domingo, 2 de octubre de 2011

Gordo sí, pero con dignidad

Ser gordo no está reñido con tener dignidad, de hecho nada está reñido en si mismo con tener dignidad, especialmente si tienes dinero, porque el dinero es a la dignidad lo que la belleza a Belén Esteban, la inteligencia a Ana Rosa Quintana o la imparcialidad a Pedro J. Ramírez, un simulacro, un dime de lo que presumes y te diré desde cuál ventana te puedes tirar sin que a mí me importe.

Sin embargo, el gordo está sometido a situaciones de estrés desconocidas para el común de los humanos, empezando por las más evidentes, como por ejemplo la sudoración masiva en el momento más inoportuno que termina habitualmente con el ya conocido “entonces de follar ni hablamos”. Son también momentos clásicos el estallido de una cremallera o el vuelo de un botón sometido a excesiva tensión e incapaz de contener nuestra exuberante naturaleza, dejándonos con el culo al aire, estoy seguro de que esas cosas no sólo me han pasado a mí. Del tema de ir de compras se podría escribir un libro, lo mismo en el supermercado viendo como la gente reprueba o aprueba con ligeros movimientos de cabeza según eches en el carro un sobre de doscientos gramos de chicharrones fritos o un paquete de queso de burgos light, que en unos grandes almacenes en los que deambulas por los pasillos de las tallas especiales, eufemismo que significa sacos de patatas con orificios de inserción para cabeza y extremidades, mirando de reojo al género mientras que avezados vendedores ávidos de una presa sacan a afilar sus arpones.

La verdad es que yo de estas cosas de gordos puedo dar clases magistrales, me las sé todas y he pasado por casi todo, bueno, por casi todo menos un quirófano, que mis lorzas a mí no me las toca nadie y menos a oscuras, ni hablar. Y tampoco es que esté tan gordo, especialmente si me comparo con las ballenas, los hipopótamos y los elefantes africanos, a su lado soy una sílfide, una vergüenza para la teoría de cuanto más masa mejor se pasa. Más difícil es resistir la comparación con los leones marinos u otarinos, seres a los que por cierto admiro y envidio, principalmente por su inteligencia, ya que son capaces de sacarse una carrera, de hacerse su MIR e incluso llegar a jefe de área de un hospital de mala muerte, como el otarino que me operó a mí de la nariz, ejemplo de donosura y carnes blandas. Sin embargo el depredador natural del gordo no es el otarino, qué va, es el endocrino, ese manantial de sabiduría que es capaz de decirte sin inmutarse ni que se le caiga la cara de vergüenza que la panceta engorda.

Porque es de poca vergüenza atraer a tus presas con falsas promesas que no puedes cumplir. Si alguien piensa que el endocrino le va a decir que deje de comer ajo en la cena y conseguirá sin más su peso ideal que se olvide del tema, el mundo no funciona así. Salvo casos muy raros que a mí me suenan a ciencia ficción, lo normal es que te digan que tu cuerpo consume más calorías de las que puede quemar, el resto a la buchaca y si eres como yo, un mecherillo diésel, lo único que puedes hacer es llorar amargamente y joderte ante la injusticia del mundo, pero no es para tanto, otros nacen en Somalia y matarían por ser como tú. Sin embargo, a raíz de esto se crea un circo que vive a tu costa, te matan de hambre de manera inmisericorde pero te mandan a hacer analíticas para asegurarse de que no te mueras del todo, te recetan pastillas con complementos vitamínicos y te obligan a comer pescado, sí, todos los días, como si Adán y Eva se hubieran conocido en una cita a ciegas en el restaurante japonés Mochitsuki Yakitemato.

Pero lo último, la gota que colma el vaso, ha venido de la experiencia de un compañero de trabajo. El pobre, además de pasar por un endocrino, va a ir un paso más allá, va a acudir a un nutricionista, pero después de ir a unas charlas con otros gordos desconocidos, yo flipo. Y no es que me lo tome a coña, los trastornos de la alimentación son algo muy serio y de ello he hablado largo y tendido en el blog, pero porque te sobren unos kilos y te infles a comer risketos no puede ser motivo para que te manden a hacer terapia de grupo, ¿estamos gilipollas? Es que me lo imagino y se me abren las carnes. A mí, lo que me pediría el cuerpo si me encontrase en una situación así, sería sacar del zurrón un bocadillo de palmo y medio de chorizo de Pamplona, elevarlo al aire en actitud torera y decir con voz queda un “va por ustedes” y comérmelo entre vivas y mueras de dos dentelladas. Con un par. Porque lo que no me veo es diciendo eso de “Hola, me llamo Juanjo_ML y me gustan las magdalenas”, para que el grupo me coree “Hola Juanjo_ML, ¿las redondas o las valencianas?” Joder, las valencianas siempre, pero ese no es el tema.

