domingo, 20 de febrero de 2011

Cómo conquisté el oeste (I)



Una de las paradojas de trabajar en la empresa patera era que un día estabas en una nave en Azuqueca sin baños, ni calefacción, sin licencia de apertura y enganchados de manera pirata al cuadro de la luz y al día siguiente podías tener un billete de avión, en clase turista por supuesto, para ir a la Cochinchina. Imagino que son cosas del empresariado español, siempre echado para delante y con pocos escrúpulos a la hora de timar al personal. Que esa empresa de cuatro amigos llegara a exportar robótica a los EEUU era un síntoma claro de que la globalización no iba por buen camino, pero claro, eran los tiempos en los que Bush ganó las elecciones con papeletas mariposas que, curiosamente, volaron a donde más les convenía, algo no iba bien en Norteamérica, era evidente.

El proyecto era la crónica de una muerte anunciada, trabajábamos para una multinacional para la que habíamos hecho unos robots parecidos en una fábrica de Alcalá, con más pena que gloria, eso sí, un poco a la española, dejando que los operarios se jugasen la vida todos los días como asistentes de los robots, porque sí, los robots no son infalibles y allí donde uno fracasaba había un operario que le esquivaba con reflejos de banderillero y manos de orfebre para que la producción continuara. Eso, por supuesto, en la maravillosa Texas no pasaba, si aquí se puenteaban las seguridades y se desmontaban las puertas de acceso a las celdas robotizadas sin que a nadie se le moviera una ceja allí era imposible, los robots tenían más seguridades que la prisión de Alcatraz y no había paisano que se arrimase a ellos mientras que estaban en marcha. Conclusión, otro fracaso más a las espaldas, pero ya volveré a ello más tarde.

En principio yo no tenía que ir a esa puesta en marcha, pero los que nos dedicamos a este oficio sabemos que en cualquier momento se moviliza a la caballería y te toca ir a batirte el cobre a cualquier lugar recóndito del mundo. Por eso, en menos de lo que se tarda en decir “God bless America” tenía en mi poder un billete de avión para Dallas, ciudad en la cual tenía que llamar a un shuttle que me llevaría a Wichita Falls, pueblo al norte del estado, en la frontera con Oklahoma, famoso por absolutamente nada, en la mitad de la nada y en el que no había absolutamente nada que ver ni que hacer, salvo ir al mall o ver crecer la hierba, es lo que habitualmente se denomina “la América profunda”. El viaje en sí nada tuvo que envidiar al de Phileas Fogg, teniendo en cuenta que los escombros de las torres gemelas aún estaban humeantes cuando hice escala en el aeropuerto de Newark. Curiosamente no tuve problemas para meter mil cachivaches electrónicos en la maleta y pasar el control de equipaje, eso sí, avisé de que los llevaba y me pusieron unas pegatinas muy chulas diciendo que mi maleta ya estaba revisada. Pasé la aduana sin mayor contratiempo que aclararle a un señor muy misterioso de que no pensaba atentar contra el presidente de la unión y que no portaba bombas ni era un terrorista, imagino que los terroristas se desmoronan cuando alguien en un aeropuerto hace eso tipo de preguntas tan sutiles, son tipos muy astutos los de los servicios de inteligencia.

Pero no tuvo que quedar muy claro, porque al pasar el trolley por el escáner antes de tomar el vuelo de Dallas el chico que miraba la pantalla se puso a dar gritos tan desesperados como si se le hubiera estallado una almorrana. El abuelete que estaba al cargo del asunto hizo un gesto alarmado a un geyperman de la guardia nacional que ni corto ni perezoso me encañonó con su recortada. Creo que no me hice mis necesidades allí mismo porque la comida de la clase turista estriñe más que comer durante una semana seguida solamente galletas maría, pero tuvo que faltarme poco. Encañonado me pidieron amablemente, eso sí, que abriese las cremalleras del trolley, despacito a ser posible, y eso hice, faltaría más, los de Alcorcón respetamos a la autoridad, sobre todo si va armada. Al escuchar al chaval exclamar con alivio “Grandpa it’s just a book” me dieron ganas de matarle, todo el escándalo era por mi diccionario de inglés, manda eggs, pero no por eso me iban a dejar en paz, ya que me tenían allí me descalzaron, me despelotaron, me registraron el equipaje y me pasaron unos algodoncitos muy monos para hacerme un control de explosivos, desde entonces volar a los EEUU no es una de mis aficiones favoritas.

