viernes, 18 de diciembre de 2009

¿Hay que salvar a la especie?


Hoy planteo un tema, realmente peculiar, surgido en los postres de una comida con los compañeros del trabajo. ¿Hay que salvar a la especie? ¿Qué especie?, se puede preguntar cualquiera, ¿al delicado lince?, ¿a los tiernos pero peligrosos koalas?, ¿al cochino jabalí? Nada de eso, se trata de algo mucho más importante y que nos afecta mucho más de cerca. La pregunta correcta es: ¿hay que salvar a la humanidad?, ¡coño!, ¿de qué?, ¿de quién?, posiblemente de ella misma, pienso yo.

Aunque admito que a veces he dudado si lo merecemos o no, si de lo que hablamos es de la Humanidad con hache mayúscula, y no de cierta parte de la humanidad, desde mi punto de vista la respuesta es evidente, sí, hay que salvar a la especie. A los otros, los de la hache minúscula, les deseo que corran la misma suerte que los dinosaurios y que un meteorito con el tamaño y forma de la catedral de Milán caiga sobre sus cabezas. De todas formas, la conversación no trataba ni de cataclismos ni del cambio climático, una comida en el trabajo no debe ser tan profunda, simplemente hablábamos de la preservación de la especie mediante la reproducción y el nacimiento de hijos. Visto así yo pensaba que nadie discutiría mi planteamiento, pero no, una vez más me equivocaba, nada es evidente para todo el mundo.

Tengo una amiga que es un caso pero a la que quiero muchísimo. La quiero mucho porque es muy buena persona, sabe escuchar y me hace sentir siempre bien cuando estoy con ella, también la quiero mucho porque está como una cabra y su permanente estado de caos la hace entrañable. Pero cuando más la quiero es cuando demuestra su devoción por nuestros amigos los animales, no importa si están recubiertos de pelo, plumas o escamas o de si corren, nadan o vuelan, a ella le gustan todos. Lo sorprendente es que su amor a los animales no se hace extensible a los seres humanos, por muy animales que seamos, por ella los seres humanos podemos desaparecer del planeta, eso sí, los gatos no, pobrecitos. ¿No te gusta la idea? Pues te jodes, haber nacido gato. Ella es la culpable de este post, quiero hacer que cambie de opinión.

Desde que soy padre la verdad es que la cabeza se me ha vuelto del revés, he pasado del más absoluto desprecio por el futuro a la más absoluta preocupación por el porvenir, pero no solo del mío, ni del de mi hijo, que ya es un cambio, sino que también pienso en el futuro de los hijos de mi hijo y de lo mucho que me apetecerá conocerlos. Yo, como mis padres, también quiero malcriarlos, quiero dejarles que me destrocen la casa por darles gusto y por mentir a mi hijo diciéndole que a él, por supuesto, le dejaba hacer lo mismo. Quiero inflarles a golosinas hasta hacerles vomitar para negarlo después a voz en grito aunque se vean los trozos de chocolate y gominolas entre los restos del naufragio. Y quiero ir con ellos al parque para enseñarlos a tirarse de cabeza por los toboganes, aunque se rompan la crisma, para ver la cara de su padre el día que lo haga en su presencia.

Estos ya me parecen unos motivos lo suficientemente egoístas y lo suficientemente buenos para salvar a la especie, pero tengo más. Hay que salvar a la especie porque debe quedar alguien que finalmente descubra si lo del juicio final es un camelo o no, porque debe quedar alguien que vea amanecer el día en el que la selección española gane un mundial, porque debe quedar alguien que se teletransporte por el espacio y nos cuente que hay más allá de la Puerta de Tannhäuser y sobre todo porque yo no me creo que el sol vaya a explotar un día y necesito un testigo que me de la razón para que mi alma pueda descansar en paz.

