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lunes, 13 de diciembre de 2010

Historia increíble que nunca sucedió

Nota: Este relato no me gusta nada de nada, es fruto de una tarde de depresión, bueno el tema tampoco ayudaba, a contracorriente, pero si he publicado los relatos "buenos" es de justicia desempolvar los malos...

Juan García García era un hombre gris y vulgar, tan vulgar como su nombre. Lo supo desde el mismo momento que vino al mundo al ver reflejados en los ojos de la comadrona sus cincuenta centímetros y sus tres kilos ciento cincuenta gramos. Nadie le llamo guapo, nadie le pellizco en las mejillas, ni siquiera mintieron diciendo que era un niño gracioso o simpático. No, lo único que escuchó fue a su tío Mariano murmurar en bajo que el jodio niño tenía cara de inspector de hacienda, y el tío Mariano nunca se equivocaba, todos asintieron. Solo su madre le acarició la cabeza mientras por primera vez le ofreció un pecho seco como el corcho y con sabor a poliespan.

Juan recibió una educación sobria y austera, casi podría calificarse de espartana, sin la compañía de un hermano y rodeado siempre de adultos que nunca reparaban en su presencia. ¡Y cuánto hubiera deseado ser invisible!, sobre todo en el colegio, donde era la victima recurrente de las burlas de sus compañeros. Las collejas y capones le forjaron el alma, la alegría de la infancia murió aplastada sobre el yunque de la incomprensión, por eso, desde niño, comprendió que su vida no sería como la de los demás, a él le tocaría pelear y girar en el sentido inverso de la órbita terrestre. Buscó refugio en los libros y leyó compulsivamente, persiguiendo respuestas, pero solo encontró nuevas preguntas hasta comprender que lo que él necesitaba saber no se podía encontrar en los libros. Fue su primera lección aprendida.

Y se le quedó grabada a sangre y fuego, existían personas para las que todo era fácil, a las que el éxito les venía rodado, y él no era una de ellas, él era un salmón. Tan amargo era su pensamiento que se convirtió en obsesión, en un deseo brutal por ser querido y aceptado fabricando un personaje imaginario que suplantaba su verdadera personalidad. Luchó con todas sus fuerzas por ser parte de la tribu, aprendió a ser ingenioso y a llamar la atención, o eso creía, porque a los ojos de los demás nunca pasó de ser un estúpido bufón, el hazmerreir, el payaso de las tortas. Pero se inventó que no le importaba, que si no lo pensaba no le dolería y se lo creyó y lo llamó normalidad. No lo era.

Estudió una carrera y aprobó unas oposiciones, de inspector de hacienda, por supuesto, para gran regocijo de su tío Mariano que se colgó la medalla dorada del ya lo decía yo. Juan fue todo lo que no quería ser, sin ni tan siquiera saberlo y, aunque de puertas para afuera de su verdadero yo todo parecía ir bien, se abrió en su interior una sima que separaba a sus sentimientos reprimidos de su caparazón prefabricado, una fractura que cada día se iba haciendo más grande, sin poderlo remediar. Su vida se convirtió en un río de aguas profundas que irremisiblemente le arrastraban a un sumidero del que era imposible escapar.

Y llegó el día en el que Juan no pudo más, su cerebro dijo basta y decidió, sin preguntarle, olvidarlo todo. Fue una renuncia voluntaria del subconsciente, una desconexión de los sentidos que se volvieron incapaces de acceder al cofre de los recuerdos. Paso una hora, pasaron dos, llegó la noche, amaneció, volvió a anochecer y Juan no acumuló ningún recuerdo nuevo, solo era consciente de su existencia, pero ésta ya no le pertenecía. Fue entonces cuando desapareció la indiferencia, cuando se hizo invisible la ausencia de amor y, aunque no pudo adivinar cómo había llegado a esa situación, sintió un gran alivio, un deseo infinito e irresistible de dejarse llevar.

