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domingo, 26 de enero de 2014

Doña Mema y Doña Fea



Hoy escribo para deciros que estoy preocupado por José Antonio ¿no le recordáis? Era el ángel custodio que hace un año nos escribió en términos muy corteses para informar a los jubilados de mi familia que les subía la pensión un magro uno por ciento. ¡Ay, José Antonio! Eran buenos tiempos y ahora me arrepiento de haber dudado de tus intenciones. Por favor, José Antonio, si me lees deja un pequeño mensaje, por nuestra tranquilidad, dinos que estás bien, cuéntanos a que dedicas ahora el tiempo libre.

Y me preocupo porque mi padre y mi abuela han vuelto a recibir la misma carta, pero él ya no la firma, ahora la firma una señora llamada María Eugenia Martín, a la que por abreviar a partir de ahora llamaré Doña Mema, para que vea que nosotros somos tanto o más efusivos que ella en la carta que nos dirige, y nos permitimos usar tan cariñoso apócope sabiendo que seguro no le molesta. Porque sí, ahora resulta que la Directora General de la Seguridad Social es Mema y no José Antonio, al que confieso que echaremos de menos.

Pero entendemos su cese, era un derrochador que iba subiendo las pensiones a los viejos a lo loco, usando los antiguos métodos que permitían hacer subidas con parte entera y parte decimal, cuando lo que se lleva ahora son las nuevas fórmulas de revalorización que garantizarán que nuestros mayores no vean congeladas sus pensiones aún a riesgo de ver congeladas sus casas. Pero nosotros no dudamos de que es por su bien, para que puedan recordar sus tiempos mozos en los que las pasaban canutas, que las comodidades ablandan el espíritu y que es mejor para el cerebro echar cuentas de cómo llegar a fin de mes descontando lo que ahora tienen que pagar además por los medicamentos.

Veo que Doña Mema (la Mema en Catalá) era directora de empleo de la comunidad de Madrid, eso es lo que yo llamo tener unas magníficas referencias para su nuevo cargo, sin contar que antes había sido senadora y diputada, lo que se dice una mujer de nuestros días, conocedora sin duda de la opípara realidad de mi padre y de mi abuela. Se nota al leer su carta, aunque ha utilizado exactamente las mismas palabras que su predecesor, algo que un malintencionado se lo afearía con un “eso se lo dice usted a cualquiera”; pero a ella se le nota que lo hace en nombre del bien universal. Por eso le complace informar a mis mayores que les va a subir un cero coma veinticinco por ciento la pensión, además le es grato comunicarles la nueva cuantía a percibir y ya puesta aprovecha para ofrecerles los servicios de su Instituto, el INSS.

Y si os creéis que tan grata noticia la podía dar cualquiera estáis errando, porque sólo puede ser Mema la que envíe una carta en esos términos, porque la cosa no se queda ahí, que va, ella es tan escrupulosa en su tarea que a mi abuela sólo le va a subir ese potosí en la mitad de su pensión, porque los otros trescientos eurazos son un complemento a mínimos. Y hace falta ser Mema para saber que a los mayores hay que darles lo mínimo, que luego engordan y eso es muy malo. Total, que a mi abuela es como si le hubiese tocado la lotería a sus 84 años, y si no me creéis ya veréis lo contentos que se ponen los del banco donde domicilia la pensión cuando vean que, ahora, disponen de 23.465 millones de euros pagados por todos más ochenta y dos céntimos que son lo que le sube a mi abuela el gobierno.

Pero Doña Mema no es la única que nos ha escrito, qué va, este año lo ha hecho además la Sra. Ministra de Trabajo y jefa suprema de la(s) SS, Fátima Báñez García (a la que llamaremos Doña Fea con afecto), actuando como telonera epistolar y compartiendo el mismo sobre que Doña Mema. Porque son épocas de recortes y podemos permitir que tiren el dinero tan espléndidamente con nuestros mayores, pero jamás se lo perdonaríamos a Doña Fea y a Doña Mema si se lo gastan al buen tuntún en sobres y cartas. Sólo les ha faltado incluir en las cartas una estampita de la Virgen del Rocío, para que rezándole lleguen a comprender que la dichosa fórmula de marras es mano de santo, aunque tal vez no hubiera funcionado porque mi abuela cree más en la Virgen del Carmen y mi padre nos ha salido un poco ateo.

jueves, 3 de octubre de 2013

Plataformas y terremotos

Estos días leo los periódicos y la veo, miro los noticieros y ahí esta, aguantando el batir de las olas, los terremotos e incluso las cagadas de las gaviotas. Y no me lo creo.

Tampoco me creo que esa plataforma en el mar forme ya parte de mi vida, de casi tres años de mi vida, que en ella haya algo de mí, de lo mejor de mí, de mis conocimientos, de todo ese sudor, lágrimas y sinsabores que resumen el trabajo de ingeniero. Me imagino todavía subido a ella, mirando fijamente al mar, abrumado por la responsabilidad pero orgulloso de estar haciendo algo bueno y necesario.

Antes de seguir que quede claro que yo hablo como técnico, que a mí cuando trabajo y diseño el dinero me preocupa lo justo, porque tengo clarísimo que lo principal es que las cosas cumplan con su función de una manera segura y que una vez conseguido eso tenemos un fabuloso departamento de compras que se encarga de que el proyecto entre en el presupuesto. Siempre hay un tira y afloja entre lo que uno piensa que es necesario y lo que dice la normativa o un contrato, y como hablamos de mucho dinero cada elemento que se decide instalar se debe justificar, incluyendo todos los sistemas de seguridad. Nosotros, los ingenieros, tratamos de seguir lo que llamamos buenas prácticas de ingeniería, que en muchas ocasiones van más allá de la normativa y nos llevamos grandes berrinches para que se compre ese elemento que consideramos tan necesario.

Pero en esta ocasión no fue así, esta vez no se ha escatimado nada en seguridad, es más, se ha ido siempre más allá para garantizar que no habría problemas, no hace falta que nadie me lo cuente, muchos los he comprado yo mismo y he comprobado que todo funcionaba correctamente en campo. Y, de repente, la tierra se pone a temblar y todo se va al garete, no me lo creo, de la misma manera que no me puedo creer que haya habido mala fe o que alguien haya escondido un mal informe geotécnico, sinceramente creo que nadie sabe qué está pasando y que nos quedan semanas de escuchar a sesudos genios y políticos echándose mierda los unos a los otros y sacando conclusiones de ingeniero de obra acabada, mis queridos colegas saben de qué estoy hablando.

Inyectar gas en un yacimiento de petróleo agotado no es un invento nuevo. En España existe otra plataforma que hace lo mismo y nada ha pasado y nadie se ha quejado. Tampoco tiene nada que ver con el famoso fracking, aquí no se inyecta nada para extraer gas, aquí se toma gas de la red y se guarda en el yacimiento, que no es una caverna hueca, como la mayoría debe pensar, es una roca porosa, parecida a una esponja, en cuyos intersticios queda acumulado el gas inyectado, unos huecos que en sus momentos ocupó el crudo y que soportaron la presión sin problemas. Que los cambios de tensión en la roca provocarían pequeños seísmos era algo con lo que se contaba, que algo más está pasando está claro, que nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que pasa, pues seguro. ¿Que qué haría yo si fuese vecino de la zona? Pues irme a dar golpes a una cacerola en la plaza del ayuntamiento para que parasen el proyecto de inmediato.

Lo increíble es leer todas las cosas absurdas que estoy leyendo y escuchando, algunas divertidas por lo estúpidas, como por ejemplo que están haciendo pruebas de vaya usted a saber qué los americanos. Esto es lo que es, un almacenamiento de gas natural, y punto profundo, esa fuente de energía que consumimos en casa para hacer la comida y calentar el agua con la que nos bañamos y llenamos los radiadores con los que nos calentamos, de las centrales eléctricas con turbinas de gas y de su uso industrial ya ni hablamos. Un gas que tenemos que importar de fuera, a no ser que queramos todos el fracking de repente, y no, seguro que ninguno lo queremos. Además, curiosamente, el gas que importamos viene de países conflictivos que no garantizan el suministro de una forma fiable, por tanto no parece mala idea guardar ese gas y, mierda, ese gas tiene la manía de ocupar mucho volumen cuando no está licuado. Si piensas en todo esto, tener un poquito de gas por si algo pasa en mitad del invierno no parece tan descabellado.

Por eso me revienta que cualquiera clame en contra del almacenamiento cuando vive en un país del primer mundo que derrocha energía y que seguro que no quiere hacer el esfuerzo de cambiar radicalmente sus hábitos de vida para no tener que jugársela con la naturaleza que, además, es bastante hija de puta cuando le tocas las narices como estamos comprobando. Porque ese es el debate de fondo, queremos agua caliente, calefacción y electricidad, queremos tener disponible toda la energía que necesitemos, mejor si es barata, y no queremos pagar el precio que eso conlleva. No queremos nucleares, ni almacenar gas, queremos energías limpias pero no queremos, o podemos, pagar el coste que eso conlleva si no lo subvencionamos, y tampoco nos gustan las subvenciones, claro.

