viernes, 5 de noviembre de 2010

La casa de trapo


Éste es el primer relato que presenté al concurso Miss & Mister Blogger 2010, el tema era la casa de verano, si os apetece curiosear hay relatos estupendos. Es un relato totalmente autobiográfico que hice con bastante cariño, me gustó como me quedó, modestamente, aunque es un poco largo :)

Como cada año la primavera iba tocando a su fin, eran días maravillosos con tardes infinitas de sol y juegos infantiles, juegos vividos siempre en la calle y en compañía, porque entonces nada se entendía si no era compartiéndolo con los tuyos, con tu pandilla, la misma con la que ibas a clase el resto del año, aprendiendo a resolver las reglas de tres y el uso del pretérito imperfecto; la misma cuadrilla de gamberros con la que intentabas robar la llave del despacho de los profesores para fotocopiar furtivamente los exámenes de inglés… ¿qué si lo conseguimos?, ¿tú qué crees?


Recuerdo con cariño, y cierta añoranza, los coletazos de esos meses de junio, en los que la jornada escolar era ya continua e intrascendente, regalo anticipado de un verano eterno en el que cada día era una aventura en sí misma, porque entonces la vida era un reloj daliniano de agujas estáticas que se burlaban de los problemas y de las prisas. Aún no nos tocaba a nosotros preocuparnos por lo mundano, y, aunque no nos sobraba de nada, todo lo que no se podía comprar con dinero se desparramaba por nuestras calles y plazas, lo mismo nos daba dar patadas a una pelota vieja que a una lata, lo importante era salir, estar juntos, para reír o para escalabrarnos, para jugar al chopo, a las canicas o a la taba.


En esas andábamos cuando de repente llegaba julio, como una puñalada rasgando hasta el mismísimo cielo, para arrancarnos de todo aquello; julio, tiempo de que la troupe agarrase sus bártulos y se marchase de vacaciones. Caray, no ha pasado tanto desde que sucedió, pero sin embargo me parece tan, pero que tan lejano… Era como un milagro, porque cuando llegar a fin de mes se convertía en un acto de heroísmo cotidiano, marcharse de vacaciones estivales era un acto suicida, de rebeldía o tal vez de supervivencia. Sea como fuere, allí nos plantábamos, mis padres, los tres hermanos y nuestro pastor alemán, a bordo de un SEAT 850 amarillo, que tenía la mala costumbre de averiarse, cargado hasta los topes y coronado por una baca tan voluminosa como él mismo. Parecía el coche de unos magrebíes retornando a su oasis africano, pero no, solo éramos una familia de clase baja y periférica buscando refugio a la sombra de los pinos.


Los pinos, parece que desde aquí puedo olerlos, casi noto que mis dedos se pegan a las teclas, impregnadas de la resina de mis recuerdos, y siento a las chicharras cantar, con su letanía interminable que no paraba ni de día ni de noche. Por supuesto, nuestro destino no podía ser un chalet con piscina, ni siquiera una urbanización de aprendices de pijos con vespino o la casa del pueblo, qué va, lo nuestro era el aire libre, las estrellas como techo y el baño comunitario, el baño más grande del mundo, un baño que ni la cabeza de la Preysler podría concebir, vadeando el arroyo, detrás de los zarzales, cien metros cuadrados, metro arriba, metro abajo.


Nadie era tan afortunado como nosotros, sobre todo el día en el que llegábamos a la zona de acampada, el pinar nos pertenecía, sin escrituras y sin contrato, solo había que buscar un sitio de sombra generosa y un poco llano porque el resto corría de nuestra parte, una tienda de campaña de tamaño familiar con dos habitaciones, y una cocina, lujo asiático de los campistas más avezados. Porque así era nuestra casa de verano, de tela impermeable, naranja y amarilla, coqueta, con ventanas y porche, sustentada por una estructura robusta de acero templado. Una vez elegido el sitio, y debidamente limpio, de las profundidades de la baca del ocho y medio salían dos sacos, el primero marrón, donde esperaba su turno la lona de la tienda escrupulosamente doblada el verano anterior; el otro era blanco, y en él se encontraban los hierros de la tienda, un amasijo de chatarra que iba cobrando forma a duras penas, a pesar de que repetíamos el mismo ritual cada verano.


Porque entonces las cosas eran más funcionales que prácticas y montar la tienda era un ejercicio de maña y paciencia. Cada hierro venía suelto y parecían multiplicarse cada año. La única ayuda era un código de tres colores en los extremos de cada palo que permitían ir completando las esquinas de un poliedro imaginario. Cien veces había que desmontar y montar lo que ya parecía acabado, hasta que al final todo encajaba y la tienda se mostraba majestuosa como el esqueleto de un dinosaurio fosilizado. Comparado con aquello montar un cubo Rubik era tan simple como encajar un puzle de dos piezas, chupado. El resto era mucho más sencillo, fijar la lona al armazón, tensar los vientos y clavar los clavos, para terminar todos juntos cavábamos un reguero para desviar el paso del agua y enterrábamos los faldones de la tienda con piedras que acarreábamos felices al ver el resultado de nuestro trabajo.