El tema es que no sé por qué motivo lo empezamos a sacar todo de quicio, imagino que copiamos comportamientos y formas de actuar que vienen de otros lares, sitios en los que se comen las hamburguesas de cuatro en cuatro. Y el problema es ese, que comemos de pena, una puta mierda, cada vez peor y no hace falta escuchar a los demás gordos para entenderlo, es en casa donde nos deberían haber enseñado a comer sano. Desde luego que se tiene que ayudar al que lo necesita, pero no podemos hacer de la excepción regla y sobre todo, lo que a mí me parece lo más importante, en lo que deberíamos todos trabajar es en aprender a aceptarnos. Ser gordo es una putada pero no una tragedia, algunos lo somos y no lo podemos evitar y ya es bastante jodido estar siempre controlando para no petar el corazón como para ver estas gilipolleces y ser motivo continuo de escarnio.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Una broma macabra


La vida está llena de tópicos y todos caemos en ellos.

Es fácil, sobre todo cuando hablamos en primera persona de cosas que le suceden a terceros, sobre todo cuando esos terceros nos importan un pimiento, qué curioso, nuestro amor a la humanidad se termina en el último ser humano al que conocemos y aún así, a veces no llegamos tan lejos.

Todos decimos que la vida es una mierda a pesar de ser lo único que tenemos, dos tópicos encadenados que no por serlo dejan de ser ciertos. Hablamos de la injusticia como si el mal, el dolor o la pena pudieran hacerle justicia a alguien, tal vez sí o tal vez no, si no creo en Dios cómo puedo pretender jugar a serlo. Sin embargo debe haber una escala que ligue el valor de la justicia y el merecimiento, una escala que debe ser logarítmica y que se dedica a castigar con más saña a los más buenos.

V es una persona buena, sin más, hace tiempo que lo conozco y rara vez le he visto un detalle que no me haya gustado, eso, teniendo en cuenta que yo puedo llegar a ser bastante capullo y susceptible, dice mucho de su persona. Él vive y deja vivir, seguramente porque la vida ya fue un regalo cuando nació pesando menos de un kilo hace treinta y cuatro años. Hoy en día casos peores salen adelante sin problemas, entonces fue un milagro que sobreviviera.

Pero no fue sin pagar un peaje, le quedaron secuelas que no le dejaron llevar una vida normal, si pensamos que una vida normal es una vida como la tuya o como la mía. Creció siendo un niño especial, enfermizo y débil, con unos órganos que no maduraron lo suficiente, especialmente los riñones, que siempre fueron del tamaño de un niño pequeño. Nunca le escuché quejarse por ello, al contrario, siempre le vi dándolo todo para ser uno más, dejándose la espalda currando como el que más, llegando a casa dolorido y tumbándose hasta conseguir recobrar el aliento.

Un día sus riñones infantiles dijeron que ya no podían seguir su ritmo y comenzó a ir a diálisis, tres veces a la semana, una condena en vida que sufre mucha más gente de la que pensamos y lo hacen de manera estoica, sabiendo que se lo juegan todo enganchados a ese potro de tortura, porque, precisamente, ir a dializarse no es como ir de paseo. Pero tuvo suerte y a los pocos meses le trasplantaron un riñón que por fin le cambiaría la vida y con el que conseguiría comenzar de nuevo. Y así parecía que iba a ser, a pesar de que tuvieron que operarlo un par de veces más porque estuvo a punto de perderle por falta de riego.

Sin embargo la vida es perra e injusta, como ya decía al principio de este texto, hace un par de meses en unas radiografías de rutina para preparar una nueva operación, la que ya iba a ser definitiva, le encontraron unas manchas en el pulmón, unas manchas que no parecían importantes, que pasaron de parecer una infección a un principio de tuberculosis y que tras múltiples pruebas han resultado ser un linfoma. Un asesino en potencia silencioso y cabrón que en solo unos días se está extendiendo sin parar por su cuerpo.

Dicen los médicos que, aunque raro, es algo que le puede pasar en una persona trasplantada, a mí me recuerda a la historia del caballo de troya, qué mierda de caballo, qué mierda de broma macabra. También dicen que queda esperanza para su curación, aunque sea a base de quimioterapia y a renunciar a su riñón nuevo. Lo escucho y me quiero agarrar a esa esperanza, pero le miro y le veo cansado y débil, asustado... ¡cómo para no estarlo! Pero sé que va a pelear con todas sus fuerzas, porque no queda más remedio.

Hoy me siento triste y lleno de impotencia, muy torpe, incapaz de encontrar palabras que sirvan de consuelo a su hermana y que parezcan creíbles, conteniendo las lágrimas delante de la tarta de cumpleaños de mi hijo, que en menos de una hora cumple cuatro años y que no entiende por qué no ha venido su tío y su abuela a traerle un regalo, incapaz de terminar el post que celebra el segundo aniversario de este blog, haciéndome preguntas que sé que no tienen respuesta en mi vacío interno.

V es mi cuñado y le quiero.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Experiencias turcas (IV) Boquerones y desastres aéreos



Que los turcos, o al menos el turco que nos servía de conductor e intérprete, son gente de verdad sentida, lo comprendí el viernes por la tarde en el que regresábamos de la central de Dogankent, para pasar el fin de semana, a Trabzon, la antigua Trapezus o Trebisonda, ciudad pintoresca a las orillas de Mar Negro con pasado griego y bizantino.