Pues es lo que hay, estamos atrapados. Y claro que a la sombra de todo esto existen cabrones que sólo van a pillar cacho, pero hay algo más gordo de fondo, que nos debería hacer pensar que hay al otro lado del enchufe cada vez que cargamos el móvil y cada vez que bajamos un grado el aire acondicionado.

lunes, 14 de enero de 2013

Requiem por Telemadrid


Los que ya peinamos canas recordamos perfectamente aquellos tiempos en los que solo había un 1 y un 2 en la lista de canales de una tele sin mando a distancia. Desde Madrid envidiábamos a las CCAA que tenían su propio canal de televisión, porque como cantaban Los Refrescos teníamos el mando del imperio, sí, pero ni tele ni playa.

Por eso, cuando el 2 de mayo de 1989, Telemadrid comenzó a emitir los madrileños nos identificamos con ella, la hicimos nuestra, sin que nadie se preguntara qué pintaba una televisión autonómica, durante muchos años a los madrileños nos gustó Telemadrid, durante muchos años los madrileños veíamos Telemadrid. Por eso, ahora que unos y otros mencionan el nombre de Telemadrid en vano, a mí me gustaría recordar que no siempre fue así, que fue una televisión bien hecha y con una audiencia que prácticamente le permitía vivir de sus ingresos. Nada que ver con el desastre de los últimos seis o siete años.

En mi memoria quedarán grabados para siempre los Fulanitos de 'Pasacalle' que veíamos todos en familia intentando adivinar qué le sobraba o qué le faltaba a la fotografía de algún monumento madrileño. Recuerdo que en casa comenzamos a decir 'Telenoticias' en lugar de 'Telediario', aunque para mi abuela siempre fue el parte, también recuerdo a Hilario Pino presentándolo con todo su pelo, como ahora pero de serie. Un milagro. Como un milagro sería ver ahora a Woyming en Telemadrid, pero durante una temporada presentó el fabuloso 'La noche se mueve', uno de los “Late Night” pioneros en España.

Eran montones los programas que a mí me parecían distintos a lo que ofrecía televisión española, sobre todo los musicales. Uno era Heavy y de San José de Valderas, pero de reojo miraba 'Onda Pop' y 'Top Madrid', descubriendo bandas como Teenage Fanclub, The Charlatans o Manic Street Preachers. Tal vez mi cambio musical vino de su mano. Aún sigo viendo el a veces maravilloso 'Nos queda la música', desde la isla desierta que es La Otra y en la que José Luis Casado hace de náufrago.

Telemadrid era esperar con impaciencia el capítulo de 'Bola de Dragón', de alucinar con el rollo retro de 'Parker Lewis nunca pierde', de ver clandestinamente el 'Cyberclub' y los ojos como platos de Cybercelia, por no hablar de su pantalón ajustado. Telemadrid eran las tardes de invierno encerrados en casa con 'Madrid directo' de fondo, escuchando sus historias simples pero cercanas, cotidianas, muy de la vida del barrio. Telemadrid era el fútbol de los fines de semana, que yo veía con mis amigos, y las tardes de domingo viendo 'Fútbol es Fútbol' en lugar de estudiando.

Por eso me duele verla agonizar y morir, me toca los cojones escuchar que es un gasto inútil y que debe o desaparecer o ser privatizada. Por favor, una tele que en el año 2000 tenía un increíble 20% de audiencia y que al final del 2012 no llegaba ni al 5%, una tele abandonada a su suerte, exprimida y utilizada como aparato de propaganda hasta morir por descrédito ahora que la TDT ha traído mejores canales desde los que vapulear y manipular.

Me da mucha pena y mucho asco ver que los que más la critican son los que más la han utilizado, políticos indignos y periodistas torticeros que han vivido del dinero público que tanto gustan de dilapidar. Una empresa mal gestionada, convertida en una casa sin trastero en la que se han ido acumulando los trastos que ya no querían pero de los que no se podían deshacer sin levantar la liebre de que todo estaba podrido y entonces enseñar podredumbre no interesaba. Entonces los millones que ahora se acumulan como deuda eran por el bien del partido, aunque ahora el partido, no su PPartido, se ha terminado.

No puedo echar de menos ya a Telemadrid porque llevaba mucho tiempo fuera de mi vida, pero si que echaré de menos lo que significaba. Si echaré de menos a la gente de los deportes de Onda Madrid, que me acompañaban muchas tardes camino de casa y que lo hacían fenomenal, dando cobertura a todos los deportes y todos los equipos, como les he leído estos días, ya nada será lo mismo, es imposible. Gracias.

sábado, 15 de diciembre de 2012

El mar


2012 podría ser nominado como firme candidato a Año de asco puto, perfectamente. Peeeeeeeeeeeero, porque afortunadamente para casi todo existe un pero, en 2012 me ha pasado una cosa estupenda, nueva y alucinante.

He conocido el mar.

Una de las cosas chulas que te pasan por ser ingeniero es que puedes participar en la construcción de juguetes muy, muy caros. Si además te portas muy bien y tienes algo de espíritu aventurero te pueden dejar jugar con ellos. Y yo, aunque mi aspecto puede llevar a engaño, lo tengo, pardiez si lo tengo, soy de los que a poco que les animen se apunta a un bombardeo, porque me puede la curiosidad aunque realmente me esté muriendo de miedo.

Todo esto viene a cuento porque unos ingenieros, mucho más listos que yo, se han hecho una casa en el mar, no en la orilla, qué va, en medio del mar, allí donde Neptuno perdió el tridente, y como son majos me han dejado que les ayude a amueblarla, a diseñar cómo controlar la apertura de las puertas y las ventanas, a instalarlos el teléfono, las antenas de la tele y hasta la alarma. Y ha quedado estupenda, en mitad del Mediterráneo, para servir de majestuoso refugio a los atunes y peces luna que, de vez en cuando, se paseaban por allí a saludarnos.

Podría contar unas cuantas anécdotas de la vida allí, y ya lo iré haciendo, como por ejemplo alguna relacionada con estar rodeado de rudos y viriles marinos noruegos (que habrían hecho las delicias de todas las norueguistas amigas de este blog) y de algunos filipinos que quizá no les gustaran tanto. Pero hoy solo quiero hablar de la diferencia entre estar en el mar e ir al mar. Que no es lo mismo.

Estar en el mar impresiona, muchísimo, tanto que la primera vez que me asomé al balcón de nuestra casa y me vi frente a una mole infinita y azul de agua me sentí tan pequeño que me dio vértigo. Imagino que es a pequeña escala algo parecido a lo que debe sentir un hombre que va al espacio. Me encontré completamente perdido en la inmensidad, acompañado solo por el sonido del mar y el viento, sintiendo algo nuevo y desconocido. Y experimentar una sensación nueva no es algo que pase todos los días, de hecho aunque la situación se repita el sentimiento de novedad solo lo vas a vivir una vez en la vida, porque la segunda vez que vas a buscarlo ya no está allí porque los seres humanos nos adaptamos a toda velocidad a lo desconocido.

Y esta aventura ha tenido mucho de desconocido, en primer lugar profesionalmente, porque nunca me había visto en una situación de tanta responsabilidad y he sobrevivido, pero sobre todo personalmente, porque he disfrutado con cada cosa nueva como un niño. He volado en helicóptero hasta hartarme, en días buenos en los que te quedabas hipnotizado mirando el delta del Ebro y en días de mal tiempo en los que te movías a merced del viento como si te fueras a estrellar. Otras veces he ido y vuelto en barco, dejando que el agua me salpicase en la cara hasta sentirme más vivo que nunca, cuando el mar lo permitía, y botando como una pelota cuando pintaban bastos.

También me he quedado atrapado por el temporal, sintiendo la sensación del que está privado de libertad, mirando las luces lejanas de la costa desde el ojo de buey de mi camarote como un reo mira el horizonte desde su celda, sabiendo que no hay lugar donde escapar y os prometo que me he angustiado, mucho. Y he sentido el balanceo del mar acunándome en un sueño ligero y era maravilloso, con mucha diferencia el sueño más agradable del mundo, eso si Neptuno no se cabreaba y te despertabas medio desnucado.

Me gusta el mar, quiero volver al mar. Mañana es tarde.

martes, 1 de noviembre de 2011

Achaques y chuletones



Cuando llegué a la universidad era un tío raro y melenudo que se había criado en el barrio del otro lado de la vía. En la primera clase me senté en la última fila y me puse a leer el periódico, sin hacer el menor intento por relacionarme con nadie. Así me recuerdan mis amigos.

Por eso, cuando todos los grupos se iban formando imagino que por algún tipo de afinidad que yo no veía, yo seguía más solo que la una compartiendo viajes en el autobús 450 con otro tío todavía más raro que yo, al que unos años más tarde apodábamos “el digodigo” por su forma de hablar digna del Gallo Claudio. Con el tiempo, y eso significa un largo proceso que más o menos duró un año, comencé a relacionarme con un grupo que, la verdad, de sociable tenía poco. Sería por eso de que Dios los cría y ellos solos se juntan. No éramos muchos, seis fijos y algunos que iban y venían, atraídos o repelidos por nuestra forma de ser, éramos ácidos de cojones, lo seguimos siendo.