Así que allí estábamos, cómodamente instalados en la naturaleza, a la orilla de un arroyo de un agua tan cristalina que se podía beber mientras nos bañábamos. Cuantas veces me acordé de ese agua fría, años más tarde, cuando trasladamos nuestros meses de julio a la cálida orilla del Cantábrico. Aquel agua, fruto del deshielo, embalsada en piscinas naturales, que nos ponía azules con su mero contacto, pero de la que no nos hubiera sacado ni un grupo de buzos de operaciones especiales específicamente adiestrados. Solo nos sacaban nuestras madres que, desde la orilla, nos reclamaban para ir a comer bajo la amenaza de recibir algún pescozón o un cocotazo. Morenos como tizones nos presentábamos en una mesa llena de ensaladas, gazpachos, carnes y pescados, servidos en platos y tazas de aluminio, cocinados en nuestro camping gas o en las parrillas destinadas a tal menester, sin que a los forestales les preocupasen incendios no intencionados.


Y la verdad es que nunca pasaba nada porque los que así veraneábamos amábamos la naturaleza y disfrutábamos de nuestro privilegiado escenario. Recuerdo las truchas cruzando las charcas, rozándonos los pies, a las ardillas trapecistas que nos lanzaban piñas en cuanto nos descuidábamos, a las majestuosas libélulas azul turquesa que, como aviones de reconocimiento, se pasaban los días río arriba y río abajo, y a los tímidos erizos de hábitos nocturnos que eran sorprendidos cuando íbamos a hacer pis de noche linterna en mano. De todo eso éramos privilegiados testigos, mientras que muchos idiotas al pasar nos miraban con desdén creyéndonos desafortunados. Y de mucho más me acuerdo, porque viví cosas que poco a poco se han ido olvidando, como beber en un botijo agua fresca con unas gotas de anís, como ir a comprar media barra de hielo artesanal para después trocearla a martillazos, como escavar en el suelo hasta dar con un manantial y besar el agua con los labios, como comprar leche a un vaquero para hervirla y hacer requesón, y tantas y tantas cosas más que ahora se llaman turismo rural y entonces solo eran turismo barato.


Pero de lo que más me acuerdo es de esas noches sentados en el porche de nuestra mansión portátil, sin más luz que la de la luna y la de un farol de gas, alrededor del cual se arremolinaban millones de insectos volando, inmolándose los más atrevidos como sacrificio invertebrado a vulcano. Noches de largas conversaciones de los mayores, que los niños escuchábamos callados, noches de partidas de julepe a peseta, en las que si ganabas cinco duros habías rentabilizado el verano, noches en las que lo único que se oía era el croar de las ranas que vivían felices en la charca de al lado. Noches frescas que a veces desembocaban en tormentas eléctricas, tan violentas que te encogían el corazón cuando un trueno anunciaba con décimas de segundo la aparición de un rayo que, por un instante, volvía la noche día, nuncios de gotas de agua golosas que repiqueteaban en la lona acompasadamente, rítmicas y continuas, como un coro de campanillas que nos acompañaban en procesión en el duermevela que precedía al sueño, al lugar atemporal en el que los sacos de dormir eran de algodón de azúcar dulce y rizado.


De todo eso me acuerdo como si hubiera sucedido hoy mismo, lo mismo que me acuerdo del día en el que todo terminó, el día que el cielo se volvió loco o nos consideró indignos de seguir disfrutando de nuestro vergel, el día que se travistió de noche, que apagó el sol, que conjuró a todos los vientos para castigarnos, que nos mandó diablos que a cada carcajada despertaban truenos, tan fuertes que al retumbar en la montaña parecía que la iban a partir, el día que el río harto de seguir el mismo camino se desbordó por la tierra y por el aire. Ese maldito día en el que tuvimos que huir a la carrera en el coche para no ver como la tormenta se lo llevaba todo. Y cuando al final escampó allí estaba nuestra casa, con la lona hecha jirones, con los vientos arrancados, con los hierros hechos un amasijo deforme, irrecuperable. Ese día terminó todo, volvimos a casa con los restos del naufragio y nunca jamás volvimos a ser campistas ningún verano.


Sí, volvimos al pinar, por supuesto, pero siempre rodeados de ladrillos y bajo un tejado, fue entonces cuando comencé a echarlo de menos, porque las ardillas ya no me alegraban la comida, ni me dormía la siesta por el arroyo arrullado.

3 comentarios:

Sil dijo...

Aquí te di 5 puntos. Lo recuerdo perfectamente, porque me encantó tanto la historia como el modo en que la contaste ;)

Juanjo ML dijo...

Pues muchas gracias :)

Ya te diré mis puntuaciones!!!

Daeddalus dijo...

Me ha encantado :)