sábado, 6 de febrero de 2010

De cómo nació Dani (II)


Dicen que la naturaleza es muy sabia, yo lo dudo cuando cada día miro a mi alrededor o a mi espejo, pero un parto no me parece desde luego natural, es una aberración, es algo complicadísimo y con una tasa de fallo enorme si se le deja a la propia naturaleza seguir su curso. Pienso que es mucho más eficaz poner un huevo y empollarlo, siendo consciente de que pasar nueve meses calentando un huevo es un coñazo insoportable, pero más solidario es, ya que por lo menos cabe la posibilidad de compartir la tarea. No voy a descubrir nada si afirmo que a un hombre promedio no le importaría pasarse las horas sentado encima de su huevo si ponen en la tele un partido de fútbol y tiene a su alcance unas latas de cerveza.

Y es que lo de la dilatación es insufrible y complicado, cuatro centímetros, cinco, seis, siete, ocho, ¿ocho?, todavía me estremezco al recordarlo, a los ocho centímetros la hijaputa saca algo parecido a una aguja de hacer punto y la introduce sin piedad para romper aguas, impresionante momento que no voy a pormenorizar, creo que todavía mi estómago no ha vuelto a su sitio después de la experiencia, el líquido amniótico no es agua de colonia precisamente. Era el momento de partir hacia el paritorio y en el que la hijaputa formuló la pregunta fatídica:

- ¿Dónde está la ropa del bebé?
- (Mecagoenmiputacalavera) Nos la hemos olvidado en casa con las prisas.
- ¿Os la habéis olvidado? (sonrisa de satisfacción)
- Sí.
- Menudos padres, si no tengo ropa cuando nazca lo meto en la incubadora.
- Ya digo que me la traigan (hijaputa)

Salgo corriendo de allí porque para eso están los padres, los de verdad:

- Papá nos hemos dejado la ropa en casa ¿puedes traerla a la clínica?
- Por supuesto, ahora mismo (menudos padres)
- Date prisa, muchas gracias.
- Claro (membrillo)

En el paritorio siguió el show de la hijaputa:

- Ahora tienes que hacer lo que te han enseñado en el curso de preparación al parto.
- No lo he hecho.
- ¿No lo has hecho?, ¡joder!
- No, es una gilipollez.
- No tenéis ropa, no habéis hecho el curso, menudos padres.
- (quetefolleunpez)

Afortunadamente en ese momento pasó a tomar el mando de las operaciones el ginecólogo, mi ídolo, ¡mi héroe!

- Empuja cuando notes las contracciones (M).
- No noto nada, tengo anestesia.
- Pues empuja cuando yo te diga (M).
- Vale.
- Ahora no, cuando yo te diga (M).
- Claro, si hubiera hecho el curso…(HP)

Así comenzaron una serie de intentos de expulsión a los que yo asistía con la misma perplejidad con la que asistiría a una invasión alienígena de Alcorcón (4-0). Aquello que en otros momentos más apasionados era absolutamente reconocible para mí parecía ahora un sangriento campo de batalla. Y a cada intento fallido la hijaputa apostillaba “si hubiera ido al curso…” Deseaba matarla con mis propias manos, ahogarla con los restos del cordón umbilical, asfixiarla con una ingestión masiva de placenta. Mi héroe debió leerme el pensamiento y con toda la educación del mundo la dijo “tu trabajo es decirla cuando lo hace bien para que aprenda, si no lo vas a hacer puedes irte y termino yo solo”. En ese momento le hubiera besado en la boca, creo que no me hubiera importado ni que el niño fuese suyo. La hijaputa calló y paso a colaborar, pero no estaba derrotada. Porque entonces llegó la ropa y esa era todavía su última bala.