Recuerdo que aquella tarde caían chuzos de punta y el viaje, aunque corto, no era moco de pavo. Ese día, sin explicación alguna, nos llevaron por el camino de las montañas, en lugar del habitual bajando por el valle y siguiendo la costa, unas montañas imponentes de cuatro mil metros de altura a orillas del mar. Mas que lluvia, aquello era una especie de agua nieve que según se ascendía se convertía en una señora nevada que cubría el bosque de nieve, tanto que si te dejabas llevar por la imaginación aquello eran los Alpes y Trabzon un cantón suizo. Pero conducir por aquellas carreteras, a la manera que conducen los turcos, daba mucho miedo y disfrutar del paisaje con el esfínter contraído no es igual de placentero. ¿Por qué aquel hombre se jugaba su pellejo y el nuestro? Pues porque había decidido buscar a un mecánico que arregló su coche hacía 20 años además de dar cobijo a su familia los días que allí se quedaron tirados. Lo curioso es que nunca más había vuelto a saber de él pero estaba decidido a encontrarlo.


Cuando por fin llegamos al pueblo que era nuestro destino intermedio, el taller no existía y la casa del mecánico había desaparecido en un incendio, una persona normal hubiera desistido pero Dogan, nuestro chófer, no. Preguntó a montones de personas hasta que consiguió una pista que nos llevó a dar con el mecánico y su esposa, que para sorpresa nuestra se habían realojado en una casa que podríamos llamar simplemente chabola. Sí, allí nos encontramos dos venerables ancianos de la Turquía profunda viviendo en unas condiciones de hace doscientos años, las hacía fiestas un perro cojo que jugaba junto a unos coches desvencijados por las inclemencias del tiempo y por los años. La tristeza que me produjeron a simple vista es difícil de expresar, pero duró poco viendo las imágenes del reencuentro de los fugaces viejos amigos, fue como la letra del tango, 20 años no fueron nada para ellos, ni para nosotros, porque tras presentarnos y contarlos nuestra historia fuimos convenientemente estrujados y achuchados.

Como era muy tarde y nos quedaba mucha ruta por delante, no nos entretuvimos mucho y pudimos seguir nuestro viaje con la promesa de volver a comer con ellos en nuestro camino de regreso a la central. Y así lo hicimos, el domingo a medio día estábamos allí de nuevo. Una lumbre, ya casi hecha ascuas, acompañaba a un barreño lleno de boquerones, muy típicos en el mar Negro, ese sería nuestro plato principal, hechos a la parrilla, acompañados por agua de un manantial y una ensalada de tomates del huerto. Nunca, pero nunca jamás, volveré a comer tantos boquerones como aquel día, es costumbre por aquellas tierras que el anfitrión coma lo justo y ceda la mayor parte de la comida al invitado que Alá ha guiado hasta su mesa, de la misma manera es de muy mala educación no acabar con toda la comida que a uno se le ofrece, por lo que los boquerones se multiplicaban en nuestros platos como si viviésemos un “revival” (1) del milagro de los panes y los peces.

Admito que los boquerones estaban deliciosos, pero debieron estar como una semana nadando por mis entrañas en forma de horribles y continuos retortijones, bueno, a mi compañera le fue peor y tuvo tal gastroenteritis que se pasó una semana en cama dejándose la vida por los desagües.

Tras el ágape, nos contaron que cerca de allí se había estrellado el desdichadamente famoso Yak42 que transportaba militares españoles de Afganistán a España. El mecánico, amablemente, se ofreció a llevarnos al lugar de la tragedia, bueno, más que amablemente con mucho sentimiento, ya que la mayoría de los turcos tienen una imagen muy cercana y querida del ejército. Y aunque en un principio nos negamos a ir, y menos en su todoterreno que debía estar fabricado en la época del imperio otomano, al final accedimos siempre y cuando pagásemos nosotros el combustible, que no era cuestión de que el hombre se dejase allí sus escasas liras, bastante esfuerzo ya habría sido comprar los boquerones. Me hizo mucha gracia que su mujer se metiese en la chabola para salir equipada de una escopeta, que debió vivir sus mejores momentos en las guerras de Ataturk, por si se nos cruzaba algún bicho por la montaña y de paso nos traíamos la cena. Allí estaba, en la parte trasera de un jeep antidiluviano, cerca de las montañas de Caúcaso, con unos desconocidos que no hablaban mi idioma y con una escopeta en las manos.

A paso de tortuga fuimos ascendiendo hasta la cima de las montañas por un camino nevado mientras que disfrutábamos de unas vistas impresionantes, al cabo de una hora el vehículo se paro y saltamos por el portón trasero. A pocos metros un pequeño monumento memorial recordaba a las victimas, según nos contaron estaba situado justo en el lugar en el que se estrelló el morro del avión. Me acerqué hasta allí y no pude dejar de emocionarme al ver escritos en la piedra los nombres de tantos compatriotas que fueron a morir de una forma tan lamentable en aquel rinconcito del mundo en el que no se les había perdido nada. Lo más triste fue comprobar que realmente tuvieron muy mala suerte porque la cima de la montaña estaba a unos escasos cincuenta metros. Hasta allí pasee para ver el mar que hubiese supuesto su salvación en el otro lado, por el camino pude ver pequeños restos del fuselaje del avión, todavía esparcidos, no sé por qué recogí uno y lo metí en mi mochila, ahora es un triste recuerdo macabro.


Son cosas de la vida, tan caprichosa, que nos lleva a vivir situaciones inesperadas, que nos coloca en sitios en los que jamás hubiéramos pensado en estar, que te regala días así de inolvidables y en los que encima te pagan dietas por hacer tu trabajo.