Notó que la corriente del río le arrastraba a favor, que solo tenía que dejarse llevar, era el triunfo del olvido, el salmón había muerto, por fin era libre.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sit tibi terra levis


Tiene frío, tiene miedo, sabe que hoy puede morir.

Siente el bullicio a su alrededor y el vino mezclado con agua en su estómago, le reconforta. Recuerda sus últimos días en Roma pero no los echa de menos, a fin de cuentas es mejor la vida de soldado que terminar apaleado como un perro en cualquier rincón del Subura, el barrio más populoso de Roma. Allí, en sus estrechas calles, donde se hacinan los más miserables, los matones y las meretrices, allí creció, donde brillan los puñales en cada tabernae y donde se escucha blasfemar en mil lenguas a los esclavos traídos de todos los confines de la república, sin una familia, sin una madre, sobreviviendo como un ratero, esquivando las cuchilladas del hambre. Vivo o muerto no piensa volver jamás, es un buen pensamiento, eso hace renacer la esperanza dentro de él, o puede que sea el vino o puede que sean los primeros rayos de sol que acompañan al alba.

No se arrepiente de haberse alistado en las legiones huyendo de su pasado y del hambre, aunque fuese como un miserable soldado auxiliar, eso es lo de menos, no quiso matar a ese hombre pero ya es tarde para arrepentimientos, está seguro que es mejor morir en combate que crucificado, y sabía que si le atrapaban iba a ser crucificado. No le importa ser poco más que escoria para el legado que, con cara de desprecio, les da las últimas órdenes a lomos de su caballo, ¡estúpido niño barbilampiño! Le devuelve con frialdad la mirada mientras que una oleada de orgullo es bombeada por su corazón, tiene miedo pero al mismo tiempo está deseando demostrar su valía en el campo de batalla. Repasa con detenimiento su armamento, mira la jabalina, acaricia el filo de su espada corta, el gladius, sabe perfectamente lo que tiene que hacer con ambas a pesar de llevar poco tiempo alistado, él es un matón de la calle y no ha necesitado mucha instrucción para aprender a sobrevivir entre los soldados.

Los toques de las cornetas le devuelven a la realidad, ya es completamente de día y el general les ordena formar, si hay suerte hoy el enemigo les presentará batalla. Mientras alcanza su puesto entre las primeras filas piensa en la guerra y no se asombra al llegar a la conclusión de que no la entiende, no sabe por qué lucha y no siente ningún tipo de odio o rencor contra sus enemigos. Las razones de la guerra son de otros, piensa, él solo se contenta con sobrevivir a un nuevo día y llevarse su parte del botín, al pensarlo esboza una sonrisa, el general siempre es generoso con quien le sirve bien. Cuando por fin alcanza su posición se sorprende ante el sentimiento de excitación que le provoca verse cara a cara con la muerte, si sobrevive se promete gastar algún as con aquella muchacha siria que, como muchas otras, sigue a las legiones en búsqueda de fortuna y mejor vida. Si consigue que le licencien con un pedazo de tierra se casará con ella.

A pesar del frío comienza a sudar, vuelve a sentir miedo, desde su posición en lo alto de la colina puede ver los millares de bárbaros formando, parecen enormes, parecen fieros, por supuesto que no disponen de su equipamiento y de su formación pero aun así son peligrosos. Repasa con su mirada el horizonte y queda aterrado cuando sus cuentas mentales le dicen que son inferiores numéricamente al enemigo por lo menos tres a uno. Sin embargo el general nunca ha sido derrotado y eso le hace sentir mejor. El terreno para plantar batalla es bueno, despejado de obstáculos para que las legiones puedan maniobrar sin problemas y decididamente cuesta abajo, sí, es un buen terreno para combatir, además tienen el sol a su espalda y los germanos llegarán al choque ciegos y extenuados. Agarra con fuerza la jabalina al sentir gritar con furia a los guerreros germanos, su respiración se acelera al escuchar el estruendo que provocan al salir en estampida corriendo hacia ellos, la tierra al temblar le hace recordar a Anibal y a sus elefantes aunque nunca los ha visto, a pesar de ello no puede evitar sentir una gran admiración al pensar en los soldados que se enfrentaron a él.

