domingo, 27 de junio de 2010

¿Quién eres? ¿Qué haces ahí?


Si no tienes nada que contar entonces cállate, no vuelvas a escribir, deja que el teclado acumule polvo y sirva de nido para las arañas. O mejor, lánzalo contra el suelo, desde un décimo o desde más alto, observa su caída libre y disfruta al verlo saltar por los aires después de rebotar contra el suelo. Deja que tus ojos bailen al ritmo de todas esas teclas que, por última vez, interpretan una danza mientras se desparraman para no volver a juntarse más. Que sean víctimas de un barrendero o que se las lleve el viento, pero que se larguen de allí, lejos, lejos, muy lejos.

Porque se lo merecen, por unirse y formar ridículos vocablos llenos de sentimiento y vacíos de contenido; a partir de ahora tus teclas solo serán un puñado de fonemas huérfanos, incapaces de mezclarse y tomar significado. Nunca más unos dedos torpes como los tuyos podrán crear palabras para después, como piezas deslavazadas de un puzle, forzarlas y hacerlas encajar. Piezas simples, que casan de millones de maneras posibles, pero que solo en la pluma de un mago son capaces de combinarse en esa frase que parecía tan evidente pero absolutamente invisible a tus ojos.

Pero tú no eres un mago, ni siquiera un aprendiz de hechicero, y estás condenado a estrellarte una y otra vez contra el muro de tus limitaciones aunque no puedas entenderlo.

Y es tan fácil, tan fácil como comprender que muchas cosas no deberían ser jamás escritas por quien no comprende su significado; no puede hablar de esperanza el que tiene miedo del mañana, no puede hacer sonreír el que se muere por dentro, no puede ser perspicaz un viudo del ingenio. No se puede, es imposible, antes se apagará el sol, antes se secarán los océanos, antes se acabarán las guerras, antes habrás muerto…

¿Me escuchas?, sí, te lo digo a ti, a la persona triste y gris que me devuelve la mirada desde las profundidades del espejo, te pareces a mí, pero no te reconozco. ¿Quién eres? ¿Qué haces ahí? Me parece increíble que esos ojos tristes que me devuelven la mirada sean los míos, que esa boca siempre alegre no sea capaz ahora de devolverme una sonrisa amable, y lo peor de todo, me pareces tan vulnerable, tan insignificante. ¿En qué te has convertido? ¿En una persona mayor? Ahora lo entiendo.

Ya te dan igual las historias de corderos que se comen una rosa única en el universo, ya solo sabes de cifras y resultados, ahora solo crees en lo que ves y es tangible, eres un ignorante, tanto que una boa que se ha comido un elefante para ti no es más que un sombrero. Eres un náufrago agarrado desesperadamente a los restos de sus ilusiones, un muerto viviente agraciado por unas pinceladas de ingenio que no le van a devolver la vida, eres lo que has dejado que hagan de ti, un ratón muerto de miedo que gira en una rueda de la que no sabe salir.

¿Vas a conformarte?, pues permíteme un consejo, a partir de ahora trata que no mueran en tu garganta las palabras que te salen de dentro, no dejes que tus manos se conviertan en muñones, ama y sobre todo permítete ser amado, no consientas que tus ojos sigan tristes, haz que su brillo azul compita con el del cielo, sonríe y vuelve a tu infancia, porque es allí donde serás feliz. No dejes que te roben esa ilusión, es tu último refugio y estás a tiempo.

Pero si a pesar de todo no lo consigues y no lo soportas más, queda todavía una solución, conozco un lugar al que siempre podrás volver y refugiarte con el niño que fuiste, él te espera y no te hará reproches por haberle defraudado, al menos no más de los que tú ya te haces. Te contará la historia de tu fracaso, sin rencor, y te pedirá que te quedes siempre con él para no repetirlo. ¿Te atreves?, el camino es sencillo, asómate a la ventana y vuela siempre hacia arriba, girando en la segunda estrella a la derecha, directo hasta el amanecer.

2 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Proust lo dijo bastante bien después de 3500 páginas, maravillosas por cierto, dice en su En busca del tiempo perdido que hay instantes en los que el tiempo se para y esos instantes son en los que recuerdas la felicidad de la infancia. Cuando haces equilibrios sobre un bordillo o cuando te tomas una magdalena que te recuerda a las que te daba tu tía cuando eras un chaval. Son los momentos en los que te reencuentras con el tiempo.

Respecto a Peter Pan, yo sólo he visto la película y no he leído el libro. A mí el Peter Pan de la película me da un poco de grima. En vez de un niño, me parece un niñato y me da pena.

Juanjo ML dijo...

Hace unos meses tuve mi momento magdalena paseando por Marqués de Vadillo, pasé por el bar donde ponen las mejores gallinejas de Madrid después de mil años y por casualidad y recordé que allí era donde me llevaba mi tio cuando era pequeño. Lo recordé perfectamente y casi me muero de pena porque mi tío ya no está aquí ni siquiera para contárselo :(

Y Peter Pan no es más que un símbolo, el principito sí que es otra cosa