(1) Comillas patrocinadas por Anijol, que siempre brilla y da esplendor.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El final de las vacaciones


Hoy se terminan las vacaciones, al menos en este pueblo que nunca fue el mío, pero sí el de mis antepasados, de los que, por cierto, aquí ya no queda ni el rastro. Un pueblo que puede presumir de sus quinientos años de historia, un enclave en mitad de las sierras que bajan hasta Granada fundado por orden del rey Carlos I en 1508 para repoblar las tierras conquistadas a los moros. De hecho, dos medias lunas comparten sitio en el escudo de la villa con una cruz de Santiago, patrón local. Quién mejor que Santiago Matamoros para protegerles de un enemigo que estaba al otro lado de un mar desde aquí todavía lejano. Dicen que fueron labradores de Jaén y soldados de la corte del rey, alguno de los cuales me dejó como testamento mis ojos azules y mis rasgos centroeuropeos, los primeros pobladores y que fue la madre del rey, Doña Juana, la que una vez cobrados los oportunos honorarios intercedió para que fuera elevada al rango de villa realenga.

Me gusta imaginarme a aquellas gentes en su nuevo reino por descubrir, en el valle que forma el río Susana, rodeados por todas partes de montes y de arroyos que todavía conservan las aguas cristalinas, con manantiales por doquier que lo abastecen de agua fresca durante todo el año, vigilados atentamente por la cumbre pelada de la sierra de la Pandera. Camino por las veredas que, como arañazos, cruzan las laderas y me hago mil componendas, dejo a mis ojos descansar sobre los mares de olivos mientras que me relamo pensando en mi bollo de pan blanco untado en buen aceite de la cooperativa y el jugo de un tomate engordado al sol en el huerto de algún vecino. Me gusta caminar mientras que escucho el canto de los jilgueros, amos de la vega y que vuelan libres en bandadas de frutal en frutal, con ese volar desmayado, con ese colorido que los diferencia de los pardos gorriones y de los negros y gordos mirlos. Me gusta volver a casa cuando anochece y es tiempo de que las golondrinas salgan por fin de sus nidos, jugando al pilla pilla con los murciélagos, ellos tan negros y ellas tan coquetas presumiendo de sus panzas blancas ante sus ojos ciegos.

Me divierte jugar a reconocer los árboles porque soy de ciudad y el único árbol con el que habito es el platanero. A veces me paro a contemplar las nogueras, grandes y majestuosas, testigos mudos de tiempos mejores para el campo, tiempos en los que los paisanos estarían ya aguardando para recoger su valiosa cosecha, pero ahora miro con nostalgia las nueces, dentro de su concha verde, que ya se empieza a rajar, y que dentro de nada comenzarán a caer y rodar por el suelo, yo no estaré para verlo. Todo lo contrario que los delicados almendros, mucho mas tempranos ellos, ya casi desprovistos de hojas y con las almendras sin recoger colgando de sus ramas como bolas de un árbol de navidad que estuviese en el esqueleto. Veo a lo lejos encinares que destacan por su verdor de los bosques de olivos, las encinas me parecen nubes de verde algodón, contundentes, pero menos que los quejigos, algunos de ellos tienen las huellas de varios siglos. Y se me viene a la cabeza la frase que dice “con el olivo picón y con la encina y el quejigo carbón”, porque los inviernos aquí, cerca de los mil metros de altura son fríos y dentro de nada habrá que encender la estufa de leña para pasar la tarde leyendo y escuchando crujir al fuego.

Hago trampas a mi dieta cuando al pasar por delante de una higuera no puedo resistirme a hurtarle un higo, a veces blanco a veces negro, grandes y jugosos los primeros, más pequeños y dulces los segundos, deliciosos los dos. Miro con repelús a los membrillos repletos de frutos, llenos de pelusa, imposibles de comer al natural pero que tan buenos están cocinados con un poco de queso fresco. Queso que hacen con la leche de las cabras que en este vergel necesitan para vivir poco pienso, las oigo balar junto con sus primas, las ovejas, que en las colinas devoran los pastos; a veces me paro para hacerle una foto a un choto, tan bonitos cuando son crías como feos serán de viejos, si es que llegan, porque es típico de aquí que acaben en un sabroso asado aromatizado con tomillo y con romero. Aquí lo que no es olivo es frutal, frutales que ya casi nadie cuida y que dan con sus frutos en el suelo, da pena ver las alfombras de peras y manzanas pudriéndose en el suelo, a su lado esperan que llegue su turno los ciruelos y los melocotoneros, de los que deben reírse a carcajadas los todavía apreciados cerezos. También veo endrinos y granados, que ahora pasan desapercibidos pero que dieron nombre a este reino, y maldigo cuando veo a los caquis, mi árbol favorito, repletos de verdes frutos que madurarán en dos meses cuando yo esté lejos.