Ve a los germanos acercarse mientras que con el rabillo del ojo observa las primeras escaramuzas de las unidades de caballería por los flancos, dependen de esa caballería para alcanzar la victoria y los germanos son excelentes jinetes, no lo tiene claro. Y los germanos siguen avanzando, ya casi puede ver sus rostros, el legado jura por Marte que destripara él mismo al primero que lance una jabalina antes de tiempo, para no tener barba tiene coraje el niñato. Levanta el brazo, bascula la jabalina y escucha la orden de arrojarla, lo hace con todas sus fuerzas para seguirla con la mirada hasta ver como atraviesa la garganta de uno de sus enemigos. Pero no tiene tiempo de celebrarlo. Con rapidez sujeta su escudo y su espada tratando de dejar el menor hueco entre sus compañeros de los lados.

Aprieta sus pies contra el suelo mientras siente el calor de su propia orina recorrer sus piernas, el choque es brutal, un calambre recorre el brazo que sujeta el escudo a la vez que retrocede medio metro. Nota el olor del primer enemigo a tan solo unos centímetros, pero no le ve, siente como le comprime contra las filas traseras que, afortunadamente, no ceden terreno, es momento de reaccionar. Busca los huecos entre los escudos y comienza a acuchillar, al principio al vacío, toma aire y localiza de nuevo a su presa, vuelve a lanzar el brazo y esta vez encuentra su objetivo, nota chocar la punta de la espada con los huesos del germano y como va desgarrando los tejidos cuando trata de sacarla.

Repite el gesto mecánicamente hasta que el legionario de al lado cae entre alaridos de dolor, un nuevo compañero ocupa rápidamente su puesto, pero para él ya es demasiado tarde. Uno de los germanos, aprovechando el espacio, ha lanzado su espada contra su muslo y le ha alcanzado. Nota como esta vez las que se abren son sus carnes y como la sangre fluye a borbotones hasta dejarle sin fuerzas para seguir luchando. Sabe que su batalla ya ha terminado, aunque afortunadamente no está muerto, lo último que nota es como le arrastran a la retaguardia mientras que unos auxiliares tratan de hacerle un torniquete llamando a voces a uno de los médicos. Entra en un duermevela mientras piensa en su futura casa en Hispania, y en los ojos de la muchacha siria de la que no recuerda su nombre, nunca se lo ha preguntado.

Y ya no tiene frío, ya no tiene miedo, ya no siente nada.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Imilce


Cástulo, alto Tharsis, primavera, año 223 a.c.


Imilce juega tranquila junto al cauce del río, entretenida observando como un alimoche hostiga a una lagartija que, como puede, se esconde bajo las ramas de los tomillos, es tarde, pero Imilce no entiende de peligros. Imilce es traviesa, le gusta el campo, corretear entre los matorrales persiguiendo mariposas que, majestuosas, despliegan sus alas de un intenso azul turquesa revoloteando entre las violetas y los alfilerillos.


Mientras, en la ciudad, todos buscan a Imilce, la pequeña princesa íbera, que una vez más se ha vuelto a escapar. Su padre, el poderoso rey Mucro, ruge palabras que hablan de castigo y muerte a los soldados encargados de su custodia, pero eso será más tarde, primero hay que encontrar a su única hija, bella, como lo fue su madre, si no más, esbelta, morena, muy morena, con el pelo negro como el carbón y los ojos almendrados de color azabache. Dentro de poco será su mejor arma, la casará buscando una alianza, tal vez con los propios cartagineses; la idea rompe su corazón de padre pero sabe que es su obligación como rey, quizá sea la única forma de salvar a su pueblo.


