viernes, 10 de diciembre de 2010

El monstruo comelotodo


En mi casa comienzan a suceder cosas extrañas, muy extrañas.

Al principio no me preocupé mucho, eran cosas pequeñas, casi sin importancia. Por ejemplo, mi ropa empezó a menguar, mis cinturones a encoger, algo de locos, digno de un mago hijoputa empeñado en hacerme pasar por una morcilla de Burgos o de un fabricante de botones haciendo un estudio de resistencia de materiales. Mi mujer dice que es culpa de la nevera y su contenido pero yo no la creo, seguramente está compinchada con el mago o el botonero, lo sé porque se empeña en llenar al pobre frigorífico de cosas incomestibles si no eres Blitzen, el segundo reno de Santa Claus, pero no se van a salir con la suya. Pienso fabricarme un zulo secreto en el que guardar galletas y fiambres, mi sitio favorito es el hueco que queda en la salida de humos de la caldera, aunque primero tendré que desalojar a la familia de gorriones que se obstina en pasar allí el invierno. Y si los botones siguen explotando que se j**** (joroben)

También tenemos nuestro fantasma, posiblemente el del antiguo dueño de la casa, ese rey del bricolaje capaz de hacer armarios empotrados en la cámara de aire de la fachada. Se ve que como le fastidió que tapé esos metros cuadrados útiles ganados a la nada, incluyendo unas baldas que había creado retirando unos ladrillos de la pared que une la cocina y el baño (cómo se descojonó el instalador de la cocina cuando al descolgar los muebles la pared se le vino abajo y tuvo hasta que encofrarla), su alma en pena recorre los pasillos puteando a mi perro, de nombre Tito y de apodo “El imbécil”. Si no conoces a Tito la verdad es que puedo parecer un ser sin sentimientos por llamarle así, pero es que el nombre se lo ha ganado a pulso, a ver, ¿alguien ha visto a un perro correr, mirar a un lado y estamparse contra una farola?, pues ese es Tito, el mismo que, de repente, en mitad de la noche y sin avisar da un salto acojonado imagino que por la presencia del fantasma. Ahora me he acostumbrado, pero al principio se me salía el corazón de su caja.

Sin embargo todos son unos aficionados si los comparamos con el verdadero protagonista de esta historia, el monstruo comelotodo. Podría pensar que es el difunto dueño de la casa con un pluriempleo, además del de asustar perros, pero qué iba a hacer ese pobre con nuestros abalorios, ¿poner un mercadillo en el purgatorio?, pues como comparta barrio allí con el chino que oficialmente nunca murió o se harta a hacer horas o lo va a llevar claro, seguro que lo de la globalización llega hasta a los espectros, ¡qué horror!, me veo comiendo ternera con bambú y salsa de ostras hasta después de muerto. Por eso, descartado el fantasma, siento que tengo el deber moral de admitir la existencia del monstruo comelotodo, esa urraca invisible que habita en nuestro minúsculo piso de dos habitaciones y escasos sesenta metros cuadrados, cámaras de aire excluidas, y sin trastero, ese pisito de soltero que el pelotazo del ladrillo y mi falta de liquidez han reconvertido en residencia familiar.

Curiosamente cuando vivía solo nunca reparé en él, si me faltaba algo lo achacaba a un exceso de alcohol en la sangre y punto pelota, las reglas eran sencillas, el mundo un lugar más justo. ¿Cómo entró en mi casa y en mi vida? Existen diversas teorías, todas ellas descabelladas, pero tras minuciosas investigaciones la más veraz es que se ocultaba en modo de larva entre las páginas seis y siete del libro de familia, una vez que lo guardamos en el cajón de guardar las cosas importantes, aprovechando que se estaba calentito y bien, se desarrolló, se hizo fuerte y comenzó sus fechorías. De cachorro se entretenía con pequeños hurtos sin importancia, descabalaba parejas de calcetines, me birlaba alguna corbata, divertimentos de chico travieso. Después fue afinando, se atrevió con documentación varia, con mi mp3, dos veces, con libros y películas, casi siempre mis favoritos, una cámara de fotos, unos pantalones de la talla cincuenta que solo me puse una vez (os prometo que con esto tuve que escuchar que en algún sitio me los habría dejado, claro, como si uno volviera a casa sin pantalones todos los días). El muy cabrito empieza a atreverse con todo.

Pero el colmo de los colmos ha sido este año, el monstruo comelotodo se ha superado y se ha comido los adornos navideños del año pasado. Sí, tal cual, se ve que en una noche loca se dedicó a engullir bolas de colores y guirnaldas, campanas y cascabeles, luces multicolores y lo que es peor, la estrella de cinco puntas que coronaba el árbol, especialmente difícil de tragar y por supuesto mucho más molesta de expulsar. Con eso se ha atrevido el bellaco, y me temo que como no haga algo al respecto el año que viene no va a dejar ni el árbol. Resignado a aceptar su presencia he ido al ayuntamiento a empadronarlo por si conseguía alguna subvención, un subsidio o algo relacionado con la ley de la dependencia, pero se han reído de mí y ante mi insistencia unos guardas de seguridad con muy malos modales me han desalojado.

No puedo más, he tratado de negociar, le he pedido que me devuelva las guirnaldas a cambio de un repollo y de una lombarda pero se ha negado, para colmo ha insinuado que conoce el nido de los gorriones, el mamonazo. Estoy desesperado, necesito ayuda, si alguien sabe como puedo deshacerme de él por favor que me escriba, referencia “Olegario”.

9 comentarios:

Anniehall dijo...

Olegario... qué risa

Juanjo ML dijo...

A ver, no voy a ser uno de esos descerebrados que se abren un blog con su nombre!!!

Explorador dijo...

"Existen diversas teorías, todas ellas descabelladas.." jajajajajajaj, eso es algo muy común, me temo. ¿Has pensado en cepos? Eficaces...pero no aptos para despistados ;)

Juanjo ML dijo...

Prométeme que no seré acusado de violencia de genero y me compro uno para ponerlo justo donde está el nido ;)

molinos dijo...

Juanjo..necesito a Olegario.

Necesito que luche contra el síndrome de Diógenes de molimadre....bueno, en realidad está Diógenes, los que tienen su síndrome y luego en la Liga de Campeones de todos ellos..está molimadre.

Necesito un Olegario...

Juanjo ML dijo...

Ponle un caminito de chuches e igual con suerte...

Si es capaz de hacer desaparecer una bolsa de adornos navideños de nuestro único armario y no dejar huella está claro que Olegario es lo que estás necesitando.

El niño desgraciaíto dijo...

Ay, pobre Diógenes. Diógenes vivió en la indigencia más absoluta, despreciaba las posesiones. Sólo tenía un cuenco de barro para beber y cuando vió que otro bebía con las manos lo rompió.

Es una injusticia llamar síndrome de Diógenes al síndrome de Diógenes... es que me indigno! (cuando Annie lea esto se descojonará de mí y dirá ya estás otra vez con lo mismo...)

Juanjo ML dijo...

Pues como mi monstruo siga a lo suyo el que va a terminar como diógenes soy yo.

El niño desgraciaíto dijo...

Jaja... ahí le has dado... ¡qué risa!