Pero también existen motivos más idealistas y más profundos que habitan dentro de mí. La especie debe seguir existiendo para ser testigo de los amaneceres en el mar que no serían tan bellos si nadie los contemplase, la especie debe seguir existiendo para seguir contando las historias dignas de no enmudecer jamás, la especie debe seguir existiendo para seguir interpretando la música que no merece extinguirse ni olvidarse, ¿te parece poco Bea?. Y no merece extinguirse para que no se sequen los pechos que han de amamantar, para poder escuchar el sonido de los labios que aprenden a besar y para poder llorar sin consuelo a los que queremos el día que no les volvamos a ver más.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Había una vez un circo


Los domingos por la tarde, cada dos semanas, repito la misma liturgia, me preparo para ir al circo. Y no es un circo cualquiera, es el circo más grande del mundo, pero de una sola pista, además es un circo al aire libre y sin calefacción al lado de un río. Para ir a ese circo tienes que disfrazarte con una camiseta de rayas, ponerte una bufanda a juego e incluso un gorro de colores con cascabeles de bufón si te apetece.

El circo al que yo voy hace reír y llorar, a veces lloras por no reír y a veces ríes por no llorar. Lo que nunca te deja es indiferente, cada tarde que vas a verles tienen un espectáculo nuevo y aunque parezca imposible superarlo en la siguiente función ellos casi siempre lo consiguen. Nuestro circo es un circo cosmopolita y solidario, es cosmopolita porque tenemos artistas de todas las nacionalidades y colores, incluso merecería el título de “Gran Circo Mundial y Galáctico”, pero lo de galáctico ya lo tienen patentado unos vecinos que tienen su propio circo que, por cierto, no es ni la mitad de divertido. Y es un circo solidario porque en cada función invitan a unos artistas nuevos de fuera y siempre les hacen quedar bien y les dejan llevarse los mejores aplausos y ovaciones.

Además de todo esto, que no es poco, es un circo itinerante. Las semanas que abandonan a su fiel público es porque parten de turné a devolver la visita a esos chicos tan simpáticos que tanto disfrutaron cuando les visitaron. Y como son buenos buenísimos nunca tratan de hacerles sombra delante de su público y nunca roban ni aplausos a los artistas ni alegría a los niños que van a verlos. El Circo Rojiblanco, que así se llama el circo del que soy fan, viaja por toda España repartiendo ilusión, pero no solo han arrastrado sus carromatos y roulottes por el suelo patrio, sir ir más lejos han repartido carcajadas y sonrisas por Europa. Incluso en Chipre, que saben muy poco de circo, quedaron contentos y satisfechos con su actuación.

Los dueños del Circo Rojiblanco son muy majos y simpaticones, sus nombres de guerra son “El pelucas” y el “Cara torcida”. Ellos nunca faltan a su palabra cuando cada vez que contratan a un nuevo artista que amplíe el repertorio anuncian a bombo y platillo ante los medios de comunicación que es un artista consagrado y de fama internacional. Es verdad, todos los nuevos ya en su primera función dan claros síntomas de su clase, es verles salir a la pista y la gente se levanta de sus asientos para alabar su buen hacer y mandar recuerdos a la madre que los parió. Es marca de la casa, y es de agradecer, que aunque pasen los años y cambie el elenco el espectáculo nunca se resiente. “The Show Must Go On”.

En nuestro circo tenemos malabaristas del balón incapaces de dar dos toques seguidos antes de caerse y/o enviar el balón a la grada ante la algarabía del personal. Tenemos a una fiera venida de Argentina que antes daba miedo pero que ahora no tiene dientes y ya no asusta ni aun niño, tenemos un hombre bala que antes lanzaba proyectiles de cañón a toda velocidad contra una red y siempre acertaba pero que este año ha cambiado su actuación y se las lanza al público que asiste perplejo a su transformación. Tenemos payasos de todas las clases, tenemos al que le echan agua con una flor, al que le dan todas las tartas en la cara y el que hace de mimo, los tenemos todos. También tenemos un joven prestidigitador de gran éxito, es el único que logra arrancar aplausos sentidos de sincera admiración, pero todos creemos que el año que viene actuará en otro circo y traerán nuevos payasos y malabaristas que cubran su puesto.