Es tarde y los soldados púnicos están cerca, en el horizonte pueden verse las columnas de humo de su campamento y de los cultivos arrasados a su paso, no deben estar a más de dos días de camino, el rey se estremece, teme el momento de enfrentarse a unos soldados mercenarios que no entienden de compasión. Por eso, una vez que caiga el sol la puerta de la ciudad se cerrará, hayan encontrado a Imilce o no, fuera de los muros no habrá piedad para nadie. Mucro maldice a los feroces africanos, desde que cruzaron las columnas de Hércules no ha vuelto a haber paz en las tierras bañadas por el Tharsis, nadie les ha podido parar y aunque Cástulo es fuerte y rica no se ve capaz de superar un largo asedio. Habrá que negociar, no queda otra salida.


Linares, a orillas del Guadalimar, junio de 1973


El sudor rueda por las sienes de Adolfo Estepa mientras vuelve a maldecirse, ¿a quién se le pudo ocurrir construir una ciudad en medio de esta campiña?, ¿no pudieron acercarse más a la sierra?, se pregunta observando las cimas recortadas de la Sierras de Segura y las Villas mientras con mimo limpia con paleta y brocha los restos del enterramiento. Hoy ha tenido suerte, parece haber encontrado los restos de lo que parece ser una niña, ¡qué extraño!, ¿quién sería esta pequeña para merecer el honor de ser enterrada rodeada de guerreros? Observa su urna funeraria, es pequeña, rectangular, austera, en una de sus caras una niña juega con una muñeca observada por un corzo. Una pieza única, digna de una princesa.


Varias figuras de arcilla yacen junto a la urna, forman parte de su ajuar funerario, pequeñas compañeras de juegos en su viaje hacia el más allá, Adolfo sonríe con una mueca, piensa en su propia hija y en el dolor que le produciría su pérdida. Mientras trata de alejar ese pensamiento repara en una diminuta figura de madera hecha pedazos, cuidadosamente la desentierra y la limpia de la tierra que la ha cubierto durante más de dos mil años. Al principio no adivina de qué se trata, pero al juntar los trozos esparcidos por sus manos una sensación extraña comienza a invadirle, de repente el paisaje a su alrededor cambia, la campiña se vuelve bosque, y los olivos son remplazados por encinas, quejigos y robles melojos, una alucinación fruto del calor, piensa Adolfo, pero al volver a mirar sus manos ve que ahora contienen una muñeca que le sostiene la mirada y comienza a hablarle...


La patrulla de reconocimiento cartaginesa avanza a través del bosque, los hombres murmuran y se hacen señas en voz baja para no delatarse, la tarde es fresca y han podido descansar y dar de beber a los caballos. Afortunadamente no se han cruzado con ninguna patrulla enemiga que de un certero flechazo les enviase a rendir cuentas a la diosa Tanit y al dios Baal. Llevan ya varios años guerreando con ese pueblo al que llaman íbero sin llegar a someterlos del todo, nunca habían conocido nada igual, son rudos y tercos como mulas, con lo fácil que sería que aceptaran su dominación y terminar de una vez con esta maldita guerra.


Mientras, Imilce juega bajo una encina, rodeada por los matorrales, al escuchar el sonido lejano de los caballos corre a refugiarse detrás de unas retamas y unos espinos, presa del miedo mira hacia atrás y se da cuenta de que ha olvidado su muñeca, todavía está a tiempo de ir a buscarla. Vuelve rauda sobre sus pasos pero tropieza y cae al suelo. Uno de los jinetes cree escuchar algo a sus espaldas y sin hacer ruido desenvaina su espada lanzándose al galope en esa dirección. Entonces la ve, con alivio, en la mitad del claro, es solo una niña, no debe tener más de doce años, seguramente sea virgen, parece que la patrulla no va a ser tan rutinaria como parecía.


Imilce queda paralizada delante del jinete, éste avanza despacio sonriendo con malicia y los ojos llenos de lascivia, son ya demasiados meses arrastrándose por esa campiña sin yacer con ninguna mujer, eso hoy va a cambiar. Imilce huye en dirección a la ciudad, pero ya es demasiado tarde para ella, el jinete la persigue y una de las patas del caballo rompe la muñeca que ha vuelto a caer de las manos de Imilce, no sería la única muñeca rota que no verá al sol amanecer en un nuevo día.


