martes, 5 de febrero de 2013

Con la que está cayendo

Con la que está cayendo: Muletilla utilizada sin pudor para justificar cualquier tipo de tropelía, injusticia o coacción cometida al amparo de la recesión económica.

Hace tiempo, en los tiempos felices en los que ZP nos regalaba nubes de algodón de 400€, si escuchabas a alguien pronunciar esta frase y mirabas al cielo normalmente llovía. Sin embargo, ahora, si escuchas la frasecita de los cojones o estás a punto de que te la metan si no es que ya te la han metido, hasta la bola.

Con la que está cayendo es el bálsamo de Fierabrás del mal gobernante, del político corrupto, del empresario chanchullero, del jeta, del sinvergüenza y, en resumen, de todo aquel aprovechado sin escrúpulos al que no le importa sacar tajada de las penurias de los demás.

Nunca jamás cinco palabras fueron tan poderosas para justificar que alguien mangonee en lo que por derecho es tuyo. Cualquier tipo de queja o reivindicación cae inmediatamente fulminada ante tal expresión fruto del victimismo interesado, y somos tan gilipollas que las hemos asimilado y aceptado como si formaran parte del nuevo catecismo de los que no tienen derecho a tener derechos. Además las hemos aceptado como si lo que es normal ahora fuese excepcional, hasta la culpabilidad, hasta los remordimientos.

En los tiempos que corren, con la que está cayendo, cualquiera se queja de su trabajo, ¿con qué derecho?, si tienes un trabajo, aunque trabajes por un salario de miseria y hagas cada día un par de horas extras no remuneradas. Cualquiera pide un aumento de sueldo, con la que está cayendo, al contrario da gracias de que no seas tú el que tenga que pagar una indemnización a la empresa que con tanto esfuerzo se lucra por tu trabajo. Además, con la que está cayendo, es buen momento para que te manden a trabajar a un lugar exótico, pero sin rechistar, que hay millones envidiando que te pueda asaltar, violar o ametrallar un grupo armado por una dieta diaria de 30 o 40 euros.

Con la que está cayendo nos suben el IRPF y lo llaman “recargo temporal de solidaridad”, de solidaridad con los mangantes, digo yo, porque esto es como el anuncio aquel “del mar a la mesa” pero versión “de tu nomina a mi sobre”. Con la que está cayendo nos suben el IVA que es el impuesto que pagamos por sobrevivir (AKA malvivir), tengamos trabajo o no, nacionalizan el banco malo, nos suben la luz, el agua, el IBI, la gasolina, el transporte público, las matrículas universitarias, nos hacen repagar las medicinas, las muletas, las ambulancias, la quimioterapia y hasta la puta madre que los pario, con la que está cayendo.

Es asombroso el poder de esta frase que nos mantiene a todos sumisos y acojonados mientras que cuatro listos se apropian de nuestra educación, nuestra sanidad y todo aquello que nuestros mayores se ganaron con mucho esfuerzo. Ante el menor símbolo de rebelión o disconformidad, sólo hay que pronunciarla para que caiga todo su poder sobre nosotros, como una fina lluvia de pesimismo que nos diluye el ánimo y nos pellizca en el estómago hasta hacernos temblar de miedo. La puta frase de marras es la madre de la desesperanza y del inmovilismo, es lo que nos hace mirar hacia otro lado cuando la cosa no parece ir con nosotros mientras rezamos aquello de virgencita que me quede como estoy, que en el fondo no estoy tan mal, que todavía me llega para comer sin acercarme al banco de alimentos.

Porque parece que todo lo que nos sucede, todo lo que nos cae, es fruto de una maldición bíblica en la que no hay responsables pero de la que todos somos culpables, aunque no tengamos ni puñetera idea de lo que hemos hecho. Son malos tiempos, sobre todo si eres de los que simplemente aspiran a vivir con un mínimo de dignidad, pero no te atrevas a decirlo en voz alta porque te arriesgas a que el viento de responda: ¿Vivir? Optimista. Con la que está cayendo.

martes, 29 de enero de 2013

13,90 (Antes de impuestos) Homenaje a José Antonio.

