Mañana es un gran día para todos los
que tenemos el corazón teñido de rojiblanco, para todos los que
somos soñadores e idealistas, para los que nos cuesta creer que todo
en la vida se mide en dinero, para los que hemos elegido el camino
más difícil siendo conscientes de que merecía la pena hacerlo,
para los que somos pequeños pero valientes, para los que nunca
perdemos el aliento, para los que vivimos permanentemente
esperanzados.
Mañana no será un día como los demás
y me levantaré contento. Será un día de mirar el reloj cada cuarto
de hora y de echar cuentas del tiempo que queda para el inicio del
partido, mañana será un día en el que encima de la ropa de abrigo
luciremos orgullosos la camiseta colchonera y nos anudaremos las
bufandas al cuello esperando el momento de cantar un gol y agitarlas
al cielo de Madrid, fundiendo nuestro aliento cálido con el frío
relente del Manzanares hasta caldearlo.
Mañana saldré temprano hacia el
estadio, sabiendo que seré la envidia de muchos que se crucen
conmigo y con los que, probablemente, compartiré unas palabras de
ánimo. Mañana montaré en el metro ya nervioso, como si en lugar
del metro fuese un vehículo que me lleva a un mundo mágico. Saldré
de él y me mezclaré con la gente que como un río de montaña
desemboca, entre risas y cánticos, en el campo.
Mañana me asomaré al césped y será
como si fuese la primera vez, se me pondrá la carne de gallina al
ver las gradas repletas de gente que en ese momento está sintiendo
lo mismo que yo, y me uniré a ellos para cantar nuestro himno como
si formase parte de un conjuro de hermanamiento que nos convierte en
familia hasta que todo termine con el pitido del árbitro. Y me
dejaré la voz animando a los muchachos del escudo de las siete
estrellas que tantas alegrías nos están dando.
Mañana será un gran día para ser
rebelde, para ser feliz, para disfrutar durante dos horas como sólo
sabemos hacerlo nosotros, andando en el alambre que separa el éxito
del fracaso, ese alambre del que tantas veces nos hemos caído y al
que tantas veces nos hemos vuelto a subir sin admitir nunca que
estábamos derrotados. Y es que así somos, inasequibles al
desaliento, humildes pero orgullosos, conscientes de nuestra locura
imposible de entender para quien no la ha experimentado.
Pero es que además mañana va a ser nuestro día, porque esta vez perder el partido no entra ni en el más remoto de nuestros cálculos, porque nada nos va a amedrentar por muy fiero que nos parezca el contrario, que lo es. Porque nos merecemos esa alegría después de haber atravesado el desierto y la vamos a tener. Porque ser del Atleti es una religión y el Calderón es un templo en lugar de un estadio. Y allí estaré, rezando súplicas paganas para que un balón entre en una portería de 7,32 metros de largo por 2,44,de alto.
Pero es que además mañana va a ser nuestro día, porque esta vez perder el partido no entra ni en el más remoto de nuestros cálculos, porque nada nos va a amedrentar por muy fiero que nos parezca el contrario, que lo es. Porque nos merecemos esa alegría después de haber atravesado el desierto y la vamos a tener. Porque ser del Atleti es una religión y el Calderón es un templo en lugar de un estadio. Y allí estaré, rezando súplicas paganas para que un balón entre en una portería de 7,32 metros de largo por 2,44,de alto.