Ando por que en ello me va la vida, pensando en estas cosas y otras muchas, hasta que el sonido de un motor me saca de mi ensueño, tractores y vehículos todoterreno dueños de los caminos me adelantan, sustitutos de burros y mulas que en un pasado no muy lejano roturaban las tierras de cultivo, animales sufridos que en pesados serones trasladaban las cosechas y los aperos de labranza hasta el pueblo. Ahora, solo llevarían aceitunas, por miles, por millones, porque los olivos están tan cargados que da gloria verlos, aunque tanto se ha abusado de plantar olivos que los mismos que los han plantado se quejan del bajo precio del aceite. Ya no se cultivan cereales, hace mucho tiempo que dejó de hacerse, y ya nadie va cargado al molino esperando a conseguir por cada kilo de trigo un vale para un pan, blanco o moreno, el único recuerdo de aquello son las tierras roturadas y robadas al bosque, ganadas al hambre, que forman manchas descarnadas junto a los bosques que tardarán en engullirlas decenas de años.

Me voy y lo hago con pena, con la misma pena que se irán detrás de mí muchos de los habitantes del pueblo en busca de un jornal que les permita subsistir. Porque descontando los olivos poco tienen con que ganarse la vida en este pueblo de gente humilde y trabajadora, sobre todo ahora que hay crisis y los albañiles no se manchan el mono con yeso. Con pena partirán llenando autobuses camino de Francia, para vendimiar y cosechar la fruta que aquí se pudre en el suelo porque nadie la quiere y casi nada vale. El pueblo perderá su luz y quedará despoblado en un otoño triste al que precederá un invierno de aceituna madura, y entonces la gente se volcará en su recogida, los bares se llenarán de cuadrillas en busca de un café caliente antes de que salga el sol y se arrancarán molinos y prensas, y las calles olerán a aceite y alperchín y la vida comenzará de nuevo.










miércoles, 31 de agosto de 2011

Libertad, igualdad, ¿fraternidad?



Me gusta debatir de política con ND, a pesar de que nuestras posturas son y serán siempre contrarias, me gusta leerlo y pensar un poco sobre lo que me dice, también me gusta pensar que él, que es buena persona y todo un caballero, querrá lo mejor para su familia y sus amigos, conociéndole hasta para sus enemigos, aunque dudo que tenga alguno. Lo que quiero decir, y ya se lo he dicho comentando en su blog o en tuiter, es que estoy seguro de que en el fondo queremos lo mismo, y eso es algo que me hace sentir bien y se lleva parte de mis miedos, aunque los caminos que nos llevan hasta allí son distintos, tan distintos que posiblemente solo existan en nuestra imaginación porque, probablemente, ese lugar sea una fantasía y si no lo es, entonces, el camino todavía no está ni asfaltado.

Hace unos días él me dijo que yo lo que quería era conseguir la igualdad a costa de recortar la libertad, he pensado mucho en ello porque fue una frase que no me hizo sentir para nada bien, soy así, algunos en su tiempo libre se tumban en una hamaca y vacían la mente, yo, como no puedo desconectar nunca, me quedo dándole vueltas a las cosas. Imagino que nadie que me conozca, aunque sea un poquito, aunque sea de leer el blog, pueda llegar a pensar de mí que estoy a favor de coartar la libertad de nadie, que estoy a favor de colectivizar los medios de producción y abolir la propiedad privada, eso no funciona ni funcionará, es más me parece una atrocidad terrible y una pérdida de tiempo tremenda que en el año 2011 tenga que explicarlo. Tampoco entiendo que cuando critico saraos como el JMJ alguien piense que critico la fe de las personas, me parece una falta de respeto y una justificación fácil de la ley del embudo, los más fervientes detractores de lo público y de las subvenciones, que han aplaudido a rabiar el espectáculo, deberían pensar seriamente si han obrado coherentemente o les ha podido el placer de tocarle la moral al contrario. Si alguien va tener la tentación de contestarme diciendo que existen cosas peores desde aquí le doy la razón, sí hay cosas mucho peores, pero que algo sea peor no convierte lo malo en bueno, es una forma de razonar muy española, y así vamos.

La libertad es algo subjetivo, aunque al leerlo suene chocante, para algunos tener un contrato de 40 horas a la semana, que se convierte sistemáticamente en más de 50, es algo cercano a la esclavitud, si ese contrato es además precario no es que sea cercano a la esclavitud, es que eres lo más parecido en el tercer milenio a un algodonero de Virginia o a un remero de las galeras que cruzaban el Atlántico, claro, que peor es ser somalí y que a nadie le importe tu vida un pimiento, pero eso sería hacer demagogia y por hoy voy a dejarlo. Para otros pagar 30 años de hipoteca es una esclavitud y para algunos más la falta de libertad puede ser pagar impuestos y no tener capacidad de decidir que quieren hacer con un dinero que tan honesta y duramente han ganado, quiero entender que ND va por ahí cuando dice que quiero recortar su libertad, pero a lo mejor me equivoco porque nunca me había planteado que tributar mermase la libertad de nadie, simplemente para mí es una obligación que tengo como ciudadano y punto. O a lo mejor también me equivoco y estamos hablando de la libertad de los mercados, esos mercados que si no fuera porque existen leyes tenderían hacia los monopolios y a los precios pactados, lo de la ley de la oferta y la demanda, al menos la que yo estudié en la universidad, en España es un cuento chino.