De repente apareció una cabeza redonda con tonos rosas y azulados, un último esfuerzo y las hiperbólicas manos de M atraparon a Dani sacándole de su cómodo refugio con un gesto mezcla de suavidad y firmeza. Me sorprendieron varias cosas a la vez, lo alargado que parecía, su tono azulado en contraste con lo blanco del cordón que no dejaba de salir, nunca imaginé que un cordón umbilical pudiera ser tan grande. Y además allí estaba Dani con su cara perfecta, con sus enormes ojos azules mirándonos ya a todos, con su nariz ni grande ni pequeña perfectamente proporcionada con una boca de labios carnosos y regordetes justo encima de esa barbilla con un hoyuelo que todos los ML nos enorgullecemos de tener. Quien no me conozca pensará que mis palabras son fruto del amor de padre, pero se equivocan, mi destreza de juntapalabras no puede ni aproximarse a lo lindo que es, los demás, los que han tenido la suerte de verle con sus propios ojos saben que no miento.

También tengo que decir que nunca me he sentido tan orgulloso de su madre como en aquel momento, tengo serias dudas de si yo lo hubiera soportado con su aplomo y entereza, seguramente no, lástima que se le terminó en cuanto fue consciente de que su hijo había nacido, desde entonces hace de ella lo que quiere. Es un sin vivir, por eso a los dos segundos la madre de la criatura exclamó alarmada:

- ¡No llora!
- No le he cortado el cordón, ya llorará (M).
- (no me fío)

Porque antes de cortarle el cordón le tomaron las huellas a madre e hijo en el papel ese de la partida de nacimiento, muy profesional, imposible de cometer un error. Y se cortó el cordón, y lloró por primera vez, y se me saltaron las lágrimas al escuchar su primer acto de rebeldía ante la vida, porque respirar por primera vez es un acto de rebeldía suprema que demostró que él ya era un ser independiente aunque no se irá de casa hasta dentro de treinta años. No dejo de repetírmelo cada día para que no se me olvide jamás, que no me pertenece, que él no soy yo, que un día se marchará.

Estaba totalmente flipado cuando por fin me asignaron una misión:

- Haz algo, sujeta a tu hijo mientras que termino de coser a tu mujer (M).
- Vale, me encanta ser útil.

Me lo entregó con el desinterés del que ya ha hecho su trabajo, el niño no era su negocio, el negocio era su madre. Le sujeté por primera vez y fue lo más natural del mundo, le miré a los ojos y tuvimos nuestra primera conversación:

- Hola, ya estoy aquí.
- Hola, soy papá.
- Ya lo sé, tienes una voz inconfundible.
- Te voy a querer siempre.
- Claro.

Si hubiéramos estado solos el momento habría sido perfecto, pero no, estaba la hijaputa que iba sacando la ropa para vestirle con cara de desaprobación:

- No está mal la ropa… ¿y el gorro?
- ¡Coño! No tenemos gorro, ¿había que traer un gorro?, ¡menudos padres somos!
- No pasa nada, ya le hago yo uno con un pañuelo (sonrisa de condescendencia)
- Gracias (hijaputa).
- Es que si no le tengo que meter en la incubadora.
- (hijaputahijaputahijaputahijaputa)

Y así vino Dani al mundo y así le presentamos en sociedad, con su cachirulo, dispuesto a comerse el mundo, yo estoy seguro de que se lo va a comer.

3 comentarios:

Alejandra dijo...

No te imaginas lo que me he reido leyendo tu post!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Estaba en el trabajo (en una reunión, escribiendo en la compu y con cara de seria) y frente a mi a un compañero me miraba con cara de creer que había perdido la razón..

Es increible que un relato tan súper tierno haya sido tan pero tan carcajeante.....tienes un don mi estimado Juanjo.
Sigo riendo, me has alegrado y enternecido el día!!!!

Besos!

Juanjo ML dijo...

Bueno, son ese tipo de cosas de las que te puedes reir cuando ha pasado un tiempo y lo ves con cierta distancia.

Pero es tal y como lo cuento, me sorprendió mucho como una persona que se dedica a traer vidas a este mundo pudiera ser tan absolutamente insensible.

Anniehall dijo...

Qué bonitos, me han encantado.

A ver cuándo podemos presentar oficialmente a nuestros increíblemente coetáneos vástagos.