jueves, 11 de noviembre de 2010

Olenska


Nunca había visto su cara pero lo sabía con certeza, era la mujer de su vida. Estaba loco por ella, sí, loco, porque solo un loco podría enamorarse de un ideal hasta el delirio, hasta caer enfermo de amor, desesperación y deseo, solo un loco podía negar la realidad y rebelarse contra el destino, ella no podía ser simplemente una ilusión, tenía que existir en algún lugar de este mundo o del otro. Juró que la encontraría aunque tuviera que desafiar al espacio y al tiempo, juró hacerla suya, poseerla hasta quedar ambos agotados y bañados por ese sudor que, justo ahora, le cubría la frente y las sienes, el mismo sudor que empapaba las sábanas y le provocaba escalofríos que, como pequeñas descargas eléctricas, recorrían su espina dorsal.

La fiebre le hizo volar, la ira blasfemar, lloró lágrimas secas de impotencia y preguntó a la muerte si llevado por su mano llegaría a encontrarla, pero no obtuvo respuesta, solo creyó ver una sonrisa burlona donde no había rostro. Desesperado, gritó hasta desgarrarse el alma, gritó hasta que dejó de escuchar su propia voz, gritó hasta que su carne se hizo tinta, sus dientes puntos y sus huesos letras. Gritó hasta que se fundió en el papel, como la nieve se funde en primavera, gota a gota, lentamente, sin dolor, sintiendo como su mente y sus pensamientos se transformaban en palabras y frases encadenadas que hablaban de él, de su historia, de la de ella.

Perdió la noción de su propia existencia, alzó las manos para asegurarse de que seguían perteneciéndole, pero no las vio, ¿cómo iba a ver nada si en su búsqueda había cruzado la frontera que separa el ser del no ser? Ahora solo era un fluido que poco a poco marcaba trazos sobre el papel, ¿o era algo más?, sí, era potencialmente lo que quisiera ser, por fin era libre. Se dejó llevar disfrutando del hormigueo que le producía ir retorciéndose en cada una de las letras, como si cabalgara en una montaña rusa que a su paso iba dejando una estela de palabras secas.

Y, de repente, el carrusel dejó de girar y todo se volvió claro. Allí estaba Olenska, la reconoció al instante y sin dudarlo, ¿cómo podría confundirla si ahora los dos estaban compuestos por la misma materia? Era tal cual la había imaginado, de apariencia frágil, vulnerable, pero a la vez orgullosa y altiva, estaba seguro de que tras su gélida mirada, tras sus ojos grises que amenazaban tormenta, existía una gran pasión reprimida, una necesidad vital de amar y de ser amada. Se entretuvo jugando mentalmente con sus rizos trigueños, admiro la elegancia de su cuello, anuncio de unos hombros anchos y esbeltos, dibujó en el aire la forma de sus pechos y se recreó ante la imagen de sus labios, traviesos guardianes del manantial que abastecía el pozo de los deseos.

Cuando por fin la miró fijamente no supo que decirle, le asaltaron el miedo y las dudas, no sabía si ella era consciente de su presencia, de si le reconocería o si por el contrario le tomaría por un extraño, ni siquiera sabía si hablaría su mismo idioma. Pero no le dio tiempo a pensar más, una frase rompió el silencio aunque no fue un sonido lo que escuchó, una voz grave y con marcado acento balcánico directamente se proyectaba en su cerebro. “¿Qué haces aquí?, ¿a qué has venido?, ya no te esperaba”. Era una voz firme y decidida que trataba de disimular cierto temblor producto de la sorpresa y del miedo. Él podía entender la sorpresa, pero no llegaba a comprender los motivos del miedo, los escalofríos volvieron y de repente él también tuvo miedo, “ya no te esperaba”, ¿qué significaba eso?

Pero se armó de valor, no había abandonado todo para amedrentarse al primer contratiempo. Contestó despacio, con ternura, le contó su viaje y su renuncia, mientras que ella le miraba víctima de la incredulidad con la cara desencajada, le contó como la había descubierto, sin querer, en la página veintitrés de un libro antiguo y lleno de polvo que un día encontró olvidado en un rincón del desván, un libro que hacía casi un siglo que nadie había abierto. Ella comenzó a llorar y él aprovechó para declararle todo su amor con rabia, con la fuerza del deseo acumulado y reprimido, con la pasión salvaje que había alimentado la desesperanza.

Ella comenzó a correr sin volver la vista atrás como si escapara de su propio destino, como si escapara de su propio pasado, él la persiguió hasta alcanzarla, la sujetó de un brazo y la lanzó contra su regazo, tratando de calmarla, tratando de consolarla. No pudo calcular el tiempo que así pasaron, él aturdido, ella descargando en su pecho, una vez tras otra, todo su dolor y su desconsuelo, hasta que sus puños no tuvieron fuerza para continuar golpeando, hasta que sus ojos se vaciaron de lágrimas y no pudo más que susurrar “¿Por qué has vuelto? Ya es tarde, llevas muerto demasiado tiempo”

Entonces, al ver su vestido enlutado del que nunca fue consciente, al descubrir las arrugas en su rostro, fruto del sufrimiento, en las que reparaba por primera vez, lo recordó todo. Recordó que eran amantes en una época en la que eso solo se pagaba con la muerte, recordó cómo los descubrieron, recordó los golpes por todo el cuerpo y los gritos de ella. Pero sobre todo recordó que mientras descendía a las profundidades, atado de pies y manos, con el agua inundando sus pulmones, juró volver, no para vengarse, solo para volver a verla. Y se volvió loco, maldiciendo el capricho del escritor que los separó, de ese ser despiadado que, después de darle todo, todo se lo había arrebatado. Volvió a gritar, como un animal herido, agonizando, hasta que de repente ya no pensó en nada más.

Por la mañana lo encontraron, frío y sin pulso, con los ojos abiertos y un libro entre las manos abierto por la última página, esa última página que nunca había querido leer para no perder del todo a Olenska, una página que ahora, misteriosamente, estaba en blanco.

6 comentarios:

Anniehall dijo...

Muy chulo, aunque ya te lo había dicho.

Explorador dijo...

Guau. Fantástico, una hstoria poética y Poe-tica ;) Me encanta el final, y saber que la imaginación puede crear un escritor que crea unos personajes de los que nos compadecemos. Y que nos da 5 minutos de lectura para saborear tan gratamente, además.

Un abrazo. Y chapeau, de nuevo.

Juanjo ML dijo...

Annie, gracias, pero ahora vienen los relatos malos, los que no te enseñé :)

Explorador, este relato me quedó tal y como lo había imaginado, algo raro. Pero repito, dentro de poco vendrán los malos malísimos, los que hice en una hora y en pleno bajón. Muchas gracias por el comentario, da gusto tenerte por aquí! Un abrazo

molinos dijo...

Madre mía....cuando leo cosas como estas me avergüenzo de tener la poca vergüenza de escribir media línea.

Lo dicho, qué talento tienes..maldito.

Juanjo ML dijo...

Jolines moli, que tú me digas eso... Yo te lo agradezco, pero así me siento yo cuando visito tu blog. Muchas gracias, de verdad.

Livia dijo...

Qué grande, Unamuno te voy a llamar, Unamuno el escritor de Nibolas! XD