domingo, 20 de febrero de 2011

Cómo conquisté el oeste (I)



Una de las paradojas de trabajar en la empresa patera era que un día estabas en una nave en Azuqueca sin baños, ni calefacción, sin licencia de apertura y enganchados de manera pirata al cuadro de la luz y al día siguiente podías tener un billete de avión, en clase turista por supuesto, para ir a la Cochinchina. Imagino que son cosas del empresariado español, siempre echado para delante y con pocos escrúpulos a la hora de timar al personal. Que esa empresa de cuatro amigos llegara a exportar robótica a los EEUU era un síntoma claro de que la globalización no iba por buen camino, pero claro, eran los tiempos en los que Bush ganó las elecciones con papeletas mariposas que, curiosamente, volaron a donde más les convenía, algo no iba bien en Norteamérica, era evidente.

El proyecto era la crónica de una muerte anunciada, trabajábamos para una multinacional para la que habíamos hecho unos robots parecidos en una fábrica de Alcalá, con más pena que gloria, eso sí, un poco a la española, dejando que los operarios se jugasen la vida todos los días como asistentes de los robots, porque sí, los robots no son infalibles y allí donde uno fracasaba había un operario que le esquivaba con reflejos de banderillero y manos de orfebre para que la producción continuara. Eso, por supuesto, en la maravillosa Texas no pasaba, si aquí se puenteaban las seguridades y se desmontaban las puertas de acceso a las celdas robotizadas sin que a nadie se le moviera una ceja allí era imposible, los robots tenían más seguridades que la prisión de Alcatraz y no había paisano que se arrimase a ellos mientras que estaban en marcha. Conclusión, otro fracaso más a las espaldas, pero ya volveré a ello más tarde.

En principio yo no tenía que ir a esa puesta en marcha, pero los que nos dedicamos a este oficio sabemos que en cualquier momento se moviliza a la caballería y te toca ir a batirte el cobre a cualquier lugar recóndito del mundo. Por eso, en menos de lo que se tarda en decir “God bless America” tenía en mi poder un billete de avión para Dallas, ciudad en la cual tenía que llamar a un shuttle que me llevaría a Wichita Falls, pueblo al norte del estado, en la frontera con Oklahoma, famoso por absolutamente nada, en la mitad de la nada y en el que no había absolutamente nada que ver ni que hacer, salvo ir al mall o ver crecer la hierba, es lo que habitualmente se denomina “la América profunda”. El viaje en sí nada tuvo que envidiar al de Phileas Fogg, teniendo en cuenta que los escombros de las torres gemelas aún estaban humeantes cuando hice escala en el aeropuerto de Newark. Curiosamente no tuve problemas para meter mil cachivaches electrónicos en la maleta y pasar el control de equipaje, eso sí, avisé de que los llevaba y me pusieron unas pegatinas muy chulas diciendo que mi maleta ya estaba revisada. Pasé la aduana sin mayor contratiempo que aclararle a un señor muy misterioso de que no pensaba atentar contra el presidente de la unión y que no portaba bombas ni era un terrorista, imagino que los terroristas se desmoronan cuando alguien en un aeropuerto hace eso tipo de preguntas tan sutiles, son tipos muy astutos los de los servicios de inteligencia.

Pero no tuvo que quedar muy claro, porque al pasar el trolley por el escáner antes de tomar el vuelo de Dallas el chico que miraba la pantalla se puso a dar gritos tan desesperados como si se le hubiera estallado una almorrana. El abuelete que estaba al cargo del asunto hizo un gesto alarmado a un geyperman de la guardia nacional que ni corto ni perezoso me encañonó con su recortada. Creo que no me hice mis necesidades allí mismo porque la comida de la clase turista estriñe más que comer durante una semana seguida solamente galletas maría, pero tuvo que faltarme poco. Encañonado me pidieron amablemente, eso sí, que abriese las cremalleras del trolley, despacito a ser posible, y eso hice, faltaría más, los de Alcorcón respetamos a la autoridad, sobre todo si va armada. Al escuchar al chaval exclamar con alivio “Grandpa it’s just a book” me dieron ganas de matarle, todo el escándalo era por mi diccionario de inglés, manda eggs, pero no por eso me iban a dejar en paz, ya que me tenían allí me descalzaron, me despelotaron, me registraron el equipaje y me pasaron unos algodoncitos muy monos para hacerme un control de explosivos, desde entonces volar a los EEUU no es una de mis aficiones favoritas.

