AVISO A NAVEGANTES: Si crees que me conoces no sigas leyendo, seguramente habré logrado engañarte. Si la curiosidad te vence, pues nada, encantado de haberte conocido porque yo soy así. Si no me conoces... ¿seguro que no tienes algo más interesante que hacer?
domingo, 26 de enero de 2014
Doña Mema y Doña Fea
jueves, 3 de octubre de 2013
Plataformas y terremotos
lunes, 14 de enero de 2013
Requiem por Telemadrid
sábado, 15 de diciembre de 2012
El mar
martes, 1 de noviembre de 2011
Achaques y chuletones
martes, 18 de octubre de 2011
Vídeos heavies horteras pero no por ello exentos de sentimientos
A ver, yo no puedo ser más fan de Def Leppard de lo que soy, me encantan y el Hysteria me parece uno de los mejores discos ever, pero en lo referente a los vídeos dejaban mucho que desear. No sé que puedo decir de un vídeo en el que sale una tía con cara de máscara tocando un arpa sobre unas llamas, ¿que es insuperable?, pues no, es superable, puedes meter la cabeza de un tío que me recuerda a Falete en una quesera y mezclarlo todo en una combinación inenarrable. ¿Insuperable aún?, pues no, salvo por ellos mismos, porque a continuación se puede ver al cantante atrapado con unas esposas que explotan bajo el embrujo de una bruja con cara de ir colocada, al batería tocar con unos calzoncillos con la bandera británica y una huida entre explosiones con espasmos dignos del mejor chiquito de la calzada. (8 puntos en la escala Glam Rock)
sábado, 8 de octubre de 2011
Ir al dentista y vivir para contarlo
domingo, 11 de septiembre de 2011
Experiencias turcas (IV) Boquerones y desastres aéreos
lunes, 25 de julio de 2011
Cómo conquisté el oeste (II)
domingo, 20 de febrero de 2011
Cómo conquisté el oeste (I)
miércoles, 5 de enero de 2011
Post para jugar

Cuando era pequeño, era un niño un poco diferente a los demás, por lo menos a los de mi entorno del otro lado de la vía. Como a ellos me gustaba darle patadas a nuestro balón comunitario, jugar a las canicas, a las chapas, tirarle piedras al tren, pasear en mi bici de segunda mano comprada en el rastro, en fin, todas las cosas que eran normales en nuestro barrio de marginados, pero, además de eso, a mí lo que más me gustaba en el mundo era leer, cualquier cosa, compulsivamente, desde el periódico que cada tarde traía mi padre hasta la revista de pasatiempos de Pedro Ocón de Oro que cada domingo comprábamos juntos en un kiosco de la plaza en la que, casualmente, ahora vivo. Es curioso, pero se me había olvidado que el kiosco estaba aquí hasta que lo he escrito.
No me sorprende nada el hecho de haber aprendido a leer con tres años, por mí mismo y por la insistencia de mi padre, que quería ver cuajados en mí todos sus sueños rotos a pesar de que ahora dudo si el futuro maravilloso que él tenía preparado para mí es realmente mi presente, y cuando digo dudo me refiero a él y no a mí, porque yo tengo la certeza absoluta de que no lo es, porque por bueno que seas viniendo de tan abajo es casi imposible en una generación pegar el salto. Pero claro, apostar después de haber levantado las cartas es muy fácil, y seguramente soy muy duro con los dos porque mi vida comparada con la suya es un cuento de hadas, pero claro, cada uno pone el listón a sus frustraciones y hasta el más rico y poderoso las debe tener, está en su derecho, es una de las mejores lecciones que, sin querer, mi padre me ha dejado.
Pero volvamos a los libros, ahora que no sé donde meter los libros, hasta tenerme que pasar casi por obligación al libro electrónico, recuerdo con mucha nostalgia mis regalos de reyes y de cumpleaños, pocos juguetes, muy pocos, bastante ropa y algunos libros, casi siempre de bolsillo porque eran los más baratos. A mí no me importaba, desde luego que no, ¡eran libros!, y eran míos, alimento para mis tardes y mis noches clandestinas, leyendo gracias a una bombilla de medio vatio conectada a una pila de petaca, porque, aunque era socio de todas las bibliotecas de Alcorcón, incluyendo la de la obra social de oso verde del mal a pesar de no tener la edad mínima para ser socio que eran si mal no recuerdo catorce años, y disponía de lectura abundante, poseer mis propios libros era una sensación de riqueza maravillosa, casi la única sensación de riqueza de la que de verdad he disfrutado.
