martes, 2 de febrero de 2010

Experiencias turcas (III)


Hace ya casi tres años que volví de mi último viaje a Turquía y recuerdo todavía cada momento como si fuera ayer. Creo que pocas veces he sido tan feliz (encima me pagaban) y tengo dudas razonables de que lo vuelva a ser, porque fue un momento de cambio en mi vida en el que los más importante no era romper con el pasado, lo más importante era demostrarme de que era capaz de empezar de nuevo y que no me había acomodado tanto como para no ser capaz de rasgar una página que ya estaba demasiado usada para empezar a escribir en una nueva, aunque yo creo que con el pasado no se puede romper del todo porque somos nuestro pasado tanto como nuestro presente.

Después de las experiencias en la peluquería y en el baño turco hoy toca hablar de cómo terminé en el puticlub más cutre del planeta a diez kilómetros de la frontera de Siria y a cincuenta de la de Irak, por supuesto sin comerlo ni beberlo y víctima de un malentendido, pero eso es lo de menos, malentendido o no en unos segundos me di cuenta de que me había metido en un lío y de que no tenía ni puta idea de cómo iba a salir de él. Me gustaría decir que por lo menos aprendí la lección pero no es así, al año siguiente me vi en las mismas, esta vez en Panamá, y otra vez sin saber donde me estaba metiendo, aunque por lo menos allí no pensé que mi vida podría correr peligro y la categoría del local era diferente, algo que por cierto no era nada difícil. De cualquier manera en lo único que pensé las dos veces fue en la forma más rápida de salir de allí, que nadie se haga líos.

Uno de los problemas más gordos de viajar por Turquía es que la gente de forma habitual habla en turco, no es un idioma ni fácil ni difícil, sencillamente es imposible, del inglés si no estás en Estambul te puedes olvidar. Con tiempo e interés conseguí aprenderme una serie de palabras que hacían la vida un poco más fácil, además la gente es muy agradecida si les dices dos cosas en turco y merece la pena el esfuerzo. También existen palabras que sorprendentemente son parecidas como factura y lavabo, y otras te suenan aunque signifiquen otra cosa, comisaría es algo parecido a caracol, amigo a arcadas y sopa a chorba. Y así precisamente comenzaron nuestros problemas, porque cuando haces entender a tu conductor que una chorba es una señora, por vulgar que sea, y le dices después que quieres salir a tomar una copa a un lugar con música y de coña alguien añade que mejor con chorbas, el pobre hombre lo tiene claro, estos españoles se quieren ir de putas. Craso error.

Y deberíamos haber sospechado que en aquel rincón perdido del planeta no iba a haber una discoteca, que es lo que de verdad nos apetecía, pero por lo menos un bar cutre si que me esperaba. Así que nos montamos en el coche y después de un par de preguntas a unos paisanos tomamos una carretera secundaria con muy mala pinta, nos mirábamos pensando que algo iba mal pero el chófer nos echaba miradas tranquilizadoras con el aplomo del que se sabe campeón. Y de repente lo vimos, por supuesto no tenía luces de neón con la silueta de una señora de pechos imposibles, pero estaba claro lo que era, una nave cutre y un parking enorme en un descampado prácticamente vacío. No nos dio tiempo a bajarnos del coche cuando ya estábamos rodeados de tíos en traje con caras de malos amigos. Tratamos de irnos pero fue imposible, la entrada a ese parking era un punto de no retorno.

La sensación de estar retenido la verdad es que no es agradable, más en un sitio en el que eres consciente de que podrían hacerte desaparecer y nadie sabría más que fue de ti, como mucho al día siguiente saldríamos en el telediario como ingenieros españoles en misión de cooperación internacional secuestrados y a la semana nuestras familias se enterarían con oprobio de que éramos unos inconscientes que se fueron de putas en la frontera del Kurdistán. Afortunadamente todo fue mucho más fácil, los bigotudos proxenetas entendieron en dos segundos que no era carne lo que íbamos buscando y el chófer al darse cuenta de que la había cagado y de que su jefe le iba a correr a gorrazos si nos pasaba algo comenzó a negociar una solución razonable para irnos de allí, si no queríamos putas había que entrar y consumir, un mal menor, así que pusieron un precio razonable a nuestras consumiciones y de esa forma quedó pactado nuestro rescate.

Cutre o decadente son palabras que no pueden reflejar lo que allí vi, la decoración era espartana, la luz tenue, la atmósfera deprimente y el local estaba prácticamente vacío. Para animar el ambiente un tío con un casiotone entonaba dulces canciones no aptas ni para el hilo musical de un tanatorio. Es un misterio que me llevaré a la tumba la afición que tienen los turcos al órgano electrónico y al sonido retro. Una vez aposentados y con unas cervezas en la mesa, porque yo por lo menos no me fiaba de tomar otra cosa, nuestros captores decidieron que era el momento de presentarnos a las chicas. Chicas por su género femenino, porque ninguna debía bajar de la cincuentena, siendo optimistas.

La verdad es que yo soy bastante bobo y todo me da pena, pero creo que aquello se la hubiera dado a cualquiera, aunque ahora sonría al recordarlo. Formaron a todas en una fila y muy educadamente pasaban por la mesa de una en una dándonos de forma tímida la mano, iban vestidas con un toque un poco oriental lo cual hacía todo mucho más hortera. Me acuerdo todavía perfectamente de dos de ellas, una a la que apodamos la neumática, si me hubieran dicho que tenía una boquilla para inflarla me lo hubiera creído, era todo carne a punto de estallar, pero de la que más me acuerdo era de otra que cuando me miró y sonrió dejo ver una sonrisa formada por perfectos dientes de acero, no tenía ni una pieza dental que fuese de otro material, sentí tal escalofrío al verla que no fui ni capaz de terminar la cerveza. Imagino que tendría su público, hay gente para todo.

Como fin de fiesta nos ofrecieron que una de las chicas nos cantase algo al son del casiotone, pero era demasiado para nuestra sensibilidad, pagamos lo acordado y nos fuimos de vuelta al hotel con la cabeza gacha y la moral por los suelos. Por cierto, ese fue el día que por primera vez vi el Tigris y lloré como un memo en honor de los Asirios, quién me lo iba a decir a mí unos meses antes, Tigris y tigresas en el mismo día, soy un tío con suerte.

3 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

He pasado miedo sólo de leerlo. Desde luego es toda una anécdota. No todo el mundo puede decir: me acuerdo cuando estuve en un puticlub en el kurdistán...

alpla dijo...

jejeje. muy buena la historia. yo te contaré otra en una ocasión, cuando acabé en una casa semi mafiosa rusa en Rostok... el punto en comun es el sentimiento de: he traspasado el umbral que si cruza un policía, es de los forenses.

Juanjo ML dijo...

Bueno, lo gracioso de estas historias es poder contarlas, pero en el momento creo que fue para matarnos...