martes, 24 de noviembre de 2009

De Camarón a Harry Potter



Existe un viejo tópico que dice que las personas no cambiamos. Yo pienso que es mentira, las personas podemos cambiar y además mucho. Vale, desgraciadamente no podemos cambiar de equipo de fútbol, una desventura si como yo eres del Atleti, pero creo que eso es tan poco importante que casi ni cuenta. Me refiero a cambiar de verdad, a darte la vuelta poniendo lo de dentro a fuera como si fueses un calcetín, a eso me refiero.

En el mundo en el que vivimos podemos cambiar fácilmente de opinión, de pensamiento, de ideología, de tipo de letra en el ordenador, de pareja, de coche, de colonia, de pasta de dientes, de forma de vestir, de implantes de silicona y hasta de imagen. Sí, es una cosa estupenda que tenemos los seres humanos, podemos transformarnos si lo deseamos, casi de un día para otro, como mariposas eclosionando de una crisálida. Otra cuestión es si ese ser transformado seguimos siendo nosotros, yo pienso que sí, ya lo dijo Heráclito, “todo fluye, todo cambia y nada permanece”, nosotros también debemos fluir y cambiar hasta desembocar en un gran mar de aguas frías y eternas.

Pero dejemos a un lado la metafísica y centrémonos en lo puramente físico, yo lo que quiero es hablar de las transformaciones físicas en las personas, aunque casi siempre un cambio radical de imagen también significa que las piezas del tetris que llevamos en la cabeza han encajado de otra manera. También voy a dejar el mundo femenino a un lado, ellas tienen armas tan poderosas para cambiar de imagen que me voy a declarar incapacitado para opinar sobre el tema, yo soy de esos gañanes que ante un tinte de rubia a morena solo es capaz de articular un “te veo diferente, ¿te has hecho algo?” y eso con mucho miedo y sin ser plenamente consciente de los motivos de una pregunta tan arriesgada. Personalmente soy partidario de callar hasta que la presión ambiental se haga tan insoportable que disparemos a bocajarro la frasecita de marras y salgamos corriendo a escondernos.

Por eso, solo voy a escribir sobre los cambios de imagen en los hombres, un tema tan apasionante como la polinización de los geranios por las abejas, pero que en mi cabeza siempre está de plena actualidad. Admito que para la mayoría de los hombres un cambio de look consiste en lavarnos y peinarnos, por mucho metrosexual que adorne las revistas, el género masculino es de naturaleza desaliñada, eso hay que aceptarlo como un axioma de obligado cumplimiento, una verdad universal. Al final, tras pensarlo con detenimiento, he sido plenamente consciente de que la estética masculina es una cuestión de kilos y de pelos.

Del tema kilos puedo dar conferencias por las universidades, soy un doctor honoris causa de la balanza, un doctorado cum laude en contar calorías, mi escudo de armas debe tener en campo de azur una zanahoria de oro con bordado de gules rodeada del lema “ni forraje ni verdura doblegarán mi armadura”. Un cambio de volumen corporal tiene grandes consecuencias para el afectado, incluyendo las físicas y las sociales, es un tema de auto aceptación y de aceptación por la manada de los magros. Todo esto ya es un tema demasiado trillado, no existe nada nuevo bajo el sol, pero existen otras connotaciones que a mí me han hecho devanarme los sesos. Toda esa grasa saturada que tanto tiempo y esfuerzo me llevó metabolizar y acumular es parte de mí o no, cuando pierdes 20 kilos ¿no estás perdiendo un porcentaje de tu ser?

Los pelos también son un tema fascinante, el que se pierde y el que nace. No hay nada más desesperante que ver caer pelos esos pelos que tan bien te adornaban y tanto te calentaban en invierno para reencarnarse como pequeños lamas tibetanos en pelos en la espalda, cerdas en las orejas o leznas en los orificios nasales. Aún así los pelos son fuente de transformación, siempre puedes raparte al cero, lucir unas buenas orejas peludas o hacerte un reimplante a lo Pelusconi. La barba es magnífica para cambiar de imagen, desde un discreto y ridículo bigote hasta una barba a lo ayatolá iraní pasando por una coqueta y atractiva perilla, una combinación barba melena da para mucho. Hoy sin ir más lejos he visto a Camarón transformarse en Harry Potter, la madre de todas las transformaciones, y me he quedado impactado. A eso le llamo yo poderío y a lo mío envidia, a mí la cabeza ya no me vale ni para llevar pelo.



5 comentarios:

Anniehall dijo...

¡Qué bueno! “ni forraje ni verdura doblegarán mi armadura” jajajajajajaja me meo...

Samilo dijo...

Jajajajajajaa, mejor no consideres los cambios en las mujeres, te faltara espacio y es aun mas triste.

Ex-Camarón dijo...

Pasar de Camarón a Harry no fue una decisión fácil, por una parte me cerraban los comercios por la calle, pero por otra, los gitanos de Fuencarral me saludaban por su barrio...

No hay gloria sin riesgo...

Juanjo ML dijo...

A mí me gustabas más de Camarón. Sin duda.

Anónimo dijo...

De todas formas, la pegatina de detrás del coche siempre estará y da un distintivo muy particular que marca que se lleva dentro. F-Rules