jueves, 24 de junio de 2010

La lección de cetrería

Me gustan los animales, no con la pasión desbocada con la que le gustan a mi amiga B, pero si desde la más profunda admiración y sobre todo porque me producen mucha curiosidad. No sé si alguna vez he dicho que tengo un perro, un Westy bastante empanado que responde al nombre de Tito. Es un poco friki ponerle a un perro un nombre de emperador romano, pero nadie lo relaciona, eso lo salvó de llamarse Nerón, pobre, aunque el nombre que a mí me gustaba era Calígula, de momento me lo guardo para cuando tenga un perro que pese más de siete kilos. La verdad es que siempre he tenido perro, porque yo soy de tener perro, y una vez hasta tuve peces, fue una gran experiencia. Tenía un acuario enorme, lleno de discos y escalares que se paseaban majestuosos y altivos entre bancos de neones y guppys. Los escalares hasta llegaron a procrear, que no es nada fácil, pero todo acabó una noche en la cual el termostato se quedó pegado y aparecieron por la mañana cocidos y flotando boca arriba, a lo mejor por eso me hice instrumentista, como homenaje a mis peces y revancha contra los termostatos asesinos.

También me gustan los documentales de animales, aprendí a quererlos en mis años de universidad cuando cualquier cosa era más divertida que encerrarse a estudiar ecuaciones diferenciales en derivadas parciales (EDPs). En aquel momento sospechaba que tales ecuaciones, además de amargarme la vida, serían de poco provecho en mi futuro, afortunadamente el tiempo me ha dado la razón, si las EDPs te hacen falta o eres profesor de universidad o un científico loco ruso. Sin embargo lo de los documentales siempre me ha resultado de lo más útil, muchas de las situaciones cotidianas son fiel reflejo de ellos, esta misma mañana me he topado con un documental que ríase usted del National Geographic, llamémosle por ejemplo “la lección de cetrería”.

Una vez vi un documental que contaba como los buitres, cuando no tienen carroña disponible y pasan de verdad hambre, son capaces de volverse depredadores, es natural porque está en la naturaleza de cualquier bicho que come carne no morir por inanición. Igualito que un compañero que tenemos en el trabajo, que es un buitre, con todas las letras, con el género femenino. Hasta ahora, siempre le había visto actuar en los más recónditos rincones tratando de seducir con malas artes a damas desorientadas, y siempre pensé que tenía tantas posibilidades de triunfar como Suiza de ganar a España en el mundial, pero obviamente me equivocaba por partida doble. Cierto es que al lado de la susodicha, esponjita y madejita de lana, son físicas nucleares, pero oye, para el buitre ella era carne fresca y, por cierto, bastante prieta. 100 seguro que no era su coeficiente intelectual. La pena es que la chica fue víctima del ajuste de plantilla, y claro, no es lo mismo una aventura en el trabajo que tener que cambiar de novio, sobre todo si el recambio tiene plumas y el cráneo medio calvo.

Esta mañana, al llegar al aparcamiento, le he visto merodeando por allí, eran las 7:30. Yo, pobre iluso, he pensado en qué hacía un tío como él a esas horas paseando entre los coches. Me ha saludado y hemos comenzado una charla banal, hasta que otro coche ha llegado, era una de las secretarias, monísima de la muerte. Entonces el buitre, como el mal desodorante, me ha abandonado y se ha ido lanzado a por ella. Antes de que pudiera reaccionar ya la había puesto una mano en el hombro, la ha acompañado así hasta el casillero para fichar, y justo antes de entrar se ha lanzado en picado y la ha invitado a tomar un café, todo un profesional. El se habrá creído un galan pero lo que yo he visto en los ojos de ella ha sido auténtico pánico, menos mal que ha tenido los suficientes reflejos como para decir que tenía mucho trabajo y salir corriendo. He sentido el mismo alivio que cuando el pobre conejo se metía en la madriguera justo dos segundos antes de que el águila culebrera le echase el guante. Claro que el susto no hay quien se lo quite, porque ya tiene que dar miedo saber que un tío con esas pintas de pederasta te está esperando en el parking.

Mi orgullo siempre me ha prevenido contra el fracaso, y siendo un troll de las praderas he fracasado mucho, por eso a lo mejor me dan tanto asco los tíos babosos que no tienen la menor dignidad y se van arrastrando toda la vida. Porque la vida no es una canción para responder: “So, if the answer is no, can I change your mind?”. Claro que ellos no parecen pensar lo mismo.




2 comentarios:

Anniehall dijo...

Así se ve mejor, gracias.

La lección ya me la diste el otro día en el café.

Juanjo ML dijo...

De nada :)

Para Navidad deberíais pedir un spray de pimienta.