¿Chicas? Una o ninguna, tanto era así que los agradecimientos de mi amigo A eran “para mis compañeras que con su indiferencia me han dejado largas horas para el estudio”. Eso no era verdad del todos, porque lo de largas horas para el estudio en nuestro caso era una licencia poética.

Hace trece años que terminamos la universidad, sorprendentemente, porque como he adelantado éramos unos vagos que no daban ni chapa, lo nuestro era irnos a jugar al baloncesto, al ajedrez y al mus. Cuando conseguimos un despacho para la asociación que nos servía de tapadera lúdica, con ordenadores, equipo de música y conexión a Internet, algunos no volvimos a ir a clase más, y en mi caso eso significa que no pisé una clase de la escuela desde mi primer tercero. Es un verdadero milagro que hoy todos tengamos cogiendo polvo un título de ingeniero.

A pesar de lo mucho que ha llovido desde entonces, nos seguimos viendo, no es la misma relación que antes pero es estupendo quedar una vez cada tres o cuatro meses y ver que las cosas siguen funcionando exactamente igual, o mejor, porque vernos es abrir una ventana al pasado libre de problemas y de reproches, lo que nos une ahora son las ganas de vernos y de pasar un buen rato. Dentro de esos ratos es un clásico nuestra cena anual en Casa Hortensia, restaurante asturiano de trato brusco pero de comida abundante, buena y contundente. Nosotros hace tiempo que nos dejamos de inventos que terminaban con el bolsillo y la panza vacíos, desde nuestro último fracaso gastronómico decidimos ir a tiro fijo y cenar invariablemente fabada y chuletón, con un par, llevamos así unos años. Tantos como para darnos cuenta de que ya no somos los mismos, de que nos hacemos mayores y que tanta contundencia a la hora de cenar nos empieza a venir muy grande.

Cuando el viernes entré en el restaurante y vi a mis amigos tomando unos culines de sidra en la barra, fui consciente como nunca del paso del tiempo, sus cabezas pelonas y canosas, más o menos como la mía, dan fe de que ya no somos unos niños, las conversaciones tampoco. Porque antes nuestras conversaciones volvían una y otra vez a aquellos años, que ahora parecen tan felices, de la universidad, nos pasábamos horas riéndonos de las mil anécdotas que tenemos, muchas malvadas, como cuando pegamos una silueta de Batman en uno de los espejos interiores del proyector de transparencias y como no había ni presupuesto para otro ni forma de quitarla, una semana nos pasamos llamando a Bruce Wayne, parece que todavía puedo escuchar nuestras carcajadas y a nuestro profesor de Máquinas eléctricas diciendo la famosa frase de “estos cabrones lo han puesto a conciencia”.

Sin embargo, ahora hablamos de otras cosas, nos contamos nuestros achaques ante un plato de cabrales mientras que llega la fabada, hablamos de que ya no jugamos al baloncesto porque nos duelen las rodillas y recomendamos las mejores medicinas para regenerar los cartílagos, nos lamentamos de que ahora cada dos por tres nos toca ir al dentista, seguimos con el apartado de operaciones varias y rematamos con los resultados de nuestras analíticas mientras que, irónicamente, nos repartimos el lacón y el chorizo. Lo peor viene cuando ya ahítos nos sacan una bandeja con cuatro chuletones perfectamente deshuesados y fileteados. Nos miramos unos a otros con cara de no poder, y no podemos. La foto que acompaña al texto da fe de que nos dejamos más de la mitad y que con vergüenza pedimos una fiambrera para llevárnoslo.

El tiempo pasa, afortunadamente para unas cosas y desafortunadamente para otras. Ya no tenemos que ir a los sitios más cutres de Huertas y Malasaña para tomar algo, ahora nos dejamos sablear con copazos de 14 pavos en sitios en los que sospechosamente somos de los más jóvenes, Gin Tonics, por supuesto, tampoco hacemos de emborracharnos una meta, solo una circunstancia. Comemos chuletón de marca en lugar de bravas y oreja en lugares un tanto siniestros, volvemos a casa en taxi en lugar de ir peregrinando de búho en búho por Cibeles y Príncipe Pío, pero nos falta algo, creo que se llamaba juventud y por algún sitio, sin darnos mucha cuenta, nos la hemos ido dejando.

martes, 18 de octubre de 2011

Vídeos heavies horteras pero no por ello exentos de sentimientos


De mi pasado heavy creo que he hablado muy poco en el blog, ¿verdad?. Pues sí, viví una juventud llena de marginalidad rodeado de gente que no entendía mi afición a las guitarras poderosas y al doble bombo de las baterías, mis amigos no me entendían, mis enemigos menos . Creo que la culpa fue de mis primos, con lo que nos íbamos de acampada todos los meses de Julio, ellos, además de mayores, eran heavies, de Aluche y ligaban, no digo más, eran gente de mundo, mis primos partían con la pana. Entonces, las cosas no eran como ahora, para escuchar heavy tenía que recurrir a un mercado clandestino de cintas piratas que vendían personajes de no muy buena reputación, pero lo mejor era grabarse uno sus propias cintas de los programas de la radio, recuerdo pasarme las tardes dándole simultáneamente al “rec” y al “play” escuchando Radio las Águilas y las noches con el Discocross y la Emisión Pirata que, por cierto, vuelvo a escuchar camino al trabajo todas las mañanas.

El heavy tenía de todo desde grupos venerables como Motorhead, AD/DC, Megadeth, Iron Maiden o Judas Priest a auténtica morralla. A mí me gustaban casi todos y que conste que me siguen buscando, el problema viene cuando empiezas a ver desde una perspectiva de hoy las cosas que pasaban en los ochenta, es el horror. Las veías y así se quedaban en tu cabeza, idealizadas, pero ahora, de repente, tenemos las herramientas para volver al pasado sin anestesia y, claro, te decepcionas y descojonas por igual. Los vídeos heavies son un buen ejemplo. Yo también llevé en su momento pantalones elásticos, botas Puma y una buena melena, hasta donde me dejaba mi padre, porque esa combinación de educación falangista y militancia en CCOO no entendía de pendientes ni de rizarse la cabellera, pero lo que antes me parecía molón visto ahora me parece hortera a más no poder. Por fortuna la música ha aguantado mucho mejor el paso del tiempo y ni de coña voy a renegar de ella.

He preparado una serie de vídeos que voy a publicar en tres entregas de seis vídeos, vamos con la primera, disfrutadlos.

1: Fooling - Def Leppard



A ver, yo no puedo ser más fan de Def Leppard de lo que soy, me encantan y el Hysteria me parece uno de los mejores discos ever, pero en lo referente a los vídeos dejaban mucho que desear. No sé que puedo decir de un vídeo en el que sale una tía con cara de máscara tocando un arpa sobre unas llamas, ¿que es insuperable?, pues no, es superable, puedes meter la cabeza de un tío que me recuerda a Falete en una quesera y mezclarlo todo en una combinación inenarrable. ¿Insuperable aún?, pues no, salvo por ellos mismos, porque a continuación se puede ver al cantante atrapado con unas esposas que explotan bajo el embrujo de una bruja con cara de ir colocada, al batería tocar con unos calzoncillos con la bandera británica y una huida entre explosiones con espasmos dignos del mejor chiquito de la calzada. (8 puntos en la escala Glam Rock)

2: 18 and Life - Skid Row


Los Skid Row no eran muy santos de mi devoción, eran un grupo de guaperas diseñados para recoger los despojos que por entonces dejaban los Duran Duran y los Spandau Ballet en el extrarradio. Destacaban por sus melenas perfectas dignas de un anuncio de crema suavizante para el cabello porque ser rockero y estar guapo no tenía por qué ir reñido, nada que ver con el desgreñado de Axl Rose, que parecía que le había robado la peluca a un espantapájaros. Este vídeo es tremendo, cargado de mogollón de contenido social, violencia doméstica, hijos que se van de casa a los 18, y no es ciencia ficción, que beben de sus botellas a la luz de una hoguera (lo de las hogueras es un tema recurrente en estos vídeos), que roban la pistola de su padre y se lían a balazos con su mejor amigo para dar con sus huesos en la cárcel. Escalofriante documento, ¡temazo! ¡temazo! (7 puntos en la escala Glam Rock)

3: Talk Dirty to me – Poison


Una cosa es fija cuando se sacan este tipo de bandas en la conversación, los Poison siempre son mencionados haciendo una dura competencia con Europe, si mal no recuerdo a ambos los descubrimos en el 'Un, dos, tres' haciendo dura competencia a Samantha Fox y a Sabrina. Este grupo pasará a la historia por su música fácil y pegadiza y sus cardados imposibles, lideraban sin dudas eso que se conocía como Hair Metal. El vídeo no tiene nada de particular, salvo por ser una pasarela de todos los modelitos que los chicos malos llevaban en aquella época con total desvergüenza y un punto de provocación, uno solo puede sentarse a mirar y disfrutarlos. (8 puntos en la escala Glam Rock)