En el Circo Rojiblanco cuando acaba la función es costumbre de los espectadores despedir a la trouppe con pitos y pañuelos como reconocimiento por no haber defraudado a sus expectativas. Por eso a las dos semanas volveremos llenos de ilusión, llueva, nieve o truene, porque los seguidores del Gran Circo Rojiblanco somos así y no le tememos a nada, juntos volveremos a cantar nuestro himno que dice:

Había una vez un circo
que jugaba en el Calderón
lleno de color un mundo de ilusión
pleno de agonía y de emoción
Había una vez un circo
que perdía siempre en el Calderón
sin temer jamás al frío o al calor
El circo daba siempre su función.
Siempre pifiar siempre cantar
pasen a ver el circo
otro país otra ciudad
pasen a ver el circo
es magistral sensacional
pasen a ver el circo

lunes, 14 de diciembre de 2009

Todos vivimos en el manicomio



Llevo una época peleado con el cine, bueno más que una época debería decir una década, el cine de este siglo para mí no existe. ¿Por qué? Pues no lo sé, pero la idea de pasar dos horas concentrado delante de una pantalla se me hace fisiológicamente incómoda y mentalmente insoportable. La verdad es que no me concentro, en cuanto paso más de media hora mirando una pantalla me despisto y pierdo el hilo. Una amiga a la que quiero mucho, y a la que conocí por nuestro común gusto cinéfilo, me dijo horrorizada al confesárselo “¡no te puedes enfadar con el cine!”, y tiene razón, realmente con quien estoy enfadado es conmigo mismo, prometo cambiar.

Para hacer esta travesía del desierto me he enganchado a las series de media hora, es mi límite, un entendido las llamaría “sitcom”, pero yo no lo soy. Además tienen que ser norteamericanas, la ficción nacional no me la creo y si llega a entretenerme es porque me da risa, por ejemplo, “El águila roja” me parece la mejor serie española de humor desde “Pepa y Pepe”. ¿Que qué veo?, pues sigo desde hace varios años “Dos hombres y medio”, no es que me sienta orgulloso al decirlo pero me hace gracia y eso que no es precisamente un humor para paladares exquisitos, después me enganché a “Cómo conocí a vuestra madre”, que me parece legendaria. Ahora estoy empezando a ver “Big Bang” y tiene muy buena pinta, creo que soy lo suficientemente friki como para comprender a los personajes, me acojona, un potencial Sheldon vive dentro de mí.

Estas series dan la medida real de lo poco que doy de sí, podría echarle morro y alegar mi estado mental a una intoxicación del hipotálamo por ingesta masiva de dibujos animados pero no lo haré porque esto viene de más lejos. Es fascinante el hipotálamo, se encarga de cosas tan interesantes como de regular el sueño y la temperatura, segrega hormonas y se ocupa del metabolismo. Del mío solo puedo decir que es un cabronazo de cuidado, ni ignora a mi despertador, ni adapta mi temperatura a la de mi oficina (aunque esto es difícil de cojones), me tiene hormonalmente como un cencerro y para colmo no es capaz de metabolizar ni un lípido, prefiere mandarlos directamente a forrar mi dermis. Dentro de nada en vez de tener un hipotálamo tendré un hipopota(la)mo.

Todo este rollo viene a cuento de que ayer al terminar “Big Bang” haciendo zapping vi que en otro canal comenzaba “Desayuno con diamantes”. No es que haya sido nunca una de mis películas favoritas, el final es el más empalagoso que ahora mismo recuerdo y al gato llamado “Gato” le habría yo presentado a un bulldog para que se hiciesen amigos, pero ver a Audrey siempre es un placer. Total, que me quedé viéndola en segundo plano mientras leía y escuchaba música, y a lo tonto a lo tonto me fui metiendo más en la película y menos en el libro. ¡Milagro!, pensé, estoy curado. Y es que una frase me saco de mi ensimismamiento, es de la escena en la que Audrey se mete en la habitación de George Peppard y le suelta “supongo que usted cree que soy muy descarada o que estoy loca, pero no me importa, todos vivimos en el manicomio”.