Durante la noche la luna derramó dulces lágrimas de rocío para limpiar el cuerpo de Imilce, tan abundante fue su llanto que al mezclarse con la sangre de la princesa tiñó de rojo el río que algún día bautizarían como wad al-ihmar (el río colorado). Por la mañana encontraron el cuerpo de Imilce, desmadejado, al verlo el rey Mucro lloró de rabia y de impotencia, haría pagar con su vida al culpable de aquello, aunque para él la vida ya no tuviera sentido la guerra no había terminado.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Olenska


Nunca había visto su cara pero lo sabía con certeza, era la mujer de su vida. Estaba loco por ella, sí, loco, porque solo un loco podría enamorarse de un ideal hasta el delirio, hasta caer enfermo de amor, desesperación y deseo, solo un loco podía negar la realidad y rebelarse contra el destino, ella no podía ser simplemente una ilusión, tenía que existir en algún lugar de este mundo o del otro. Juró que la encontraría aunque tuviera que desafiar al espacio y al tiempo, juró hacerla suya, poseerla hasta quedar ambos agotados y bañados por ese sudor que, justo ahora, le cubría la frente y las sienes, el mismo sudor que empapaba las sábanas y le provocaba escalofríos que, como pequeñas descargas eléctricas, recorrían su espina dorsal.

La fiebre le hizo volar, la ira blasfemar, lloró lágrimas secas de impotencia y preguntó a la muerte si llevado por su mano llegaría a encontrarla, pero no obtuvo respuesta, solo creyó ver una sonrisa burlona donde no había rostro. Desesperado, gritó hasta desgarrarse el alma, gritó hasta que dejó de escuchar su propia voz, gritó hasta que su carne se hizo tinta, sus dientes puntos y sus huesos letras. Gritó hasta que se fundió en el papel, como la nieve se funde en primavera, gota a gota, lentamente, sin dolor, sintiendo como su mente y sus pensamientos se transformaban en palabras y frases encadenadas que hablaban de él, de su historia, de la de ella.

Perdió la noción de su propia existencia, alzó las manos para asegurarse de que seguían perteneciéndole, pero no las vio, ¿cómo iba a ver nada si en su búsqueda había cruzado la frontera que separa el ser del no ser? Ahora solo era un fluido que poco a poco marcaba trazos sobre el papel, ¿o era algo más?, sí, era potencialmente lo que quisiera ser, por fin era libre. Se dejó llevar disfrutando del hormigueo que le producía ir retorciéndose en cada una de las letras, como si cabalgara en una montaña rusa que a su paso iba dejando una estela de palabras secas.

Y, de repente, el carrusel dejó de girar y todo se volvió claro. Allí estaba Olenska, la reconoció al instante y sin dudarlo, ¿cómo podría confundirla si ahora los dos estaban compuestos por la misma materia? Era tal cual la había imaginado, de apariencia frágil, vulnerable, pero a la vez orgullosa y altiva, estaba seguro de que tras su gélida mirada, tras sus ojos grises que amenazaban tormenta, existía una gran pasión reprimida, una necesidad vital de amar y de ser amada. Se entretuvo jugando mentalmente con sus rizos trigueños, admiro la elegancia de su cuello, anuncio de unos hombros anchos y esbeltos, dibujó en el aire la forma de sus pechos y se recreó ante la imagen de sus labios, traviesos guardianes del manantial que abastecía el pozo de los deseos.

Cuando por fin la miró fijamente no supo que decirle, le asaltaron el miedo y las dudas, no sabía si ella era consciente de su presencia, de si le reconocería o si por el contrario le tomaría por un extraño, ni siquiera sabía si hablaría su mismo idioma. Pero no le dio tiempo a pensar más, una frase rompió el silencio aunque no fue un sonido lo que escuchó, una voz grave y con marcado acento balcánico directamente se proyectaba en su cerebro. “¿Qué haces aquí?, ¿a qué has venido?, ya no te esperaba”. Era una voz firme y decidida que trataba de disimular cierto temblor producto de la sorpresa y del miedo. Él podía entender la sorpresa, pero no llegaba a comprender los motivos del miedo, los escalofríos volvieron y de repente él también tuvo miedo, “ya no te esperaba”, ¿qué significaba eso?