4: Kickstart my Heart - Montley Crüe


Ya podías tener la cara del mismísimo Monchito (y obviamente no me refiero a Tommy Lee), que con unas buenas melenas, una cinta en el pelo y unos tatuajes gamberros molabas mil en los ochenta. Este es el típico vídeo de la época que mezclaba una actuación en directo, destacando unos magníficos planos a contraluz de esos cardados eléctricos, y accidentes de vehículos variopintos a toda velocidad, rock y riesgo, el cóctel perfecto de los chicos malos de la época. Si eras español, a lo máximo que podías aspirar era a coger el Renault 12 de tu padre y cambiar la cinta de Los Chichos por la de Montley Crüe, ir a un descampado y ¡hala! a tirar del freno de mano para hacer unos trompos, así, a lo loco. Un grupo estupendo y un disco buenísimo, nadie me podrá negar que la canción se pega. (6 puntos en la escala Glam Rock)

5: I Believe in You – Stryper


Stryper se autodenominaba el primer grupo de rock cristiano, ahí queda eso, a su talento y a su fe debemos agradecer la existencia de grandes clásicos del rock como “In God we Trust” y “To Hell with the Devil”. Desgraciadamente, no he encontrado vídeos de la época que hagan justicia a su grandeza, porque había que ser muy grandes para salir al escenario vestidos como una mezcla de Diana, la de V, la abeja Maya y enfrentarse al público melenudo con esa voz que solo es posible después de una orquiectomía. Este vídeo con piano, violines y una letra supercurrada con mogollón de contenido, tuvo que mojar alguna que otra casta braga porque es todo vocación y sentimiento. Os ánimo a ver algunos vídeos más de esta banda que no debería faltar en ninguna JMJ que se precie de serlo. (10 puntos en la escala Glam Rock)

6: We're not Gonna Take it - Twisted Sister


Unos de los reyes indiscutibles del horterismo. Los Twisted Sister combinaban unas pintas terribles con un maquillaje aterrador y, ademas, eran feos de cojones. Pero no hay que dejarse engañar por ello, dejaron un ramillete de temas imprescindibles. El vídeo es muy típico en ellos, una crítica brutal a las relaciones paterno filiales y a la forma de educar a los niños en América, eran los años de Rambo y Reagan. El protagonista, acosado por un padre capullo, se pone a dar vueltas como una peonza y se convierte en un híbrido del diablo de Tasmania, la mediana de las Supremas de Móstoles y El Último Guerrero, sus hermanos bajo su influencia se transformarán en seres parecidos para curtir el lomo a su padre que se lo tiene bien merecido, humor de Climalit y Pladur. (9 puntos en la escala Glam Rock)

sábado, 8 de octubre de 2011

Ir al dentista y vivir para contarlo

Ir al dentista es el mal en sí mismo, su sola mención equivale a invocar la espada de Damocles y ver como se hace visible sobre nuestras cabezas. Uno empieza a ir al dentista desde el mismo momento que sabe que tiene una cita con él, aunque ésta sea dentro de tres semanas, aunque ahora esté más sano que una manzana y sea para la revisión de los seis meses, vas a ir al dentista y lo sabes. Ya puedes ser el tío más afortunado del mundo que no lo disfrutarás, ya te puede tocar a ti solo el pleno al quince de la quiniela, ojo, con un dos fijo al Madrid-Atlético, da igual, en el fondo sabes que tu futuro pasa por ir al dentista, esa es la línea que marca tu horizonte y tras ella solo existe la nada. Es más, hasta puedes tener un fantástico sueño erótico con Megan Fox (y con su imaginaria hermana gemela) que te levantarás más cariacontecido que si te hubieran hecho ver toda la saga de Transformers en sesión continua y sin anestesia. Si sabes que tienes que ir al dentista la vida es una mierda.

Y lo puedes dilatar, pero la dentadura es como los volcanes, un enemigo silencioso, un peligro latente que cuando despierta solo es fuego y destrucción, el infierno según San Mateo: "Y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes", y lo sabes y lloras las lágrimas más amargas mientras que buscas desesperado la caja de Nolotil y el teléfono de la consulta, rezando para que quede un hueco libre y te reciban de urgencias. El dolor de muelas es el mal, por eso al menor síntoma de que algo no va bien pedimos mansos una cita que ya es parte del ritual: “clínica dental buenos días, ¿quiere una cita?”, no, hija de Satanás, te llamo porque me duele una muela y los tiquismiquis del teléfono de la esperanza no me la sacan. Sí, hay que tener muchos ovarios para ser recepcionista en una clínica dental, y si alguna me lee (mis experiencias han sido siempre femeninas), que sepa que le* mando desde aquí un caluroso saludo, ¿por qué?, pues porque ser soldado de infantería en la división azul era una mariconada a su lado, vale, hacía frío en Leningrado, como en la consulta, pero a los soldados soviéticos no le dolían las muelas ni les cobraban por un implante el sueldo de todo el verano.

Una buena recepcionista debe parecer tonta sin serlo, a fin de cuentas su trabajo consiste en ayudar a desplumar a un montón de gente asustada, dolorida y cabreada minimizando el número de agresiones recibidas, esto incluye las menciones a la madre, todo un arte. Increíblemente su táctica consiste en tratarnos como si tuviésemos tres años, y funciona, porque en el fondo todos somos como niños de tres años. Ellas lo saben, tienen el culo pelado de hacer que la gente esté sentada y quieta. Una de sus mejores herramientas es el tono de voz impostado, algo horrible, subiendo un par de tonos y ralentizando la pronunciación para que nos enteremos de todo y, además, nos quede bien clarito. Las mentiras son igual de reconocibles pero nos las tragamos, “siéntate ahí un rato que enseguida te toca”, ¡un huevo de pato viudo!, creo que Einstein comenzó a sospechar de la curvatura del espacio tiempo en la consulta de su dentista. Si te pones un poco nervioso y te da por preguntar, más que nada por si se han olvidado de ti, te miran igualito a como tu miras a tu hijo la segunda vez que en el coche de sus labios sale un “¿cuándo llegamos?”, la respuesta es la misma, enseguida**, a pesar de que sabe que el implante de fulanito se ha complicado y están buscando en las páginas amarillas el teléfono de un herrero 24h que llegue raudo al rescate y suelde un par de placas.

Después está el trauma que se te va creando durante la espera, empezando por ese olor agrio tan característico que es la antesala del dolor. Un olor que nunca llega a saturar la pituitaria, porque ya puedes trabajar en una planta de reciclaje de estiércol que te terminas acostumbrando, pero a ese olor no, y es un milagro bioquímico que solo han conseguido ellos y los hijoputas que formularon la colonia de Nenuco. Pero no es lo peor, ni hablar, lo peor es escuchar la fresa y el aspirador al otro lado de la puerta que, en breves momentos (nótese el sarcasmo), vas a atravesar. Afortunadamente, eso sí que tiene solución, unos auriculares a todo volumen y un reproductor de mp3 recién cargado y los Green Day (cuando molaban) aporreando el “Pulling teeth” recordándote que “Accidents will happen but this time I cant get up”. No, no vas a salir corriendo. Y en ello estás cuando ves a la recepcionista hacerte todo tipo de aspavientos porque te ha llamado y es tu turno y no te has pispado, toda digna ella, a pesar de que te debe una hora de tu vida, una hora especialmente mala. Increíblemente no le mandas a la mierda porque en unos segundos te van a poner anestesia en una encía y no quieres que haga un comentario en clave al dentista para que al pincharte te haga mucho daño.

Lo que pasa a partir de ahí es lo de menos, te tumbas en el potro de tortura y pones la mente en blanco, a la fuerza, porque una luz cegadora amenaza con fundirte el cerebro. Te dejas hacer y siempre piensas que todavía no te habrá hecho efecto la anestesia cuando la fresa entra en contacto con tus dientes y empiezas a oler tu propio hueso quemado. Lo normal es que sí haya sido suficiente y que no pase nada, “si notas algo levanta la mano”, te dicen, sin tener en cuenta que desde hace cinco minutos tus manos, y los brazos de los que cuelgan inertes, están paralizadas. Además, cualquiera se mueve con ese arma de matar cerca de tu cerebro, piensas que si el dentista estornuda en ese momento ni Santa Apolonia, patrona de los sacamuelas, podrá hacer algo por salvar tu alma. Hasta que termina todo y te das cuenta que no ha sido para tanto, solo eres un poco más pobre pero, a cambio, la puñetera muela ha dejado de dar la lata, eres feliz durante unos segundos, los que tardan en darte la cita siguiente. Estás jodido, el ciclo de nuevo ha comenzado.

*Soy laista pero me estoy quitando, solamente lalaleo de vez en cuando.

