Hace un porrón de años, cuando arrastraba mis lamentables 18 años, tuve una crisis existencial terrible. No recuerdo los motivos, si es que los hubo, pero sí que recuerdo las noches insomnes dándole vueltas a una cosa tan inevitable como la muerte. No tocaba, como espero que tampoco toque ahora, pero ahí vuelvo a darle vueltas al mismo tema, imagino que esta vez estará todo relacionado con una prematura crisis de los cuarenta. Lo mejor de las crisis existenciales es que son absurdas, no vas a arreglar nada teniéndolas, es más, igual estropeas algo que era mejor ni tocarlo, porque el cerebro humano es un aparato fácil de averiar y muy difícil de arreglar.
Puede ser motivo de risa no encontrarle sentido a la vida cuando uno está rodeado de tanta gente que le quiere y que se hace querer, de tantas cosas buenas, de tanta belleza, seguro que el hecho de sentirlas, de disfrutarlas, de quererlas, ya debería ser razón suficiente para alegrarse de vivir, por efímeras que sean, aunque su recuerdo esté condenado a perderse porque el tiempo no perdona nada. Sin embargo no puedo dejar de pensar que todo es inútil, y si no lo es lo será, que la partida está perdida porque por muy bien que juegues, por muchas trampas y trucos que conozcas el final va a ser el mismo, todo tan obvio, todo tan inevitable, todo tan triste.
Y por mucho que intento pensar en otras cosas, de sumergirme en la música que tanto me evade, de leer historias de otras vidas, reales o ficticias, la realidad me devuelve mis pensamientos rebotados, como lanzados contra una pared que me los arroja con más fuerza. La actualidad se ve salpicada, y tal vez no esté utilizando el adjetivo más afortunado, de muertos, algunos notorios y públicos, otros desapercibidos y anónimos, cuya muerte solo parece interesar porque se suma a la de muchos otros desgraciados como ellos, muertos cuantitativos que no cualitativos, desapercibidos, salvo para los que los lloran, si es que todavía tienen fuerzas para hacerlo.
Las muerte nos iguala a todos, ya te hayan construido una pirámide o hayan mondado los buitres tus huesos en las arenas del desierto, ahora también nos iguala como muerte espectáculo en Internet o en el Telediario. Por ello a nadie le extraña ver como decenas de teléfonos móviles graban y fotografían el linchamiento del monstruo libio indefenso, despojado de toda cualidad humana hasta ser despojado de la vida que, para muchos, ya no se merecía. Miro el vídeo y lamento más el hecho en sí que la muerte de una persona, y me asusta ver que soy alguien sin sentimientos. También miro el vídeo de un chico que estaba comenzando a vivir caer sobre el asfalto como un muñeco roto y se me parte el alma, le veo sujeto a su montura, lleno de vida, para unos segundos después no ser más que un proyecto inconcluso de vida, de la forma más estúpida.
Hacía mucho tiempo que no escribía algo triste, afortunadamente, pero hoy me siento vacío y plano, este blog es así, a veces lo abres esperando que te regale una sonrisa y te encuentras con una puñalada. Escribo esperando una noche que ha de llegar y en la que dormiré poco pensando que las miserias cotidianas son poca cosa, que casi nada merece la pena y que cada momento merece la pena ser vivido. Mañana no lo haré y volveré a sumergirme en ese mundo de mentira que finjo vivir a diario, esperando no sé que, muerto de miedo, tratando de ganar una batalla más que realmente es una batalla menos. Trataré de agarrarme a ese hilo invisible que es la vida, esperando que no se me rompa sin que me dé cuenta y dejando las cosas a medio hacer, no, no estoy preparado, quiero madurar y envejecer hasta ser capaz de aceptarlo, no por nada en particular, simplemente por puro egoísmo, por una cuestión personal de estética.