Hoy, que es víspera de reyes, he recordado un año que fue espectacular, con cuatro libros que disfruté como el niño que era, especialmente uno que es el que da sentido a este post, aunque ninguno de los otros era manco. Ese año se debieron alinear varios planetas o, lo que es más probable, la dueña de la librería del barrio aconsejó muy bien a mis padres, porque aún existía la librería del barrio con una librera que sabía de libros y sobre todo de personas, y de niños que eran personas, que muchos lo vamos olvidando. Aquellos reyes, de una tacada, incorporé a mi modesta biblioteca “La llamada de la selva”, “20000 leguas de viaje submarino”, “Bichos y demás parientes” y un libro de un señor italiano del que nunca había escuchado hablar llamado Gianni Rodari titulado “Cuentos para jugar”, en una edición estupenda de Alfaguara que todavía conservo en casi perfecto estado para leerla algún día con mi hijo.
Supongo que casi todo el mundo lo habrá leído alguna vez, y si no lo ha hecho debería hacerlo, porque es un libro para personas, sin importar su edad. Son cuentos en los que se le ofrece al lector terminar la historia con tres finales alternativos, cada uno con sus consecuencias y con su moraleja, sin prejuzgar cual de ellos es el correcto, aunque el personaje al optar puede parecernos bueno, listo, avaricioso, ruin o malvado. Van pasando los años y sigo releyendo los cuentos, por nostalgia, por placer y porque siempre me he puesto en la piel de los personajes creyendo que la vida es precisamente así, un camino repleto de curvas en el que de repente llegas a un cruce en el que tienes que decidir qué, quién y cómo vas a ser, un poco a ciegas, sin tener muchos elementos de juicio para tomar las decisiones más importantes salvo lo que realmente te sale de las tripas, sin juzgar ni prejuzgar, incluso dejando algo al libre albedrío, a la ignorancia, a la inconsciencia, a la obligación, al miedo, a la prudencia, a la buena y la mala suerte.
Por eso escribo este post para jugar, un post que habla de mí, del camino que a bandazos he ido recorriendo a lo largo de mi vida hasta hacerme ser quien soy, sin juzgarme, desnudo delante de ese Juanjo_ML que aquí he ido creando, pensando en como seré cuando tenga que tomar la decisión del final del cuento, imaginando finales buenos y malos. Imagino un final en el que termino mis días a palos con el mundo pero siendo el ingenuo soñador que ahora soy, otro en el que dejo de pelear y termino derrotado, desengañado y amargado y un tercero en el que renuncio a todos mis principios pero en el que sin embargo triunfo como nunca lo hubiera imaginado. Pensad en ellos sin prejuicios, como hacía Rodari, porque en el fondo nada es del todo negro ni del todo blanco y yo no soy ni trigo limpio ni un mirlo blanco.
sábado, 1 de enero de 2011
La gran melopea

No recuerdo cual fue el año, ¡cómo para recordarlo!, pero si me acuerdo que la mayor borrachera de mi vida coincidió con un día como hoy, en una fiesta de fin de año, debía tener 22 o 23 años. Imagino que es algo poco original y que perdurará por los siglos de los siglos, aunque hace algunos años que no salgo en nochevieja para comprobarlo, el caso es que todas las ilusiones de ligar para los troles de las praderas se concentraban en aquella noche, y quiero remarcar la palabra ilusión, porque la realidad es demoledora, era más fácil encontrar trazas de inteligencia en un consejo de ministros que ligar en nochevieja, pero intentarse se intentaba. Si no, ¿qué hacía un pintamonas del otro lado de la vía de Alcorcón vestido de traje y corbata?, ¡manda huevos!, si ahora no me pongo una chaqueta ni a punta de pistola.
Aquel año tocó ir a Leganés, en concreto a una macrofiesta en una carpa dentro de Parquesur, por entonces allí había un pequeño parque de atracciones, del que solo llego a recordar una mini montaña rusa y unos coches de choque, ambos artilugios son parte importante de esta historia. Con la entrada podías montar gratis en las atracciones que se mantuvieron abiertas toda la noche, o eso me han contado. La verdad es que es una gran idea mezclar atracciones con alcohol, no puede existir nada más divertido que ver a la peña potar los cubatas desde lo alto de los vagones y vamos si ponen a una pareja de la guardia civil a hacer un control en los coches de choque hubiéramos reventado el alcoholímetro. Sí, definitivamente era una idea cojonuda.
La verdad es que hubiera sido otra noche sin pena ni gloria de no ser por el azar, y el ron con cola, claro. La chica que me gustaba de la pandilla bebía los vientos por otro amigo mío que tuvo el detalle de presentarnos en aquella fiesta, y por sorpresa, a nueva novia, su actual esposa. Alguien con más luces que yo habría visto en aquello una oportunidad, pero ahora me alegro de ser tan memo porque así conseguí retrasar un par de años el día en el que la bruja despechada me arrancó el corazón y lo pasó por la túrmix, pero esa es otra historia que me llevaré a la tumba, yo hablaba del azar. En plena fiesta me encontré con A, buen amigo y compañero de fatigas universitarias, no tenía ni idea de que iba a ir a la misma fiesta, pero allí estaba con sus hermanos y su grupo de amigos, la verdad es que eran un plan mucho más interesante que el mío, por lo menos había grano nuevo que trillar.