** El ahorita mismo de los mexicanos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Experiencias turcas (IV) Boquerones y desastres aéreos



Que los turcos, o al menos el turco que nos servía de conductor e intérprete, son gente de verdad sentida, lo comprendí el viernes por la tarde en el que regresábamos de la central de Dogankent, para pasar el fin de semana, a Trabzon, la antigua Trapezus o Trebisonda, ciudad pintoresca a las orillas de Mar Negro con pasado griego y bizantino.


Recuerdo que aquella tarde caían chuzos de punta y el viaje, aunque corto, no era moco de pavo. Ese día, sin explicación alguna, nos llevaron por el camino de las montañas, en lugar del habitual bajando por el valle y siguiendo la costa, unas montañas imponentes de cuatro mil metros de altura a orillas del mar. Mas que lluvia, aquello era una especie de agua nieve que según se ascendía se convertía en una señora nevada que cubría el bosque de nieve, tanto que si te dejabas llevar por la imaginación aquello eran los Alpes y Trabzon un cantón suizo. Pero conducir por aquellas carreteras, a la manera que conducen los turcos, daba mucho miedo y disfrutar del paisaje con el esfínter contraído no es igual de placentero. ¿Por qué aquel hombre se jugaba su pellejo y el nuestro? Pues porque había decidido buscar a un mecánico que arregló su coche hacía 20 años además de dar cobijo a su familia los días que allí se quedaron tirados. Lo curioso es que nunca más había vuelto a saber de él pero estaba decidido a encontrarlo.


Cuando por fin llegamos al pueblo que era nuestro destino intermedio, el taller no existía y la casa del mecánico había desaparecido en un incendio, una persona normal hubiera desistido pero Dogan, nuestro chófer, no. Preguntó a montones de personas hasta que consiguió una pista que nos llevó a dar con el mecánico y su esposa, que para sorpresa nuestra se habían realojado en una casa que podríamos llamar simplemente chabola. Sí, allí nos encontramos dos venerables ancianos de la Turquía profunda viviendo en unas condiciones de hace doscientos años, las hacía fiestas un perro cojo que jugaba junto a unos coches desvencijados por las inclemencias del tiempo y por los años. La tristeza que me produjeron a simple vista es difícil de expresar, pero duró poco viendo las imágenes del reencuentro de los fugaces viejos amigos, fue como la letra del tango, 20 años no fueron nada para ellos, ni para nosotros, porque tras presentarnos y contarlos nuestra historia fuimos convenientemente estrujados y achuchados.

Como era muy tarde y nos quedaba mucha ruta por delante, no nos entretuvimos mucho y pudimos seguir nuestro viaje con la promesa de volver a comer con ellos en nuestro camino de regreso a la central. Y así lo hicimos, el domingo a medio día estábamos allí de nuevo. Una lumbre, ya casi hecha ascuas, acompañaba a un barreño lleno de boquerones, muy típicos en el mar Negro, ese sería nuestro plato principal, hechos a la parrilla, acompañados por agua de un manantial y una ensalada de tomates del huerto. Nunca, pero nunca jamás, volveré a comer tantos boquerones como aquel día, es costumbre por aquellas tierras que el anfitrión coma lo justo y ceda la mayor parte de la comida al invitado que Alá ha guiado hasta su mesa, de la misma manera es de muy mala educación no acabar con toda la comida que a uno se le ofrece, por lo que los boquerones se multiplicaban en nuestros platos como si viviésemos un “revival” (1) del milagro de los panes y los peces.

Admito que los boquerones estaban deliciosos, pero debieron estar como una semana nadando por mis entrañas en forma de horribles y continuos retortijones, bueno, a mi compañera le fue peor y tuvo tal gastroenteritis que se pasó una semana en cama dejándose la vida por los desagües.

Tras el ágape, nos contaron que cerca de allí se había estrellado el desdichadamente famoso Yak42 que transportaba militares españoles de Afganistán a España. El mecánico, amablemente, se ofreció a llevarnos al lugar de la tragedia, bueno, más que amablemente con mucho sentimiento, ya que la mayoría de los turcos tienen una imagen muy cercana y querida del ejército. Y aunque en un principio nos negamos a ir, y menos en su todoterreno que debía estar fabricado en la época del imperio otomano, al final accedimos siempre y cuando pagásemos nosotros el combustible, que no era cuestión de que el hombre se dejase allí sus escasas liras, bastante esfuerzo ya habría sido comprar los boquerones. Me hizo mucha gracia que su mujer se metiese en la chabola para salir equipada de una escopeta, que debió vivir sus mejores momentos en las guerras de Ataturk, por si se nos cruzaba algún bicho por la montaña y de paso nos traíamos la cena. Allí estaba, en la parte trasera de un jeep antidiluviano, cerca de las montañas de Caúcaso, con unos desconocidos que no hablaban mi idioma y con una escopeta en las manos.

A paso de tortuga fuimos ascendiendo hasta la cima de las montañas por un camino nevado mientras que disfrutábamos de unas vistas impresionantes, al cabo de una hora el vehículo se paro y saltamos por el portón trasero. A pocos metros un pequeño monumento memorial recordaba a las victimas, según nos contaron estaba situado justo en el lugar en el que se estrelló el morro del avión. Me acerqué hasta allí y no pude dejar de emocionarme al ver escritos en la piedra los nombres de tantos compatriotas que fueron a morir de una forma tan lamentable en aquel rinconcito del mundo en el que no se les había perdido nada. Lo más triste fue comprobar que realmente tuvieron muy mala suerte porque la cima de la montaña estaba a unos escasos cincuenta metros. Hasta allí pasee para ver el mar que hubiese supuesto su salvación en el otro lado, por el camino pude ver pequeños restos del fuselaje del avión, todavía esparcidos, no sé por qué recogí uno y lo metí en mi mochila, ahora es un triste recuerdo macabro.


Son cosas de la vida, tan caprichosa, que nos lleva a vivir situaciones inesperadas, que nos coloca en sitios en los que jamás hubiéramos pensado en estar, que te regala días así de inolvidables y en los que encima te pagan dietas por hacer tu trabajo.

(1) Comillas patrocinadas por Anijol, que siempre brilla y da esplendor.

lunes, 25 de julio de 2011

Cómo conquisté el oeste (II)


Tras un merecido descanso y víctima del jet lag me dirigí a la fábrica a la que intentábamos timar con nuestros robots aquella misma mañana. Aunque ya me habían avisado, y no me cogió por sorpresa, lo primero que me llamó la atención fue su obsesión por la seguridad, algo absolutamente incompatible con contratarnos, porque la única seguridad que proporcionaba mi empresa era la del trabajo mal hecho y la de los numerosos impagos. De hecho, no habían pasado muchos meses desde que me llevaron al hospital de Alcalá porque un robot más rápido que yo me había dado un estacazo en plena mandíbula. Total, que tras las presentaciones con mis clientes y comprobar indiferente sus caras de escepticismo sobre mis cualidades para sacarlos del atolladero en el que se habían metido, justo las mismas que yo tenía, me llevaron a hacer el preceptivo curso de seguridad.

¡Las dos horas que pasé allí fueron inenarrables! Imaginaos una sala de proyecciones vacía equipada con una tele y un reproductor de VHS, me sientan en la primera fila y me dicen que me van a poner un video de dos horas de duración en el que me van a explicar cómo salir de allí vivito y coleando. Estaba pensando yo en un video de la NASA cuando de repente aparece delante de la cámara un señor gordo como un cachalote y de aspecto desaseado que se presenta como responsable de seguridad de la fábrica, nada de puesta en escena, qué va, el señor con una pared de fondo y ya está. Comienza a hablar con esa retranca texana que aburre a las ovejas y que no se entiende una mierda, diez minutos, veinte, media hora, sin pausas, todo en un primer plano continuo estremecedor, sin pausas ni descansos. Yo me quería morir mientras que pensaba qué narices hacía allí un chaval de Alcorcón, del barrio del otro lado de la vía para más señas, hasta que comenzó la parte divertida. Más o menos a los tres cuartos de hora, grandes cercos de sudor aparecieron en sus axilas, al poco comenzó a resoplar al hablar, a cambiar el peso de una pierna a otra y a estirar y encoger las manos, mientras la cámara grabándolo sin darle descanso, yo me retorcía de la risa en la silla. Así se tiró otra hora más, con dos cojones, en un monólogo del absurdo que ni el mejor Ozores en sus más gloriosos años.

Era acojonante la obsesión por la seguridad, admito que aquí tenemos mucho que aprender de ese tema, pero ni tanto ni tan calvo. Tras ver la película de Benny Hill y hacer un pequeño test, presenté mi seguro obligatorio por valor de un millón de dólares (nunca jamás la carne de alcorconita valió tanto) y firmé un papel por el que me comprometía a seguir las reglas de seguridad, a no beber alcohol y a no participar en apuestas, ¡menudos sosainas! con lo divertido que hubiera sido hacer una porra Dallas Cowboys – New England Patriots, además te lo dejaban bien claro, no habría segundas oportunidades, si me pillaban delinquiendo me ponían en el avión de vuelta sin pensarlo. A continuación, pasaron revista a mis equipos de protección individual compuestos por chaleco, botas, casco y unas horribles gafas de seguridad dignas del mismísimo Steve Urkel, joder si serían feas que el inspector al verlas comenzó a reírse y me dijo en un español mexicano “son muy feas, primo”, sí, eran muy feas, pero no daba el presupuesto para más en la empresa patera.

