lunes, 14 de diciembre de 2009

Todos vivimos en el manicomio



Llevo una época peleado con el cine, bueno más que una época debería decir una década, el cine de este siglo para mí no existe. ¿Por qué? Pues no lo sé, pero la idea de pasar dos horas concentrado delante de una pantalla se me hace fisiológicamente incómoda y mentalmente insoportable. La verdad es que no me concentro, en cuanto paso más de media hora mirando una pantalla me despisto y pierdo el hilo. Una amiga a la que quiero mucho, y a la que conocí por nuestro común gusto cinéfilo, me dijo horrorizada al confesárselo “¡no te puedes enfadar con el cine!”, y tiene razón, realmente con quien estoy enfadado es conmigo mismo, prometo cambiar.

Para hacer esta travesía del desierto me he enganchado a las series de media hora, es mi límite, un entendido las llamaría “sitcom”, pero yo no lo soy. Además tienen que ser norteamericanas, la ficción nacional no me la creo y si llega a entretenerme es porque me da risa, por ejemplo, “El águila roja” me parece la mejor serie española de humor desde “Pepa y Pepe”. ¿Que qué veo?, pues sigo desde hace varios años “Dos hombres y medio”, no es que me sienta orgulloso al decirlo pero me hace gracia y eso que no es precisamente un humor para paladares exquisitos, después me enganché a “Cómo conocí a vuestra madre”, que me parece legendaria. Ahora estoy empezando a ver “Big Bang” y tiene muy buena pinta, creo que soy lo suficientemente friki como para comprender a los personajes, me acojona, un potencial Sheldon vive dentro de mí.

Estas series dan la medida real de lo poco que doy de sí, podría echarle morro y alegar mi estado mental a una intoxicación del hipotálamo por ingesta masiva de dibujos animados pero no lo haré porque esto viene de más lejos. Es fascinante el hipotálamo, se encarga de cosas tan interesantes como de regular el sueño y la temperatura, segrega hormonas y se ocupa del metabolismo. Del mío solo puedo decir que es un cabronazo de cuidado, ni ignora a mi despertador, ni adapta mi temperatura a la de mi oficina (aunque esto es difícil de cojones), me tiene hormonalmente como un cencerro y para colmo no es capaz de metabolizar ni un lípido, prefiere mandarlos directamente a forrar mi dermis. Dentro de nada en vez de tener un hipotálamo tendré un hipopota(la)mo.

Todo este rollo viene a cuento de que ayer al terminar “Big Bang” haciendo zapping vi que en otro canal comenzaba “Desayuno con diamantes”. No es que haya sido nunca una de mis películas favoritas, el final es el más empalagoso que ahora mismo recuerdo y al gato llamado “Gato” le habría yo presentado a un bulldog para que se hiciesen amigos, pero ver a Audrey siempre es un placer. Total, que me quedé viéndola en segundo plano mientras leía y escuchaba música, y a lo tonto a lo tonto me fui metiendo más en la película y menos en el libro. ¡Milagro!, pensé, estoy curado. Y es que una frase me saco de mi ensimismamiento, es de la escena en la que Audrey se mete en la habitación de George Peppard y le suelta “supongo que usted cree que soy muy descarada o que estoy loca, pero no me importa, todos vivimos en el manicomio”.

Cerré en ese momento el libro y posé mis ojos en la pantalla, no recordaba yo tanta profundidad en el país de Tiffanys, pero es una verdad como un castillo. Todos vivimos en el manicomio, todos vivimos una vida que mirada fríamente no tiene mucho sentido, todos ocultamos algo y todos tenemos algún muerto dentro del armario que no dejamos salir. Todos tenemos algún secreto inconfesable y un lado oculto que tratamos de domar pero que amenaza con manifestarse en cualquier momento para dejarnos en evidencia. Mi manicomio es enorme, no tiene paredes ni techo y esta abierto noche y día. Mi manicomio está dentro de mi cabeza y se expande como el universo, mi manicomio me hace infeliz y me tortura porque mi otro yo es el que manda dentro de él como venganza por no dejarle salir al exterior. Mi manicomio se adueña de mí aunque no esté loco. ¿O si?

2 comentarios:

Anniehall dijo...

No estoy de acuerdo contigo. Desayno con diamantes no tiene un final empalagoso, sino más bien patético, dos tíos que no tienen dónde caerse muertos y se dan cuenta de que lo único que tienen es el uno al otro y el gato.
Sobre la ficción española sí que estamos de acuerdo. Para empezar sería imposible encontrar una serie de 20 minutos, ¿a los guionistas españoles les pagan por minuto o qué? No saben lo que es una elipsis. Ni una conversación entre dos personas del mundo real tampoco la verdad...

Juanjo ML dijo...

Lo empalagoso siempre tiene un punto de patético, pero lo del gato debe ser uno de los trucos emocionales más rastreros de la historia del cine.