jueves, 20 de mayo de 2010

Barcelona rojiblanca


Jueves 20 de mayo, tres de la mañana, el autobús ha pegado un frenazo y me he despertado sobresaltado, en mi mp3 suena la versión del Romeo y Julieta de The Killers, me hace sonreír, sin embargo he perdido la noción de dónde estoy y por qué me encuentro dormido dentro de un autobús, con el cuerpo rígido imitando la forma de la ficha verde del Tetris. El conductor nos pide que nos bajemos porque va a repostar, poco a poco me desperezo y bajo al área de servicio, llevo puesta mi camiseta del glorioso y fuera hace frío, busco con que abrigarme y aunque me da pena ocultarla me enfundo una sudadera que me devuelve a la realidad. Vengo de Barcelona, de ver la final de copa y me he dejado la garganta y un trocito del alma animando a mi equipo.

Dos horas antes acababa de montarme en ese mismo autobús, un autobús que llevaba una hora buscando entre miles de almas ambulantes y cansadas que también buscaban el suyo, almas errantes, después de todo un día de viaje y de emociones fuertes, buscando el refugio que nos devolviese a casa. Cincuenta mil ilusiones volando al cielo de Barcelona, tan preciosa como siempre, acogedora como nunca la había visto, una ciudad que por unas horas fue nuestra, no como invasores sino como invitados a los que todo el mundo quería agradar. Todo el día me pasé hablando con gente de allí que nos deseaba lo mejor y que con ojos atónitos nos veía desfilar cantando y riendo por las puertas de sus casas, uniéndose muchos a la fiesta por las aceras y otros saludándonos al pasar desde los balcones de la Rambla de Brasil y el Carrer de Sants, repletos de colchoneros de punta a punta. Inenarrable

Y recuerdo el final del partido y me vuelven las lágrimas a los ojos al sentir la vibración y el sentimiento que transmite una multitud canalizando junta su entusiasmo, quien no lo ha vivido no puede saber de lo que hablo, pero es así, existe algo que conecta a todos los seres humanos y a lo que no somos inmunes, un sentimiento de pertenencia a un colectivo que no sé explicar con palabras. Y vuelve a arderme la garganta solo de recordar como todos, bufandas al viento, comenzamos a animar al final del partido a los nuestros, al grito de campeones, porque esta vez no nos han fallado y nos han hecho sentirnos orgullosos de ellos, aunque hayamos perdido, porque sí, esta noche hemos perdido, pero solo un partido de fútbol, nada importante. Sin embargo hemos ganado más, hoy hemos vuelto a recordar lo que fuimos y lo que somos, hemos hecho que los niños tengan claro por qué son del Atleti, hemos hecho llorar a los jugadores, que ricos y millonarios como son, creo que han entendido que su trabajo no es dar patadas a un balón, sino hacer felices a la gente, y se han sentido pobres y en deuda con nosotros por haber perdido, aunque se equivocan, ya es un regalo el haber llegado.

Pensando en ello vuelve a ser la una de la mañana, y vuelvo a ese autobús desde el que veo pasar la gente a su alrededor, cientos, miles, todos ellos con una mirada orgullosa del que se sabe parte de algo tan grande que no tiene sentido, algo que escapa de toda lógica humana y que entra dentro de la mística y la sinrazón, pero algo que te atrapa y de lo que te enamoras desde el primer momento que lo has vivido. Tengo grabada en el corazón la imagen de un niño llorando desconsolado abrazado a su padre, un niño que ya sabe que ganar no es lo más importante porque otro niño sevillano ríe en su lugar y es cuestión de tiempo que se cambien el puesto. Y sobre todo no puedo quitarme de la cabeza la cara de una chica, de unos veinte años, que ha cruzado sus ojos llorosos con los míos a través de la ventanilla del autobús, y de cómo me ha salido una sonrisa de ánimo dedicada a ella, una desconocida, porque su pena me dolía como propia, y me he alegrado cuando me ha devuelto esa sonrisa llena de consuelo, ha sido un segundo pero no se me va a olvidar en tiempo.

Es triste volver seiscientos kilómetros sabiéndote derrotado, pero hoy no ha sido el caso, hoy me he sentido tremendamente afortunado de poder haberlo vivido, de haberlo compartido con mi padre y guardar para siempre esta buena experiencia. ¿Qué quería ganar?, pues claro, si soy feliz así ganando hubiera sido la leche, lo sé porque hace una semana ya lo descubrimos a costa de unos ingleses que seguro que no se merecían sentir la pena que yo ahora siento. Cosas de la fortuna, cosas del fútbol, cosas del Atleti, ya lo decía el gran Sabina: “Qué manera de subir y bajar de las nubes, ¡qué viva mi Atleti de Madrid!”

6 comentarios:

Anniehall dijo...

Si esa es la manera de sufrir: mooola.

Explorador dijo...

migo mío también fue...supongo que es una bonita experiencia. Luego ya que la pelota entre o no, no importa tanto. Estoy de acuerdo, es (o debiera ser) una excusa para ser feliz.

Un saludo :)

alpla dijo...

joder macho, me has puesto los pelos como escarpias con esta declaración de amor...
q gran equipo es el atleti! y qué paquetes son! pero la verdad es que de década en década van dando alegrías a la afición. un saludo, chiquitín!!!

Juanjo ML dijo...

Mola mucho más de lo que sé expresar, me siento absolutamente torpe cuando intento transmitirlo

Leonardo dijo...

Estamos al lunes siguiente de haber perdido la final de copa y te aseguro que todavia me duele el alma de haber perdido esa copa. Me dolio bastante.

Un saludo Atletico hermano!!!

Leo.

LUIS dijo...

Gracias...por expresar tan bien...lo que sentimos todos.....Atleti...somos nosotros.!!!