Con mi portátil a cuestas por fin pude llegar a la zona donde estábamos perpetrando nuestro último crimen. La instalación era chula, pero que aquello no iba a funcionar lo sabía hasta el Tato, salvo que el Tato no debía ser texano. Allí al lado estaba mi despacho, porque eran tan eficientes que me habían habilitado un despacho con teléfono y conexión a internet, de la de verdad, casi se me caen las lágrimas cuando vi descargarse los megas a la misma velocidad que en España se descargaban los kb, por supuesto desde el primer momento pensé que allí me iba a poner las botas pirateando cedés, porque entonces la gente no tenía ni ipods ni ipums, y doy fe de que me lucré con éxito distribuyendo cierto disco de Shakira, cuando Shakira era morena y aún le quedaba un poquito de dignidad, desde luego si me hubiera consultado su discográfica en ese momento sobre sus posibilidades de éxito en los estates las canciones esas de loba, perra y zorra se habrían adelantado por los menos seis o siete años.

El despacho era un lujo asiático, desde allí programaba el cerebro de la bestia y recibía las visitas diarias de mis dos interlocutores con el cliente, Mr. “Cover Your Ass” Owen, el hombre que todo lo escribía y registraba, y Mr. Lechón Peterson, responsable de informática y unas de las personas más empanadas que he conocido, siempre me pregunté cómo tal lechón tenía ese puesto, hasta que descubrí que su padre era dueño de una petrolera local y le tenía allí enchufado. Era tan lechón que gracias a él resolví el asunto de las gafas feas, me explico. Como había pasado muy poco tiempo desde lo del 11S, todo el mundo estaba en pleno proceso de demostrar que era un poco más americano que el vecino, banderas por aquí, banderas por allá, hasta había un modelo de gafas de seguridad llamado patriot rojo, azul y blanco, la verdad es que eran muy chulas. Pues un buen día el bueno de Bill vino a verme y dejó sus gafas en mi mesa, yo me las puse y cuando terminamos de hablar, el bueno de él me preguntó si las había visto, ¿qué gafas?, contesté pensando que se lo tomaría a broma, unas como las que llevas puestas, me las debo haber dejado en otro lado... Sin comentarios.

En aquel despacho también conocí al cachalote protagonista del video de seguridad, que se pasaba regularmente para ver si cumplía las normas, que incluían programar en el despacho con gafas y casco, ¡la madre que los parió!, por mucho que insistí en que no se me iba a caer la lámpara en la cabeza no estaba autorizado a quitármelos dentro del recinto de la fábrica, ni para ir al baño... Además de eso, el cachalote se encargaba de ver si acudíamos a nuestro refugio en los simulacros de tornado, que eran semanales. Alguno pensará en un refugio subterráneo lleno de latas de sardinas por si había que sobrevivir esperando un rescate, pues no, nuestro refugio era el servicio de caballeros que estaba especialmente reforzado. Era el horror, si aquello en el mejor de los casos olía a choto, y todo el mundo se puede imaginar cual era el peor de los casos, os podéis imaginar con cuarenta tíos dentro, casi daban ganas de que el tornado fuera de verdad y nos llevase con él lejos, muy lejos.










domingo, 20 de febrero de 2011

Cómo conquisté el oeste (I)



Una de las paradojas de trabajar en la empresa patera era que un día estabas en una nave en Azuqueca sin baños, ni calefacción, sin licencia de apertura y enganchados de manera pirata al cuadro de la luz y al día siguiente podías tener un billete de avión, en clase turista por supuesto, para ir a la Cochinchina. Imagino que son cosas del empresariado español, siempre echado para delante y con pocos escrúpulos a la hora de timar al personal. Que esa empresa de cuatro amigos llegara a exportar robótica a los EEUU era un síntoma claro de que la globalización no iba por buen camino, pero claro, eran los tiempos en los que Bush ganó las elecciones con papeletas mariposas que, curiosamente, volaron a donde más les convenía, algo no iba bien en Norteamérica, era evidente.

El proyecto era la crónica de una muerte anunciada, trabajábamos para una multinacional para la que habíamos hecho unos robots parecidos en una fábrica de Alcalá, con más pena que gloria, eso sí, un poco a la española, dejando que los operarios se jugasen la vida todos los días como asistentes de los robots, porque sí, los robots no son infalibles y allí donde uno fracasaba había un operario que le esquivaba con reflejos de banderillero y manos de orfebre para que la producción continuara. Eso, por supuesto, en la maravillosa Texas no pasaba, si aquí se puenteaban las seguridades y se desmontaban las puertas de acceso a las celdas robotizadas sin que a nadie se le moviera una ceja allí era imposible, los robots tenían más seguridades que la prisión de Alcatraz y no había paisano que se arrimase a ellos mientras que estaban en marcha. Conclusión, otro fracaso más a las espaldas, pero ya volveré a ello más tarde.

En principio yo no tenía que ir a esa puesta en marcha, pero los que nos dedicamos a este oficio sabemos que en cualquier momento se moviliza a la caballería y te toca ir a batirte el cobre a cualquier lugar recóndito del mundo. Por eso, en menos de lo que se tarda en decir “God bless America” tenía en mi poder un billete de avión para Dallas, ciudad en la cual tenía que llamar a un shuttle que me llevaría a Wichita Falls, pueblo al norte del estado, en la frontera con Oklahoma, famoso por absolutamente nada, en la mitad de la nada y en el que no había absolutamente nada que ver ni que hacer, salvo ir al mall o ver crecer la hierba, es lo que habitualmente se denomina “la América profunda”. El viaje en sí nada tuvo que envidiar al de Phileas Fogg, teniendo en cuenta que los escombros de las torres gemelas aún estaban humeantes cuando hice escala en el aeropuerto de Newark. Curiosamente no tuve problemas para meter mil cachivaches electrónicos en la maleta y pasar el control de equipaje, eso sí, avisé de que los llevaba y me pusieron unas pegatinas muy chulas diciendo que mi maleta ya estaba revisada. Pasé la aduana sin mayor contratiempo que aclararle a un señor muy misterioso de que no pensaba atentar contra el presidente de la unión y que no portaba bombas ni era un terrorista, imagino que los terroristas se desmoronan cuando alguien en un aeropuerto hace eso tipo de preguntas tan sutiles, son tipos muy astutos los de los servicios de inteligencia.

Pero no tuvo que quedar muy claro, porque al pasar el trolley por el escáner antes de tomar el vuelo de Dallas el chico que miraba la pantalla se puso a dar gritos tan desesperados como si se le hubiera estallado una almorrana. El abuelete que estaba al cargo del asunto hizo un gesto alarmado a un geyperman de la guardia nacional que ni corto ni perezoso me encañonó con su recortada. Creo que no me hice mis necesidades allí mismo porque la comida de la clase turista estriñe más que comer durante una semana seguida solamente galletas maría, pero tuvo que faltarme poco. Encañonado me pidieron amablemente, eso sí, que abriese las cremalleras del trolley, despacito a ser posible, y eso hice, faltaría más, los de Alcorcón respetamos a la autoridad, sobre todo si va armada. Al escuchar al chaval exclamar con alivio “Grandpa it’s just a book” me dieron ganas de matarle, todo el escándalo era por mi diccionario de inglés, manda eggs, pero no por eso me iban a dejar en paz, ya que me tenían allí me descalzaron, me despelotaron, me registraron el equipaje y me pasaron unos algodoncitos muy monos para hacerme un control de explosivos, desde entonces volar a los EEUU no es una de mis aficiones favoritas.

Llegué a Dallas después de unas 16 horas de viaje, pero no terminaban allí mis penurias, tenía que conseguir llegar a Wichita Falls que queda como a unos 300 km. Como la planificación era lo nuestro, la única referencia que tenía era un número de teléfono para avisar a un shuttel, o minibús para los amigos, para que se pasara al aeropuerto a recogerme. Así funcionan allí, tú llamas y el bus se va pasando por las puertas del aeropuerto antes de volver a casa, pero claro, si logras hablar con alguien, porque al llamar al teléfono que tenía copiado en un post it conseguí sentirme como el perro de los Simpson, saltó un contestador automático que hablaba un idioma para mí desconocido, luego aprendí algo, se llama texano. No entendí nada y me vi abandonado en aquel aeropuerto por el que deambulaban señores con sombrero de vaquero, cinturones con hebillas de un palmo y botas de cuero repujado, ¿y si el número estaba equivocado? Decidí darme una segunda oportunidad y volví a marcar, algo entendí esa vez, “later”, pronunciado “leira”, era un comienzo. A la tercera adiviné el horario en el que podría ser atendido, faltaban dos horas y no me resignaba a mi suerte.