Hoy mi padre me ha enseñado una carta con su sonrisa más burlona, esa misma cara de niño malo que ponemos los ML cuando se nos ocurre una maldad, sí, la misma que pongo yo pero en guapo, una carta firmada por un señor llamado José Antonio Panizo Robles del que ahora, y tras releer “ojipláticos” la carta, sólo sabemos dos cosas, a saber: es Director General del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS para los amigos), ahí es nada, y además es un cachondo mental con un sentido del humor directamente proporcional a su desvergüenza y descaro, dicho esto con respeto y cariño. Nos ha caído fenomenal al instante.

Y es que este señor, a pesar de ser un auténtico desconocido para nuestra familia, ha tenido a bien gastarse unos centimillos en enviar una carta con membrete oficial del gobierno de España, que oye eso nos tranquiliza porque está bien confirmar por escrito que en este país sigue habiendo un gobierno, aunque sea un gobierno epistolar y pistolero. Obviamente él no ha pagado ni pegado el sello, faltaría más, porque, aunque ganará una pasta gansa, jubiletas como mi padre los hay a millones, y donde escribo jubiletas vosotros leed gente sin escrúpulos que se resiste a la muerte y salen caros al estado. Total, que él ha enviado las cartas y los millones que han costado los hemos pagado entre todos, pero como el pueblo español ha votado eso libre y dramáticamente democráticamente pues bienvenidas sean las cartas.

Al grano, José Antonio, y espero que me permita la confianza ahora que nos carteamos, dice que le complace informar a mi padre de que su jefe, Mariano, le va a subir un uno por ciento la pensión, además le es grato comunicarle la nueva cuantía a percibir y ya puesto aprovecha para ofrecerle los servicios de su Instituto, el INSS. Como podéis ver, José Antonio es un tío muy majo, algo redicho pero majo, es el Papa Noel de los pensionistas, muchísimo más majo que el ministro Montoro, que además de subirle el IRPF a mi padre le ha dado otro sablazo con el IVA sin tener en cuenta que son paisanos. Y muchísimo más majo que el presidente González, el capullo de la rosa no, el del Ático de Estepona, que le ha metido inconstitucionalmente la mano a mi padre en el bolsillo aprovechando los achaques de la edad y sus inevitables visitas a la farmacia. González, devuélvenos los diez euros por receta que te hemos pagado por el morro, primer aviso.

Yo le he contado a mi padre que los jubilados quieren estar informados y tener medicinas gratis y todo a la vez no puede ser. Me ha dado una merecida colleja por mi cinismo. No le gusta a mi padre el cinismo.

El director del instituto ha pensado que era necesario, que digo necesario, que era imprescindible, que mi padre estuviera al corriente de que en el mes de enero le iban a ingresar diez eurazos más en la cuenta, ¿podéis imaginar el impacto que hubiera sido para él encontrárselos ahí de golpe y sin previo aviso dos meses después de un infarto cerebral? Tiemblo al pensarlo. Igual podría haber pensado que alguien desviaba fondos a su cuenta desde Suiza para blanquear dinero, y por ahí los ML no pasamos. Queremos lo nuestro, tal cual, que los ML somos de izquierdas, obreros y solidarios.

Por esto José Antonio es ahora el ángel custodio de nuestra familia, José Antonio es el director del instituto de mis padres, un hombre formal, con él nada nos falta. A su salud nos hemos gastado los 13,90 del aumento (antes de impuestos) en una cena a base de pan con aceite, y hemos debatido en la misma si la carta de José Antonio era humor o recochineo, porque en mi casa sabemos apreciar el humor cuando es bueno. Después hemos votado y por abrumadora mayoría ha salido que lo de José Antonio es humor, un alivio, de verdad, porque la otra alternativa sería pensar que José Antonio toma a mi padre por gilipollas, y ya ha tenido mi padre suficiente con cotizar para su pensión desde los 15 años, con criar cuatro hijos, pasándolas moradas, para mayor gloria de su paisano Montoro que ahora los despelleja vivos, con haber sobrevivido a un cáncer chungo y a un ictus como para que José Antonio le falte al respeto.