Llegué a Dallas después de unas 16 horas de viaje, pero no terminaban allí mis penurias, tenía que conseguir llegar a Wichita Falls que queda como a unos 300 km. Como la planificación era lo nuestro, la única referencia que tenía era un número de teléfono para avisar a un shuttel, o minibús para los amigos, para que se pasara al aeropuerto a recogerme. Así funcionan allí, tú llamas y el bus se va pasando por las puertas del aeropuerto antes de volver a casa, pero claro, si logras hablar con alguien, porque al llamar al teléfono que tenía copiado en un post it conseguí sentirme como el perro de los Simpson, saltó un contestador automático que hablaba un idioma para mí desconocido, luego aprendí algo, se llama texano. No entendí nada y me vi abandonado en aquel aeropuerto por el que deambulaban señores con sombrero de vaquero, cinturones con hebillas de un palmo y botas de cuero repujado, ¿y si el número estaba equivocado? Decidí darme una segunda oportunidad y volví a marcar, algo entendí esa vez, “later”, pronunciado “leira”, era un comienzo. A la tercera adiviné el horario en el que podría ser atendido, faltaban dos horas y no me resignaba a mi suerte.

Pregunté a un montón de gente muy simpática cómo podía ir a Wichita Falls, pero sus caras eran de lástima hacia mi persona, algunos me aconsejaban buscar un hotel, otros me dieron pistas falsas y los menos me preguntaban qué narices iba a hacer a Wichita Falls un tío de España, y sí, eso también me preguntaba yo, de Madrid al cielo y de Alcorcón al desierto. Por fin, tras esperar un par de horas, conseguí hablar con los del shuttle, ellos en su idioma y yo en el mío, hasta que conseguí hacerme entender lo suficiente como para no tener la menor duda de que ese día dormía en el aeropuerto. Pero no, el bus llegó a mi puerta justo a la hora que me dijeron y con alivio y muerto de sueño me dejé llevar, un par de paisanos trataron de entablar conversación conmigo, sin éxito claro, porque estaba muerto de sueño y porque no era el momento de hacer mi primera inmersión lingüística seria en el texano. Dormí con un ojo abierto y otro cerrado hasta llegar a las Hawthorn Suites, que era donde nos alojábamos, todo el mundo estaba durmiendo y nadie me esperaba. Lo había conseguido tras 24 horas de viaje, Juanjo_ML estaba allí, la conquista del oeste había comenzado.

sábado, 19 de febrero de 2011

El baúl de los sentimientos

El baúl de los sentimientos está guardado en un rincón lleno de polvo de una habitación a oscuras en la que nos da miedo entrar. No hay que ir muy lejos a buscar esa habitación, porque está dentro de nosotros, justo en el centro de ese laberinto que con el tiempo hemos ido creando para que nos sirva de refugio cuando ya no podemos más, cuando nos hacen daño, cuando nos hacemos daño, cuando queremos disfrutar solitariamente de nuestras alegrías y de nuestros pequeños triunfos, cuando queremos ser invisibles, transparentes, insensibles, viento.

No es el baúl de los recuerdos, como decía la canción, porque aunque los recuerdos son parientes de los sentimientos viven en otro pueblo, a veces quedan para cenar y tras unas copas se entremezclan y nos dan gato por liebre, pero es fácil desenmascararlos, lo que nos duele es sentimiento y es presente, lo que nos hace felices también, el resto no es más que indiferencia y pasado, un peso muerto. Tampoco es el baúl de los secretos, no tiene nada que ver a pesar de que se puede llegar hasta a él por el mismo laberinto, pero lo que allí guardamos ni es bueno ni es malo, por lo menos para nosotros, no es más que un almacén de lo que somos en las bambalinas del teatro de la hipocresía al que por derecho de nacimiento fuimos invitados.