Opino que la igualdad es una reclamación justa y legítima del que es desfavorecido por una mera cuestión de nacimiento, creo que la sociedad actual tiene la obligación de ofrecer igualdad de oportunidades a todo el mundo, y eso que parto de un eufemismo que da mucha risa, pero me conformo con unos mínimos, como por ejemplo una educación de calidad y gratuita para todo el mundo, estoy seguro de que no pido la luna, salvo para los buitres carroñeros que en todo ven negocio sin importarles un pimiento la colectividad. Sin ella, en lugar de ser hoy ingeniero estaría malviviendo con algún trabajo de miseria destinado a los parias como yo, una pena para mí, pero si sumas a muchos como yo una pena para la sociedad, porque si hago caso de molinos en eso de que la falsa modestia es una estupidez, entonces desperdiciar mi inteligencia habría sido un mal negocio para mi actual patrón y para el recaudador de impuestos. Soy de los que opina que dinero para lo fundamental hay, y más que habría si existiese la voluntad de tener mano dura con la corrupción, con los coches oficiales, con el fraude fiscal, con las facturas sin IVA, con los contratos en negro. Cada vez que pienso en cosas así me acuerdo del jefe de mi empresa patera, facha en el amplio sentido del término, de misa de domingo, oyente de intereconomía y sin embargo defraudador sin escrúpulos y patrón de rumanos sin contrato, o del jefe de A, muy del opus él, pero que le paga en B la mitad del salario. Está muy feo tomar la parte por el todo pero a veces no puedo evitarlo, es en esos momentos cuando digo que la canción que me quieren vender tiene una letra muy bonita pero que la música desafina, la realidad desafina.

El sistema no funciona, y no va a funcionar, me parece bien limitar el endeudamiento porque yo mismo en mi casa lo hago, no me gusta deber un euro más de la que tengo y cuando no tengo empiezo a apretarme el cinturón por las cosas prescindibles, sin embargo esto va a ser el truco del almendruco para justificar los recortes sociales en lugar de recortar en reducir la administración, el gasto en defensa (de los pozos de petróleo), en obras faraónicas que no vienen a cuento que acaban cuadriplicando el presupuesto, es así y si no al tiempo. Es curioso que viviendo en una de las comunidades autónomas más endeudadas de España, ahora los mismos que han dilapidado lo habido y por haber me digan que se acabó el despilfarro, imagino que ellos lo llamaban inversión, que suban los impuestos y aparezcan las tasas como por arte de magia, que suban un 50% el metro y el autobús de manera que cuando voy a ver a mi cuñado al hospital me sale más barato ir en coche y pagar el aparcamiento, no es lógico y no lo entiendo. Como tampoco entiendo que me receten una medicina que por el hecho de ser un tratamiento crónico me sale casi gratis, a ver, yo con mi sueldo puedo pagar mis medicinas, no necesito que me las subvencionen, es ahí cuando llego a lo de la fraternidad o si alguien lo prefiere que lo llame solidaridad. No me valen las tablas rasas, cada uno debe pagar según tiene porque casi nadie es pobre por gusto, pero hoy en día nos buscamos cualquier excusa para justificar que somos egoístas: si no tiene es porque es vago, yo no ayudo a una ONG porque no sé que hacen con el dinero, si está enfermo es porque se lo habrá buscado... Lo deshumanizamos todo para hacernos más fácil nuestra hipocresía, para no dar arcadas cada vez que vemos el telediario aunque lloremos como magdalenas viendo una película de amor despechado. Escribo como casi siempre, desde las tripas y trato de no hacer un juicio de valor, pero yo, que vengo de una familia pobre que ha conocido lo que es pasar hambre hasta mi generación, sí, hambre de esa que te hace doler la tripa y no te deja ni dormir, el dolor que siento al escuchar algunos relatos de mis padres me hace ser así, pobre y orgulloso, la infancia en mi barrio del otro lado de la vía también, con nuestro balón colectivo, con nuestras raquetas hechas a mano.

lunes, 15 de agosto de 2011

Asurbanipal



Yo soy de romanos, eso lo sabe ya hasta el Tato, lo que no sé si he contado, y es que soy de memoria distraída, es que además de romanos soy de asirios, muy de asirios, a pesar de que eran una pandilla de asesinos sanguinarios que se pasaron por la piedra a babilonios, elamitas, mitanos, sirios, judíos, egipcios y hasta al apuntador, a sangre y fuego, como se hacían las cosas en la antigüedad. Tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza, las cosas de la guerra eran así, a lo mejor porque escribir una declaración de los derechos humanos en cuneiforme debía costar un huevo y la yema del otro y, total, todos sabemos para lo que sirve una declaración de los derechos humanos incluso en la actualidad, para limpiarse las posaderas. Por eso, teniendo en cuenta lo que rasca el barro cocido, decidirían que era mejor no intentarlo y hacer las cosas a su manera. Pero sobre todo soy de asirios porque me enamoré de sus palacios, de sus imponentes esfinges, de su escultura, de sus relieves, y sobre todo de las escenas de caza de leones de un rey llamado Asurbanipal que durante más de dos milenios reposó oculto en el barro.

