lunes, 12 de abril de 2010

La banda del Maligno, el Tortuga y Techines (I, introducción)



Hace ya unos años que me mi jefe, el traficante de esclavos, me vendió a la banda del Maligno, el Tortuga y Techines. Literal, vendió una línea de fabricación automática con ingeniero a juego. Dos años me costó volver a recuperar la libertad, atrapado en una espiral de despropósitos que desembocaba directamente en un sumidero.

Ahora, que mi trabajo consiste en ir revisando plácidamente que todas las hojas de papel de la empresa tienen dos caras, recuerdo con pavor aquellos años en los que nos dedicábamos a hacer bricolaje industrial, definición que no es mía sino de mi amigo, y compañero de secuestro, DLG. Todos sabemos, menos el espabilao de Bricomanía, que el bricolaje encierra ciertos riesgos, ya que las cosas casi nunca salen tan bien como se planean, y mucho menos a la primera. Por muy manitas que seas la mayoría de las veces una de las patas de la silla se te queda corta, así es la vida. Esto aplicado al mundo de la industria es un drama, pero si la industria en cuestión es la de la automoción el termino drama debe ser sustituido por el de suicidio. No existe mayor número de hijos de la gran puta por metro cuadrado que en una fábrica relacionada con los automóviles, y no me refiero a los pobres operarios que trabajan en una línea de fabricación o en una cadena de montaje, que bastante tienen que soportar.

Por si alguien no se ha dado cuenta, hago la aclaración de que los coches tienen un techo, no, no la chapa de fuera donde se sujeta la baca, me refiero a la parte de dentro, exacto, el trozo de tela almohadillada que está justo encima de nuestras cabezas. ¿Alguien cree que merece la pena renunciar a dos años de una vida por semejante soplapollez? Pues aunque creáis que es imposible, la banda del Maligno, el Tortuga y Techines consagraba su vida a la producción de tan trascendental artilugio y me tomaron como rehén para asegurarse de su correcta fabricación. Porque hacer un techo de esos es más difícil que convencer a un funcionario de que haga horas extras gratis, aunque parezca mentira, hacer un techo es una combinación de fibra de vidrio, agua y pegamento digna de la sabiduría de un alquimista babilonio.

La banda tenía su guarida en Burgos, ciudad que acabaría descubriendo hasta sus últimos rincones, y vaya si los disfruté, allí descubrí lo bien que se vive en una ciudad de “provincias”, quitando el frío infernal que me atenazaba en invierno, porque lo de Burgos no es un tópico y hace honor a su fama, hace un frío de cojones. Al final, y no por síndrome de Estocolmo, me enamoré de sus calles llenas de historia, de su catedral, de los bares de tapas de la calle San Lorenzo, sobre todo de los “cojonudos”, con su choricito y su huevo de codorniz. Recuerdo las cenas en “El Morito”, a escasos cincuenta metros de la catedral, poniéndome ciego de morcilla, gambas y huevos rotos, una noche sí y otra también y se me llena de jugos la boca recordando el lechazo al horno de Los Trillos, el Azofra o el Ojeda, bien regado por un Ribera o un Rioja, que teniendo los dos tan a mano a ninguno había por qué hacerles ascos. Ya metido en faena no quiero que se me olvide rendir honores de jefe de estado a la olla podrida de Los Claveles, en Ibeas de Juarros, jamás pensé que aplastar una alubia roja con la lengua contra el paladar pudiera ser un placer orgásmico para los sentidos.

Tengo que hacer alabanzas a la parte gastronómica de mi secuestro porque realmente fue de lo poco bueno que tuve en dos años, aunque poco a poco desgranaré lo demás, las consecuencias fueron treinta kilos de propina en el zurrón que auto transportaba como si me preparase para hibernar y no volver a despertar jamás.

Lo que no se me quita todavía de la cabeza es la sensación de miedo que viví aquella temporada, ni de la frustración de saber que por mucho que te dejases la piel al final no iba a valer de nada, era como tratar de cruzar el Atlántico en una barca de remos como las que alquilan en El Retiro, lo único a lo que puedes aspirar es a morir ahogado a unos kilómetros de la costa, y eso es lo que me pasó, terminé ahogado en el juzgado número cinco de Burgos. Allí fue la última vez que vi al Maligno, curiosamente del Tortuga y Techines no había ni rastro. Me sorprendió que al cruzarnos se dignó a saludarme, él, que durante 24 largos meses fue dueño de mis días y de mis noches, porque que se me aparecía hasta en sueños, pero que jamás me dirigió la palabra directamente sino a través de sus secuaces. Y en ese momento me sobrecogió ver al ser humano que habitaba dentro de ese demonio, parecía cansado y derrotado, pero no me lo creí ni por un instante, seguramente a las nueve de la mañana no habría aún chupado suficiente sangre de sus víctimas. Posiblemente me había ganado su respeto, o simplemente la añada de mi sangre tenía su aprobación.

3 comentarios:

Anniehall dijo...

Yo no he pasado nunca tanto frío como un San Pedro en Burgos. Y San Pedro es en junio.

Y eso que ND es abulense.

Juanjo ML dijo...

Annie, pues imagina cómo se vivía en un sitio que los propios burgaleses denominaban Villafría, a las afueras de Burgos. Allí estaba, o está todavía, la fábrica de marras.

Tenían los huevos de decirte "¿estás en Villafría?, joder allí SÍ que hace frío de verdad". Me nació felpa detrás de las orejas, no te digo más.

El niño desgraciaíto dijo...

Tengo interés por ver cómo continua. Tiene muy buena pinta.

Respecto a lo del frío... blandos, que sois unos blandos.