miércoles, 5 de enero de 2011

Post para jugar


Cuando era pequeño, era un niño un poco diferente a los demás, por lo menos a los de mi entorno del otro lado de la vía. Como a ellos me gustaba darle patadas a nuestro balón comunitario, jugar a las canicas, a las chapas, tirarle piedras al tren, pasear en mi bici de segunda mano comprada en el rastro, en fin, todas las cosas que eran normales en nuestro barrio de marginados, pero, además de eso, a mí lo que más me gustaba en el mundo era leer, cualquier cosa, compulsivamente, desde el periódico que cada tarde traía mi padre hasta la revista de pasatiempos de Pedro Ocón de Oro que cada domingo comprábamos juntos en un kiosco de la plaza en la que, casualmente, ahora vivo. Es curioso, pero se me había olvidado que el kiosco estaba aquí hasta que lo he escrito.

No me sorprende nada el hecho de haber aprendido a leer con tres años, por mí mismo y por la insistencia de mi padre, que quería ver cuajados en mí todos sus sueños rotos a pesar de que ahora dudo si el futuro maravilloso que él tenía preparado para mí es realmente mi presente, y cuando digo dudo me refiero a él y no a mí, porque yo tengo la certeza absoluta de que no lo es, porque por bueno que seas viniendo de tan abajo es casi imposible en una generación pegar el salto. Pero claro, apostar después de haber levantado las cartas es muy fácil, y seguramente soy muy duro con los dos porque mi vida comparada con la suya es un cuento de hadas, pero claro, cada uno pone el listón a sus frustraciones y hasta el más rico y poderoso las debe tener, está en su derecho, es una de las mejores lecciones que, sin querer, mi padre me ha dejado.

Pero volvamos a los libros, ahora que no sé donde meter los libros, hasta tenerme que pasar casi por obligación al libro electrónico, recuerdo con mucha nostalgia mis regalos de reyes y de cumpleaños, pocos juguetes, muy pocos, bastante ropa y algunos libros, casi siempre de bolsillo porque eran los más baratos. A mí no me importaba, desde luego que no, ¡eran libros!, y eran míos, alimento para mis tardes y mis noches clandestinas, leyendo gracias a una bombilla de medio vatio conectada a una pila de petaca, porque, aunque era socio de todas las bibliotecas de Alcorcón, incluyendo la de la obra social de oso verde del mal a pesar de no tener la edad mínima para ser socio que eran si mal no recuerdo catorce años, y disponía de lectura abundante, poseer mis propios libros era una sensación de riqueza maravillosa, casi la única sensación de riqueza de la que de verdad he disfrutado.

Hoy, que es víspera de reyes, he recordado un año que fue espectacular, con cuatro libros que disfruté como el niño que era, especialmente uno que es el que da sentido a este post, aunque ninguno de los otros era manco. Ese año se debieron alinear varios planetas o, lo que es más probable, la dueña de la librería del barrio aconsejó muy bien a mis padres, porque aún existía la librería del barrio con una librera que sabía de libros y sobre todo de personas, y de niños que eran personas, que muchos lo vamos olvidando. Aquellos reyes, de una tacada, incorporé a mi modesta biblioteca “La llamada de la selva”, “20000 leguas de viaje submarino”, “Bichos y demás parientes” y un libro de un señor italiano del que nunca había escuchado hablar llamado Gianni Rodari titulado “Cuentos para jugar”, en una edición estupenda de Alfaguara que todavía conservo en casi perfecto estado para leerla algún día con mi hijo.

Supongo que casi todo el mundo lo habrá leído alguna vez, y si no lo ha hecho debería hacerlo, porque es un libro para personas, sin importar su edad. Son cuentos en los que se le ofrece al lector terminar la historia con tres finales alternativos, cada uno con sus consecuencias y con su moraleja, sin prejuzgar cual de ellos es el correcto, aunque el personaje al optar puede parecernos bueno, listo, avaricioso, ruin o malvado. Van pasando los años y sigo releyendo los cuentos, por nostalgia, por placer y porque siempre me he puesto en la piel de los personajes creyendo que la vida es precisamente así, un camino repleto de curvas en el que de repente llegas a un cruce en el que tienes que decidir qué, quién y cómo vas a ser, un poco a ciegas, sin tener muchos elementos de juicio para tomar las decisiones más importantes salvo lo que realmente te sale de las tripas, sin juzgar ni prejuzgar, incluso dejando algo al libre albedrío, a la ignorancia, a la inconsciencia, a la obligación, al miedo, a la prudencia, a la buena y la mala suerte.

