sábado, 8 de octubre de 2011

Ir al dentista y vivir para contarlo

Ir al dentista es el mal en sí mismo, su sola mención equivale a invocar la espada de Damocles y ver como se hace visible sobre nuestras cabezas. Uno empieza a ir al dentista desde el mismo momento que sabe que tiene una cita con él, aunque ésta sea dentro de tres semanas, aunque ahora esté más sano que una manzana y sea para la revisión de los seis meses, vas a ir al dentista y lo sabes. Ya puedes ser el tío más afortunado del mundo que no lo disfrutarás, ya te puede tocar a ti solo el pleno al quince de la quiniela, ojo, con un dos fijo al Madrid-Atlético, da igual, en el fondo sabes que tu futuro pasa por ir al dentista, esa es la línea que marca tu horizonte y tras ella solo existe la nada. Es más, hasta puedes tener un fantástico sueño erótico con Megan Fox (y con su imaginaria hermana gemela) que te levantarás más cariacontecido que si te hubieran hecho ver toda la saga de Transformers en sesión continua y sin anestesia. Si sabes que tienes que ir al dentista la vida es una mierda.

Y lo puedes dilatar, pero la dentadura es como los volcanes, un enemigo silencioso, un peligro latente que cuando despierta solo es fuego y destrucción, el infierno según San Mateo: "Y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes", y lo sabes y lloras las lágrimas más amargas mientras que buscas desesperado la caja de Nolotil y el teléfono de la consulta, rezando para que quede un hueco libre y te reciban de urgencias. El dolor de muelas es el mal, por eso al menor síntoma de que algo no va bien pedimos mansos una cita que ya es parte del ritual: “clínica dental buenos días, ¿quiere una cita?”, no, hija de Satanás, te llamo porque me duele una muela y los tiquismiquis del teléfono de la esperanza no me la sacan. Sí, hay que tener muchos ovarios para ser recepcionista en una clínica dental, y si alguna me lee (mis experiencias han sido siempre femeninas), que sepa que le* mando desde aquí un caluroso saludo, ¿por qué?, pues porque ser soldado de infantería en la división azul era una mariconada a su lado, vale, hacía frío en Leningrado, como en la consulta, pero a los soldados soviéticos no le dolían las muelas ni les cobraban por un implante el sueldo de todo el verano.

Una buena recepcionista debe parecer tonta sin serlo, a fin de cuentas su trabajo consiste en ayudar a desplumar a un montón de gente asustada, dolorida y cabreada minimizando el número de agresiones recibidas, esto incluye las menciones a la madre, todo un arte. Increíblemente su táctica consiste en tratarnos como si tuviésemos tres años, y funciona, porque en el fondo todos somos como niños de tres años. Ellas lo saben, tienen el culo pelado de hacer que la gente esté sentada y quieta. Una de sus mejores herramientas es el tono de voz impostado, algo horrible, subiendo un par de tonos y ralentizando la pronunciación para que nos enteremos de todo y, además, nos quede bien clarito. Las mentiras son igual de reconocibles pero nos las tragamos, “siéntate ahí un rato que enseguida te toca”, ¡un huevo de pato viudo!, creo que Einstein comenzó a sospechar de la curvatura del espacio tiempo en la consulta de su dentista. Si te pones un poco nervioso y te da por preguntar, más que nada por si se han olvidado de ti, te miran igualito a como tu miras a tu hijo la segunda vez que en el coche de sus labios sale un “¿cuándo llegamos?”, la respuesta es la misma, enseguida**, a pesar de que sabe que el implante de fulanito se ha complicado y están buscando en las páginas amarillas el teléfono de un herrero 24h que llegue raudo al rescate y suelde un par de placas.

Después está el trauma que se te va creando durante la espera, empezando por ese olor agrio tan característico que es la antesala del dolor. Un olor que nunca llega a saturar la pituitaria, porque ya puedes trabajar en una planta de reciclaje de estiércol que te terminas acostumbrando, pero a ese olor no, y es un milagro bioquímico que solo han conseguido ellos y los hijoputas que formularon la colonia de Nenuco. Pero no es lo peor, ni hablar, lo peor es escuchar la fresa y el aspirador al otro lado de la puerta que, en breves momentos (nótese el sarcasmo), vas a atravesar. Afortunadamente, eso sí que tiene solución, unos auriculares a todo volumen y un reproductor de mp3 recién cargado y los Green Day (cuando molaban) aporreando el “Pulling teeth” recordándote que “Accidents will happen but this time I cant get up”. No, no vas a salir corriendo. Y en ello estás cuando ves a la recepcionista hacerte todo tipo de aspavientos porque te ha llamado y es tu turno y no te has pispado, toda digna ella, a pesar de que te debe una hora de tu vida, una hora especialmente mala. Increíblemente no le mandas a la mierda porque en unos segundos te van a poner anestesia en una encía y no quieres que haga un comentario en clave al dentista para que al pincharte te haga mucho daño.

Lo que pasa a partir de ahí es lo de menos, te tumbas en el potro de tortura y pones la mente en blanco, a la fuerza, porque una luz cegadora amenaza con fundirte el cerebro. Te dejas hacer y siempre piensas que todavía no te habrá hecho efecto la anestesia cuando la fresa entra en contacto con tus dientes y empiezas a oler tu propio hueso quemado. Lo normal es que sí haya sido suficiente y que no pase nada, “si notas algo levanta la mano”, te dicen, sin tener en cuenta que desde hace cinco minutos tus manos, y los brazos de los que cuelgan inertes, están paralizadas. Además, cualquiera se mueve con ese arma de matar cerca de tu cerebro, piensas que si el dentista estornuda en ese momento ni Santa Apolonia, patrona de los sacamuelas, podrá hacer algo por salvar tu alma. Hasta que termina todo y te das cuenta que no ha sido para tanto, solo eres un poco más pobre pero, a cambio, la puñetera muela ha dejado de dar la lata, eres feliz durante unos segundos, los que tardan en darte la cita siguiente. Estás jodido, el ciclo de nuevo ha comenzado.

