miércoles, 11 de noviembre de 2009

Experiencias turcas (II)



Los viajes son impredecibles, quién me iba a decir que en pleno valle del Eúfrates, en el medio de la nada, me daría una lumbalgia que me dejaría tieso. Mi cuerpo tenía menos movilidad que una muñeca de Famosa, pero en vez de dirigirme hasta el portal renqueante un buen samaritano me dirigió amablemente y compasivamente hasta el baño turco. ¡Qué santo barón! Le debo gratitud eterna.

Si alguno de vosotros ha ido a Estambul seguramente haya hecho la gracia de ir a unos baños, si no es así no perdáis la oportunidad la próxima vez. Lástima que Elazig no sea Estambul, la Turquía del este cambia una barbaridad del resto, pero tiene indudablemente su encanto. Me enviaron a un baño turco de los de toda la vida en el centro de la ciudad, debía tener el sitio varios miles de años o por lo menos lo parecía y las condiciones higiénicas no eran las de un salón de alto standing. La verdad es que daba bastante respeto el barrio, más teniendo mi físico, en un sitio así llamo más la atención que una luciérnaga una noche de luna nueva.

Entré en los baños y le contaron al encargado mi situación, tamam, sin problema, estaba en el lugar adecuado. Me ofrecieron la llave de un cuartito de medio metro cuadrado para cambiarme y ponerme una toalla de esas que enseñan más que tapan, pero total, no estaba yo para andarme con contemplaciones. Me introdujeron en el baño propiamente dicho, para los que no los conozcáis es una especie de sauna con una gran piedra central súper caliente, en la que te puedes tumbar y hacerte vuelta y vuelta, rodeada de grifos de agua de diferentes temperaturas. Todo esto debajo de una bóveda central con pequeños agujeros por los que entra la luz creando un ambiente muy íntimo. La gracia para no cocerte es que te dan una escudilla con la que irte remojando antes de llegar al punto óptimo de cocción o a la deshidratación, lo que ocurra antes.

Cuando me acostumbré a la media luz miré la concurrencia, cinco o seis ancianos absolutamente arrugados, nadie más, he de decir que era un día laborable por la mañana, podría haber sido una escena de los lunes al sol pero realmente la película se debía haber llamado “los higos al vapor”. Mi mecenas les resumió brevemente mi situación, tamam, todos asintieron con compasión, ¡pobre elefante tullido! les pude leer en los ojos. Debí pasar más de media hora haciéndome a la plancha muy reconfortado, buen invento la carne a la piedra. Después me dijeron que tocaba un baño de agua fría y de agua caliente, así lo hice y por fin llego el fin de fiesta.

El fin de fiesta consistía en exfoliación, baño con agua y jabón y masaje. Comencemos por la exfoliación. El masajista se pone un guante con textura de estropajo de aluminio, en ese momento no piensas en nada y te dejas hacer. Frota con el guante por todo tu cuerpo con tal firmeza que estás seguro de que no te queda ni una célula de piel muerta, por lo rojo que estás casi no debe quedarte tampoco ninguna célula de piel viva. Es justo cuando termina cuando te das cuenta de lo que acaba de pasar. Se quita el guante y lo enjuaga un poco en un cubo con agua a la espera del próximo cliente. Un escalofrío te recorre la médula espinal al pensar que el guante debe de tener restos de ADN hasta de Solimán el Magnífico, desde luego de todos los paisanos que te rodean sí. Les miras y te consuelas pensando que si se pasan los días allí metidos más que limpios deben estar esterilizados.

De otro cubo, o tal vez del mismo porque ya no me acuerdo, surge una esponja y una pastilla de jabón que por supuesto tú no has estrenado. Al igual que has sufrido al exfoliación sufres la enjabonación, cabeza, brazos, torso, espalda, con una media sonrisa te preguntas si será capaz de ir más abajo y poco a poco ves que se acerca peligrosamente a tus partes más intimas, pero cuando estás a punto de sujetarle la mano despavorido, para y con elegancia te da la pastilla para que tu mismo hagas el trabajo. Pensando en lo que te ha podido suceder te quedas quieto, en bolas y con una pastilla de jabón en las manos delante de un turco con bigote y seis ancianos arrugados. Como no reaccionas amablemente te hace un gesto que no deja lugar a la imaginación: “lávate los huevos de una puta vez”, mansamente accedes, es lo que toca. Al finalizar le devuelves la pastilla de jabón para que termine el trabajo mientras piensas cuantos genitales habrá lavado ya esa pastilla.

Para finalizar me dio un masaje espectacular que me devolvió al mundo de los caminantes. Si ese tío en lugar de estar en un pueblo turco olvidado del mundo hubiera estado en un salón de fisioterapia en Madrid se forraba, seguro. Al terminar me envolvieron en tres toallas azules, me sentaron delante de una estufa de leña para que me secara y me dieron una Coca Cola con una pajita directamente de la botella. No hace falta que vuelva a repetir por qué adoro a los turcos, ¿verdad? Salí por la puerta más chulo que un ocho y prácticamente recuperado. Al día siguiente volví y además llevé a mis compañeros pero esa ya es otra historia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estamos aquí los dos descojonados (y eso que yo ya me sabía alto ... :)). Creo que ahora tienes otro fan más.
Bea

Antonio dijo...

Esa no me la sabía. Eres el puto amo.