Nadie sabe cómo es el baúl de los sentimientos, si es grande o si es pequeño, el hecho es que por fuera todos los baúles parecen iguales, el tuyo y el mío, el del conductor del autobús y el del primer ministro noruego. No tiene llaves porque nadie se atreve a abrirlo por nosotros y, además, aunque lo hiciera, pronto se daría cuenta de que no hay nada que robar dentro de él, porque el que se te atreve a mirar en baúl ajeno suele verlo prácticamente vacío y sus sentidos se vuelven torpes para interpretar qué clases de monstruos se esconden allí dentro. A veces nos volvemos locos y al abrirlo dejamos ver sin pudor qué guardamos dentro, como si fuera ropa vieja y usada tirada por el suelo esperando a ser recogida por un corazón comprensivo que comparta lo que sentimos, y no es una tarea fácil, ni mucho menos. Es tan difícil como lanzar sondas al espacio exterior pensando que algún día encontrarán vidas inteligentes que comprendan el mensaje ininteligible y codificado que gritamos al vacío, a veces es tan estúpido como mirar al cielo esperando ilusamente que ese mensaje nos rebote lleno de la complicidad que vemos en nuestros ojos cuando se miran en un espejo.

En el baúl de los sentimientos tratamos de arrinconar todo aquello que nos hace vulnerables, intentando que se quede bien sepultado en el fondo bajo esa tapa que pesa más que si estuviera hecha de plomo derretido, pero las reglas allí son distintas a las del mundo real, o por lo menos no son ni justas ni son las que necesitamos. Cuando necesitamos buscar algo, el baúl está siempre vacío y es inmenso, podríamos pasarnos horas contando las telarañas que crecen en sus rincones, hiladas por arañas incansables que hablan distintos idiomas y que nunca se encontrarán por mucho que desgasten sus patas tejiendo. Porque los sentimientos no se pueden invocar, si no dejarían de serlo, por eso mismo cuando no queremos vuelven, a pesar de que los dábamos por muertos creyendo que eran recuerdos, o nos engañamos a nosotros mismos fingiendo que ya no los tenemos, porque no se puede ignorar lo que se siente ni mirar para otro lado esperando que las arañas devoren lo que nos molesta, nos es incómodo o simplemente no queremos.

Al baúl de los sentimientos vamos echando lo bueno y lo malo, irreflexivamente, por instinto de supervivencia, porque la vida no espera, porque tenemos prisa, porque no nos damos el tiempo que necesitamos para llorar o reír, por no hacer daño a los demás, por hacer nuestro lo que es ajeno, sin darnos muchas veces cuenta de que son pedazos de esa misma vida lo que arrojamos allí dentro.

sábado, 12 de febrero de 2011

¿Qué haces en mis sueños?


¿Qué haces en mis sueños?
Velarlos, vigilarlos, vigilarte
No me acuerdo de ti
No me conoces
Entonces, ¿por qué has venido?
Porque sueñas cosas imposibles, increíbles
Yo nunca las recuerdo
Eso es porque yo te las robo
¿Por qué lo haces?
Vendo tus sueños al mejor postor, hay mucho mercado para los sueños hoy en día
No te creo, nadie pagaría por ellos
¡Ni te imaginas lo que tu imaginación es capaz de crear!, eres una mina de oro, haces feliz a la gente que los vive, me los quitan de las manos
¿Es que los sueños se hacen realidad?
Los tuyos sí, mira a la gente a tu alrededor, ellos son mis clientes
Pero yo no soy feliz, soy muy desgraciado, me siento vacío, estoy cansado
¿Ya estás lloriqueando otra vez?, los sueños con melodrama se venden muy baratos, aunque tienen su público
Ese es tu problema, no el mío, por favor deja de hacerlo, no vuelvas, quiero vivir mis propios sueños
¡Claro que es mi problema!, has dejado de soñar, me estás arruinando el negocio
¿Por eso estás aquí?
Si, soy muy profesional, cuido personalmente de mis asuntos, ¿dime que puedo hacer por ti?
Desaparece para siempre, ¡déjame en paz!
Eso no puedo hacerlo, pídeme lo que quieras menos eso
Entonces no volveré a soñar, a partir de ahora soñaré despierto
¿Piensas hacerme trampas? No sabes con quien estás jugando, soy el guardián de tus sueños, no puedo obligarte a soñar pero puedo traerte las pesadillas que nadie quiera
¿Eres el guardián de mis sueños?¿Y me los robas?
Me he corrompido, no corren buenos tiempos para los soñadores, no es nada personal, entiéndelo
Quiero recuperarlos, te los compro yo mismo, ¿cuanto quieres por ellos?
Pon tú el precio
Te los cambio por mi alma
Ves demasiadas películas baratas. Deberías saber que tu alma no tiene mercado, todos quieren soñar pero sin pagar ningún precio, guárdate tu alma, no la quiero
Entonces, ¿qué es lo que quieres?, no tengo nada que darte salvo mis sueños
Si que lo tienes, te doy un día para que lo pienses, volveré mañana, a ver si ya sabes qué darías por hacer realidad tu sueños

martes, 8 de febrero de 2011

De la vergüenza y de las miradas


Cada mirada esconde un enigma, una historia, un pensamiento oculto.