Llegué a Dallas después de unas 16 horas de viaje, pero no terminaban allí mis penurias, tenía que conseguir llegar a Wichita Falls que queda como a unos 300 km. Como la planificación era lo nuestro, la única referencia que tenía era un número de teléfono para avisar a un shuttel, o minibús para los amigos, para que se pasara al aeropuerto a recogerme. Así funcionan allí, tú llamas y el bus se va pasando por las puertas del aeropuerto antes de volver a casa, pero claro, si logras hablar con alguien, porque al llamar al teléfono que tenía copiado en un post it conseguí sentirme como el perro de los Simpson, saltó un contestador automático que hablaba un idioma para mí desconocido, luego aprendí algo, se llama texano. No entendí nada y me vi abandonado en aquel aeropuerto por el que deambulaban señores con sombrero de vaquero, cinturones con hebillas de un palmo y botas de cuero repujado, ¿y si el número estaba equivocado? Decidí darme una segunda oportunidad y volví a marcar, algo entendí esa vez, “later”, pronunciado “leira”, era un comienzo. A la tercera adiviné el horario en el que podría ser atendido, faltaban dos horas y no me resignaba a mi suerte.

Pregunté a un montón de gente muy simpática cómo podía ir a Wichita Falls, pero sus caras eran de lástima hacia mi persona, algunos me aconsejaban buscar un hotel, otros me dieron pistas falsas y los menos me preguntaban qué narices iba a hacer a Wichita Falls un tío de España, y sí, eso también me preguntaba yo, de Madrid al cielo y de Alcorcón al desierto. Por fin, tras esperar un par de horas, conseguí hablar con los del shuttle, ellos en su idioma y yo en el mío, hasta que conseguí hacerme entender lo suficiente como para no tener la menor duda de que ese día dormía en el aeropuerto. Pero no, el bus llegó a mi puerta justo a la hora que me dijeron y con alivio y muerto de sueño me dejé llevar, un par de paisanos trataron de entablar conversación conmigo, sin éxito claro, porque estaba muerto de sueño y porque no era el momento de hacer mi primera inmersión lingüística seria en el texano. Dormí con un ojo abierto y otro cerrado hasta llegar a las Hawthorn Suites, que era donde nos alojábamos, todo el mundo estaba durmiendo y nadie me esperaba. Lo había conseguido tras 24 horas de viaje, Juanjo_ML estaba allí, la conquista del oeste había comenzado.

9 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Bueno, bueno... Esto promete. Pero que sepas que Wichita Falls suena a aventuras seguras.

Espero impaciente la segunda parte.

molinos dijo...

¿Te compraste un sombrero?

Te sobra un el en el párrafo de la maleta. Lo siento, tengo vocación de correctora.

Anniehall dijo...

Cómo me suena el desierto en mitad de la nada. Tengo yo que contar mis aventuras también. Solo que las mías están aliñadas con la frontera del desierto sonorense. Eso sí, nunca en las mil veces que la crucé me encañonaron. Suerte la mía.

Juanjo ML dijo...

Teresa, la habrá, pero desgraciadamente Wichita Falls no era un sitio en el que te pudiera dar un infarto :) Pero anécdotas curiosas a montones.

moli, el sombrero mola mil, todavía lo tengo, pero ya hablaré de él cuando toque en la historia. Y gracias por la corrección, la verdad es que si pretendo que me lea alguien debería tener el detalle de releerme antes de publicar, pero me cuesta la vida.

Annie, pues ya sabes, dale a las teclas!!! Te puedo prometer que la sensación de estar encañonado no es agradable...

Sabática dijo...

¿Tan poquitos libros ven que les pitan los oídos?

Juanjo ML dijo...

Bueno, tienen una Biblia en las habitaciones de todos los hoteles :)

Explorador dijo...

Un buen comienzo :) Aunque te imaginaba entrando al saloon con dos colts buscando una mesa para jugar al poker y beber...zarzaparrilla :DD

Saludos, a ver como continúa la conquista ;)

Juanjo ML dijo...

No Explorador, no habrá nada tan trepidante, solo anécdotas más o menos curiosas, además no es un buen sitio para enfrentarse a balazos, siempre me ganarían por experiencia :)

pseudosocióloga dijo...

¿Wichita?¿cenaste algún día en "El Amarillo?