Pero se armó de valor, no había abandonado todo para amedrentarse al primer contratiempo. Contestó despacio, con ternura, le contó su viaje y su renuncia, mientras que ella le miraba víctima de la incredulidad con la cara desencajada, le contó como la había descubierto, sin querer, en la página veintitrés de un libro antiguo y lleno de polvo que un día encontró olvidado en un rincón del desván, un libro que hacía casi un siglo que nadie había abierto. Ella comenzó a llorar y él aprovechó para declararle todo su amor con rabia, con la fuerza del deseo acumulado y reprimido, con la pasión salvaje que había alimentado la desesperanza.

Ella comenzó a correr sin volver la vista atrás como si escapara de su propio destino, como si escapara de su propio pasado, él la persiguió hasta alcanzarla, la sujetó de un brazo y la lanzó contra su regazo, tratando de calmarla, tratando de consolarla. No pudo calcular el tiempo que así pasaron, él aturdido, ella descargando en su pecho, una vez tras otra, todo su dolor y su desconsuelo, hasta que sus puños no tuvieron fuerza para continuar golpeando, hasta que sus ojos se vaciaron de lágrimas y no pudo más que susurrar “¿Por qué has vuelto? Ya es tarde, llevas muerto demasiado tiempo”

Entonces, al ver su vestido enlutado del que nunca fue consciente, al descubrir las arrugas en su rostro, fruto del sufrimiento, en las que reparaba por primera vez, lo recordó todo. Recordó que eran amantes en una época en la que eso solo se pagaba con la muerte, recordó cómo los descubrieron, recordó los golpes por todo el cuerpo y los gritos de ella. Pero sobre todo recordó que mientras descendía a las profundidades, atado de pies y manos, con el agua inundando sus pulmones, juró volver, no para vengarse, solo para volver a verla. Y se volvió loco, maldiciendo el capricho del escritor que los separó, de ese ser despiadado que, después de darle todo, todo se lo había arrebatado. Volvió a gritar, como un animal herido, agonizando, hasta que de repente ya no pensó en nada más.

Por la mañana lo encontraron, frío y sin pulso, con los ojos abiertos y un libro entre las manos abierto por la última página, esa última página que nunca había querido leer para no perder del todo a Olenska, una página que ahora, misteriosamente, estaba en blanco.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La casa de trapo


Éste es el primer relato que presenté al concurso Miss & Mister Blogger 2010, el tema era la casa de verano, si os apetece curiosear hay relatos estupendos. Es un relato totalmente autobiográfico que hice con bastante cariño, me gustó como me quedó, modestamente, aunque es un poco largo :)

Como cada año la primavera iba tocando a su fin, eran días maravillosos con tardes infinitas de sol y juegos infantiles, juegos vividos siempre en la calle y en compañía, porque entonces nada se entendía si no era compartiéndolo con los tuyos, con tu pandilla, la misma con la que ibas a clase el resto del año, aprendiendo a resolver las reglas de tres y el uso del pretérito imperfecto; la misma cuadrilla de gamberros con la que intentabas robar la llave del despacho de los profesores para fotocopiar furtivamente los exámenes de inglés… ¿qué si lo conseguimos?, ¿tú qué crees?


Recuerdo con cariño, y cierta añoranza, los coletazos de esos meses de junio, en los que la jornada escolar era ya continua e intrascendente, regalo anticipado de un verano eterno en el que cada día era una aventura en sí misma, porque entonces la vida era un reloj daliniano de agujas estáticas que se burlaban de los problemas y de las prisas. Aún no nos tocaba a nosotros preocuparnos por lo mundano, y, aunque no nos sobraba de nada, todo lo que no se podía comprar con dinero se desparramaba por nuestras calles y plazas, lo mismo nos daba dar patadas a una pelota vieja que a una lata, lo importante era salir, estar juntos, para reír o para escalabrarnos, para jugar al chopo, a las canicas o a la taba.


