jueves, 21 de octubre de 2010

The show must go on


Hoy estoy mal, pero mal mal, mal de querer morirme, mal de cojones. Este es otro de esos post que escribo para mí, uno de esos post que pasan de puntillas y que no reciben comentarios. Imagino que no es muy educado arrancarse el corazón y tirarlo contra la pantalla, seguramente provoca la misma sensación que los muertos en un accidente de tráfico, miras por curiosidad y enseguida giras la cabeza para otro lado con mal cuerpo. De todas formas si hoy no lo escribo reviento.

Existen problemas que te tocan tan de cerca que llegas a vivirlos en primera persona, existen problemas que piensas que jamás te van a pasar a ti, que son propios de gente extraña, de familias desestructuradas con un padre alcohólico que vuelve a casa borracho tirando los muebles y zurrándole hasta el gato. Pues no, existen problemas que le pueden pasar a cualquiera, te puede pasar a ti, sí, seguro, porque nos pasa a nosotros, a mi familia, gente normal, con una vida normal, con unos padres sin un duro pero que nos han dado siempre lo que han podido, que se han preocupado por nosotros cubriendo con holgura el umbral de lo necesario, a todos los niveles. Si no me crees espero que nunca pases por lo que estamos pasando nosotros.

Tengo una hermana pequeña, realmente ya no es tan pequeña pero siempre lo será para mí que la llevo 17 años. Fue mi primer bebé, una niña preciosa como pocas, con unos ojos azules que se comían el mundo. Digo mi primer bebé porque realmente cuando tienes esa diferencia de edad nunca llegas a comportarte como un hermano, eres algo así como una mezcla de hermano y padre, porque no has compartido problemas comunes, no has ido con ella al colegio ni te has peleado, pero la quieres a rabiar porque le has cambiado los pañales, te la has llevado al parque para ligar a su costa (para eso no hay nada como un bebé o un perro), has visto como aprendía a hablar, a tocar el violín, le has explicado mil veces las matemáticas, has mediado con tus padres sus asuntos porque la entendías mejor que ellos, es algo especial que no a todo el mundo le pasa.

Pues bien, mi hermana, nuestra princesa, padece de bulimia, ¿desde hace cuanto?, pues ni idea, seguramente más de lo que estoy dispuesto a creer, más de lo que su pequeño cuerpo puede soportar, mucho más de lo que hemos tardado en detectarlo. Esa es una de las grandes putadas, que no sabes ver y que el enfermo hace todo lo posible por ocultarlo, aunque al final es inevitable. Al principio cuando detectas que algo pasa, que algo está cambiando ni te lo planteas, luego cuando empiezan los problemas, el cambio de humor, las malas notas, pues lo achacas a cualquier cosa que te parece más racional: a la pura mala leche, a un noviete cabrón, a la edad del pavo, pero no te lo llegas a creer. Y aunque luego te parece evidente (y no entiendes como no lo has notado antes) porque ves como cambian los horarios de las comidas, porque come como un remero bulgaro pero no engorda ni un gramo, porque es otra persona diferente, pues sigues sin admitirlo porque eso no pasa en tu casa, a tu hermana, faltaría más. Pues sí, claro que pasa, y te ha cagado el palomo.

Los trastornos alimenticios son una cosa muy seria, no estoy descubriendo América, ni lo pretendo, pero es algo que conozco en primera persona. Lo sé porque yo mismo resuelvo mis crisis de ansiedad visitando a la nevera, por lo menos no siento después la necesidad de ir a vomitar, aunque es verdad que me siento como una mierda y engordo como una vaca. Lo puedo controlar o al menos eso creo. Pero un enfermo de bulimia no lo puede controlar y se mete en una espiral brutal de destrucción física pero sobre todo mental. Porque la bulimia te rompe el presente y te roba tu vida, la obsesión y los remordimientos inundan tu mente y con ellos vienen la desesperación, la rabia y la ira. Admitir que tienes un problema es el primer paso, y es un paso importante, pero llegar a ese punto lleva mucho tiempo, y aunque llegues te queda cruzar el Sinaí descalzo. En eso estamos y son tantos los avances y retrocesos que nos volvemos locos. No quiero volver a fallarla dejándola sola, pero no sé qué hacer, no sé qué espera de mí, no sé elegir las palabras correctas que la sirvan de alivio y no aumenten su pena, no sé si fingir que no pasa nada cuando estoy con ella o ir directo al grano para que pueda desahogarse conmigo arrancándome la piel a pedazos.

Evidentemente solo deseo que se cure, que termine la pesadilla de una maldita vez, sobre todo por ella, porque merece recuperar su vida y ser feliz, yo creo que está a tiempo y que la queda todo por descubrir, todo lo bueno, evidentemente, porque de lo malo puede darnos lecciones desde su infierno de autodestrucción. Pero también por los que la rodeamos, porque necesitamos recuperar nuestra vida, volver a ser felices, poder planificar el tiempo con normalidad sin esa espada de Damocles encima de nuestras cabezas que en cualquier momento nos rompe todo en forma de crisis y una visita al hospital. Llega un momento en el que irte a la cama sin novedades es el mayor de los triunfos, pero cada vez son menos días, y cuando no es así te metes debajo de las sabanas como si volvieras al útero materno buscando desconsoladamente un refugio donde olvidar, donde volver a componer una sonrisa que te acompañe al día nuevo. Porque mi vida se ha convertido en eso, en una comedia en la que trato de parecer estupendo mientras me muero por dentro.

