miércoles, 4 de noviembre de 2009

El día de la marmota


Todos los días, cuando sin piedad el despertador me levanta a las seis en punto, tengo la misma sensación, el tiempo no avanza, vivo en el puto día de la marmota. ¿Recordáis la película “Atrapado en el tiempo”? Sí, aquella en la que el insoportable de Bill Murray se ve condenado a vivir repitiendo el mismo día en un pueblecillo llamado Punxstawnwey tirándole los tejos a la repelente y empalagosa de Andie McDowell, ahora sí, ¿verdad? Pues eso me pasa a mí de lunes a viernes. Por acierto, quiero aclarar que nadie se merece un castigo así, ni siquiera la que no debe ser nombrada y añado que es justo decir que la película está bastante bien, a pesar de sus actores.

Existen algunas diferencias claras entre la película y mi vida, además de las evidentes, como por ejemplo que yo soy mucho más atractivo que Bill Murray. La primera es que yo no tengo un radio reloj que me despierte con el “I got you babe” de Sonny & Cher, una pena, a mí me despierta el “I fuck you babe” de Nokia, un sonido tan penetrante y desagradable como la llamada de apareamiento de la ballena franca austral. La segunda es que yo no voy aprendiendo con el tiempo, yo soy un auténtico membrillo condenado a repetir sistemáticamente mis errores, así me va. La tercera es que yo no voy a redimirme para librarme de semejante condena, la pobreza es una enfermedad crónica, con suerte, y si no me da un jamacuco antes que me mande a criar lirios, me libraré de ella a base de años de esclavitud remunerada, y no sé si para cuando los años corten mis grilletes la mejor opción que me quede sea meterme en el árbol con la marmota para pasar mi invierno particular.

La rutina es la asesina de la imaginación y de la consciencia. En la hora y cuarto que va desde que me levanto hasta que aparco en el trabajo soy como un muerto viviente, mi cerebro se niega a tomar el mando de mi cuerpo y sobrevivo porque al despertarme mi sistema operativo tira de un disco de arranque que tiene grabadas secuencialmente todas las actividades básicas de supervivencia y activa además el sistema de respiración asistida.

Es siempre lo mismo, la cara desencajada y los pelos de punta al mirarme en el espejo, abrir el grifo del agua caliente y buscar la espuma de afeitar, quemarme la cara con el agua caliente y abrir un poco la fría, aplicar la espuma, observar al Papa Noel que me devuelve la mirada desde el espejo, quitar la espuma que me tapa la boca para que el Papa Noel me devuelva una sonrisa, afeitarme milagrosamente sin rebanarme los lunares, desvestirme, ducharme, salir muerto de frío, tiritar, secarme, vestirme, peinarme, mirar la colección de pelos en el lavabo que ya nunca volverán, desayunar. Sé que el tiempo pasa porque el número de galletas que queda en el paquete disminuye y aumenta cíclicamente.

Luego llamo a mi perro, me mira con cara de incredulidad pero no se niega a salir de paseo, nunca hay que desperdiciar una oportunidad de ir al baño, es una regla de oro para perros y para humanos. Abro la puerta, es de noche, no hay nadie en la calle, al minuto mi vecina baja a su perra y el mío la mira platónicamente, lo suyo es imposible. En el portal de al lado una mujer deja a su hija a su abuelo, como todos los días, pobre niña, pobre madre, la niña va envuelta en una manta, debe haber regresado el invierno. Antes de salir para el trabajo hago recuento, llevo el portátil, llevo la comida, llevo subida la cremallera, estoy listo.

Y es cuando llega el momento más milagroso del día, ¡la teletransportación existe! No sé como ha podido pasar pero estoy aparcando en el trabajo, no existe la carretera, ni el tráfico, ni los radares. Mi coche ha tomado vida propia y él solo se ha incorporado a la autopista, ha cambiado de carril las veces necesarias, se ha parado y arrancado de nuevo y ha llegado a nuestro destino. ¡Buen chico! Espero que esto le haya pasado a más gente, la sensación de ser consciente de tu propia existencia después de un vacío espacio temporal, si es así por favor decídmelo, me sentiré aliviado.

Al bajar del coche vuelvo a la realidad, y es triste. Recojo mi tarjeta en el casillero y miro a las caras del resto de mis compañeros de empresa sonriendo desde las suyas, miro mi propia foto y también sonríe, no sé de qué, si esto es gracioso debe ser una broma macabra. Ficho, 07:15, lo he vuelto a conseguir, me dirijo resignadamente a mi sitio. La oficina está vacía, saludo a la máquina del café, en un rato nos vemos, no me contesta. ¡Bienvenido al día de la marmota!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Uff, ¡qué agobio! hasta que no le he leído no me he dado cuenta de la mierda que es venir a trabajar por la mañanas. Espero que el próximo sea algo más alegre :).
Ah, ¿por qué imposible algo entre tu perro y la perra de tu vecina?.Bea

Juanjo ML dijo...

No es cuestión de agobio, es que es así, no da para más. Pero hay que aprender a reirse un poco de ello.
Ah! y lo de mi perro es cuestión de tamaño, un Westy con un Boxer tiene poco que rascar, bueno, con una escalera quien sabe...