Pregunté a un montón de gente muy simpática cómo podía ir a Wichita Falls, pero sus caras eran de lástima hacia mi persona, algunos me aconsejaban buscar un hotel, otros me dieron pistas falsas y los menos me preguntaban qué narices iba a hacer a Wichita Falls un tío de España, y sí, eso también me preguntaba yo, de Madrid al cielo y de Alcorcón al desierto. Por fin, tras esperar un par de horas, conseguí hablar con los del shuttle, ellos en su idioma y yo en el mío, hasta que conseguí hacerme entender lo suficiente como para no tener la menor duda de que ese día dormía en el aeropuerto. Pero no, el bus llegó a mi puerta justo a la hora que me dijeron y con alivio y muerto de sueño me dejé llevar, un par de paisanos trataron de entablar conversación conmigo, sin éxito claro, porque estaba muerto de sueño y porque no era el momento de hacer mi primera inmersión lingüística seria en el texano. Dormí con un ojo abierto y otro cerrado hasta llegar a las Hawthorn Suites, que era donde nos alojábamos, todo el mundo estaba durmiendo y nadie me esperaba. Lo había conseguido tras 24 horas de viaje, Juanjo_ML estaba allí, la conquista del oeste había comenzado.

miércoles, 5 de enero de 2011

Post para jugar


Cuando era pequeño, era un niño un poco diferente a los demás, por lo menos a los de mi entorno del otro lado de la vía. Como a ellos me gustaba darle patadas a nuestro balón comunitario, jugar a las canicas, a las chapas, tirarle piedras al tren, pasear en mi bici de segunda mano comprada en el rastro, en fin, todas las cosas que eran normales en nuestro barrio de marginados, pero, además de eso, a mí lo que más me gustaba en el mundo era leer, cualquier cosa, compulsivamente, desde el periódico que cada tarde traía mi padre hasta la revista de pasatiempos de Pedro Ocón de Oro que cada domingo comprábamos juntos en un kiosco de la plaza en la que, casualmente, ahora vivo. Es curioso, pero se me había olvidado que el kiosco estaba aquí hasta que lo he escrito.

No me sorprende nada el hecho de haber aprendido a leer con tres años, por mí mismo y por la insistencia de mi padre, que quería ver cuajados en mí todos sus sueños rotos a pesar de que ahora dudo si el futuro maravilloso que él tenía preparado para mí es realmente mi presente, y cuando digo dudo me refiero a él y no a mí, porque yo tengo la certeza absoluta de que no lo es, porque por bueno que seas viniendo de tan abajo es casi imposible en una generación pegar el salto. Pero claro, apostar después de haber levantado las cartas es muy fácil, y seguramente soy muy duro con los dos porque mi vida comparada con la suya es un cuento de hadas, pero claro, cada uno pone el listón a sus frustraciones y hasta el más rico y poderoso las debe tener, está en su derecho, es una de las mejores lecciones que, sin querer, mi padre me ha dejado.

Pero volvamos a los libros, ahora que no sé donde meter los libros, hasta tenerme que pasar casi por obligación al libro electrónico, recuerdo con mucha nostalgia mis regalos de reyes y de cumpleaños, pocos juguetes, muy pocos, bastante ropa y algunos libros, casi siempre de bolsillo porque eran los más baratos. A mí no me importaba, desde luego que no, ¡eran libros!, y eran míos, alimento para mis tardes y mis noches clandestinas, leyendo gracias a una bombilla de medio vatio conectada a una pila de petaca, porque, aunque era socio de todas las bibliotecas de Alcorcón, incluyendo la de la obra social de oso verde del mal a pesar de no tener la edad mínima para ser socio que eran si mal no recuerdo catorce años, y disponía de lectura abundante, poseer mis propios libros era una sensación de riqueza maravillosa, casi la única sensación de riqueza de la que de verdad he disfrutado.

Hoy, que es víspera de reyes, he recordado un año que fue espectacular, con cuatro libros que disfruté como el niño que era, especialmente uno que es el que da sentido a este post, aunque ninguno de los otros era manco. Ese año se debieron alinear varios planetas o, lo que es más probable, la dueña de la librería del barrio aconsejó muy bien a mis padres, porque aún existía la librería del barrio con una librera que sabía de libros y sobre todo de personas, y de niños que eran personas, que muchos lo vamos olvidando. Aquellos reyes, de una tacada, incorporé a mi modesta biblioteca “La llamada de la selva”, “20000 leguas de viaje submarino”, “Bichos y demás parientes” y un libro de un señor italiano del que nunca había escuchado hablar llamado Gianni Rodari titulado “Cuentos para jugar”, en una edición estupenda de Alfaguara que todavía conservo en casi perfecto estado para leerla algún día con mi hijo.

Supongo que casi todo el mundo lo habrá leído alguna vez, y si no lo ha hecho debería hacerlo, porque es un libro para personas, sin importar su edad. Son cuentos en los que se le ofrece al lector terminar la historia con tres finales alternativos, cada uno con sus consecuencias y con su moraleja, sin prejuzgar cual de ellos es el correcto, aunque el personaje al optar puede parecernos bueno, listo, avaricioso, ruin o malvado. Van pasando los años y sigo releyendo los cuentos, por nostalgia, por placer y porque siempre me he puesto en la piel de los personajes creyendo que la vida es precisamente así, un camino repleto de curvas en el que de repente llegas a un cruce en el que tienes que decidir qué, quién y cómo vas a ser, un poco a ciegas, sin tener muchos elementos de juicio para tomar las decisiones más importantes salvo lo que realmente te sale de las tripas, sin juzgar ni prejuzgar, incluso dejando algo al libre albedrío, a la ignorancia, a la inconsciencia, a la obligación, al miedo, a la prudencia, a la buena y la mala suerte.

Por eso escribo este post para jugar, un post que habla de mí, del camino que a bandazos he ido recorriendo a lo largo de mi vida hasta hacerme ser quien soy, sin juzgarme, desnudo delante de ese Juanjo_ML que aquí he ido creando, pensando en como seré cuando tenga que tomar la decisión del final del cuento, imaginando finales buenos y malos. Imagino un final en el que termino mis días a palos con el mundo pero siendo el ingenuo soñador que ahora soy, otro en el que dejo de pelear y termino derrotado, desengañado y amargado y un tercero en el que renuncio a todos mis principios pero en el que sin embargo triunfo como nunca lo hubiera imaginado. Pensad en ellos sin prejuicios, como hacía Rodari, porque en el fondo nada es del todo negro ni del todo blanco y yo no soy ni trigo limpio ni un mirlo blanco.

sábado, 1 de enero de 2011

La gran melopea


No recuerdo cual fue el año, ¡cómo para recordarlo!, pero si me acuerdo que la mayor borrachera de mi vida coincidió con un día como hoy, en una fiesta de fin de año, debía tener 22 o 23 años. Imagino que es algo poco original y que perdurará por los siglos de los siglos, aunque hace algunos años que no salgo en nochevieja para comprobarlo, el caso es que todas las ilusiones de ligar para los troles de las praderas se concentraban en aquella noche, y quiero remarcar la palabra ilusión, porque la realidad es demoledora, era más fácil encontrar trazas de inteligencia en un consejo de ministros que ligar en nochevieja, pero intentarse se intentaba. Si no, ¿qué hacía un pintamonas del otro lado de la vía de Alcorcón vestido de traje y corbata?, ¡manda huevos!, si ahora no me pongo una chaqueta ni a punta de pistola.

Aquel año tocó ir a Leganés, en concreto a una macrofiesta en una carpa dentro de Parquesur, por entonces allí había un pequeño parque de atracciones, del que solo llego a recordar una mini montaña rusa y unos coches de choque, ambos artilugios son parte importante de esta historia. Con la entrada podías montar gratis en las atracciones que se mantuvieron abiertas toda la noche, o eso me han contado. La verdad es que es una gran idea mezclar atracciones con alcohol, no puede existir nada más divertido que ver a la peña potar los cubatas desde lo alto de los vagones y vamos si ponen a una pareja de la guardia civil a hacer un control en los coches de choque hubiéramos reventado el alcoholímetro. Sí, definitivamente era una idea cojonuda.

La verdad es que hubiera sido otra noche sin pena ni gloria de no ser por el azar, y el ron con cola, claro. La chica que me gustaba de la pandilla bebía los vientos por otro amigo mío que tuvo el detalle de presentarnos en aquella fiesta, y por sorpresa, a nueva novia, su actual esposa. Alguien con más luces que yo habría visto en aquello una oportunidad, pero ahora me alegro de ser tan memo porque así conseguí retrasar un par de años el día en el que la bruja despechada me arrancó el corazón y lo pasó por la túrmix, pero esa es otra historia que me llevaré a la tumba, yo hablaba del azar. En plena fiesta me encontré con A, buen amigo y compañero de fatigas universitarias, no tenía ni idea de que iba a ir a la misma fiesta, pero allí estaba con sus hermanos y su grupo de amigos, la verdad es que eran un plan mucho más interesante que el mío, por lo menos había grano nuevo que trillar.