Comenzó así una fiesta de idas y venidas de un grupo a otro, algo de lo más inofensivo si no fuera porque en cada grupo tenía mi copa que iba apurando como si no existiera un mañana con la excusa de ir a por algo y cambiar de compañía, porque la bruja, aunque luego recuperaría su esplendor, aquella noche estaba hecha unos zorros llorando por los rincones. Mucho más mona e interesante era una amiga del hermano de A, de la que solo recuerdo un tremendo pelazo negro y el abrigo con la que la vi llegar a la fiesta, cinco o seis dedos más largo que su minifalda. Mi último pensamiento consciente de aquella noche fue, cocido como un piojo, abordar a la carrera el coche de choque en el que iba montada, curiosamente me aceptó a bordo en lugar de atropellarme y denunciarme por acoso en el puesto de vigilancia.
Y hasta ahí puedo leer, porque la siguiente vez que abrí los ojos había cambiado mucho el panorama, la morena era un tío feo con bata y el coche de choque, como si le hubiera tocado la varita de un hada, se había transformado en una camilla de urgencias hospitalarias. “¿Has bebido mucho?”, fue la pregunta del millón que me hizo el tío feo, imagino que esas cosas se deben preguntar pero yo no le pregunté a él obviedades del tipo “¿jode estar tratando borrachos en nochevieja?”, además, con una insistencia absurda, me preguntaba qué había bebido, joder, si me habían llevado allí inconsciente agua con gas no iba a ser, estaba yo con el dolor de cabeza que tenía para hacer memoria... pero al minuto me habían dado de alta porque supongo que estaría aquello de gente peor aún que se petaba.
Al salir del hospital recuerdo que mis amigos estaban esperándome mucho más borrachos que yo, menos nueva novia, tan pijilla ella, que no sabía en la que se había metido, además le tocó conducir aunque afirmaba que no había cogido un coche desde que se sacó el carnet hacía ya una pila de años. No sé ni como llegamos a casa, ella a 40 por la autopista negándose a quitarse los tacones, y los otros cuatro borrachos y descojonados. Me dejaron en un estado lamentable, tan lamentable que me pusieron delante de la puerta, tocaron el timbre y salieron corriendo. A mi padre se le pusieron los ojos como platos al verme, y eso que sé que ha sido cocinero antes que fraile, mi madre entró en éxtasis místico, aunque tuvo los suficientes reflejos como para sacar corriendo a mi hermana pequeña de mi cama al grito de “Jose saca a la niña de la cama que el borracho éste la aplasta”, y mis abuelos me miraban con recochineo mientras murmuraban entre ellos en voz baja. Era la primera vez que me veían así, porque yo siempre he sido muy discreto para estas cosas, fue duro para ellos comprobar que el hijo modelo era en realidad bastante golfo, y eso que lo del hospital no se enteraron hasta pasados diez años.
El despertar fue lamentable, aunque quedé con mis amigos aquella noche para recapitular datos porque no me acordaba absolutamente de nada, el resumen fue éste:
- La morena existió, llevaba minifalda y no se llamaba Manolo.
- El alcohol pudo con mi miedo a las montañas rusas, unas fotos lo demostraban.
- En esas fotos también se demostraba que, como afirmaba mi madre, yo de casa salí con una corbata.
- A las cuatro y media me vieron irme de la fiesta con la morena.
- A las seis me encontraron recostado, inconsciente, contra un seto.
- A las siete y media salimos del hospital, no sé que me pusieron pero era bueno.
- A las nueve y algo me dejaron en casa, solo ante el peligro.
- Mi madre aún me lo reprocha
- No he vuelto a beber ron blanco.
