viernes, 22 de enero de 2010

Reuniones


Mi primer jefe tenía sus cosas particulares, incluso alguna buena aunque haya decidido que es mucho mejor no volver a hablarme con él. Vale, no conocía cierta terminología básica como por ejemplo horas extras, vida personal, calefacción o servicio de limpieza, para él meros detalles insignificantes que nada tenían que ver con nuestro rendimiento laboral. Porque con el tiempo comprendí que lo que a él le hubiera gustado tener es una plantación de algodón en Georgia con mano de obra esclava, pobre, ¡qué molestos le tenían que parecer el estatuto de los trabajadores y el convenio colectivo!, eso justifica que se los pasaba por el forro de los cojones. Lo que no entendía es que programar seis horas seguidas a cinco grados con los dedos helados y con la vejiga llena (porque al baño que no conoció una fregona era mejor no ir) nos hacía ser menos eficientes, si lo hubiese comprendido nos hubiera comprado unos guantes y un orinal.

Sin embargo tirar siete años de mi vida a su lado me dejó alguna enseñanza, bueno, pocas y no todas éticas y/o legales, una de las mejores es la siguiente: “Las reuniones hay que ganarlas siempre”. Vamos que las reuniones son como las finales de un Gran Slam o de la Copa de Europa, no vale con jugarlas o participar, no, tienes que traerte el título a cualquier precio o serás un perdedor y nadie se acordará de ti. Y esto vale para cualquier tipo de reunión, hasta para las de vecinos, pero como esas se juegan siempre fuera de casa, los participantes están medio dopados y al final acaba siendo un todos contra uno, he decidido que es mejor no ir, es preferible que te declaren perdedor por incomparecencia.

Pero las reinas son las reuniones de trabajo, especialmente las que se convocan de un día para otro, en las que no sabes quién va a ir pero el que convoca es el cliente presa de un ataque repentino de ansiedad, y lo que es mejor, no sabes a qué vas tú aunque sospechas que caramelos, lo que se dice caramelos, no van a repartir. Cuando todos esos factores se unen has tenido la suerte de ser elegido para ser asistente a la reina de las reuniones. Yo me pongo tan nervioso que me cuesta conciliar el sueño por las noches, y no porque me vayan a crujir vivo al día siguiente, mi experiencia me dice que nadie muere en una reunión, me pongo nervioso porque en el fondo me va la marcha y estoy deseando de jugar con los demás niños.

Me encanta el aire solemne del principio, cuando nos miramos unos a otros como los boxeadores que se tantean un poco en el primer asalto, el intercambio de tarjetas de visita, la presentación inicial, aunque es mejor cuando se salta este paso y vas directamente al grano sin saber quien es quien, y tienes la posibilidad de quitar la palabra al mismísimo director general del cliente, porque no le conoces, y hasta rebatirle sus argumentos ante la admiración de sus subordinados. Pero lo normal es que todo comience con un “Buenos días soy Juanjo ML responsable de que todas las hojas de papel tengan dos caras en este proyecto” (murmullos de envidiosa fascinación).

El siguiente paso es enterarte que se está cociendo, y con esto no me refiero a enterarse de cual es el tema de la reunión, algo totalmente secundario, lo que hay que saber es a quien le van a caer las hostias, que es el motivo real de la convocatoria, dar de hostias a alguien en público. Esto es como las partidas de póker, si a los diez minutos no sabes quien es el primo es que el primo eres tú, igualito. Y eso es lo que determina qué vas a hacer, si la cosa no va contigo pues dejas que te resbale todo y disfrutas con el espectáculo, solo debes intervenir si al que están sodomizando te paga, y depende de cuanto te pague, si no como si le parten los pulgares, algo habrá hecho.

Y si al que piensan crujir es a ti, puedes intentar varias cosas, aquí es de donde tiro de mi experiencia como recolector de algodón. La primera mentir, con dos modalidades, uno, negar la evidencia a capa y espada, algo que funciona más de lo que muchos suponen, dos, contar una milonga, con suerte quien esté presente no tendrá ni puta idea y para cuando lo descubra tú no estarás allí, si esto falla se pasa inmediatamente a negar la evidencia. La segunda es echar la culpa a alguien que no esté delante con la misma cara de pena que pondrías si tuvieses que estrangular a Bambi para sobrevivir, por supuesto hay que decir antes que ese no es tu estilo y que jamás has culpado a nadie que no estuviera delante para defenderse, pero que esta vez y en contra de tus principios no te queda más remedio. La tercera es ser una persona íntegra y salir del apuro con el poder de la verdad y los razonamientos, pero desde luego es el último recurso y no lo recomiendo.

Hoy he tenido una reunión de esas pero no querían zurrarme a mí, qué lastima, me he quedado con las ganas.

2 comentarios:

alpla dijo...

matar a bambi... pobrecito. no sería mejor pasar hambre que comerselo?
en fin... life's tough.

Juanjo ML dijo...

Ten por supuesto que si paso hambre Bambi es ciervo muerto...