sábado, 20 de noviembre de 2010

Imilce


Cástulo, alto Tharsis, primavera, año 223 a.c.


Imilce juega tranquila junto al cauce del río, entretenida observando como un alimoche hostiga a una lagartija que, como puede, se esconde bajo las ramas de los tomillos, es tarde, pero Imilce no entiende de peligros. Imilce es traviesa, le gusta el campo, corretear entre los matorrales persiguiendo mariposas que, majestuosas, despliegan sus alas de un intenso azul turquesa revoloteando entre las violetas y los alfilerillos.


Mientras, en la ciudad, todos buscan a Imilce, la pequeña princesa íbera, que una vez más se ha vuelto a escapar. Su padre, el poderoso rey Mucro, ruge palabras que hablan de castigo y muerte a los soldados encargados de su custodia, pero eso será más tarde, primero hay que encontrar a su única hija, bella, como lo fue su madre, si no más, esbelta, morena, muy morena, con el pelo negro como el carbón y los ojos almendrados de color azabache. Dentro de poco será su mejor arma, la casará buscando una alianza, tal vez con los propios cartagineses; la idea rompe su corazón de padre pero sabe que es su obligación como rey, quizá sea la única forma de salvar a su pueblo.


Es tarde y los soldados púnicos están cerca, en el horizonte pueden verse las columnas de humo de su campamento y de los cultivos arrasados a su paso, no deben estar a más de dos días de camino, el rey se estremece, teme el momento de enfrentarse a unos soldados mercenarios que no entienden de compasión. Por eso, una vez que caiga el sol la puerta de la ciudad se cerrará, hayan encontrado a Imilce o no, fuera de los muros no habrá piedad para nadie. Mucro maldice a los feroces africanos, desde que cruzaron las columnas de Hércules no ha vuelto a haber paz en las tierras bañadas por el Tharsis, nadie les ha podido parar y aunque Cástulo es fuerte y rica no se ve capaz de superar un largo asedio. Habrá que negociar, no queda otra salida.


Linares, a orillas del Guadalimar, junio de 1973


El sudor rueda por las sienes de Adolfo Estepa mientras vuelve a maldecirse, ¿a quién se le pudo ocurrir construir una ciudad en medio de esta campiña?, ¿no pudieron acercarse más a la sierra?, se pregunta observando las cimas recortadas de la Sierras de Segura y las Villas mientras con mimo limpia con paleta y brocha los restos del enterramiento. Hoy ha tenido suerte, parece haber encontrado los restos de lo que parece ser una niña, ¡qué extraño!, ¿quién sería esta pequeña para merecer el honor de ser enterrada rodeada de guerreros? Observa su urna funeraria, es pequeña, rectangular, austera, en una de sus caras una niña juega con una muñeca observada por un corzo. Una pieza única, digna de una princesa.


Varias figuras de arcilla yacen junto a la urna, forman parte de su ajuar funerario, pequeñas compañeras de juegos en su viaje hacia el más allá, Adolfo sonríe con una mueca, piensa en su propia hija y en el dolor que le produciría su pérdida. Mientras trata de alejar ese pensamiento repara en una diminuta figura de madera hecha pedazos, cuidadosamente la desentierra y la limpia de la tierra que la ha cubierto durante más de dos mil años. Al principio no adivina de qué se trata, pero al juntar los trozos esparcidos por sus manos una sensación extraña comienza a invadirle, de repente el paisaje a su alrededor cambia, la campiña se vuelve bosque, y los olivos son remplazados por encinas, quejigos y robles melojos, una alucinación fruto del calor, piensa Adolfo, pero al volver a mirar sus manos ve que ahora contienen una muñeca que le sostiene la mirada y comienza a hablarle...


La patrulla de reconocimiento cartaginesa avanza a través del bosque, los hombres murmuran y se hacen señas en voz baja para no delatarse, la tarde es fresca y han podido descansar y dar de beber a los caballos. Afortunadamente no se han cruzado con ninguna patrulla enemiga que de un certero flechazo les enviase a rendir cuentas a la diosa Tanit y al dios Baal. Llevan ya varios años guerreando con ese pueblo al que llaman íbero sin llegar a someterlos del todo, nunca habían conocido nada igual, son rudos y tercos como mulas, con lo fácil que sería que aceptaran su dominación y terminar de una vez con esta maldita guerra.


Mientras, Imilce juega bajo una encina, rodeada por los matorrales, al escuchar el sonido lejano de los caballos corre a refugiarse detrás de unas retamas y unos espinos, presa del miedo mira hacia atrás y se da cuenta de que ha olvidado su muñeca, todavía está a tiempo de ir a buscarla. Vuelve rauda sobre sus pasos pero tropieza y cae al suelo. Uno de los jinetes cree escuchar algo a sus espaldas y sin hacer ruido desenvaina su espada lanzándose al galope en esa dirección. Entonces la ve, con alivio, en la mitad del claro, es solo una niña, no debe tener más de doce años, seguramente sea virgen, parece que la patrulla no va a ser tan rutinaria como parecía.


Imilce queda paralizada delante del jinete, éste avanza despacio sonriendo con malicia y los ojos llenos de lascivia, son ya demasiados meses arrastrándose por esa campiña sin yacer con ninguna mujer, eso hoy va a cambiar. Imilce huye en dirección a la ciudad, pero ya es demasiado tarde para ella, el jinete la persigue y una de las patas del caballo rompe la muñeca que ha vuelto a caer de las manos de Imilce, no sería la única muñeca rota que no verá al sol amanecer en un nuevo día.


Durante la noche la luna derramó dulces lágrimas de rocío para limpiar el cuerpo de Imilce, tan abundante fue su llanto que al mezclarse con la sangre de la princesa tiñó de rojo el río que algún día bautizarían como wad al-ihmar (el río colorado). Por la mañana encontraron el cuerpo de Imilce, desmadejado, al verlo el rey Mucro lloró de rabia y de impotencia, haría pagar con su vida al culpable de aquello, aunque para él la vida ya no tuviera sentido la guerra no había terminado.

4 comentarios:

Explorador dijo...

Jo...pensaba que podría imaginar un final no tan demoledor, y luego seguí leyendo. Pero bueno, esas cosas han pasado siempre, tampoco hay que ignorarlas.

Muy original, muy vívido, he imaginado esa dura tierra sin mucho lugar donde esconderse, y el frío de la noche, con los muros cerrados de la ciudad, y el silencio indiferente al dolor.

Muy muy bueno. Como casi siempre :) Saludos.

Juanjo ML dijo...

Bueno Explorador, a lo mejor me quedó un poco bestia, pero el tema del relato en el concurso era "Juguetes Rotos", a lo mejor me lo tomé demasiado al pie de la letra. No obstante estas historias pasaban de verdad.

Para tu tranquilidad la verdadera Imilce, la esposa de Anibal, no tuvo un final tan trágico, aunque si una vida bastante desgraciada.

Un abrazo

Explorador dijo...

No, no, no es bestia, es que siempre intento buscar un final feliz, aunque sepa que será imposible...beno, eso, y que soy un poco pro-cartaginés jejejej. Me alegra saber que la verdadera Imilce al menos no tuvo ese final. Mucha suerte en el concurso ;) un abrazo

Juanjo ML dijo...

El concurso ya terminó, por eso lo publico ahora. Evidentemente ganó, merecidamente, una persona más talentosa que yo :)