Asurbanipal (y lo voy a escribir así, de la manera más sencilla, porque con él pasa como con Benicasim, que nadie sabe cuantas eses, emes y enes hay que poner) fue el último gran rey de los asirios, su nombre significa el heredero de Asur, el dios oficial, del imperio, aunque había muchos otros, tantos como hicieran falta para justificar el funcionamiento del mundo. Una cosa curiosa de los asirios, y posiblemente heredada de sus parientes los acadios, es que para ellos el hombre no estaba al servicio de los dioses, sino al contrario, una postura más que inteligente y que asustaba mucho a sus vecinos. De hecho el propio rey era un dios más, porque a fin de cuentas siempre acojona más matar a un dios que a un Borbón, por ejemplo, solo hay que observarle cazar leones como el que se toma un tinto de verano, una mano en el cuello del animal y la otra soltando un mortal espadazo. Es de lo más natural que los reyes sean así de majestuosos, bien con leones bien disparando a osos borrachos, la cosa es y era intentar impresionar al personal, aunque a la hora de la verdad la experiencia nos dice que en una corte con varias esposas y numerosos aspirantes al trono la vida es y era cosa de no tomársela muy en serio.

Asurbanipal no era el príncipe heredero al trono, su padre, llamado Asarhadon, nombró heredero a su hermano mayor que, curiosamente, murió ese mismo año, siempre hay una historia de un hermano mayor que debió reinar... Tras tan desafortunada pérdida Asurbanipal fue proclamado heredero a pesar de tener todavía otro hermano mayor al que hicieron rey títere de Babilonia, su nombre era Shamash-shum-ukin, pero no le duró mucho el chollo porque se rebeló contra su hermano y fue escabechado, ríete tú del bodrio ese de Enemigos Íntimos y de las Azúcar Moreno. Y alguno se preguntara ¿cómo sabemos estos sucesos de hace 2700 años?, pues porque a los asirios les gustaba escribir las cosas, increíblemente, Asurbanipal sabía leer y escribir, algo rarísimo sobre todo teniendo en cuenta lo complicada que era la escritura cuneiforme y los años de estudio que su aprendizaje requería, gracias a él hoy en día conocemos qué paso durante tanto tiempo entre las orillas del Tigris y el Eúfrates ya que entre las ruinas de su palacio en Nínive apareció su biblioteca personal con más de diez mil tablillas de barro cocido, una cápsula del tiempo esperando el momento oportuno para hablarnos.

A la muerte de Asarhadon, Asurbanipal subió al trono como “Rey del Universo”, ahí queda eso, si Felipe II hubiera sabido de su existencia se habría sentido un pobre hombre, fue un militar implacable y lo primero que hizo fue seguir con la guerra que su padre dirigió contra la otrora gran potencia de la antigüedad, Egipto, no paró de zumbar a egipcios y nubios hasta que Tebas y Menfis cayeron en sus manos, por eso no es de extrañar lo de rey del universo, porque Asurbanipal llegó a tener el control de Asiria, Media, Persia, Aramea, Fenicia, Israel, Judea, Asia Menor, norte de Arabia, gran parte de la península de Anatolia y Chipre, vamos, el mundo mundial, a esas alturas los Griegos estaban tirándose pedruscos y los Romanos etruscos. Solo quedaban por someter sus vecinos del sureste, los elamitas, que trataron de apoyar la rebelión del hermano de Asurbanipal en Babilonia y, como ya he contado antes, lo pagaron caro, los asirios tomaron su capital, Susa (no confundir con la cantante brasileña que hablaba con un topo), unas de las ciudades más antiguas que se conocen, y acabaron como reino vasallo de asiria.

Tras ello, Asurbanipal reino más o menos en paz hasta completar cuarenta y dos largos años de reinado, una buena cifra para un rey de la antigüedad. Sin embargo a su muerte se sucedieron una serie de guerras civiles que debilitaron mucho al imperio, tanto que en apenas dos décadas sucumbió a manos de una coalición de medos y babilonios. Y así pasaron los asirios a la historia, viendo como sus palacios y ciudades desaparecían bajo el fango, odiados por casi todos, y es que se lo habían ganado a pulso. Por ejemplo, una de las costumbres de la época, además de sembrar la muerte y destrucción, era deportar a los derrotados de maneras que perdieran sus raíces y fueran integrándose en su nueva tierra de acogida, lo cual debía funcionar bastante bien pero generaba gran odio y resentimiento entre los que se quedaban. Por ello, como venganza póstuma, los enemigos de Asurbanipal le rebautizaron como Sardanápalo y contaron de él que era un rey que vivía rodeado de lujo, cobarde y pusilánime que se suicido al ser derrotado, así se escribe la historia, si no has vencido en vida siempre puedes difamar en la muerte, sin ir más lejos Babilonia pasó a la historia judeocristiana como la gran puta de la antigüedad y la destrucción de Nínive fue celebrada en el antiguo testamento, Asurbanipal esté donde esté se debe estar descojonando.

miércoles, 3 de agosto de 2011

¿Zombi o fantasma?

Volviendo al tema de la muerte, sí, ya sé que estoy un poco pesadito, pero las experiencias traumáticas es lo que tienen, hay que exorcizarlas. Pues eso, que estaba yo pensando que si por alguna extraña circunstancia algún día me tengo que morir no me gustaría dejar las cosas tal cual, quiero decir, ¿me muero y catapum chinpum, o me busco las mañas para volver a dar por saco a los que me sobrevivan? Total, ¿qué hace un tío tan simpático como yo esparcido en cenizas o dando de comer a los gusanos si puedo volver a este mundo para ajustar cuentas y, de paso, descojonarme un rato?