José Antonio, eres un fenómeno y un artista, nos has alegrado el día y has sobrepasado con mucho lo que esperábamos de vosotros, que era nada. Nuestra casa es tu casa, por eso, si alguna vez te ves en un apuro, no lo dudes, escríbenos, ya sabes la dirección, nos alegrará devolverte todo lo que has hecho por nosotros, aunque sea a sello revertido.

sábado, 26 de enero de 2013

El animal moribundo



Un mes más, nuestros amigos del Club de la Tortura Lectura 2.0 nos han regalado la oportunidad de disfrutar con una lectura agradable y amena, no fallan una. Desde aquí aprovecho para transmitirles mi absoluto respeto y sincera admiración.

Dicho esto, vamos al grano, al libro, que en contra de la corriente popular a mí me ha parecido muy interesante, con mucho que rascar, con mucho material para la reflexión, con mucho que matizar, motivo por el que, a partir de ahora, el que siga leyendo que lo haga bajo su propio riesgo, como mis amigos del club dicen “aquí se viene leído de casa”.

'El animal moribundo' no es un libro fácil, no es comida rápida, a veces llega a ser comida indigesta, lo admito, es carne cruda, pero casi siempre rendirse a lo formal lleva a no transmitir el verdadero mensaje que muere aplastado por lo políticamente correcto. Y en este libro, afortunadamente, nada lo es, el protagonista deja fluir sus pensamientos en primera persona sin que, aparentemente, se preocupe por lo que pensemos los demás. Por eso, cuando prescindes de lo superfluo de la historia lo que te queda es la vida, sin adornos.

En 'El animal moribundo' nos hablan de la delgada línea que separa la vida de la muerte y de la que une el amor con el sexo como realidades opuestas a la libertad y a la sumisión, disfrazada esta última como hipocresía. Todo esto se resume en esta frase: “La corrupción no es el sexo, sino lo demás. El sexo no es sólo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte. No la olvides jamás”. Es un círculo vital, la base de todo su razonamiento.

Me resulta desgarradora la deshumanización que hace de algunas relaciones relaciones personales como la amistad o el amor, que no es considerado más que como una debilidad: “El amor te fractura, primero estás completo y luego estás partido” o una artimaña que la naturaleza para justificar el camino que lleva al sexo de una forma que parezca justificada. Esto nos lleva a la conclusión de que se hace lo que parece normal, pero no lo que un hombre haría si fuese desde el principio consciente de su libertad. El amor hace que dejes de ser un ladrón en el ámbito sexual, o como él dice “un allanador de moradas”, sin embargo para el no deja de ser una forma de robar sexo con engaños.

Por eso, al final el sexo se reduce a una actividad mercantil, es simplemente una cuestión de pagar, con tu dinero o con tu libertad, sin que el autor se permita juzgar qué es más bajo aunque da pistas. El matrimonio es un contrato que hace socialmente aceptable lo que de otra manera parece ser moralmente reprobable. 'El animal moribundo' nos habla de la delgada línea que separa la independencia de la sumisión, del compromiso y la responsabilidad del cinismo y el puritanismo, dejando de paso algún recado para aquellos que “hacen mucha gala de la religión pero carecen de humanidad”.

Todo esto nos lleva a que en un principio los personajes nos parezcan algo ficticios, de cartón piedra, hasta que vas comprendiendo sus motivos y su pensamiento, cuesta entender desde nuestro mundo de obligaciones materiales y sentimentales que el protagonista se otorgue el derecho a vivir como le dé la gana, sin atender a tabúes o clichés, libre para hacer lo que más le plazca, por encima de la contradicción hipócrita que supone que en el país de la libertad seas feliz si haces lo que se supone que es correcto, hasta tal punto que “un hombre tiene que procurarse su propio sufrimiento” para sentirse libre. Lo dice muy claro: “Quien es libre puede estar loco, ser estúpido, repelente, sufrir precisamente porque es libre, pero no es ridículo”.

