jueves, 7 de marzo de 2013

Un matrimonio feliz

Este mes, o el pasado, porque me he dormido un poco, en el Club de Lectura 2.0 nos han obsequiado con una lectura dolorosa pero hermosa al mismo tiempo “Un matrimonio feliz”. Como desde el principio se cuenta que Margaret, la protagonista de la historia, a su pesar, muere de un cáncer terminal, no hay forma de que destripe mucho la historia, aunque como siempre yo aviso, si sigues leyendo es por tu cuenta y riesgo.
La historia en sí no es nada del otro mundo, chico conoce a chica, se enamoran, se casan, tienen hijos, él la engaña, se arrepiente y se convence de que es la persona con la que quiere envejecer, hasta ahí nada especialmente extraño. Pero como la vida además de efímera es cruel, cuando ellos han sido capaces de reconducir su relación, cuando de verdad llegan a ser ese matrimonio feliz que nos anticipa el título, ella enferma de cáncer y muere. Ese es el punto en el que arranca la historia, en parte autobiográfica, en el momento en el que ella decide programar su muerte una vez que es consciente de que cualquier otra alternativa no le lleva más que a una dolorosa y absurda agonía.
El libro nos cuenta como Margaret, con la ayuda de Enrique, su marido, planifica, con precisión casi milimétrica, la despedida de sus familiares y amigos. Y mientras esto pasa, Enrique va relatando su historia común, una historia que comienza en el Nueva York de los setenta, cuando ambos son jóvenes y están llenos de proyectos de futuro que, de alguna manera, se ven truncados por los hijos, la rutina y la convivencia. Esos son los episodios que más me gustan, con mucha diferencia, cuando todo es futuro, descubrimiento y libertad. Después viene el desgaste de la relación que yo veo de forma asimétrica; mientras que Margaret nunca llega a perder ese impulso inicial, él sí que se va dejando domar, como un zapato al que Margaret y las circunstancias van amoldando a su horma.
Eso le lleva a pasar de una sensación de inferioridad y de perplejidad, por el hecho de que ella se sienta atraída por él, a un odio rebelde que tiene mucho de justificación de su propio fracaso personal y profesional. Al principio Margaret era una especie de diosa del amor:
“Lo que lo tenía temblando era saber que cuando ya no tuviera nada más que decir, tendría que pasar a hacer el amor. Y no solo el amor. Tendría que saciar sexualmente a esa criatura, que le parecía más hermosa e inteligente a cada minuto que pasaba, quizá una hembra humana, pero de una categoría tan superior que una mutación de la especie tan soberbia como esa debía de pertenecer a otra clasificación.”
Pero, sorprendentemente dada la pasión inicial, el matrimonio la convierte en esto:
“Él era la víctima y ella, la asesina, y Enrique era lo bastante joven como para creer que esa distinción poseía una trascendencia moral.”
“¿Había otro escape del campo de concentración del matrimonio que no fuera permanecer soltero?”
“Margaret era egoísta de la única manera eficaz en que la gente puede ser egoísta, totalmente convencida de que su manera de vivir es la mejor y obrando en consecuencia.”
Y hay que ser valiente para admitirlo y para confesarlo, porque no es fácil. Desde mi punto de vista supone admitir nuestra imperfección, nuestra inmadurez, nuestra falta de perspectiva, nuestra confusión de lo que es amor y no, de lo fácil que es llamar con nombres falsos al amor, al cariño y al deseo:
“Todo lo que comprendía en ese momento, mientras ella lo acariciaba y resonaba en su cabeza la extraña confesión de que a ella le gustaba, pero no lo amaba, era que esa distinción significaba algo para ella. No obstante, para él no tenía ningún sentido, pasar de que Margaret le gustara a amarla había sido un proceso sin transición alguna.”
Y claro que no había transición, porque no había amor, simplemente había deslumbramiento, aunque, afortunadamente, muchas veces no es algo irreversible porque los caminos del amor son como los del Señor, inescrutables; yo creo que hay gente que es capaz de andarlos simplemente por puro convencimiento hasta llegar a un destino que parece de verdad por mucho que en realidad sea como los decorados de cartón piedra. Ellos llegaron.
Es un lugar cómodo, y hasta puedes pensar que puedes habitar allí para siempre, pero no, ¿y entonces qué? He pensado mucho en ello desde que leí el libro y no quiero estar nunca en el pellejo de Enrique, no quiero pasar por esto:
“Hiciera lo que hiciera, se sentía culpable y avergonzado. Ella iba a morir y él no; en la guerra no declarada del matrimonio, era una victoria atroz.”
“La vida después de esas últimas dos semanas de existencia de Margaret no tenía forma ni sonido.”
Y yo no quiero vivir en un mundo que no tenga forma ni sonido. Es el sentimiento más duro al que me enfrenta el libro. Al de la pérdida.
'Un matrimonio feliz' es un libro que te deja lleno de preguntas existenciales: ¿Por qué amamos? ¿Por qué nos sacrificamos? ¿Qué nos lleva a sufrir hasta el límite cuando sabemos que el límite es la propia vida? ¿Por qué no nos rendimos si al fin y al cabo todo tiene que terminar y nada tiene un sentido objetivo?
Yo sólo encuentro una respuesta, tonta pero que me resuelve la papeleta, por puro idealismo, por simple justicia poética, por llenar de sentido al sinsentido, por estar contigo hasta el último segundo que pueda estar, simplemente porque existes y has elegido estar conmigo.
“Enrique estaba sin habla, consolado hasta lo más hondo al oír que estar con él y sus hijos era la alegría mas grande de la vida de Margaret. Si un desconocido le hubiera preguntado, en cualquier momento de su matrimonio, aquel día incluido, qué le había dado a Margaret como marido, jamás se le habría ocurrido mencionar el placer de su compañía. Imaginaba que tampoco era nada descabellado, pues Margaret había decidido pasar la vida con él, pero nunca se le había ocurrido.”
Es tan sencillo y tan complicado darse cuenta de que el simple hecho de haber elegido con quien estar, de aguantar con él o con ella las calmas y las tormentas, que vendrán, es la declaración de amor más profunda que existe, aunque sea una declaración sorda que se solo se alimenta de hechos cotidianos. Hechos por los que nunca morirá de amor ningún príncipe ni ninguna princesa de cuento.

2 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Yo estoy de acuerdo en bastantes cosas, pero en otras no. Por ejemplo, dices que justo cuando cree que es la mujer de su vida va y llega el cáncer. En ese viaje a Venecia no hay mucho amor y cuando realmente se da cuenta de que es la mujer de su vida y que la ama es cuando se está muriendo.

El que antes de toda la enfermedad no hubiera amor tampoco lo tengo nada claro. Yo creo que lo hubo, se perdió y volvió. Es una opinión, claro. Pero para eso está el club, no? :P

Bichejo dijo...

Lo más impresionante del amor de Enrique hacia su mujer es precisamente lo que apunta ND, a mí me flipa que alguien pueda volver a enamorarse de alguien a quien dejó de amar...de hecho, creo que me flipa para mal.

Por lo demás, yo también marqué lo del egoísmo eficaz de Margaret