Cerré en ese momento el libro y posé mis ojos en la pantalla, no recordaba yo tanta profundidad en el país de Tiffanys, pero es una verdad como un castillo. Todos vivimos en el manicomio, todos vivimos una vida que mirada fríamente no tiene mucho sentido, todos ocultamos algo y todos tenemos algún muerto dentro del armario que no dejamos salir. Todos tenemos algún secreto inconfesable y un lado oculto que tratamos de domar pero que amenaza con manifestarse en cualquier momento para dejarnos en evidencia. Mi manicomio es enorme, no tiene paredes ni techo y esta abierto noche y día. Mi manicomio está dentro de mi cabeza y se expande como el universo, mi manicomio me hace infeliz y me tortura porque mi otro yo es el que manda dentro de él como venganza por no dejarle salir al exterior. Mi manicomio se adueña de mí aunque no esté loco. ¿O si?

jueves, 10 de diciembre de 2009

Nostalgia


Hoy volvía a casa del trabajo escuchando una de esas emisoras que ponen grandes éxitos de los 70, 80 y 90, cuando de repente ha sonado una canción que me ha devuelto a mis años universitarios, la canción era, y es, estúpida pero me ha recordado lo colgado que estaba por una tía tan maciza como simple y pija, los que conozcáis a un típico ejemplar de ICADE sabréis de lo que hablo. Ahora me da un poco de sonrojo pensarlo aunque esgrimo en mi defensa que mi composición hormonal ha debido variar bastante desde entonces.

Recuerdo esa canción porque la bailé con esta chica en una de mis fraudulentas fiestas de fin de año en la que por supuesto no me comí ni un rosco. Lo que para mí fue un éxito y una esperanza seguramente para ella fue una obra de caridad, sin embargo hoy al escuchar la canción he subido el volumen de la radio y he esbozado una media sonrisa. Un pensamiento me ha sacado de mi estado bobalicón, soy gilipollas.

No conozco a muchas personas que consideren la nostalgia una sensación placentera, cualquiera que tenga un par de dedos de frente pensará, y con razón, que al que le ocurra algo parecido debería hacérselo mirar. Pues sí, tienen toda la razón, lo sé porque yo soy una de esas personas, la sensación de nostalgia me deja una sensación agradable difícil de explicar, ser nostálgico es una forma de vida y hasta una droga. Vale, es para ir al psicólogo de cabeza, no lo discuto, pero yo no pienso ir porque para eso escribo este blog.

La nostalgia es la falsa y estúpida ilusión de que todo tiempo pasado fue mejor. Que un tío con mi historial y mi pasado se permita el lujo de ser nostálgico lo demuestra. El cerebro debe tener pequeños trucos para envolver los recuerdos de falsas sensaciones que realmente nunca se produjeron. Si nuestra realidad cotidiana tiende a ser un asco y está desprovista de tiernos sentimientos y sensaciones entonces me parece muy complicado creer que todos mis recuerdos estén bañados de un aura de ternura y felicidad.

Recuerdo con cariño a aquel niño gordito y empollón, me refiero a él como si fuese un extraño porque difícilmente le reconozco como yo mismo. El niño de mis recuerdos era divertido y soñador, le encantaba jugar y le encantaba leer libros de aventuras, era un mico que no levantaba dos palmos del suelo y ya tenía su carné de la biblioteca para devorar libros que le parecían maravillosos. La triste realidad es que ese niño tenía que partirse la cara casi todos los días con otros niños que le hacían la vida imposible, pero de eso no me acuerdo, seguramente es mejor no hacerlo.

También recuerdo como maravillosos mis años de estudiante a pesar de haber sido un adolescente tímido y acomplejado y un joven perdido y desorientado. Por el instituto pasé con más pena que gloria, tengo el dudoso honor de haber sido el primero de mi promoción y de coleccionar sobresalientes y matriculas de honor, eso era estupendo, pero hubiera sido mucho mejor que pasada ya la otra mitad de mi vida los amigos que nunca hice me recordaran lo felices que fuimos y lo bien que lo pasamos. Esos amigos nunca existieron, pero mis recuerdos me engañan y me hacen creer que fui feliz y lo pasé bien, además echo de menos a esa mentira y a esos amigos.