Con todo esto se podrá estar de acuerdo o no, o en parte, que es lo que me pasa a mí, sin embargo el mayor valor de este libro son sus reflexiones sobre la vida y la muerte, que reflejan de una manera escalofriante mis propios miedos. Con sólo dos frases se resume todo, la primera: “En toda persona serena y razonable está oculta una segunda persona aterrada por la muerte”, la segunda: “Estamos nadando sumergidos en el tiempo, hasta que al final nos sumergimos y desaparecemos”. Es así y punto profundo.

No quiero mezclar mucho aquí mis propios pensamientos con los del libro, principalmente para no dar pistas, pero la proximidad de los cuarenta permite que me dé cuenta de que el envejecimiento es algo más físico que mental, uno en su mente siempre es joven y es difícil comprender que el tiempo pasa y que cada vez es menos el que nos queda, que se llega a un punto en el que se empieza a echar cuentas de lo pasado y lo que nos queda por vivir como si la vida fuese un reloj de arena en el que el bulbo superior se va vaciando. Lo explica muy bien a través de la enfermedad de Consuelo: “Ella ya no mide el tiempo como los jóvenes, mirando atrás. El tiempo para los jóvenes siempre está constituido por lo pasado, en el caso de Consuelo el tiempo es ahora el futuro que le queda, y ella no cree tener ninguno”.

Y esto lo comprendo desde mi mediana edad, y creo que lo comprenderé si llego a la vejez, porque seguro que entonces también podré decir “no pude imaginar como era”, de la misma manera que antes no pude imaginar lo que soy ahora. Me asusta llegar a ese punto en el que “que tu vida esté en juego sea un hecho cotidiano”, porque ciertos hechos son difíciles de aceptar y es humano no hacerlo, ya lo escribe Philip Roth “uno es inmortal mientras vive” y es difícil no vivir como si este hecho no fuera verdadero. Pero lo es, y es ahí donde quiere llegar este libro, si no somos inmortales qué sentido tiene la vida y qué relevancia tienen las consecuencias de nuestros actos.

lunes, 14 de enero de 2013

Requiem por Telemadrid


Los que ya peinamos canas recordamos perfectamente aquellos tiempos en los que solo había un 1 y un 2 en la lista de canales de una tele sin mando a distancia. Desde Madrid envidiábamos a las CCAA que tenían su propio canal de televisión, porque como cantaban Los Refrescos teníamos el mando del imperio, sí, pero ni tele ni playa.

Por eso, cuando el 2 de mayo de 1989, Telemadrid comenzó a emitir los madrileños nos identificamos con ella, la hicimos nuestra, sin que nadie se preguntara qué pintaba una televisión autonómica, durante muchos años a los madrileños nos gustó Telemadrid, durante muchos años los madrileños veíamos Telemadrid. Por eso, ahora que unos y otros mencionan el nombre de Telemadrid en vano, a mí me gustaría recordar que no siempre fue así, que fue una televisión bien hecha y con una audiencia que prácticamente le permitía vivir de sus ingresos. Nada que ver con el desastre de los últimos seis o siete años.

En mi memoria quedarán grabados para siempre los Fulanitos de 'Pasacalle' que veíamos todos en familia intentando adivinar qué le sobraba o qué le faltaba a la fotografía de algún monumento madrileño. Recuerdo que en casa comenzamos a decir 'Telenoticias' en lugar de 'Telediario', aunque para mi abuela siempre fue el parte, también recuerdo a Hilario Pino presentándolo con todo su pelo, como ahora pero de serie. Un milagro. Como un milagro sería ver ahora a Woyming en Telemadrid, pero durante una temporada presentó el fabuloso 'La noche se mueve', uno de los “Late Night” pioneros en España.