Por eso escribo este post para jugar, un post que habla de mí, del camino que a bandazos he ido recorriendo a lo largo de mi vida hasta hacerme ser quien soy, sin juzgarme, desnudo delante de ese Juanjo_ML que aquí he ido creando, pensando en como seré cuando tenga que tomar la decisión del final del cuento, imaginando finales buenos y malos. Imagino un final en el que termino mis días a palos con el mundo pero siendo el ingenuo soñador que ahora soy, otro en el que dejo de pelear y termino derrotado, desengañado y amargado y un tercero en el que renuncio a todos mis principios pero en el que sin embargo triunfo como nunca lo hubiera imaginado. Pensad en ellos sin prejuicios, como hacía Rodari, porque en el fondo nada es del todo negro ni del todo blanco y yo no soy ni trigo limpio ni un mirlo blanco.

6 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Yo también aprendí a leer a los 3 años, pero a mí nunca me gustó mucho leer. Mi época de lectura compulsiva me llegó ya mayorcito. Estos libros de los que hablas no los he leído y casi ninguno de Verne o los de Salgari ni los de Guillermo el Travieso o los Hollister. La verdad es que solo leía tebeos de Mortadelo y Filemón y Astérix. Ah! y también tenía dos o tres libros de esos de grandes novelas en cómic que también me leía una y otra vez, aunque no los originales.

Juanjo ML dijo...

Pues no sé si astás a tiempo de retomarlos, no por edad y salud, faltaría más :), sino porque ciertas cosas parecen increíbles cuando se tienen pocos años. Ahora, después de volar en low cost, tratar de darnos de baja de un servicio de telefonía, o comprar un antivirus en una página escrita en ruso, cualquier aventura nos parecerá trivial y sin importancia...

Doctora Anchoa dijo...

También me leí Cuentos para jugar de pequeña, y me lo releí un montón de veces. Recuerdo que en aquella época siempre elegía el final "bueno". Unos cuantos años más tarde volví a leerme el libro por curiosidad, y los finales que elegía ya no eran los que teminaban tan bien, sino los más lógicos. Me pregunto cuáles elegiría ahora...

Sil dijo...

Pues mira, no lo conozco, pero lo buscaré. Yo no recuerdo cuándo aprendí a leer, pero sí que tenía 6 años cuando participé en mi primer concurso de cuentos (en la falla). El mío iba sobre un pájaro, no recuerdo más :P

Me ha gustado mucho este post, Juanjo :)

Gordi dijo...

Mis Reyes eran siempre doce libros. Como no tenía bastante para todo el año tuve carnet de la biblioteca desde que me dejaron ;)

He tenido un libro en la mano desde que tengo uso de razón. Pero el que recuerdo más y he leído varias veces de mayor, es uno de El Barco de Vapor "Los batautos hacen batautadas". Incluso hoy en día recuerdo a veces trozos y me sonrío. Buu y Peluso son lo mejor.

A mí también me ha gustado mucho esta entrada.

Juanjo ML dijo...

Doctora, lo mismo me pasa a mí, los finales menos agradables ahora no me parecen descabellados. Me alegra mucho saber que alguien más se acuerda con cariño de ese libro.

Sil, mil gracias, a veces uno escribe de cosas que de verdad son parte suya y se nota. Yo con seis años no escribía nada, además la escritora oficial de la familia era mi hermana y a mí me tenía bastante acomplejado, ganaba todos los concursos de Alcorcón y yo al final ni me presentaba. Una vez ganó uno que tenía que ser gordo porque daba los premios Umbral y me sentí orgullosísimo, aunque no sé por qué lo ha dejado. Un día la tengo que decir que escriba algo en el blog.

Gordi, también gracias a ti, eres la Gordi madrina de este blog ;) La verdad es que no me extraña nada lo que me cuentas porque es algo que se nota al leerte, el mimo que tienes con las palabras..., no sé, yo me entiendo. Recuerdo ese libro y ahora que lo dices tienes algo de Peluso!!!