jueves, 19 de agosto de 2010

Una (des)ventura holandesa


Esta semana mi estimada dirección de proyecto ha tenido la delicadeza de mandarme en viaje relámpago a Holanda, sabía que tarde o temprano me tocaría ir pero la verdad es que no me apetecía ni el huevo. Lo primero porque llevo una temporada que no me apetece viajar, ya he rodado lo mío y creo que en estos años ya he cumplido por lo que me queda de vida, lo segundo porque a veces las brillantes mentes pensantes que dirigen los proyectos, y soy muy magnánimo con usando “a veces”, tienen ideas dignas de mortadelo y sacrifican los recursos de la empresa en auténticas gilipolleces, aunque visto lo visto además de mi tiempo poco han sacrificado.

Hace unos días recibí un correo con la siguiente orden: “tienes que tomar un avión a Ámsterdam para hacer una inspección en la que certifiques con tu firma y un sello de la empresa que en Holanda hay vacas”. Yo me quejé amargamente porque claro, todos sabemos que Holanda está llena de lindas vacas que pastan por doquier, pero mis quejas fueron aplastadas por un argumento tan aplastante como “todos sabemos que en Holanda hay vacas, lo importante es que tú lo veas y lo acredites con tu firma”… vivir para ver. A continuación el plan de viaje, un vuelo low cost, no digo la compañía porque paso ni de hacerla publicidad y una reserva en un hotelazo de dos estrellas, joder, sé que estamos en crisis pero ya es pasarse. No quiero ni business ni cinco estrellas, pero por lo menos un billete decente y un hotel decente, lo suficientemente decente como para que no te de vergüenza decir donde te hospedas a las vacas que vas a visitar.

Además en un alarde de destreza alguien se equivocó de ciudad y reservó el hotel en Gouda, sí, donde el queso, cuando yo iba a Amersfoort, lo más normal, si vas a Toledo lo mejor es dormir en Cuenca. Al darme cuenta del error me puse en contacto con unos seres del inframundo llamados “los de viajes”, seres que viven en un cuarto oscuro velando por el interés de la empresa, al principio me dijeron que sin problemas, que me lo solucionaban, total un antro de mala muerte existe en cualquier sitio, en Alcorcón tenemos hasta la güisquería “El conejo”, pero ¡ay iluso de mí!, en media hora tenía un correo diciéndome que si anulaban les cobraban la mitad de los cochinos 70€ de la habitación y que mejor me hacía unos kilómetros por la mañana. ¿Qué más da la gasolina o que me perdiese el desayuno para poder llegar?, los de viajes por 35€ matan y la gasolina va a otra cuenta de gastos.

El vuelo de ida bien, una clavada adicional de 22€ por llevar el portátil, pero bien. El coche de alquiler comparado con el resto de lujo, un Astra más majo que las pesetas, tuvo que salir precioso en la foto que nos hizo el primer radar, lo mismo que yo, iluminado por un centelleo de luces azules espectacular, definitivamente el azul es mi color. Iba a 80 en un tramo de 70, pero en Holanda está claro, el que la hace la paga. En Gouda bien, es una ciudad bonita llena de canales a pesar de no estar cerca del mar, es lo que tiene vivir por debajo del nivel del mar, que si quieres un canal solo tienes que excavar, lo cual me parece una idea cojonuda para el transporte de mercancias. Llegué a las nueve y era como si fueran las dos de la mañana, por la calle ni las águilas, las cocinas de los restaurantes cerradas y si cené yo creo que fue porque le di pena al mesero de un restaurante mexicano que afortunadamente hablaba español, digo afortunadamente porque si quieres dar pena nada como tu lengua materna.

Después de cenar me fui a dar un paseo, me hubiera encantado comprarme un queso, aunque no sé si los miserables del avión lo hubieran considerado equipaje de mano, pero me tuve que conformar con contemplar un par de escaparates de queserías, preciosos, adjunto foto. Aunque no eran ni las diez y media decidí irme al hotel no fuera a ser que alguien asombrado por la presencia de un ser humano en la calle llamara a la policía y ésta me aplicase la ley de vagos y maleantes. El hotel espectacular, aunque llamarlo hotel es un alarde de magnanimidad, mi habitación era un cuartucho de mierda en el que había una minúscula cama de 80 con más batallas a sus espaldas que los tercios de Flandes. Para colmo en un bajo, directamente al nivel de la calle, la pared, que daba a la calle, era una cristalera de punta a punta con unas cortinillas blancas que muy poco tapaban. Tentado estuve de ponerme unos ligueros y exhibirme en pelotas al más puro estilo del barrio rojo porque nunca se sabe, depravados existen en todos los sitios y a lo mejor había hecho mi agosto.

La noche fue larga, contar los muelles de un colchón es una tarea que debe hacerse bien y a conciencia, además ¡que frío!, en pleno agosto con pijama y nórdico, no me extraña que perdiese la cuenta de los muelles cada vez que tenía que pugnar con las chinches por el control del edredón, bueno, chinches a lo mejor no eran, pero las podemos llamar, como mínimo, ácaros zumosoleados. Al amanecer partí a ver a mis vacas como tele transportado al mes de diciembre, diez grados, lluvia, todo muy desagradable, las vacas bien, allí estaban, di fe con mi firma de su existencia y tomé el camino de regreso a casa. El vuelo con retraso, para variar, y cuando ya llevábamos una hora embarcado, el piloto como quien no quiere la cosa nos anunció que el retraso se debía a un tornillo flojo que los ingenieros ya estaban apretando, nada de importancia. Claro, nada de importancia, a lo mejor es el tornillo maestro que hace que no se caigan las alas, y que triste es ser ingeniero y terminar apretando tornillos, reniego hasta la muerte de mi título de ingeniero, aunque al paso que vamos en los aviones low cost pronto gritarán las azafatas “¿existe un ingeniero aprietatornillos a bordo?”

Otra hora de retraso cortesía del control de tráfico aéreo y para casa, me quedo por lo menos con una vista aérea de Paris iluminado muy chula. Aterricé a media noche con ganas de llegar a casa, así que nada mejor que un taxi que espero que acepten en mi nota de gastos, y echar una cabezada mientras tanto, pero no, el taxista al escuchar Alcorcón puso cara de pánico y me contestó “señor soy nuevo pero llevo navegador, tiene que darme la dirección exacta para que le lleve a casa”… ¡qué horror!, adiós a la cabezada, ya ni siquiera queda la emoción del taxista chanchullero que te tima dando un rodeo. “No se preocupe, yo le indico”, le contesté al pollo, “a cien metros, en la rotonda tome la segunda salida e incorpórese a la autopista”.

3 comentarios:

El niño desgraciaíto dijo...

Me suena familiar...

A mí una cosa que me pone de los nervios es cuando tienes que ir a una reunión que lo sabes desde hace meses y no te dejan comprar el billete de avión hasta una semana antes y te cuesta tres veces más y luego te meten en un cuchitril para 'ahorrar'.

Anniehall dijo...

Pobrecito tú

Juanjo ML dijo...

No sé, se están perdinedo las formas, y mucho...