quien hace del sufrimiento virtud, pero eso es otro tema.

A partir de ese momento todo era más divertido, los dos como tontos mirando el monitor para ver llegar las contracciones, porque de sentirlas nada, a cada rato venía la matrona a medir la dilatación y por fin llego nuestro ginecólogo que debo decir que es un señor estupendo. Al principio nos daba ciertos reparos porque es grande como un oso, sus cejas son densas y pobladas y con sus manos se podría jugar al tenis sin raqueta, un niño promedio de tres kilos puede perfectamente dormir la siesta en la palma de una de sus manos, pero como médico es un artista y además muy campechano. No se me olvidará nunca esta conversación:

- Quiero que mi marido asista al parto.
- Por supuesto (M).
- ¿Es obligatorio?
- Si no entras por propia voluntad te meto a hostias (M).
- Viendo tus manos entonces es obligatorio.

Y no me arrepentí, ha sido la experiencia más alucinante de mi vida.