En la universidad lo que coleccioné fue suspensos, pero hice algún amigo a pesar de estar en la etapa más borde y rebelde de mi vida. El recuerdo debe estar aún muy cercano porque no me provoca ningún sentimiento nostálgico, habrá que darle tiempo al tiempo, seguro que dentro de diez años más no recuerdo lo malo, que seguramente ya no será tan malo pasado por el baño de almíbar de mi cerebro.

Para mí la nostalgia es una sensación de pérdida de algo que quizá nunca paso o quizá imaginé que debió pasar. La representación que en mi cabeza tengo de la nostalgia es la escena de “La edad de la inocencia” en la que Daniel Day Lewis (Newland, ese nick que he arrastrado por algún que otro chat) observa desde lejos a Michelle Pfeiffer (la Condesa Olenska) mientras que la maravillosa y calida voz de Joanne Woodward dice: "Se dio a si mismo una sola oportunidad, ella debía volverse antes de que el velero pasase el faro de Lime Rock, entonces iría hacia ella". El velero pasa el faro, ella no se gira y él se da media vuelta y la pierde para siempre... Eso es pérdida, eso es nostalgia.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Atila, rey de los hunos



Atila fue el último rey competente de un pueblo de “bárbaros” ortográficamente poco correctos, los hunos. Como ya conté en los albores de este blog yo soy de romanos, soy pero que muy fan, vamos que veo un casco de pretoriano con su penacho rojo y me lo hago encima, seguro que por eso mismo adoro a todos aquellos valientes que en un momento u otro les pusieron las pilas. Atila fue uno de ellos.

Los romanos llamaban bárbaros a todos los que no hablaban latín y griego, sin importarles mucho su grado de desarrollo, debe ser cosa de los imperios tenérselo tan creído. Hoy en día los emperadores del mundo, sí, esos de las barras y las estrellas, también tachan de bárbaros a todos los que no hablan inglés con acento de Carolina del Norte sin importarles mucho si en Carolina del Norte te puede freír a tiros un psicópata de la asociación del rifle al que luego, faltaría más, pueden ajusticiar con una inyección letal último modelo.

Pero vale, aceptaremos pulpo como animal de compañía, los hunos eran unos bárbaros del copón y Atila además de bárbaro era un salvaje, no digo más, le llamaban “el azote de Dios”. Y entonces ser el azote de Dios era ser alguien en la vida, no como ahora que hasta un tío tan triste como Zapatero lo es para los obispos, hay que ver con que facilidad se desvirtúan las palabras y los títulos honoríficos.

El origen de los hunos es ciertamente desconocido, se cree que vinieron de Asia central, posiblemente eran de origen mongol, y se instalaron por la Europa central al otro lado del Danubio. Entonces las emigraciones eran otra cosa, a falta de cayuco y patera se recorrían distancias kilométricas a base de caballo y sandalia. Cuando llegaron a Europa se encontraron un imperio romano que ya realmente eran dos y a otros bárbaros, que ya habían hecho el mismo viaje antes que ellos, asentados en las fronteras del imperio y en algunos casos viviendo plácidamente dentro de él.

Era costumbre de la época intercambiar jóvenes nobles en las cortes para, a modo de rehenes, evitar traiciones a los tratados de paz y los conflictos, la verdad es que me parece una buena idea. Por ejemplo yo a nuestro príncipe, en lugar de haberle mandado a estudiar a Canadá, le hubiera mandado a Marruecos hasta el día que Ceuta y Melilla desaparezcan sumergidas en las aguas, hubiera sido una buena manera de no verle envejecer a costa de los presupuestos. A Atila le mandaron unos añitos a Roma y como era diez millones de veces más inteligente que Curri Valenzuela tomo buena nota para el futuro, no hay nada como saber los puntos débiles de tu enemigo para luego pasártelo por la piedra. Atila lo tuvo claro, los romanos eran unos decadentes