*Soy laista pero me estoy quitando, solamente lalaleo de vez en cuando.

** El ahorita mismo de los mexicanos.

10 comentarios:

pseudosocióloga dijo...

Bueníiiisima entrada.Y muuuuuy masculino el pavor al dntista.

el chico de la consuelo dijo...

Pues las enfermeras de mi dentista merece la pena ir a pedir hora auqnue luego no vayas.

Neurotic Marianita dijo...

No puedo creer que el hombre haya ido a la luna y no haya encontrado la manera de quitar el ruidito a la fresa del dentista... lo oooodiioooo

Cris Ham dijo...

Pues tengo cita en un mes.Yo bajo del asiento sudando y dolorida,como si hubiera estado en el gimnasio.
por cierto,también soy laísta,y también intento quitarme por no aguantar a un amigo machacón que me corrige siempre.Saludos.

Anniehall dijo...

Pues yo conozco a varias mujeres con miedo al dentista. Por supuesto yo no soy una de ellas...

Bichejo dijo...

El dentista es mi amigo...en este caso, literalmente.
Mi dentista es mi másmejoramigo, que no sabe cómo librarse de mí como paciente, porque soy un coñazo.

Sólo voy 2/3 veces al año a hacerme una limpieza, pero exijo anestesia en toda la boca y poder ponerme el iPod, además de innumerables pausas porque me agobio...soy el paciente ideal.

El dentista es el mal.

No dijo...

TACHAN TACHAN....YO SOY AQUELLA.
Yo trabajé de administrativa/directora/auxiliar de clínica...y un poco de todo lo demás...durante 6 años en una clínica dental. Si, lo habeis leido bien jajaja.

Tengo que decir Juanjo...que yo no hacia de tonta sin serlo, tengo más que comprobado (y me incluyo) que al ser humano no hay nada que le siente peor que le traten de tonto, y eso lo nota. Mentir mentía muchiiiisssiiimoooo pero lo hacía siempre en beneficio del paciente y siempre en adultos; a los niños nunca les mentia (no se andan con chorradas, ni quieren mucho menos la atención de nadie que no conoce, quieren pirarse y si tienen que morirse en casa bienvenida muerte), solo los distraia.
Si, acabas con el culo pelado, pero no solo de saber mantener a la gente quieta y en su sitio, sino a que no se quejen o incluso a que se callen. Aprendes a lidiar con personas con dolor de muelas....(supongo que eso lo dice todo, pensar en como os sentis cuando quereis pegaros de ostias en la boca para terminar con ese dolor insoportable), eso requiere un master, pero no de teoria, sino de experiencia. Una persona con dolor de muelas ni atiende a razones ni atiende a nada de nada...y suele perder los nervios a la primera de cambio. Un paciente una vez me rompio la mesa de un puñetazo..., otro me lo fue a dar a la cara y la policia nacional (a la que yo había llamado anteriormente) le hizo un placaje a tiempo... etc....tengo anécdotas como para escribir un libro.
Aprendes a dirigir a los pacientes y a que lograr que no se acerquen a tu circulo de espacio vital, por si acaso.

Fue toda una experiencia de vida...esta claro. jajajajja.

Besis

Juanjo ML dijo...

Pseudosocióloga: Yo creo que el miedo al dentista es universal, aunque sí que es verdad que las mujeres en general sois mucho más sufridas.

ECDLC: Gracias por tu enriquecedor comentario, si te enteras de que abren una franquicia en Madrid avísame por favor :)

Neurotic Marianita: Pues tengo malas noticias, el ruido de la fresa no se puede eliminar, tendremos que seguir llevando auriculares como única defensa.

Cris Ham: No te saludé en el comentario del post anterior, soy un maleducado, hola :) Lo del laismo es una lata, sobre todo ahora que trato con gente de fuera de aquí, de Madrid (me encanta decir eso) y la verdad es que es horrible pero no es mi culpa si me educaron así.

Annie: Por supuesto que no ;)

Bichejo: Pues igual me interesa tu dentista, pero creo que había que hacer una excursión a las provincias, ¿me equivoco?

No: si es que es muy difícil escribir un blog y no dar con el ejemplo viviente de lo que se escribe. Por cierto, yo no he dicho que nos traten como a tontos, creo que he dicho que nos tratan como a niños, y hay una diferencia porque los niños de tontos no tienen nada, eso es lo que nos creemos. No sé a qué estás esperando para contar esas aventuras en el blog, si tienes una fuente infinita de anécdotas. Alucinado me ha dejado lo de la policía, aunque en el fondo no me extraña, hay cada salvaje suelto por el mundo...

No dijo...

Tienes razón Juanjo, has canalizado en mi tu inspiración....estoy escribiendo una de mis anécdotas laborales odontológicas. Prepararos jejejje.

Explorador dijo...

Así es...he aprendido a canalizar mi miedo, reprimiéndolo, mi novia es dentista y de vez en cuando me cuenta historias que me hacen bien, intento pensar que es una cura que viene bien, no tan difeente a cualquier otra, más importante e incluso menos dolorosa que muchas otras.

Y puede que sea verdad, pero aún así, ir al dentista es cruzar la línea de sombra de la que hablaba Conrad, la experiencia definitiva y la angustia vital xD

Un abrazo :)