O eso creo yo, porque la mirada es posiblemente uno de los rasgos más característicos de una persona, una mirada bonita mejora infinitamente cualquier rostro, lo hace automáticamente más agradable, y no tiene que ver con la belleza de los ojos, tiene que ver más con lo que los ojos son capaces de transmitir; no hay nada más bonito que unos ojos que ríen y no hay nada más triste que unos ojos que lloran, aunque estén vacíos de lágrimas. Es evidente que los ojos son el balcón desde el que miramos al mundo, pero además no tienen una tarea fácil, tienen que captar lo que pasa y hacerlo de una manera rápida y precisa, tenemos que interpretar lo mejor posible lo que nos rodea para sobrevivir, incluyendo las otras miradas.

Existen miradas cómplices que nos ahorran todo lo demás, incluyendo las palabras, miradas amenazantes, que dan miedo y transmiten ira, miradas inquisitivas, de deseo, provocadoras, miradas que provocan pena o ternura, miradas de desprecio y miradas de censura, miradas falsas e incluso miradas mal entendidas. Una mirada puede desencadenar en nosotros un torrente de preguntas sin respuestas, buscando una explicación a la forma en la que hemos sido mirados (¿me quiere?, ¿me odia?, ¿me ha mirado mal?, ¿me estaba mirando a las piernas?) o no mirados (me ignora, soy invisible, no existo, soy un gusano). Todos hemos pasado alguna vez por esa centrifugadora y le hemos dado una importancia de vida o muerte, cuando a lo mejor ni siquiera era a nosotros al que estaban mirando o no mirando.

A mí me gusta la gente que mira de frente, la que es capaz de sostener la mirada, por eso mismo yo pongo especial cuidado en mirar atentamente a las personas cuando hablo, y por el mismo motivo cuando algo o alguien no me interesa evito mirarlo, es el mayor desprecio que puedo llegar a hacer, y funciona. Por la misma regla de tres es importante para mí que me devuelvan la mirada, notar la atención del otro, que se establezca un contacto visual que considero tan importante en la comunicación como las propias palabras, o más, porque mirando a los ojos se pueden adivinar muchas cosas que nunca se descubrirían de otra forma. A lo mejor por eso no me fío del que al hablarme no me mira, del que a los dos segundos de mirarme siente la necesidad de desviar la vista, del que mira como a ráfagas y nervioso y sobre todo del que mira de reojo cuando cree que no le miro.

Pero estoy aturdido, porque he encontrado a la horma de mi zapato, hay una persona que cada vez que se para a hablar conmigo me hace sentir como si estuviera absolutamente desnudo, que me intimida, que parece que al hablarme está a un milímetro de mi cuerpo y que podría ser capaz de leer hasta el último de mis pensamientos. No lo entiendo, no me había pasado nunca y me sorprende, es más, me intimida mucho porque soy incapaz de fijar una barrera que hasta el momento de conocerla siempre había sido capaz de interponer, y no es que sea una barrera que me hace hermético, qué va, simplemente me da la seguridad de poder mostrarme hasta donde yo quiero, algo como la mítica frase del 1,2,3 “y hasta aquí puedo leer”, un seguro de privacidad muy necesario que estoy perdiendo.

Y el hecho de que sea una mujer, aunque debería ser anecdótico, me desconcierta aun más, porque evidentemente sobra decir que no es algo afectivo, pero yo soy un cenutrio tratando con las mujeres y admito que consigue hacerme sentir muy inseguro, me hace sentir transparente y vulnerable, y me da mal rollo, bueno no, lo que me da realmente, además de eso, es vergüenza, tanto que cuando me cruzo con ella siento el impulso de dar media vuelta y huir, pero no sería justo, porque lo mismo que la belleza reside en los ojos que miran las paranoias también, y yo debo estar paranoico perdido... ¿o tal vez no soy el único que siente ese tipo de vergüenza cuando al mirarle se siente observado?