De vuelta a casa le tocó reinar con su hermano Bleda hasta que el incauto murió de forma “accidental” en una cacería por una ingesta masiva de flechazos, alguien le tendría que haber dicho que es una regla de oro no ir a sitios donde te puedan asaetar si compartes un trono. Tras esto Atila tuvo el mérito de unir bajo un mando poderoso, el suyo, a un montón de tribus nómadas, hábiles con el arco y con el caballo, y así poder extorsionar a los débiles y decadentes romanos. Comenzó de esa manera un claro ejemplo de comercio justo, tú me das ese oro y yo no te corto la cabeza.

Pero al final de todo te aburres, unos de dar oro y otros de no cercenar cabezas, así que un día como en los mejores matrimonios surgió una chispa que hizo arder el fuego de la discordia. Atila se dedicó entonces a darles una soberana, nunca mejor dicho, paliza a los romanos. A los de oriente les zumbó hasta llegar a la misma Constantinopla que, afortunadamente para ellos, no era fácil de tomar por las bravas, así que Atila se conformó con una indemnización y plegó velas camino de occidente. En occidente se fue a la Galia donde vivían por entonces los Visigodos con la complacencia romana. A estos también les dio lo suyo y lo de su prima, así que tapándose la nariz visigodos y romanos se unieron para plantar cara a Atila. Y lo hicieron y además se la partieron en los Campos Cataláunicos que para disgusto de Carod Rovira están en Francia.

Atila se volvió a casa pero no estaba ni mucho menos derrotado, a fin de cuentas los Visigodos podrían pelear por sus territorios en Francia pero no irían a defender a nadie a Italia. La excusa para vengarse no pudo ser más simple, la hermana del emperador, Honoria, era un poco díscola para la época y al no aceptar un matrimonio de conveniencia con un noble, seguramente gordo y decadente, pidió ayuda a Atila. Éste se lo tomó como una propuesta de matrimonio y se fue a Rávena, que había sustituido a Roma como capital del imperio, a por su dote. Como era usos y costumbres Atila saqueó y arrasó todo lo que se le puso por delante hasta que llegó al río Po. Allí cuenta la leyenda que el Papa León I le convenció para que se retirara y se volviese a casa (vaya mierda de azote de Dios) aunque yo no me lo creo. Puede ser que alguna epidemia o la amenaza de algún ejército capaz de pararle los pies le hiciesen cambiar de idea. Total que dejó a Honoria compuesta, sin novio e imagino que con una buena tunda de su hermano.

Atila murió poco tiempo después la noche de su boda con una jovenzuela goda llamada Ildico, las crónicas de la época dicen que de una hemorragia nasal, la verdad es que tuvo que ser una buena juerga después de la que cual tuvo la mala suerte de contar con peores médicos que el hortera de Marichalar. Su muerte supuso la desintegración de su reino y prácticamente su desaparición. Atila ha pasado a la historia como un bruto y un asesino pero a mí me queda la sensación de que tuvo que ser un gran hombre con un departamento de prensa muy malo, y es que no hay desgracia mayor que la de ver tu vida contada por tus enemigos.

viernes, 4 de diciembre de 2009

WC de empresa


Ir al baño en la empresa es una experiencia como poco peculiar. Si lo piensas, así sin más, no parece para tanto, vas, haces lo que tienes que hacer y vuelves a tu celda, pero si lo piensas un poco más despacio el servicio de la empresa es un sitio donde puede pasar de todo, y hablo del masculino, por supuesto, porque de lo que pasa en el femenino no tengo ni puñetera idea, aunque me gustaría tenerla, cotilla que es uno. Bueno, de todooooo, todo, no sé si pasa, pero no apostaría dinero a que alguien no haya tenido allí algún momento de pasión correspondida o a lo mejor onanista. ¿Qué no? ¡Vuelve a mirar a tu alrededor antes de responder a la ligera!

