lunes, 22 de marzo de 2010

Añoranza


Cada día lo tengo más claro, la ciudad no es para mí. Me agobia, puede con mis nervios y con mi paciencia. Hace tiempo pensaba que era estupendo vivir en una ciudad, había de todo y podías hacer de todo. Hoy ya no lo pienso, porque me da absolutamente igual que exista un estupendo restaurante malayo al que no tengo tiempo de ir o a lo mejor, cuando sí que tengo tiempo, tengo que reservar con tres meses de antelación porque está todo petado. Según mi vida avanza hacia la cuarentena comienzo a valorar otras cosas, cosas sencillas para las que no necesito más que abrir los ojos y observar.

Y yo no soy un urbanita con U mayúscula, a mi manera soy de pueblo, porque los de Alcorcón somos de pueblo, por lo menos los que crecimos dándonos balonazos en un descampado y persiguiendo a las lagartijas. Mi barrio era un pueblo, por haber había hasta una granja a la que nuestras madres nos mandaban a comprar huevos o un conejo, allí me subía a los árboles para coger morera o simplemente por ser travieso, ahora en lugar de una granja hay una urbanización con piscina, y a unos metros un centro comercial de esos que dicen cuando comienza la primavera y la navidad. Es la vida.

Con esos antecedentes no me extraña que siga teniendo a mi edad cierta fascinación paleta por los rascacielos, por las luces de neón y por el ir y venir de la gente que avanza como fantasmas sin tener conciencia de su presencia y mucho menos de la presencia de los demás. Yo soy de los que salen en plena Castellana de noche y abren los ojos como platos para ver las luces de la circulación y los semáforos, para tratar de ver que se esconde detrás de los cristales iluminados de los edificios de Azca, aunque sepa que son gente como yo, que ignora mi existencia, que solo quiere terminar su maratoniana jornada laboral y ser libre, gente que simplemente quiere ser feliz. Como todos.

Por eso, cada vez que retorno al pasado que no tuve, pero que fue el presente de mis abuelos, pienso en todo lo que he perdido y en la velocidad con la que ha sucedido. Lo mismo que a los seres humanos nos cuesta cierto tiempo echar raíces en un sitio hasta que tenemos la sensación de pertenencia a él, el desarraigo es algo que sucede en un instante y a solo unos kilómetros de distancia, una generación es un instante y 380 kilómetros un suspiro, pero un instante y un suspiro han servido para que no me sienta de ningún sitio.

Porque ya no soy ni de aquí ni de allí, aquí no tengo nada, ni una familia, ni un pasado, ni una historia que escuchar de los míos, pero allí, que debería tenerla, no entiendo el acento con el que me la cuentan, y los que me la podrían contar las cuentan con la tristeza y la amargura del que piensa que se perdió algo aguantando la miseria. Me duele que me hablen como si viniera de un lugar mejor, como si ellos no tuvieran nada que enseñarme y todo lo que esperan de mí es una mirada por encima del hombro, o un comentario con cierto tono de desdén o de desprecio.

Pero el que aguanta gana, y ellos son los que han ganado, por mucho que me miren con ojos de admiración y se sientan perdedores. A lo mejor no han ganado para ellos, pero sí que han ganado en el nombre de sus hijos, de sus nietos y de todos los que vendrán. Porque su vida es auténtica, saben quiénes son y saben quiénes son sus vecinos, tienen tiempo de pararse a hablar con ellos de cosas importantes, de cómo viene la cosecha o de si ha parido ya la cabra, tienen memoria y tienen recuerdos de una historia colectiva a la que los demás ya no pertenecemos.

Por eso aquí soy feliz, porque la gente me saluda por la calle, a pesar de mis pintas de turista mochilero con mi cámara colgada del cuello, porque se sorprenden al saber que mis genes están mezclados con los suyos, y recuerdan a familiares míos que para mí no son más que nombres sin esqueleto. Soy feliz paseando por lugares que no eran hasta hace poco más postales en blanco a las que voy poniendo imágines, me recreo con el sonido que las envuelven y los olores que desprenden me acarician por fuera y me inundan por dentro. Pierdo mi vista en las sierras, bebo en las fuentes que manan milagrosamente en el mismo suelo, juego a reconocer árboles y pájaros, a distinguir un cabrito de un cordero. Y no quiero volver a perderlo y volveré siempre que pueda, porque yo quiero ser de aquí, porque aquí me reconozco y aquí me encuentro, porque quiero ver las estrellas sin tener que salir de mi patio, porque ya he estado lejos demasiado tiempo.


8 comentarios:

Gordi dijo...

Curioso, yo siento por mi ciudad lo mismo que tú por tu "aquí". Cuando estoy fuera la echo más de menos que a mi madre. Con mi madre, al menos, puedo hablar por teléfono.

El niño desgraciaíto dijo...

Yo creo, sinceramente, que el tener nostalgia de algo que no has vivido es una trampa en la que no hay que caer. Te quedas con la parte que idealizas y te parece buena, pero no con el ambiente agobiante y cerrado en el que se examina cada cosa que haces. El chismorreo y el no ser libre de hacer y opinar lo que quieras.

almalaire dijo...

Crecí en un pueblo muy chico, una espectacular maravilla natural que en otoño e invierno es un centro de interés turístico y en verano un centro turístico sin interés. Entiendo muy bien lo que dices porque yo misma me he sentido así muchas veces. No hay ninguna comparación posible entre una infancia vivida así y ser niño urbano pero la adolescencia y lo que viene después e muy jodido cuando no hay nada que hacer, nada para ver, nada que comprar y lo que es mucho peor nadie con quien quejarte ;)

Creo que es un sitio ideal para vivir hasta los 12 años más o menos y luego ya después de los cuarentaytantos pues posiblemente vuelva a serlo.

El niño desgraciaíto dijo...

Hay una canción de Serrat que dice:

No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí.
Perdóname si
hoy busco en la arena
una luna llena
que arañaba el mar...

Juanjo ML dijo...

Gordi, tu ciudad es muy chula, a lo mejor si tuviera el mar cerca otro gallo me cantaría, pero no lo tengo. Solo mucho asfalto y la M30 y la M40 y la M45 y la M50...

Juanjo ML dijo...

almalaire, lo mío es una idea romántica a medias, hubiera matado por crecer rodeado de montañas y arroyos, pero me toco crecer entre las vías del cercanías y la nacional V.
La adolescencia hubiera sido dura, es verdad, pero empiezo a estar en la edad de valorar la tranquilidad, creo que solo con una biblioteca cerca y una ADSL sería completamete feliz.

Juanjo ML dijo...

ND, es verdad, pero mi barrio era en si mismo un pueblo, tres bloques de pisos aislados del resto del mundo por las vías del tren, no podías ni respirar sin que todo el mundo se enterase, sin embargo no lo recuerdo como lo peor.
Y muchas gracias por la canción, me viene que ni pintada, yo soy así. Iba a poner para terminar el post la letra de una canción de los Beatles, pero no lo hice, lo hago ahora.

Once there was a way to get back homeward
Once there was a way to get back home
Sleep pretty darling do not cry
And I will sing a lullabye

Golden slumbers fill your eyes
Smiles awake you when you rise
Sleep pretty darling do not cry
And I will sing a lullabye

Once there was a way to get back homeward
Once there was a way to get back home
Sleep pretty darling do not cry
And I will sing a lullabye

Anniehall dijo...

Puestos a canciones también lo dijo Sabina

no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió
mándame una postal de San Telmo, adiós, cuídate
Y sonó entre tú y yo el silbato del tren

Iba cada domingo a tu puesto del Rastro...