martes, 10 de agosto de 2010

De la cobardía


Existe un concepto de la valentía que hoy en día solo vemos en el cine épico y en las novelas de aventuras, es ese tipo de valentía que se resume en el desprecio por la propia vida. Son los grandes valientes, los que se quedaron solos defendiendo a tiros un puente mientras silbaban una canción, los que voluntariamente se interpusieron en el camino de una bala para preservar un ideal en el que creían, los que avanzaban en primera línea pisando cadáveres sin más defensa que un escudo y una espada en la mano. Ellos representan un concepto abstracto de la valentía que me pone los pelos de punta, y que a la vez me hace preguntarme si yo sería capaz de estar a su altura, lo cual no deja de ser una pregunta retórica, porque sé desde antes de plantearla que la respuesta es negativa. Está claro que a lo largo de la historia ese tipo de hombres (y por supuesto mujeres) deben haber existido, son ya miles y miles de generaciones las que nos han precedido y seguramente un porcentaje de valientes habitaba dentro de ellas.

Se puede ser valiente por muchos motivos, el más simple es el que se deriva del sentido del deber, se hacen las cosas porque tienen que hacerse y punto pelota, así con dos cojones, y poco importan las consecuencias derivadas de las mismas, eso es lo de menos, aunque te sientas como un vulgar James Stewart delante de Liberty Balance sabiendo que ya estás muerto. También se puede ser valiente por amor, por supuesto, nunca ha faltado un príncipe que se enfrente a un dragón para libertar a una ñoña princesa, y sobre todo nunca faltará una madre que de la vida por sus hijos, el amor es una droga muy potente que compra voluntades, para lo malo y para lo bueno. Luego están los valientes de espíritu, los que se tiran a la piscina sin pensar si hay agua, personajes nobles y altruistas que todos admiramos sin percatarnos de que normalmente nadie habla de los que se escamocharon contra el fondo esparciendo a su alrededor sus pocos sesos. Porque existe una pequeña línea que separa la valentía de la locura y yo, perdónenme la debilidad, prefiero ser un cobarde vivo que un loco muerto.

En efecto, admiro a los valientes que moran en los cuentos y leyendas, pero decididamente yo no quiero ser uno de ellos. Es más, la valentía, así entendida, me parece un concepto sobrevalorado que no es de nuestro mundo, de nuestro día a día, fuera del alcance de nuestras posibilidades. Vivimos en un mundo donde prima la prudencia, un mundo en el que todos queremos mantener nuestro estatus a toda costa, conservar lo poquito que con el tiempo hemos ganado, pensando que la prudencia es el camino y el miedo la guía. Comulgamos con ruedas de molino y rezamos aquello de “virgencita que me quede como estoy” sin arriesgar lo más mínimo, tragando y tragando mierda. Tenemos pánico a lo que no conocemos y necesitamos tener la falsa sensación de que controlamos todo para poder respirar hondo, tememos a la enfermedad y sobre todo al dolor, el físico y el del alma, como si no formasen parte de la vida, como si siempre fuera posible esquivar a lo desagradable y lo único que tuviera sentido fuese la ausencia de problemas, la ausencia de angustia, la ausencia de alma.

Por eso creo que hay que ser muy, pero que muy, valiente para levantarse por las mañanas y presentarle cara a la vida. Hay que ser un héroe para soportar y vencer todas esas miserias cotidianas que nos retuercen las tripas sin llegar a volverse loco. Así, día tras día, sin apuntarse un tanto, de manera anónima y sufrida para juntar los arrestos y mirarse a los ojos en el espejo, retándose con él para el día siguiente, jodidos por un trabajo de mierda, si es que se tiene, haciendo ecuaciones diferenciales para llegar a fin de mes, sudando sangre para pagar una hipoteca que vence todos los meses machaconamente, como un martillo pilón…, y eso todavía es fácil. Porque existen cosas peores, la soledad, el abandono, el sentirse desvalido, no encontrar un hombro en el que llorar, no tener una mano que te ayude a no hundirte en el fango, eso es mil veces peor, eso te hace plantearte cosas, sobre todo preguntar ¿por qué?, una y otra vez, ¿por qué?, sin encontrar una mierda de respuesta, sintiendo que tus preguntas caen en el vacío, ese lugar en el que todo termina, en el que todo es fácil, en el que ya no merece la pena seguir luchando.

Porque se puede ser valiente sabiéndose derrotado, porque se puede ser valiente aunque estés muerto de miedo, porque se puede ser valiente solo por mirar adelante y seguir viviendo.

3 comentarios:

Bichejo dijo...

Leído en un libro aunque ojalá fuera mía

"Sólo los idiotas no tienen miedo", pues eso.

El que no tiene miedo no es valiente, es temerario e idiota...valiente es el que sigue a pesar del miedo. He dicho.

Gordi dijo...

La valentía es un concepto subjetivo: lo que para uno puede considerarsse una gran hazaña para otro no tiene el más mínimo valor. Lo que dice Bichejo del miedo es muy interesante.

Cobardemente suya, Gordi.

Juanjo ML dijo...

Pues muy interesante lo que decís las dos, hasta me siento mejor leyendoos :)

Efectivamente no se puede ser valiente si no tenemos claro que estamos venciendo, si no lo respetamos y tememos. Y luego queda lo de la magnitud, no todos tenemos las mismas escalas, afortunadamente.

Con todo ello se va al traste mi concepto de valentía por comparación, porque existen valientes que no saben que lo son y existen piraos que para mí son muy valientes.