A mí, el hecho de ponerme delante de un urinario, expuesto al público, siempre me provoca cierta tensión, soy pudoroso. En cualquier recinto público lo sobrellevo sin problemas y con dignidad, aún si el tipo de al lado me mira con aires de superioridad y cara de “qué fría esta la loza”, hay gente que debe tener un termopar en la punta del casi que mejor me callo. La prueba de fuego la pasaba en el Calderón cuando me tocaba ponerme delante de varias docenas de tíos con bufanda y camiseta rojiblanca para mear directamente sobre los azulejos, se ve que los urinarios no entraban en el precio del abono. Siempre dudé de si el invento en cuestión era higiénico (y de si pasaría una inspección de sanidad) aunque prefiero no pensar en el asco que me daba el sistema de recogida de “pluviales” a cielo descubierto y desagüe por gravedad a escasos centímetros de nuestros zapatos. Afortunadamente ya lo han cambiado pero los de las bufandas siguen estando allí y lo que no pasaría una inspección de sanidad es el juego del equipo.

En el trabajo es otra cosa, la empresa pone a nuestra disposición un servicio regular de limpieza impecable y nosotros le devolvemos el favor comportándonos como una manada de cerdos salvajes. Sin ponerme escatológico si que me gustaría plantear ciertas normas de convivencia y algunas propuestas para llevar al redil de la pulcritud a los más irreductibles. Primero, para poder entrar en el retrete habrá que fichar, al cerrar la puerta un cerrojo eléctrico la bloqueará y no se volverá a abrir hasta que se pulse un interruptor situado en el fondo de la taza, veremos si así utilizas la escobilla amigo jabalí, aunque tú a lo mejor prefieres meter la cabeza en la taza y darle con los colmillos. Segundo, si tras esto se detecta que no se ha abierto un grifo pasados diez segundos, se mandará un correo electrónico a todos los miembros de la empresa, con el nombre y la foto del cochinillo para que sirva de escarnio público. La misma información se publicará en su perfil de Facebook y en la hoja parroquial.

De todas formas lo que más me fascina del baño de la empresa es el comportamiento que en él tenemos, es entrar allí y es que parece que ni nos conocemos, la puerta del WC es como la de “Lluvia de estrellas”, nos vuelve irreconocibles y un poco gilipollas, afortunadamente Bertín no nos espera a la salida. El baño es el reino de los cabizbajos y de las palabras ininteligibles a media voz. No espero, ni deseo, que al cruzarme con el jefe éste me diga a pleno pulmón “Milla tengo la vejiga como la de un orangután”, pero no pasaría nada si con cierto desparpajo me dijera “diecisiete segundos Milla, ¡a ver si lo superas!”, y le superaría porque yo puedo hacerlo en menos de quince, seguro.

Y es que podemos conocer a la gente viéndola delante de un urinario. Yo tengo identificados al concentrado que va a lo que va y ni parpadea mirando fijamente a los azulejos, no se inmutaría ni aunque Charlize Theron en pelota picada se materializase delante de sus ojos, ese lo tiene clarísimo en la vida, triunfará y llegará a jefe. Está el que cierra los ojos y entra en trance, éste es el típico que va a su puta bola y que suele ser un poco rarito. También tenemos al soñador que mira hacia arriba buscando que el sumo hacedor le ilumine y por fin descubra a que huelen las nubes, espero que huelan mejor que el retrete al salir el jabalí. Uno que me encanta es el cantarín, un tío simpático donde los haya, además tiene más repertorio que una orquesta de verbena de pueblo, lo mismo te canturrea a Bisbal que te tatarea Paquito el chocolatero. Si es así de majo en tal trance yo quiero ser amigo suyo y salir con el de copas todos los jueves.

