Ser gordo no está reñido con tener dignidad, de hecho nada está reñido en si mismo con tener dignidad, especialmente si tienes dinero, porque el dinero es a la dignidad lo que la belleza a Belén Esteban, la inteligencia a Ana Rosa Quintana o la imparcialidad a Pedro J. Ramírez, un simulacro, un dime de lo que presumes y te diré desde cuál ventana te puedes tirar sin que a mí me importe.
Sin embargo, el gordo está sometido a situaciones de estrés desconocidas para el común de los humanos, empezando por las más evidentes, como por ejemplo la sudoración masiva en el momento más inoportuno que termina habitualmente con el ya conocido “entonces de follar ni hablamos”. Son también momentos clásicos el estallido de una cremallera o el vuelo de un botón sometido a excesiva tensión e incapaz de contener nuestra exuberante naturaleza, dejándonos con el culo al aire, estoy seguro de que esas cosas no sólo me han pasado a mí. Del tema de ir de compras se podría escribir un libro, lo mismo en el supermercado viendo como la gente reprueba o aprueba con ligeros movimientos de cabeza según eches en el carro un sobre de doscientos gramos de chicharrones fritos o un paquete de queso de burgos light, que en unos grandes almacenes en los que deambulas por los pasillos de las tallas especiales, eufemismo que significa sacos de patatas con orificios de inserción para cabeza y extremidades, mirando de reojo al género mientras que avezados vendedores ávidos de una presa sacan a afilar sus arpones.
La verdad es que yo de estas cosas de gordos puedo dar clases magistrales, me las sé todas y he pasado por casi todo, bueno, por casi todo menos un quirófano, que mis lorzas a mí no me las toca nadie y menos a oscuras, ni hablar. Y tampoco es que esté tan gordo, especialmente si me comparo con las ballenas, los hipopótamos y los elefantes africanos, a su lado soy una sílfide, una vergüenza para la teoría de cuanto más masa mejor se pasa. Más difícil es resistir la comparación con los leones marinos u otarinos, seres a los que por cierto admiro y envidio, principalmente por su inteligencia, ya que son capaces de sacarse una carrera, de hacerse su MIR e incluso llegar a jefe de área de un hospital de mala muerte, como el otarino que me operó a mí de la nariz, ejemplo de donosura y carnes blandas. Sin embargo el depredador natural del gordo no es el otarino, qué va, es el endocrino, ese manantial de sabiduría que es capaz de decirte sin inmutarse ni que se le caiga la cara de vergüenza que la panceta engorda.
Porque es de poca vergüenza atraer a tus presas con falsas promesas que no puedes cumplir. Si alguien piensa que el endocrino le va a decir que deje de comer ajo en la cena y conseguirá sin más su peso ideal que se olvide del tema, el mundo no funciona así. Salvo casos muy raros que a mí me suenan a ciencia ficción, lo normal es que te digan que tu cuerpo consume más calorías de las que puede quemar, el resto a la buchaca y si eres como yo, un mecherillo diésel, lo único que puedes hacer es llorar amargamente y joderte ante la injusticia del mundo, pero no es para tanto, otros nacen en Somalia y matarían por ser como tú. Sin embargo, a raíz de esto se crea un circo que vive a tu costa, te matan de hambre de manera inmisericorde pero te mandan a hacer analíticas para asegurarse de que no te mueras del todo, te recetan pastillas con complementos vitamínicos y te obligan a comer pescado, sí, todos los días, como si Adán y Eva se hubieran conocido en una cita a ciegas en el restaurante japonés Mochitsuki Yakitemato.
Pero lo último, la gota que colma el vaso, ha venido de la experiencia de un compañero de trabajo. El pobre, además de pasar por un endocrino, va a ir un paso más allá, va a acudir a un nutricionista, pero después de ir a unas charlas con otros gordos desconocidos, yo flipo. Y no es que me lo tome a coña, los trastornos de la alimentación son algo muy serio y de ello he hablado largo y tendido en el blog, pero porque te sobren unos kilos y te infles a comer risketos no puede ser motivo para que te manden a hacer terapia de grupo, ¿estamos gilipollas? Es que me lo imagino y se me abren las carnes. A mí, lo que me pediría el cuerpo si me encontrase en una situación así, sería sacar del zurrón un bocadillo de palmo y medio de chorizo de Pamplona, elevarlo al aire en actitud torera y decir con voz queda un “va por ustedes” y comérmelo entre vivas y mueras de dos dentelladas. Con un par. Porque lo que no me veo es diciendo eso de “Hola, me llamo Juanjo_ML y me gustan las magdalenas”, para que el grupo me coree “Hola Juanjo_ML, ¿las redondas o las valencianas?” Joder, las valencianas siempre, pero ese no es el tema.
El tema es que no sé por qué motivo lo empezamos a sacar todo de quicio, imagino que copiamos comportamientos y formas de actuar que vienen de otros lares, sitios en los que se comen las hamburguesas de cuatro en cuatro. Y el problema es ese, que comemos de pena, una puta mierda, cada vez peor y no hace falta escuchar a los demás gordos para entenderlo, es en casa donde nos deberían haber enseñado a comer sano. Desde luego que se tiene que ayudar al que lo necesita, pero no podemos hacer de la excepción regla y sobre todo, lo que a mí me parece lo más importante, en lo que deberíamos todos trabajar es en aprender a aceptarnos. Ser gordo es una putada pero no una tragedia, algunos lo somos y no lo podemos evitar y ya es bastante jodido estar siempre controlando para no petar el corazón como para ver estas gilipolleces y ser motivo continuo de escarnio.