Comenzó así una fiesta de idas y venidas de un grupo a otro, algo de lo más inofensivo si no fuera porque en cada grupo tenía mi copa que iba apurando como si no existiera un mañana con la excusa de ir a por algo y cambiar de compañía, porque la bruja, aunque luego recuperaría su esplendor, aquella noche estaba hecha unos zorros llorando por los rincones. Mucho más mona e interesante era una amiga del hermano de A, de la que solo recuerdo un tremendo pelazo negro y el abrigo con la que la vi llegar a la fiesta, cinco o seis dedos más largo que su minifalda. Mi último pensamiento consciente de aquella noche fue, cocido como un piojo, abordar a la carrera el coche de choque en el que iba montada, curiosamente me aceptó a bordo en lugar de atropellarme y denunciarme por acoso en el puesto de vigilancia.

Y hasta ahí puedo leer, porque la siguiente vez que abrí los ojos había cambiado mucho el panorama, la morena era un tío feo con bata y el coche de choque, como si le hubiera tocado la varita de un hada, se había transformado en una camilla de urgencias hospitalarias. “¿Has bebido mucho?”, fue la pregunta del millón que me hizo el tío feo, imagino que esas cosas se deben preguntar pero yo no le pregunté a él obviedades del tipo “¿jode estar tratando borrachos en nochevieja?”, además, con una insistencia absurda, me preguntaba qué había bebido, joder, si me habían llevado allí inconsciente agua con gas no iba a ser, estaba yo con el dolor de cabeza que tenía para hacer memoria... pero al minuto me habían dado de alta porque supongo que estaría aquello de gente peor aún que se petaba.

Al salir del hospital recuerdo que mis amigos estaban esperándome mucho más borrachos que yo, menos nueva novia, tan pijilla ella, que no sabía en la que se había metido, además le tocó conducir aunque afirmaba que no había cogido un coche desde que se sacó el carnet hacía ya una pila de años. No sé ni como llegamos a casa, ella a 40 por la autopista negándose a quitarse los tacones, y los otros cuatro borrachos y descojonados. Me dejaron en un estado lamentable, tan lamentable que me pusieron delante de la puerta, tocaron el timbre y salieron corriendo. A mi padre se le pusieron los ojos como platos al verme, y eso que sé que ha sido cocinero antes que fraile, mi madre entró en éxtasis místico, aunque tuvo los suficientes reflejos como para sacar corriendo a mi hermana pequeña de mi cama al grito de “Jose saca a la niña de la cama que el borracho éste la aplasta”, y mis abuelos me miraban con recochineo mientras murmuraban entre ellos en voz baja. Era la primera vez que me veían así, porque yo siempre he sido muy discreto para estas cosas, fue duro para ellos comprobar que el hijo modelo era en realidad bastante golfo, y eso que lo del hospital no se enteraron hasta pasados diez años.

El despertar fue lamentable, aunque quedé con mis amigos aquella noche para recapitular datos porque no me acordaba absolutamente de nada, el resumen fue éste:

- La morena existió, llevaba minifalda y no se llamaba Manolo.

- El alcohol pudo con mi miedo a las montañas rusas, unas fotos lo demostraban.

- En esas fotos también se demostraba que, como afirmaba mi madre, yo de casa salí con una corbata.

- A las cuatro y media me vieron irme de la fiesta con la morena.

- A las seis me encontraron recostado, inconsciente, contra un seto.

- A las siete y media salimos del hospital, no sé que me pusieron pero era bueno.

- A las nueve y algo me dejaron en casa, solo ante el peligro.

- Mi madre aún me lo reprocha

- No he vuelto a beber ron blanco.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El monstruo comelotodo


En mi casa comienzan a suceder cosas extrañas, muy extrañas.

Al principio no me preocupé mucho, eran cosas pequeñas, casi sin importancia. Por ejemplo, mi ropa empezó a menguar, mis cinturones a encoger, algo de locos, digno de un mago hijoputa empeñado en hacerme pasar por una morcilla de Burgos o de un fabricante de botones haciendo un estudio de resistencia de materiales. Mi mujer dice que es culpa de la nevera y su contenido pero yo no la creo, seguramente está compinchada con el mago o el botonero, lo sé porque se empeña en llenar al pobre frigorífico de cosas incomestibles si no eres Blitzen, el segundo reno de Santa Claus, pero no se van a salir con la suya. Pienso fabricarme un zulo secreto en el que guardar galletas y fiambres, mi sitio favorito es el hueco que queda en la salida de humos de la caldera, aunque primero tendré que desalojar a la familia de gorriones que se obstina en pasar allí el invierno. Y si los botones siguen explotando que se j**** (joroben)

También tenemos nuestro fantasma, posiblemente el del antiguo dueño de la casa, ese rey del bricolaje capaz de hacer armarios empotrados en la cámara de aire de la fachada. Se ve que como le fastidió que tapé esos metros cuadrados útiles ganados a la nada, incluyendo unas baldas que había creado retirando unos ladrillos de la pared que une la cocina y el baño (cómo se descojonó el instalador de la cocina cuando al descolgar los muebles la pared se le vino abajo y tuvo hasta que encofrarla), su alma en pena recorre los pasillos puteando a mi perro, de nombre Tito y de apodo “El imbécil”. Si no conoces a Tito la verdad es que puedo parecer un ser sin sentimientos por llamarle así, pero es que el nombre se lo ha ganado a pulso, a ver, ¿alguien ha visto a un perro correr, mirar a un lado y estamparse contra una farola?, pues ese es Tito, el mismo que, de repente, en mitad de la noche y sin avisar da un salto acojonado imagino que por la presencia del fantasma. Ahora me he acostumbrado, pero al principio se me salía el corazón de su caja.

Sin embargo todos son unos aficionados si los comparamos con el verdadero protagonista de esta historia, el monstruo comelotodo. Podría pensar que es el difunto dueño de la casa con un pluriempleo, además del de asustar perros, pero qué iba a hacer ese pobre con nuestros abalorios, ¿poner un mercadillo en el purgatorio?, pues como comparta barrio allí con el chino que oficialmente nunca murió o se harta a hacer horas o lo va a llevar claro, seguro que lo de la globalización llega hasta a los espectros, ¡qué horror!, me veo comiendo ternera con bambú y salsa de ostras hasta después de muerto. Por eso, descartado el fantasma, siento que tengo el deber moral de admitir la existencia del monstruo comelotodo, esa urraca invisible que habita en nuestro minúsculo piso de dos habitaciones y escasos sesenta metros cuadrados, cámaras de aire excluidas, y sin trastero, ese pisito de soltero que el pelotazo del ladrillo y mi falta de liquidez han reconvertido en residencia familiar.

Curiosamente cuando vivía solo nunca reparé en él, si me faltaba algo lo achacaba a un exceso de alcohol en la sangre y punto pelota, las reglas eran sencillas, el mundo un lugar más justo. ¿Cómo entró en mi casa y en mi vida? Existen diversas teorías, todas ellas descabelladas, pero tras minuciosas investigaciones la más veraz es que se ocultaba en modo de larva entre las páginas seis y siete del libro de familia, una vez que lo guardamos en el cajón de guardar las cosas importantes, aprovechando que se estaba calentito y bien, se desarrolló, se hizo fuerte y comenzó sus fechorías. De cachorro se entretenía con pequeños hurtos sin importancia, descabalaba parejas de calcetines, me birlaba alguna corbata, divertimentos de chico travieso. Después fue afinando, se atrevió con documentación varia, con mi mp3, dos veces, con libros y películas, casi siempre mis favoritos, una cámara de fotos, unos pantalones de la talla cincuenta que solo me puse una vez (os prometo que con esto tuve que escuchar que en algún sitio me los habría dejado, claro, como si uno volviera a casa sin pantalones todos los días). El muy cabrito empieza a atreverse con todo.

Pero el colmo de los colmos ha sido este año, el monstruo comelotodo se ha superado y se ha comido los adornos navideños del año pasado. Sí, tal cual, se ve que en una noche loca se dedicó a engullir bolas de colores y guirnaldas, campanas y cascabeles, luces multicolores y lo que es peor, la estrella de cinco puntas que coronaba el árbol, especialmente difícil de tragar y por supuesto mucho más molesta de expulsar. Con eso se ha atrevido el bellaco, y me temo que como no haga algo al respecto el año que viene no va a dejar ni el árbol. Resignado a aceptar su presencia he ido al ayuntamiento a empadronarlo por si conseguía alguna subvención, un subsidio o algo relacionado con la ley de la dependencia, pero se han reído de mí y ante mi insistencia unos guardas de seguridad con muy malos modales me han desalojado.

No puedo más, he tratado de negociar, le he pedido que me devuelva las guirnaldas a cambio de un repollo y de una lombarda pero se ha negado, para colmo ha insinuado que conoce el nido de los gorriones, el mamonazo. Estoy desesperado, necesito ayuda, si alguien sabe como puedo deshacerme de él por favor que me escriba, referencia “Olegario”.