domingo, 6 de febrero de 2011

El reencuentro


Los días eran grises en su ausencia, condenados a repetirse unos a otros, víctimas silenciosas de un calendario que, sin embargo, solo hablaba de ella. Se obligó a olvidarla porque no debía estar allí, no tenía derecho a ocupar ese espacio de su mente que no le pertenecía, aunque habría vendido su alma por que le perteneciera, es más, habría matado por que fuera suyo, habría hecho de rodillas el camino al infierno por volver a verla, sin sacar billete de vuelta, solo para sentir una vez más el olor de su pelo y volver a morder la fruta de sus labios. En la larga ausencia de ella descubrió que se puede obligar al cerebro a negar una realidad, a arrinconar y negar un sentimiento, pero que no se le puede obligar a olvidar, porque entre sus pliegues sabe ocultar como refugiados de la razón a esa bandada de pájaros multicolores que son los recuerdos, a ese lugar inalcanzable que es el pasado.

Por eso, esa noche se volvió a abrigar por fuera y por dentro, armándose de valor para ser capaz de volver a los lugares comunes que una vez, juntos, habían descubierto. Vagó sin rumbo, oculto bajo su disfraz de sombra irreconocible, merodeando para no ser desenmascarado, y de esa manera nunca la encontró. Sintió el frío de la noche congelar sus tuétanos y sus lágrimas, que, como diamantes salinos, se estrellaban contra el asfalto dibujando un camino de perlas rotas que si lo seguías te llevaba a un abismo oscuro y eterno. Y es que en los caminos del corazón las trampas se pagan caras, no se puede jugar al negro si al pensar en ella la imaginas enfundada en un ajustado vestido rojo, no se puede desear amar y guardarse las ganas bajo un disfraz de hombre triste y amargo. No, ese no era el camino, los dos lo sabían, el destino lo sabía, el futuro se lo estaba pensando.

Cambió de táctica al comprender su error, no conseguiría sacarla de su escondite con un disfraz, no lograría que volviese a la vida, a su vida, con una estratagema. El precio estaba fijado y la unidad monetaria no sería el dinero, esta vez tenía que pagar con la verdad desnuda de sus sentimientos. Admitió que la quería, desde siempre, desde que una vez sus caminos se cruzaron antes de ni siquiera conocerla, maldijo la suerte que los separó a los pocos metros de haberlos cruzado, recordó los letreros del cruce y de cómo él eligió la cómoda recta de lo convencional y de lo apropiado, no, no fue la mala suerte lo que los apartó, fue su cobardía y su estúpido sentido de hacer siempre lo que los demás hubieran esperado. Pensó en cómo habría sido su vida, la suya, la de los dos, si hubiera elegido el camino tortuoso por el que una tarde de lluvia ella desapareció. No la había vuelto a ver desde entonces y guardaba como un tesoro esa última imagen de su cabello castaño empapado de pena y de agua.

Volvió al cruce dispuesto a esta vez jugar, tiró el dado al tapete y contó cinco casillas desde la salida. La sonrisa renació en él sabiendo que detrás de alguna de las curvas la encontraría, cuanto más avanzaba más seguro estaba de su renuncia, a pesar de que le dolían los pies y el aliento le faltaba por momentos siguió adelante sin mirar nunca atrás, tanto tiempo que su piel se curtió de viento, agua y sol, tanto tiempo que su pelo encaneció y sus ropas no eran más que un montón de harapos sucios y viejos. Nunca perdió la fe en encontrarla, y siguió hacia delante, hasta que un día la vio sentada en un banco del camino esperándole, comiéndose una manzana que era la vida y que de un mordisco más se habría terminado. Corrió como poseído a su encuentro, pero ella no se levanto, simplemente con un gesto de la mano le pidió que se sentase a su lado, tampoco le ofreció su manzana, la arrojó junto al camino y sus semillas se esparcieron para germinar en un árbol con frutos de perdón y arrepentimiento.