Eso sí, no se puede volver de cualquier manera, hasta en esto de volver del más allá tiene que haber clases, por ejemplo, nada de mediums ni de ouija, ¡por favor!, que para conversaciones en las que nadie se entera una mierda y se acaba inventando la mitad ya he tenido suficiente con mi abuela, y problemas de falta de cobertura ya he tenido suficientes con Movistar, el menda por ahí no pasa ni muerto, menudo canteo. Además, ya me estoy imaginando a los cachondos que me invoquen tomándome el pelo, si desea manifestarse indignado mueva el vaso al uno, si desea manifestarse calmado mueva el vaso al dos, vamos que ouija ni de coña. Tampoco me iría eso de aparecerme representado en una pared, porque aunque da un miedo de la leche, con la suerte que gasto el día de la impresión salgo con la mismita cara de atún rojo que tengo en el carné de conducir, y bastante vergüenza voy a pasar los próximos diez años delante de cualquier agente de la benemérita como para inmortalizarme así en un trozo de cemento mientras que la peña me mira saltándoseles las lágrimas, nanay, además, con lo gilipollas que nos estamos volviendo igual hacen allí mismo un museo y salgo en un sello. Esto incluye cualquier tipo de representación como por ejemplo aparecerse representado en una tostada, es cutre, ni de coña.

Por eso me debato entre convertirme en un zombi o en un fantasma. Lo de zombi a simple vista la verdad es que es un poco mierda, mucho nombre que acojona, ¡uy, soy un zombi, cómo me las gasto!, pero a la hora de la verdad eres un piltrafilla. Si te lo montas por tu cuenta igual está bien, pero lo normal es que si eres zombi, que por cierto es una de las cosas más normales de la vida, es que acabes enrolado en un ejército de seres lentos y estúpidos, con menos cerebro que la calavera de Hamlet para ser destrozado como carne de cañón. Si yo me convierto en zombi, estoy seguro de que según salgo de la tumba el jefe de los zombis me manda de extra al Resident Evil y acabo despedazado por cualquier crío de quince años pajillero y lleno de granos. A pesar de ello, ser zombi no lo descarto del todo, me pone, si la resurrección me respeta la poca inteligencia que me queda, y parte de la mala leche, creo que podría llegar a ser un zombi estupendo, sobre todo porque con esta cara no necesitaré mucho atrezzo para ir acojonando. Yo de zombi debo hacer llorar a los leones del congreso, a la bruja mala del oeste, ¡hasta a los Mossos d'esquadra!

Si zombi ya tiene caché fantasma debe ser lo máximo, puedes hacer lo que te salga de las pelotas, aparecer, desaparecer, atravesar puertas y paredes, hablar en inglés con Whoopi Goldberg con acento de Manhattan, conseguir un crédito de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, ¡eres el puto amo!, el mundo, por muy etéreo que te parezca, está en tus manos, salvo porque no te puedes comer un bocata de tortilla de patata, pero claro ¿qué es eso comparado con hablarle en la oreja a Whoopy? Como fantasma puedes jugar con la impresión de los primeros encuentros, y yo lo sé porque he visto uno, y rematar dando la brasa sin piedad a tu víctima, a fin de cuentas tienes mucho tiempo libre y pocas preocupaciones, puedes pasarte horas dando la tabarra a quien te apetezca sin que el pringado de turno pueda hacer nada por librarse de ti, eso sí, un consejo voy a darle al futuro espectro, nunca, pero nunca jamás, hay que aparecérsele a la suegra, ella es una profesional y tú estás empezando, y, además, es fácil que por mala pécora acabe penando como tú, con la diferencia de que ella ya sabe que estás esperándola, uf, lo pienso y me da un mal rollo total porque entonces ya no vale pedirse zombi para despedazarla.

Para terminar voy a poner unos ejemplos didácticos, basados en alguna de las experiencias amorosas más traumáticas de mi juventud, para decidir cuando merece la pena ser zombi y cuando fantasma: Caso 1, amor platónico de tu vida que cuando le pides salir te dice con lágrimas en los ojos que no está preparada para una relación pero que sorprendentemente comienza a salir con el más mamón del barrio pasada una semana, ¿zombi o fantasma?, pues está clarísimo que fantasma, para que cada vez que te vea sienta el mismo horror que le corroe por dentro cuando se levanta junto al hijoputa de su marido todas las mañanas. Caso 2, rollete al que vas a visitar cuando está de erasmus en Germania y que según bajas del avión te cuenta que tiene un novio alemán y que has ido para nada, ¿zombi o fantasma?, pues clarísimo también, ni una cosa ni otra, que tuvo el detalle de colocarme en el piso de sus amigas macicísimas y resaladas, puedo prometer y prometo que al pisar Barajas su deuda estaba saldada. Caso 3, bicho infecto que aprovechando que me voy de vacaciones se va con mi mejor amigo a la playa y no precisamente para jugar a las palas, ¿zombi o fantasma?, pues de manual, rifle Remington 7400 en vida para mi amigo y para ella zombi, pero zombi armado con una motosierra y una máquina de hacer carne picada, para perseguirla por tierra mar y aire hasta Salou y allí mismo escabecharla.

Muahahahahahahahaha