viernes, 23 de julio de 2010

Muerte en Venecia


Existen ideas que surgen espontáneamente de la cabeza y que no meditamos mucho, así, a priori, parecen cojonudísimas y ni nos molestamos en analizar los pros y los contras. Yo, que soy profundamente irreflexivo, en el fondo me alegro de ser así, porque creo que si muchas veces me parara a pensar lo que hago y digo sería el tío más rollo y muermo del planeta. Afortunadamente lo que soy es un inconsciente que no prevé las consecuencias de sus ocurrencias, además suelo acompañarlas de ciertas dosis de mala suerte, sí, porque la mala suerte existe y yo la atraigo, es un hecho más que comprobado. La buena creo que también, pero me costaría más demostrarlo.

Irse de vacaciones es una de las pocas cosas buenas que suceden en el año, bueno, en vacaciones también aumentan los divorcios, los robos y los accidentes pero no viene al caso, por lo menos este año. No es que haya tenido un plan vacacional apasionante, aunque comparado con el trabajo de revisor de hojas cualquier cosa es trepidante, una semanita en mi querida sierra jiennense y otra a remojo en el Adriático italiano, ¡quién me iba a decir que en ambos sitios me esperaría la misma ola de calor africano! Porque si ya era mala suerte caer en Jaén a casi 45 del ala, que esa mancha bermeja que adornaba el mapa del tiempo se pasase de Andalucía a la Romagna persiguiendo a mi avión es sangrante.

Total, que espero con ilusión todo un año par verme en la orilla del mar, a más de cuarenta grados y con una humedad tan grande que mis calcetines estaban más mojados que los de Bob Esponja. En esas condiciones lo normal es rendirse a la fuerza del destino y pasarse la semana debajo de una sombrilla, pero no, yo tenía unos planes que se debían cumplir con sangre, sudor y lágrimas. Sobre todo sudor… y alguna lágrima. Pero no, yo no voy a Italia para disfrazarme de guiri en Benidorm, de eso nada, Italia es un museo con forma de bota y a lo hecho pecho, si has sacado tu entrada no te quedas en la cafetería tomando un tinto de verano. El plan comenzaba en Venecia y para allá nos fuimos.

Tampoco es que nos pillase a tiro de piedra, unos 250 Km, nada para nuestro pequeño FIAT de alquiler con aire acondicionado. O eso creíamos, porque a la hora de la verdad lo que salía de las rejillas no era aire fresquito, como dice mi hijo, las rejillas de los conductos de ventilación debían estar conectadas con el mismísimo infierno y mil demonios debían soplar por ellas como si fueran vuvuzelas del averno. Súmese a la avería del aire un atasco kilométrico debido a un accidente y ya antes de llegar a destino, tras cuatro horas, sudaba más que un cura pederasta el día del juicio final. Todavía no lo sabía, pero en ese momento aun estaba fresco y lozano comparado con lo que debería llegar.

Recuerdo la ingenua sonrisa de triunfo en mi rostro al cruzar el puente de entrada a la laguna, además encontrar aparcamiento fue fácil, caro pero fácil, fracciones de 12 horas y cuota mínima de 26€. Por bajarme de esa caldera en llamas hubiera pagado el doble, aunque con esos precios si vuelvo a ir, que lo dudo, lo haré en submarino. Además en el parking te piden que dejes el coche abierto y las llaves en el salpicadero, por si hay un incendio, alegan; para descojonarse, no tenían pinta de jugarse el físico para evacuar unos miles de coches en un aparcamiento de ocho plantas en forma de caracol, y aunque lo consiguieran, ¿dónde piensan aparcarlos?, ¿sobre las góndolas?, mejor no pensarlo, aunque hubiera podido comprobarlo dejando el coche encendido con el aire acondicionado puesto al máximo.

Venecia, es bonita, huele un poco mal, pero es bonita, está que se cae a pedazos, pero es bonita, es sucia, pero es bonita, el agua es un mejunje de aspecto sospechoso, pero es bonita, está atestada de gente con pintas deleznables, pero es bonita, sí, definitivamente es bonita, distinta, irrepetible e incómoda. Más si se te ocurre ir con un niño que, muerto de calor, se niega a andar. Menos mal que para eso llevamos siempre su carro, ¿he dicho menos mal?, pues no, ¡en la puta hora que lleve el carro!, porque los canales no se cruzan en paso de cebra, se cruzan por preciosos puentes llenos de inclinados peldaños para permitir el paso de las embarcaciones. No sé cuantas veces tuve que portar a ambos, carro y niño, a cuestas, pero fueron muchas, demasiadas. A la hora, si no hubiera estado siempre rodeado de testigos, los habría arrojado desde lo alto a uno de los canales, pero en Venecia siempre encontraras un testigo para una fechoría.

A las dos horas, ya me daba igual Venecia, San Marcos, las góndolas y hasta la madre que pario a los gondoleros, solo buscaba un plan para escapar de esa trampa mortal, pero ya era muy tarde, para salir tendría que recorrer todo el laberinto arrastrado por la marea humana y lastrado por una mochila, un carro y la carne de mi carne. Ya no era una persona, era un charco con patas, me sudaban las axilas, la espalda, los pechos, incluyendo los pezones, la cara, las pestañas, las uñas, el intestino delgado, el bazo, las gafas de sol, la tarjeta de memoria de la cámara de fotos, me sudaban hasta los malos pensamientos que mi mente recorrían fruto de la deshidratación.

Por eso, cuando diez horas después llegué a mi punto de partida, a pesar de haberme bebido un río y sudado un mar no tenía fuerzas ni para parpadear. Estaba pringoso y pegajoso, hecho pedazos, hundido y maloliente, casi como la misma Venecia, poco a poco me había mimetizado con la ciudad de la que solo quería escapar. Y aun me quedaba un largo viaje de vuelta en el caldo móvil, disfrutando de la elegante conducción italiana y pensando en lo acertado del nombre de la novela de Thomas Mann, muerte en Venecia, sí, yo, como su protagonista, atraído por la belleza veneciana casi me dejé la vida.

El año que viene me voy de vacaciones al polo.

2 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Lo leo y me pongo a sudar. Qué documento!!

Me imagino a mí en esa situación y me dan escalofríos. De todas maneras, Venecia bien merece una visita aunque sea en esas condiciones.

Juanjo ML dijo...

Sí, en el fondo (después de una lobotomía) volvería a hacerlo