Y solo sé que la quiero, la quiero, la quiero mucho, y no quiero que la pase nada, y no sé como actuar, y tengo miedo.

12 comentarios:

Daeddalus dijo...

Es difícil comentar en estos casos, que las palabras de ánimo siempre quedan vacías. Un abrazo.

El niño desgraciaíto dijo...

Ánimo. Sé de lo que hablas. Yo estuve saliendo con una chica que era bulímica y es muy difícil. Yo te recomendaría que no te culpabilizaras ni creas que puedes ayudarla más que a estar ahí cuando te necesita. Tiene que salir por ella misma.

Yo creía que, estando con ella, ella estaba mejor, pero era porque fingía delante de mí.

Apoyo, amor y paciencia.

Anniehall dijo...

PUes no sé qué decir. Un abrazo. Y ya sabes dónde estamos. Yo casi sobre tu cabeza en este momento.

molinos dijo...

Estos posts no los miro con curiosidad y luego me doy la vuelta. A veces no comento nada porque no sé qué decir, pero que sepas que me quedo con ellos en la cabeza mucho tiempo después y le doy muchas vueltas.

No sé que decirte, supongo que lo mejor es que estes con ella, que no desfallezcas en la esperanza de que se curará, porque ten por seguro que lo hará...para que así ella pueda ver esa fe en que "todo saldrá bien" en ti. Eso cura mucho.

Un beso

Juanjo ML dijo...

Siento el tono y sobre todo el reproche, os debo un post que os haga reír. Me pondré a ello.

Pero gracias por el ánimo, de verdad que me hace mucha falta.

Sil dijo...

Yo también tengo una hermana muy pequeña. Me llevo 19 años con ella. Y voy con los dedos cruzados todo el santo día, porque sólo tiene 13 años y esto acaba de empezar: la tontería, el maquillaje, los trapitos, saber que gusta a chicos de todas las edades... Y ahora comienza a hacer el tonto con la comida, ella que siempre ha sido de buen comer y de disfrutar comiendo. De momento no hay motivo para la alarma: come cuando toca y bien, pero renegando.

Es muy difícil. Estamos en medio, entre ellos y nuestros padres, pero seguimos estando lejos. Piensan que lo saben todo y... bueno, tú ya sabes de lo que hablo.

Mucho ánimo, Juanjo.

Silencio dijo...

¡Ey! qué suerte que tiene tu hermano de tener personas como tú que la quieren a morir... eso también es importante de cara a la recuperación. Porque puede recuperarse y tener una vida normal, te lo digo... de primera mano.

Un abrazo

Tochi dijo...

Jo, aunque sea tarde, desde casa si puedo ponerte comentarios de primera mano. Y aunque no se me ocurra nada útil que decirte, lo he leído, lo siento, y espero que vaya todo bien y se recupere.

Explorador dijo...

Qué se puede decir, sólo que mucho ánimo y que seguro que podeís sacar la situación adelante.

Un abrazo muy fuerte.

almalaire dijo...

Ella lo sabe, Juanjo, sabe todo lo que la quieres. Algunas (muchas)veces pensará que eso no le sirve de nada pero otras (muchas más) sabrá también que ese amor es un ancla con la vida buena. Uno se jode, pero sale. Créeme que se porque te lo digo.

Un abrazo.

Juanjo ML dijo...

Mil gracias por los ánimos, al final el blog forma parte de mi vida y los siento cercanos.
Especialmente para los que me contáis vuestra experiencia de primera mano, al final uno se calla como si fuera un tabú y se reconcome por dentro, imagino que somos unos de tantos que pasan por ello.

Un abrazo fuerte a todos

NáN dijo...

Jo, Juanjo, es la primera vez que entro en tu blog, y este el primer post que leo. No somos amigos, no nos conocemos, pero leo tu última línea y me digo este tío merece la pena. Qué frase hecha, ¿no?, cuando en realidad lo que quieres decir es que no merece tener esa pena.

Y es cuestión del puñetero azar y la estadística. Muy pocas personas enferman de ELA al año, y te toca más o menos cerca y ya está. Normalmente nos preocupamos de auténticas gilipolleces que nos quitan el sueño dos días, o dos semanas. Pero desde que el mundo es mundo, a veces tienes un problema.

Una de mis grandes amigas, que hasta nos hicimos primos porque nos dio la gana hacernos, una buena poeta, de unos 40 años, fue anoréxica 10 años, con muchas entradas hospitalarias. Ha pasado el tiempo, ha publicado muchos libros y ahora, casi 20 años después de que eso acabara, ha sacado un poemario en el que por primera vez hace frente a aquellos tiempos y da un grito. Se curó, y luego, mucho después, echó fuera lo que le quedaba.

Sin el amor de los que la amaban, no lo habría conseguido. Pero la tuvieron que amar así durante mucho tiempo, sin que pareciera que pasaba nada por ello, sin saber que acabaría y cuándo.

Y ahí estás tú, arreglando las cosas sin saber si las estarás arreglando.

Un abrazo