Eran montones los programas que a mí me parecían distintos a lo que ofrecía televisión española, sobre todo los musicales. Uno era Heavy y de San José de Valderas, pero de reojo miraba 'Onda Pop' y 'Top Madrid', descubriendo bandas como Teenage Fanclub, The Charlatans o Manic Street Preachers. Tal vez mi cambio musical vino de su mano. Aún sigo viendo el a veces maravilloso 'Nos queda la música', desde la isla desierta que es La Otra y en la que José Luis Casado hace de náufrago.

Telemadrid era esperar con impaciencia el capítulo de 'Bola de Dragón', de alucinar con el rollo retro de 'Parker Lewis nunca pierde', de ver clandestinamente el 'Cyberclub' y los ojos como platos de Cybercelia, por no hablar de su pantalón ajustado. Telemadrid eran las tardes de invierno encerrados en casa con 'Madrid directo' de fondo, escuchando sus historias simples pero cercanas, cotidianas, muy de la vida del barrio. Telemadrid era el fútbol de los fines de semana, que yo veía con mis amigos, y las tardes de domingo viendo 'Fútbol es Fútbol' en lugar de estudiando.

Por eso me duele verla agonizar y morir, me toca los cojones escuchar que es un gasto inútil y que debe o desaparecer o ser privatizada. Por favor, una tele que en el año 2000 tenía un increíble 20% de audiencia y que al final del 2012 no llegaba ni al 5%, una tele abandonada a su suerte, exprimida y utilizada como aparato de propaganda hasta morir por descrédito ahora que la TDT ha traído mejores canales desde los que vapulear y manipular.

Me da mucha pena y mucho asco ver que los que más la critican son los que más la han utilizado, políticos indignos y periodistas torticeros que han vivido del dinero público que tanto gustan de dilapidar. Una empresa mal gestionada, convertida en una casa sin trastero en la que se han ido acumulando los trastos que ya no querían pero de los que no se podían deshacer sin levantar la liebre de que todo estaba podrido y entonces enseñar podredumbre no interesaba. Entonces los millones que ahora se acumulan como deuda eran por el bien del partido, aunque ahora el partido, no su PPartido, se ha terminado.

No puedo echar de menos ya a Telemadrid porque llevaba mucho tiempo fuera de mi vida, pero si que echaré de menos lo que significaba. Si echaré de menos a la gente de los deportes de Onda Madrid, que me acompañaban muchas tardes camino de casa y que lo hacían fenomenal, dando cobertura a todos los deportes y todos los equipos, como les he leído estos días, ya nada será lo mismo, es imposible. Gracias.

miércoles, 2 de enero de 2013

La estación meteorológica


Hubo un tiempo en el que los hombres vivían en cavernas, ellos tan cazadores y ellas tan recolectoras. Ellos tan lechuguinos y ellas tan prácticas, estoy seguro de que en cualquier cueva que se pudiera llamar hogar se entablaban conversaciones como éstas:

- Mañana va a llover, me duele la rodilla que me escamoché cazando osos con tu padre y tus hermanos, los muy cabrones siempre me utilizan de cebo vivo.

- Ya sabes que estamos evolucionando y ahora lo que se lleva es la selección natural. La verdad, yo no sé que vi en ti cuando me casé contigo.

 - Es que era el que menos corría cuando esos cabrones atacaron nuestra tribu. Ya sabes que me pillaron con el taparrabos bajado.

 - Eso dices tú, pero eres un inútil, no sé que sería mejor si reproducirme contigo o dejarnos llevar por la endogamia y extinguirnos.

 - Siempre tan dramática, bueno, me voy a pintar unas nubes en el techo de la cueva para que todos sepan que va a llover.

 - Pero píntalas con yeso que la hematina después sale fatal. Me estás quitando la vida con tus tontunas.

 - Mujer, ya sabes que a todos nos gusta mirar las pinturas meteorupestres, a los tíos nos gustan esas cosas.

 - Ni que fueseis Neandertales, el que quiera saber qué tiempo hace que asome la cabeza por la cueva. No entiendo vuestra manía con los cacharritos y el tiempo, somos la vergüenza de la gruta, mis amigas se mueren de la risa cada vez que te ven mirar cuánto agua hay por las mañanas en el caparazón de tortuga que dejas fuera.

