viernes, 12 de febrero de 2010

¿Cuándo va a ser la última vez?


Llevo unos días dándole vueltas a una cosa y seguramente que es otra de mis elucubraciones sin la mayor importancia, una gilipollez con todas las letras y un coñazo, debe estar relacionado con la crisis de los cuarenta a pesar de que aún me quedan unos añitos, no muchos, para sufrirla, aunque yo soy tan original que puedo tener la crisis de los cuarenta a los treinta y seis. Lo siento por mis escasos lectores, a los que de vez en cuando castigo con un peñazo como éste, pero la misión del blog es principalmente ahorrarme el psicoanalista, así que si a partir de ahora alguien le pega a la cruz de cerrar la ventana lo entenderé perfectamente.

Eso que ronda por mi cabeza es la teoría de la relatividad, casi nada, esa que dice que la percepción del espacio y el tiempo depende del estado de movimiento del observador o es relativa al observador. En este caso el observador soy yo y aunque sea incapaz de viajar a una velocidad cercana a la de la luz tengo que dar la razón a Einstein, el tiempo es relativo, dicho sencillamente, creo que el paso del tiempo no es tan constante como puede hacer creer el segundero de un reloj suizo.

Es decir, por mucho que el Sistema Internacional de Unidades diga que un segundo es la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del
isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de 0 K, yo no me lo trago. O eso o el cesio cada día oscila más rápido. También hay que tener un par de cojonazos para aseverar con tal rotundidad esa cifra, seré ingeniero pero me río de los del cesio en su cara. Yo mismo podría dar mis propias definiciones de segundo y nadie me las podría discutir. Por ejemplo, un segundo es:

- La mil millonésima parte del tiempo que tarda en devolverme hacienda un dinero que es mío.
- La centésima parte del tiempo que tardo en aburrirme cuando llego al trabajo.
- Diez veces el tiempo que tardaría Michelle Pfeiffer en mandarme a freír monas si la propusiese amor eterno.
- Mil veces el tiempo que tarda mi banco en cobrarme una comisión por un recibo devuelto aunque sea culpa suya.

Si la gente se traga lo del cesio lo de Michelle Pfeiffer debería ser ley.

Pero volviendo al tema del tiempo, recuerdo los años del colegio como eternos, los días eran largos y los meses no terminaban nunca, parecía que el tiempo no avanzaba y que todos éramos inmortales. Pero según iban pasando los años el tiempo iba acelerando, los días acortándose (aunque el sol sigue oficialmente poniéndose y saliendo a la misma hora) y las estaciones a sucederse como si giraran dentro de la ruleta de la fortuna. Y todavía cuando los años comenzaban en septiembre y se catalogaban por el número de un curso tenía una referencia a la que agarrarme, el año de COU está fijo en mi mente y recuerdo perfectamente que hice y con quien me juntaba, que fuese 1991 es anecdótico. ¿Pero el 2004? Comienza a ser difícil diferenciarlo del 2003 o del 2005, todos ellos se empiezan a parecer como gotas de agua.

Y a pesar de todo me permito el lujo de malgastar el tiempo como si fuera infinito, como si todo lo que tengo al alcance de la mano fuera a permanecer allí siempre. Me trago la falsa ilusión de que no existe ninguna diferencia entre un día y otro, de que no estoy perdiendo nada cada día que el reloj me saca de la cama. Y encima soy tan imbécil de desear que cinco de los días de la semana pasen lo más rápido posible como si estuvieran malditos, cuando el único que se está consumiendo soy yo. Creo que aquí es donde encuentro la explicación a la teoría de la relatividad, el tiempo varía porque yo, el observador, no soy el mismo.

Está clarísimo y a pesar de ello vivo como si no fuera a existir una última vez, y no me refiero a la gran última vez en la que las hojas del calendario dejarán de caer para mí, me refiero a la última vez que sucederán montones de cosas a las que no estoy valorando como se merecen. Me refiero a cosas tontas y cotidianas como cuándo daré los buenos días por última vez a ese compañero que me cae genial y que tal vez mañana cambie de trabajo, a la última vez que veré ese programa de televisión que me gusta o escucharé esa canción que me pone los pelos de punta. Pero también a cosas realmente importantes como cuándo será la última vez que veré a mis padres o mi hijo me dirá te quiero. No lo sé y vivo como si no tuviera importancia, ¡qué triste!, soy un membrillo.

3 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

En un programa del Punset decían que el tiempo no pasa ni más deprisa ni más despacio, pasa siempre igual. El problema es recordarlo. Como hacemos muchas cosas iguales, el cerebro sólo almacena unas pocas y da la impresión de que ha sido un suspiro. A mí me pasa así, las semanas pasan volando, pero cada día se hace eterno. También decía que gente que ha tenido un accidente lo recuerda a cámara lenta, aunque cuando sucedió fue a la velocidad normal. Cosas.

Juanjo ML dijo...

Está claro que el cerebro es un órgano complejo e independiente. El mío recuerda lo que quiere y es capaz de vetar cosas que por mucho que lo intente no se quedan. Con el tiempo es más de lo mismo, hace que vaya a una velocidad inconstantemente acelerada.
Por cierto, qué grande Punset!

Anónimo dijo...

chapó... una gran entrada para recapacitar.