En esas andábamos cuando de repente llegaba julio, como una puñalada rasgando hasta el mismísimo cielo, para arrancarnos de todo aquello; julio, tiempo de que la troupe agarrase sus bártulos y se marchase de vacaciones. Caray, no ha pasado tanto desde que sucedió, pero sin embargo me parece tan, pero que tan lejano… Era como un milagro, porque cuando llegar a fin de mes se convertía en un acto de heroísmo cotidiano, marcharse de vacaciones estivales era un acto suicida, de rebeldía o tal vez de supervivencia. Sea como fuere, allí nos plantábamos, mis padres, los tres hermanos y nuestro pastor alemán, a bordo de un SEAT 850 amarillo, que tenía la mala costumbre de averiarse, cargado hasta los topes y coronado por una baca tan voluminosa como él mismo. Parecía el coche de unos magrebíes retornando a su oasis africano, pero no, solo éramos una familia de clase baja y periférica buscando refugio a la sombra de los pinos.


Los pinos, parece que desde aquí puedo olerlos, casi noto que mis dedos se pegan a las teclas, impregnadas de la resina de mis recuerdos, y siento a las chicharras cantar, con su letanía interminable que no paraba ni de día ni de noche. Por supuesto, nuestro destino no podía ser un chalet con piscina, ni siquiera una urbanización de aprendices de pijos con vespino o la casa del pueblo, qué va, lo nuestro era el aire libre, las estrellas como techo y el baño comunitario, el baño más grande del mundo, un baño que ni la cabeza de la Preysler podría concebir, vadeando el arroyo, detrás de los zarzales, cien metros cuadrados, metro arriba, metro abajo.


Nadie era tan afortunado como nosotros, sobre todo el día en el que llegábamos a la zona de acampada, el pinar nos pertenecía, sin escrituras y sin contrato, solo había que buscar un sitio de sombra generosa y un poco llano porque el resto corría de nuestra parte, una tienda de campaña de tamaño familiar con dos habitaciones, y una cocina, lujo asiático de los campistas más avezados. Porque así era nuestra casa de verano, de tela impermeable, naranja y amarilla, coqueta, con ventanas y porche, sustentada por una estructura robusta de acero templado. Una vez elegido el sitio, y debidamente limpio, de las profundidades de la baca del ocho y medio salían dos sacos, el primero marrón, donde esperaba su turno la lona de la tienda escrupulosamente doblada el verano anterior; el otro era blanco, y en él se encontraban los hierros de la tienda, un amasijo de chatarra que iba cobrando forma a duras penas, a pesar de que repetíamos el mismo ritual cada verano.


Porque entonces las cosas eran más funcionales que prácticas y montar la tienda era un ejercicio de maña y paciencia. Cada hierro venía suelto y parecían multiplicarse cada año. La única ayuda era un código de tres colores en los extremos de cada palo que permitían ir completando las esquinas de un poliedro imaginario. Cien veces había que desmontar y montar lo que ya parecía acabado, hasta que al final todo encajaba y la tienda se mostraba majestuosa como el esqueleto de un dinosaurio fosilizado. Comparado con aquello montar un cubo Rubik era tan simple como encajar un puzle de dos piezas, chupado. El resto era mucho más sencillo, fijar la lona al armazón, tensar los vientos y clavar los clavos, para terminar todos juntos cavábamos un reguero para desviar el paso del agua y enterrábamos los faldones de la tienda con piedras que acarreábamos felices al ver el resultado de nuestro trabajo.