Al verla junto a él fue como si el tiempo nunca hubiera pasado, siguieron la misma conversación justo en el punto que la habían dejado, sin mezclar porqués ni reproches que ya no venían a cuento. Reafirmaron su amor como si nunca se hubiera roto, como si las arrugas en sus ojos no existiesen, ni las manchas en sus manos, ni la flacidez en sus cuerpos, todo eso era secundario, y el filtro de sus ojos les devolvía la imagen de lo que fueron antes de que la vida les burlase años de felicidad sin tener que preguntarse cada noche qué habría sucedido si él no la hubiera dejado. Sintió la pasión renacer en sus entrañas, rejuveneció de repente y no pudo reprimir el impulso de besarla en sus labios huérfanos, pero al acercar los labios a los suyos su rostro se empotró contra un cristal que saltó en mil pedazos y que hizo jirones su piel, llenando su cara de esquirlas lacerantes que le despertaron del sueño. Y nunca más pensó en ella, ahora que sabía que se habían reconciliado.

miércoles, 2 de febrero de 2011

A mi padre


La mayor injusticia de este blog es que después de casi doscientos post no he hablado nunca de mi padre, es para matarme. Por si acaso se me pasan las ganas de escribir un día de estos no voy a dejarlo para otro día, es algo que él me ha enseñado siempre, si hay que hacer algo cuanto antes mejor, una enseñanza estupenda que yo me empeño en no seguir.

Decir que ha tenido una vida difícil sería quedarme corto, era el pequeño de nueve hermanos y su madre murió cuando él tenía un año, con dos se cayó en una hoguera, cosas de no tener una madre vigilante, y además de unas horribles quemaduras se le inutilizó prácticamente una mano que no arreglaron hasta que fue a la mili y le operaron. Su padre era un bala perdida que yo conocí cuando ya era octogenario y no podía valerse por si mismo, una persona sin ningún tipo de sentido de la responsabilidad que sin embargo tuvo la suerte de ser acogido por el hijo del que nunca se preocupó, porque eso es muy de mi padre, el sentido del deber, el hacer lo que su corazón le indica que es justo sin dudarlo. Y es para aplaudirle, porque la idea de mi abuelo, al quedarse viudo, fue disolver la familia pasados un par de años, vendió la casa, repartió el dinero que como herencia le tocaba a cada hijo y si te he visto no me acuerdo. ¿Qué fue de mi padre? Pues que le internaron en un colegio del auxilio social en Linares hasta los doce o trece años, un sitio que no me puedo imaginar para pasar una infancia de férrea disciplina eclesiástica y bastante penurias y no poco hambre. No hemos hablado mucho de ello, imagino que le debe doler y no tengo ganas de remover el pasado.

Del colegio le sacaron unos tíos que no veían en él más que mano de obra barata para trabajar en el campo, sus hermanos bastante tenían con sobrevivir, no lo soportó y con quince años se subió en un tren con destino a Huesca, solo y sin dinero, pasándolas moradas. Allí encontró trabajo en los Pirineos, trabajando en la construcción de las pistas de esquí, durmiendo por la noche en barracones llenos de obreros que le duplicaban y triplicaban la edad, imagino que con un ojo abierto y otro cerrado. Como es más listo que el hambre salió adelante trabajando de cualquier cosa, panadero, vaquero, pescadero, albañil, lo que se terciara, recorriendo Aragón, Navarra y el País Vasco. Luego le toco ir a la mili, vuelta otra vez a Andalucía, para emigrar luego a Madrid con 22 años. Me da vértigo escribirlo, pero la verdad es que con esa edad ya había vivido más de todo lo que yo voy a vivir en mi vida, pensar en las cosas que a nosotros nos frustran me da vergüenza y el término trauma mejor ni mencionárselo.

Cualquiera podría pensar que una vida así ha hecho de él alguien triste y huraño, pues si lo piensa se equivoca, mi padre es todo alegría, muy simpático, con un don especial para la gente, que siempre piensa en positivo y no se arruga ante nada. Vamos, casi todo lo que no soy yo. Al poco de estar en Madrid conoció a mi madre, en un semáforo de la calle Santa Engracia, cosas de la vida, porque si hubiera estado en verde no estaría yo aquí escribiendo esto. Entre su gracia andaluza y que es guapo de llamar la atención consiguió acompañarla a casa, algo muy milagroso en aquellos recatados tiempos, sé que es guapo porque mis amigas se mataban por subir a casa para verle y más de una, y más de dos, todavía me sigue diciendo que sigue siendo interesante a pesar de los años. Pero volvamos a la historia, en un par de años se casaron, él con 25 y ella con 21, sin un puto duro y viviendo en un piso compartido de mala muerte, y a los nueve meses clavados yo vine al mundo ganándonos el derecho a vivir solos de alquiler en un apartamento en Leganés del que prácticamente ni me acuerdo. No deja de ser una historia de supervivencia, como muchas más de un país roto, pero es la suya y por eso es la mía, y por eso le admiro, le respeto y sobre todo le quiero.

