domingo, 17 de enero de 2010

La vida es un partido de fútbol


A mucha gente no le gusta el fútbol, es de lo más normal, a mí tampoco me gustan montones de cosas que hacen furor entre las masas, los detractores del balompié lo reducen todo a una frase tan simple como que solo son veintidós tíos en pantalón corto corriendo detrás de un balón. Es cierto, no voy a poner ni una objeción…, bueno sí, una, si juega el Atleti corren menos de veintidós, seguro. Si alguien no ha ido a ver un partido a un estadio se lo recomiendo porque la sensación de ver, sentir y escuchar a decenas de miles de personas a la vez pone la carne de gallina. Aunque esto no tiene que ver con el fútbol, tiene que ver con la fe, también se me puso la carne de gallina escuchando una misa cantada en la basílica de Santa María en Trastevere a pesar de que tengo rotas las relaciones diplomáticas con la iglesia desde que tengo uso de razón.

Sin embargo que te guste el fútbol y que seas capaz de vivir y de malvivir siguiendo las desventuras de tu equipo es una de esas cosas irracionales que le dan gracia a la vida, y hablo de pasar el rato y poder charlar luego con los amigos de ello, porque reconozco que si llevas la ropa interior con su escudo es para hacértelo mirar (que conste que a mí me gustaría también hablar de la guerra del Peloponeso pero mis contertulios, los muy ladinos, se hacen los suecos). Se me ocurren unas cuantas cosas que pocos se atreven a cuestionar y que nos dan mil quebraderos de cabeza mucho peores, como por ejemplo el amor. Porque el amor no deja de ser algo estúpido que trae más sinsabores que recompensas, estar enamorado es una enajenación mental transitoria de impredecibles y dolorosos efectos. Incluso el sexo, que es capaz de arrastrar a las mayores miserias humanas y personales, nos gusta a todos.

No entiendo por qué, pero siempre he preferido a los perdedores y los antihéroes, a lo mejor es porque me siento más identificado con ellos que con los ganadores o a lo mejor es que soy masoquista por naturaleza. Y si existe algo en el mundo que desafíe al destino y a la buena suerte eso son los colores rojiblancos. Mucha gente ha tratado de explicar por qué se es del Atleti y nadie lo ha conseguido, es un misterio tan grande como el de las pirámides, pero si eres del Atleti una cosa tienes clara, la fatalidad existe y tarde o temprano te darás con ella de bruces. Y por si esto parece poco vivimos bajo el embrujo de una maldición que nos hace siempre pensar que la felicidad es efímera. Incluso en los mejores momentos de la vida, en esos en los que luce el sol, la brisa es fresca y los pájaros cantan, nosotros creemos que algo nos arrebatará la felicidad y además de la manera más cruel y despiadada.

Con el Atleti nada es evidente ni obvio, la palabra relajación nos es desconocida, siempre hay que estar en tensión a la espera de acontecimientos, normalmente negativos. Yo lo resumo en una frase, vivir apretando el culo, porque desde que te sientas en una butaca del Manzanares tu destino es vivir con el culo apretao. Hasta que no pita el árbitro el final no podría introducirse por el ano de los asistentes ni el pico de un colibrí picolanza mayor, somos ventosas humanas adheridas a nuestros asientos en los que hemos provocado el vacío. Sospecho que un día de tanto apretar y apretar se va a provocar una alteración espaciotemporal de manera que el graderío se transformará en un agujero negro que no solo absorberá la luz, sino que también engullirá el estadio, Madrid y la galaxia entera.

Por eso me atrevo a decir que la vida es como un partido de fútbol si el que juega es el Atleti. Es sufrimiento continuo, es un sin vivir, es riesgo y es emoción, y es meter la pata de la manera más ridícula de vez en cuando, y es saber que no debes rendirte jamás ni en los días que te sientes pequeño y todo a tu alrededor parece burlarse de ti, y es volver a levantarse después de tropezar porque piensas que algún día te sonreirá la suerte, y si ese día llega, ¡uy, si ese día llega!, te sientes un triunfador por unos segundos, te sientes parte de algo que flota como la magia y que te hace abrazarte con un tío que se sienta al lado de ti y al que no conoces de nada, pero que por unos instantes es tu hermano del alma.

Y después todo se pasa, y vuelves a ponerte en tensión esperando el gancho de izquierdas que te devuelva a la lona, o a la luna. Me voy al fútbol.

2 comentarios:

Alejandra dijo...

No sé ni pepa de fútbol, pero qué lindo que escribes de él.

Besitos..

Juanjo ML dijo...

Es que la verdad no he hablado una palabra de fútbol, sería demasiado aburrido.