viernes, 10 de diciembre de 2010
El monstruo comelotodo

Al principio no me preocupé mucho, eran cosas pequeñas, casi sin importancia. Por ejemplo, mi ropa empezó a menguar, mis cinturones a encoger, algo de locos, digno de un mago hijoputa empeñado en hacerme pasar por una morcilla de Burgos o de un fabricante de botones haciendo un estudio de resistencia de materiales. Mi mujer dice que es culpa de la nevera y su contenido pero yo no la creo, seguramente está compinchada con el mago o el botonero, lo sé porque se empeña en llenar al pobre frigorífico de cosas incomestibles si no eres Blitzen, el segundo reno de Santa Claus, pero no se van a salir con la suya. Pienso fabricarme un zulo secreto en el que guardar galletas y fiambres, mi sitio favorito es el hueco que queda en la salida de humos de la caldera, aunque primero tendré que desalojar a la familia de gorriones que se obstina en pasar allí el invierno. Y si los botones siguen explotando que se j**** (joroben)
También tenemos nuestro fantasma, posiblemente el del antiguo dueño de la casa, ese rey del bricolaje capaz de hacer armarios empotrados en la cámara de aire de la fachada. Se ve que como le fastidió que tapé esos metros cuadrados útiles ganados a la nada, incluyendo unas baldas que había creado retirando unos ladrillos de la pared que une la cocina y el baño (cómo se descojonó el instalador de la cocina cuando al descolgar los muebles la pared se le vino abajo y tuvo hasta que encofrarla), su alma en pena recorre los pasillos puteando a mi perro, de nombre Tito y de apodo “El imbécil”. Si no conoces a Tito la verdad es que puedo parecer un ser sin sentimientos por llamarle así, pero es que el nombre se lo ha ganado a pulso, a ver, ¿alguien ha visto a un perro correr, mirar a un lado y estamparse contra una farola?, pues ese es Tito, el mismo que, de repente, en mitad de la noche y sin avisar da un salto acojonado imagino que por la presencia del fantasma. Ahora me he acostumbrado, pero al principio se me salía el corazón de su caja.
Sin embargo todos son unos aficionados si los comparamos con el verdadero protagonista de esta historia, el monstruo comelotodo. Podría pensar que es el difunto dueño de la casa con un pluriempleo, además del de asustar perros, pero qué iba a hacer ese pobre con nuestros abalorios, ¿poner un mercadillo en el purgatorio?, pues como comparta barrio allí con el chino que oficialmente nunca murió o se harta a hacer horas o lo va a llevar claro, seguro que lo de la globalización llega hasta a los espectros, ¡qué horror!, me veo comiendo ternera con bambú y salsa de ostras hasta después de muerto. Por eso, descartado el fantasma, siento que tengo el deber moral de admitir la existencia del monstruo comelotodo, esa urraca invisible que habita en nuestro minúsculo piso de dos habitaciones y escasos sesenta metros cuadrados, cámaras de aire excluidas, y sin trastero, ese pisito de soltero que el pelotazo del ladrillo y mi falta de liquidez han reconvertido en residencia familiar.
Curiosamente cuando vivía solo nunca reparé en él, si me faltaba algo lo achacaba a un exceso de alcohol en la sangre y punto pelota, las reglas eran sencillas, el mundo un lugar más justo. ¿Cómo entró en mi casa y en mi vida? Existen diversas teorías, todas ellas descabelladas, pero tras minuciosas investigaciones la más veraz es que se ocultaba en modo de larva entre las páginas seis y siete del libro de familia, una vez que lo guardamos en el cajón de guardar las cosas importantes, aprovechando que se estaba calentito y bien, se desarrolló, se hizo fuerte y comenzó sus fechorías. De cachorro se entretenía con pequeños hurtos sin importancia, descabalaba parejas de calcetines, me birlaba alguna corbata, divertimentos de chico travieso. Después fue afinando, se atrevió con documentación varia, con mi mp3, dos veces, con libros y películas, casi siempre mis favoritos, una cámara de fotos, unos pantalones de la talla cincuenta que solo me puse una vez (os prometo que con esto tuve que escuchar que en algún sitio me los habría dejado, claro, como si uno volviera a casa sin pantalones todos los días). El muy cabrito empieza a atreverse con todo.
Pero el colmo de los colmos ha sido este año, el monstruo comelotodo se ha superado y se ha comido los adornos navideños del año pasado. Sí, tal cual, se ve que en una noche loca se dedicó a engullir bolas de colores y guirnaldas, campanas y cascabeles, luces multicolores y lo que es peor, la estrella de cinco puntas que coronaba el árbol, especialmente difícil de tragar y por supuesto mucho más molesta de expulsar. Con eso se ha atrevido el bellaco, y me temo que como no haga algo al respecto el año que viene no va a dejar ni el árbol. Resignado a aceptar su presencia he ido al ayuntamiento a empadronarlo por si conseguía alguna subvención, un subsidio o algo relacionado con la ley de la dependencia, pero se han reído de mí y ante mi insistencia unos guardas de seguridad con muy malos modales me han desalojado.
No puedo más, he tratado de negociar, le he pedido que me devuelva las guirnaldas a cambio de un repollo y de una lombarda pero se ha negado, para colmo ha insinuado que conoce el nido de los gorriones, el mamonazo. Estoy desesperado, necesito ayuda, si alguien sabe como puedo deshacerme de él por favor que me escriba, referencia “Olegario”.