Pero el rey de la manada es el espontáneo, es el único de todos que no ve una diferencia entre estar en el lavabo o estar en una reunión con el director general, él es así y le suda todo los huevos. Puede contarte la película que vio ayer delante de la máquina de café o meando, posiblemente ha acabado contigo allí persiguiéndote para destriparte el final. Además no tiene reparos en contarte detalles escabrosos como que no debería comer tantos espárragos o te comenta con orgullo no fingido, al salir del retrete, que casi atasca la taza. Es un campeón. Este pieza es el mismo que si te lo encuentras lavándose los dientes se da la vuelta con la boca llena de espuma como un perrillo rabioso y comienza a hablarte mientras se cepilla salpicándote de una emulsión de Colgate con saliva, ¡coño!, seguro que uno de estos fue el que me contagió de la gripe A.

martes, 1 de diciembre de 2009

No me gusta diciembre



No me gusta diciembre, es un mes tan falso como su nombre, va disfrazado de diez y es el último huevo de la docena. Diciembre es el final de nada, es igual que la ilusión óptica de los círculos que parecen espirales, cuando los miras fijamente te das cuenta del truco y de que te han engañado, sigues uno con la mirada y comienzas una nueva vuelta sin ir a ningún sitio. Eso es diciembre, un mes que promete una catarsis y devuelve una desilusión.

En diciembre comienza el invierno, y el invierno es algo más que una estación del año, es el frío y es la oscuridad, son los días en los que conduces de noche para ir y para volver del trabajo, son los atascos en los días de lluvia y en los días de compras, son las tardes de fútbol debajo de una manta y de un paraguas, son los domingos grises encerrado en casa jugando al escondite con las manecillas del reloj, el invierno es el aislamiento y es la soledad. Seguro que en este mes se venden más antidepresivos que figuritas de mazapán y apostaría a que más de uno ha incluido una caja de Prozac en su lista de los reyes magos.

Diciembre es una falsa promesa y yo las odio, me han hecho demasiadas en la vida como para ir aprendiendo a reconocerlas. Me prometieron que si estudiaba tendría un buen trabajo y dinero, ¡mentira!, me prometieron que si era buena persona me iría bien y me recompensarían por ello, ¡y un huevo de pato!, las falsas promesas traen falsas esperanzas y la desilusión que provocan se me ha ido clavando en el corazón con espinas de acero. Menos mal que lo de la vida eterna no me lo he tragado nunca porque sería ya lo que me faltaba, además ya lo cantaba Queen, “Who wants to live forever?”, yo no.

Diciembre promete felicidad y días de fiesta, pero es una felicidad falsa comprada a golpe de talonario. Bueno, si eres gente de posibles y de pequeño te enseñaron a esquiar seguramente que es un mes estupendo, pero si toda la nieve que has visto ha sido la que has recogido de los parabrisas de los coches para tirarte unos bolazos con los colegas del barrio la verdad es que los deportes de invierno te la traen al pairo. Lo único bueno de diciembre es la paga extra, y menos mal, porque con la que se nos viene encima falta nos hace, cenas, regalos, lotería, castañas asadas, un chollo.

Y es que las cenas con los amigos y familiares son inexcusables, no existes socialmente si no tienes por lo menos tres o cuatro cenas de compromiso que no encajan en el calendario. Vaya por delante que yo hace tiempo que dejé de ir a cenas de compromiso por lo cual a las cenas que voy es porque me apetece, que nadie me lo eche en cara, pero preferiría que fuesen en otro momento y bajo otras circunstancias, porque diciembre no es el mejor mes para disfrutar de la noche y además la comida suele ser una mierda y encima te clavan. De propina están las comidas de empresa, gran momento para confraternizar con el enemigo porque con los que son amigos ya hemos comido por lo menos cien veces ese año y no sentimos la necesidad de escenificarlo públicamente.

Diciembre es el mes de las excusas y de los buenos propósitos, es el momento para dejar todo a un lado porque ya llegará enero para arreglarlo, tenemos patente de corso para comer como auténticos cerdos y engordar diez kilos porque ya los perderemos en enero, es el momento de decidir ir al gimnasio y de aprender chino y ruso. Sabemos que es mentira pero todos lo hacemos y vivimos felices en nuestra mentira, seguramente el año que viene estaremos más gordos, no habremos pisado un gimnasio y el único chino que hablaremos será “pollo de Si Chuang”