A partir de ahí ya pueden hablar mis recuerdos, de tiempos difíciles en los que nunca perdía la compostura, en los que sabía suplir lo material con su atención, porque ni un día puso una excusa para no jugar conmigo y mis hermanos, nos llevaba al campo todas las semanas, nos enseñó a distinguir los árboles, los bichos, los pájaros, a distinguir las setas buenas de las malas, a buscar espárragos. Nos llevaba de acampada a la sierra, nos contaba historias, se preocupaba de enseñarnos él mismo a leer y a escribir, a sumar y restar, hasta que se le terminó el repertorio después de los quebrados. Nos enseño a luchar por nuestros ideales, desde sus ideas de sindicalista de los que ya no quedan, nos inculcó la importancia del saber, eso hasta la obsesión, a apreciar la oportunidad de tener esos estudios que a él se le había negado, sin tener nunca nada para él mismo, lo mismo que mi madre para ser justo, invirtiendo en nosotros hasta la última peseta sin importarle no tomarse una cerveza con los amigos o tener un coche descacharrado de segunda mano. Así año tras año, hasta sacar cuatro hijos adelante, hasta llegar a la jubilación, hasta ver nacer a sus nietos, hasta que la vida quiera, y más le vale a la vida que sean aún muchísimos años.

Porque entre medias casi le perdemos, el año maldito que le diagnosticaron un cáncer que afortunadamente ha superado, y ni los médicos se explican mucho cómo salió todo tan bien, a lo mejor algo se merecía bueno después de tanto malo, seguramente, o a lo mejor tiene razón mi madre y su madre, que se llamaba Ángeles, es el de la guarda y le sigue cuidando. Desde entonces todos los años me busco la vida y nos vamos un fin de semana solos los dos, y es el fin de semana del año más maravilloso, porque nos llevamos genial y disfrutamos de las mismas cosas, que suelen ser sencillas, pero sobre todo disfrutamos de ser adultos y comprendernos, y de poder hablar de cualquier cosa y poder callar también sin molestarnos. Y he descubierto que no solo es un padre genial, sino que es casi mejor como abuelo, sus nietos le adoran y se me cae la baba viéndole disfrutar de ellos, como si el reloj hubiera vuelto a los setenta y estuviera de nuevo jugando con sus hijos, pero sin preocupaciones, ayudando en todo lo que puede si hace falta, madrugando para llevarles al cole no porque se lo pidamos, sino por el placer de verlos, comprándoles más chuches de las que a mí me gustaría, aunque quién las hubiera pillado, ahora que lo que menos le preocupa en la vida es el dinero.

Y no deja de enseñarme lecciones cuando me dice que él ha tenido una vida feliz, a pesar de todo, ya jubilado, a punto de cumplir 40 años casado y criando a cuatro hijos, algo que nunca pudo imaginar cuando salió de Jaén con poco más que unos pantalones remendados, como él dice, y sobre todo con la satisfacción de haber podido comprarse una casa en su pueblo, para reconciliarse con la vida, con los suyos, con su pasado.

martes, 1 de febrero de 2011

Fe, fútbol, religión


Hoy he vuelto a casa con un dolor de cabeza de mil demonios, lo más triste es que ya salí con él de casa y no he conseguido que se olvide de mí en todo el día. Creo que ha sido un castigo divino, por ateo, por descreído y por ser del atleti.

¿Por qué? Pues porque ayer me congelé en esa cámara frigorífica que se llama estadio del Manzanares, un sitio como otro cualquiera en el que poner un campo de fútbol si lo que quieres es putear hasta lo inimaginable a la parroquia que fielmente paga una entrada cada dos domingos. Ese frío húmedo que viene directamente del río, además de sus posibles trazas de radiación, se cuela en los huesos y no te lo quitas ni tras una ducha bien caliente. Creo que el plan preconcebido era matarnos de frío en dos o tres generaciones hasta hacer desaparecer la mutación cerebral que nos hace colchoneros, pero con lo que no contaban era con nuestra capacidad de adaptación y de sufrimiento, vamos, que por ese lado les ha salido el tiro por la culata. Debe ser por eso que, además de por frío, tratan de acabar con nosotros por otros medios, como la esquizofrenia, el ataque al corazón o el suicidio colectivo fichando a los peores tuercebotas a los que ingenuamente algunos llamamos ídolos. Está claro, un ser superior me está castigando.