Así que allí estábamos, cómodamente instalados en la naturaleza, a la orilla de un arroyo de un agua tan cristalina que se podía beber mientras nos bañábamos. Cuantas veces me acordé de ese agua fría, años más tarde, cuando trasladamos nuestros meses de julio a la cálida orilla del Cantábrico. Aquel agua, fruto del deshielo, embalsada en piscinas naturales, que nos ponía azules con su mero contacto, pero de la que no nos hubiera sacado ni un grupo de buzos de operaciones especiales específicamente adiestrados. Solo nos sacaban nuestras madres que, desde la orilla, nos reclamaban para ir a comer bajo la amenaza de recibir algún pescozón o un cocotazo. Morenos como tizones nos presentábamos en una mesa llena de ensaladas, gazpachos, carnes y pescados, servidos en platos y tazas de aluminio, cocinados en nuestro camping gas o en las parrillas destinadas a tal menester, sin que a los forestales les preocupasen incendios no intencionados.


Y la verdad es que nunca pasaba nada porque los que así veraneábamos amábamos la naturaleza y disfrutábamos de nuestro privilegiado escenario. Recuerdo las truchas cruzando las charcas, rozándonos los pies, a las ardillas trapecistas que nos lanzaban piñas en cuanto nos descuidábamos, a las majestuosas libélulas azul turquesa que, como aviones de reconocimiento, se pasaban los días río arriba y río abajo, y a los tímidos erizos de hábitos nocturnos que eran sorprendidos cuando íbamos a hacer pis de noche linterna en mano. De todo eso éramos privilegiados testigos, mientras que muchos idiotas al pasar nos miraban con desdén creyéndonos desafortunados. Y de mucho más me acuerdo, porque viví cosas que poco a poco se han ido olvidando, como beber en un botijo agua fresca con unas gotas de anís, como ir a comprar media barra de hielo artesanal para después trocearla a martillazos, como escavar en el suelo hasta dar con un manantial y besar el agua con los labios, como comprar leche a un vaquero para hervirla y hacer requesón, y tantas y tantas cosas más que ahora se llaman turismo rural y entonces solo eran turismo barato.


Pero de lo que más me acuerdo es de esas noches sentados en el porche de nuestra mansión portátil, sin más luz que la de la luna y la de un farol de gas, alrededor del cual se arremolinaban millones de insectos volando, inmolándose los más atrevidos como sacrificio invertebrado a vulcano. Noches de largas conversaciones de los mayores, que los niños escuchábamos callados, noches de partidas de julepe a peseta, en las que si ganabas cinco duros habías rentabilizado el verano, noches en las que lo único que se oía era el croar de las ranas que vivían felices en la charca de al lado. Noches frescas que a veces desembocaban en tormentas eléctricas, tan violentas que te encogían el corazón cuando un trueno anunciaba con décimas de segundo la aparición de un rayo que, por un instante, volvía la noche día, nuncios de gotas de agua golosas que repiqueteaban en la lona acompasadamente, rítmicas y continuas, como un coro de campanillas que nos acompañaban en procesión en el duermevela que precedía al sueño, al lugar atemporal en el que los sacos de dormir eran de algodón de azúcar dulce y rizado.


De todo eso me acuerdo como si hubiera sucedido hoy mismo, lo mismo que me acuerdo del día en el que todo terminó, el día que el cielo se volvió loco o nos consideró indignos de seguir disfrutando de nuestro vergel, el día que se travistió de noche, que apagó el sol, que conjuró a todos los vientos para castigarnos, que nos mandó diablos que a cada carcajada despertaban truenos, tan fuertes que al retumbar en la montaña parecía que la iban a partir, el día que el río harto de seguir el mismo camino se desbordó por la tierra y por el aire. Ese maldito día en el que tuvimos que huir a la carrera en el coche para no ver como la tormenta se lo llevaba todo. Y cuando al final escampó allí estaba nuestra casa, con la lona hecha jirones, con los vientos arrancados, con los hierros hechos un amasijo deforme, irrecuperable. Ese día terminó todo, volvimos a casa con los restos del naufragio y nunca jamás volvimos a ser campistas ningún verano.


Sí, volvimos al pinar, por supuesto, pero siempre rodeados de ladrillos y bajo un tejado, fue entonces cuando comencé a echarlo de menos, porque las ardillas ya no me alegraban la comida, ni me dormía la siesta por el arroyo arrullado.