Como ya debo haber contado mil veces los domingos voy al fútbol con mi padre y mi hermano, tal vez alguna vez ampliaremos la pandilla con mi hijo y mi sobrino, aunque no sé, igual no es una enfermedad de transmisión hereditaria. Ir con ellos es posiblemente más importante que el fútbol en sí mismo, es una de esas cosas que llevas haciendo años y a la que te aferras como símbolo de normalidad, de continuidad. Además forma parte de mis acuerdos prematrimoniales y es algo a lo que no pienso renunciar. Es del dominio público que no nos va muy bien, al equipo, que os veo venir, pero este mes vamos claramente a peor, y me he dado cuenta porque ayer mi hijo antes de irme, con la inocencia de sus tres años, me dijo que a ver si el tío y yo no perdíamos, que siempre perdemos. Debe pensar el pobre que nos vestimos de corto y paseamos nuestras panzas por el campo, lo más triste es que a lo mejor no desentonaríamos mucho entre tanto vago.

Mi hermano y yo siempre hacemos la misma broma, si el partido es malo siempre nos queda el bocadillo al descanso para llevarnos un buen recuerdo, porque nosotros no nos andamos con chiquitas en los bocatas, son verdaderas obras de arte del saber popular culinario, tiernos filetes de lomo, jugosas tortillas de patata, aceitosos pimientos, jamones ibéricos y buenos quesos suelen acompañarnos para disfrute nuestro y envidia del personal. Pero ayer jugábamos a las cinco, un horror, ni bocadillo ni nada que llevarse a la boca, y por eso lo veía venir, ni ese capricho nos íbamos a dar. Para colmo la tarde amagaba tormenta aunque eso nos da igual porque vamos al campo con un chubasquero que ni la capa de la antigua benemérita, podríamos con él pescar bonitos en el Cantábrico sin mojarnos, pero algo malo rondaba, se mascaba en la atmósfera, y efectivamente, acerté con la premonición, todo lo malo que podía suceder sucedió, perdimos el partido, no hubo bocadillo y tras el segundo gol del rival le dije a mi hermano “solo falta una señal del cielo y que se ponga a diluviar...”

Fue decirlo y comenzar a descargar el averno, en unos segundos caía tal tromba de agua no que podía ver ni las porterías, la gente empezó a huir despavorida por los vomitorios hasta casi vaciar el campo, no me mojaba, no, pero sentía el agua correr encima de mí como si fuese un río, tanto llovió que la grada no pudo evacuar el agua y comenzó a subir el nivel hasta cubrirnos los zapatos, y entonces miré a mi alrededor, y desperté del sueño, no era más que un imbécil muriéndose de frío y empapándose los pies mientras que unos tíos le daban patadas a un balón. No sé si fue una señal, tampoco tengo ya claro si existe alguien que se entretiene jugando con nosotros, pero de repente noté que había perdido la fe, que me importaba un carajo lo que allí pasase, como si la gélida lluvia hubiera arrastrado mis sentimientos. Me sentí ridículo por estar allí, vacío, absolutamente tonto, como si se hubiera terminado el amor, como si ya nunca fuera a ser igual, mi fe se había diluido y se ahogaba rodeada de cáscaras de pipas y vasos de refresco.

Miré a mi padre y a mi hermano y les dije que yo me iba, que no aguantaba ni un segundo más, y me miraron como si no me conociesen, porque yo nunca me voy por mal que esté la cosa, a las duras y a las maduras jamás me muevo del asiento. Faltaban veinte minutos y me levanté y me fui cabizbajo camino del metro, sin ganas de mirar atrás, sin ganas de volver, desengañado de esa religión, ese sentimiento completamente irracional que aquí llamo sentimiento atlético. Llegué a casa pensando en un baño caliente y un pijama seco cuando Dani me hizo la pregunta del millón: ¿papá, el tío y tú habéis ganado hoy?, le miré con resignación para decirle que habíamos perdido otra vez, ¿y sabéis lo que me dice?, cuando sea grande y fuerte voy a ir con vosotros para que no perdáis nunca más. ¡Vaya con el enano! ¿Ahora qué hago?

En la foto Arteche, uno que no se encogía jamás, aunque diluviase