 - Pluviómetro, eso se llama pluviómetro.

 - Ni pluviómetro ni pluviómetra, hay que ser tonto para utilizar el orinal para recoger agua.

 - Es que me he hecho una hoja de datos en una tablilla de barro en el que marco con una cruz los días secos, si la tendencia se mantiene diez días sé que los alces bajarán a beber al lago y saldremos a cazarlos.

 - Hijo, tú en el futuro serías como poco ingeniero, mucha teoría y poca práctica ¿y el pellejo de gato que tienes colgado en un árbol?¿eso para qué leches vale?¿para espantar a los pájaros?

 - Si te estás refiriendo al anemómetro sirve para saber si hace viento, cuando el pellejo del gato toca la rama no cazamos porque se nos desvían las lanzas.

 - Shit yourself little parrot! Eres mucho más idiota de lo que pensaba ¿y para eso necesitas un gato? - En voz alta – Mira Maruchi, ya sé porque el atontao de mi marido cuelga pellejos en los pinos.

 - Siempre dejándome en evidencia con tus amigas ¿pues sabes lo que te digo? algún día los sapiens podremos predecir el tiempo desde dentro de la cueva.

 - Sí, sí, cariño e iremos a la luna, eres un excéntrico y además estás viejuno, te debe estar afectando la demencia senil de los treintaytantos.

 - No me entiendes nada.

 - Claro que no, pero si vas a salir a cazar ponte la rebequita de piel de zarigüeya que estamos en pleno cambio climático y te vas a acatarrar. Ya sabes que la vacuna de la gripe no la van a inventar hasta dentro de miles de años.

Y es que así es la vida, los hombres sentimos amor verdadero por los cacharros y la tecnología, nos fascinan aunque la aplicación práctica del chirifú de turno sea una tontería. Lo importante no es ser capaz de saber qué tiempo está haciendo, lo importante es que podemos hacerlo y por eso adoramos a cualquier cachivache que nos lleve a tener ese dominio.

Las mujeres son prácticas, les da lo mismo saber que llueve mirando una estación meteorológica que mirando por la ventana, y no es lo mismo, no es ni parecido. Porque no os podéis hacer una idea del placer que nos proporciona mirar primero la estación y que nos diga que llueve para después mirar por la ventana y comprobarlo. Existe algo que nos puede ahorrar mirar por la ventana, que nos proporciona conocimiento, un aparato adorable y que además es nuestro por el mismo dinero que valen un par de zapatos.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El imperio del sol



Es paradójico que, siendo uno de romanos y habiéndose tragado miles de lecturas y relatos de batallas, se me atragante todo lo relacionado con las guerras modernas. Es como si los pobres persas arrollados por Alejandro Magno en Gaugamela o los romanos aniquilados por Aníbal en Cannas fuesen seres de leyenda a los que no se les nubló la mirada al ser atravesados por una espada. Y murieron por miles, bueno, por miles no, por decenas de miles en un mal día de batalla.

Sin embargo, los muertos modernos son seres de carne y hueso, gente con la que me hubiera podido cruzar un día por el Museo del Prado si no hubieran tenido nada peor que hacer que morir en una cámara de gas o acribillados en una trinchera. Me revuelve tanto el estómago que nunca he sido capaz de profundizar en los detalles de su tragedia.

Pero para eso están los amigos, sobre todo los del Club de lectura 2.0 que, amablemente, mes a mes proponen un libro que nos llega al corazón para comentarlo. Este mes han elegido para tal propósito 'El imperio del sol' y “comme d’habitude” han acertado. Como ellos dicen, a su club se llega leído, por eso a partir de ahora leed bajo vuestra responsabilidad, si os apetece.

Para mí 'El imperio del sol' es un libro de muertos, sobre todo de muertos vivientes, empezando por su protagonista, Jim, un niño inglés que vive con sus padres en un barrio lujoso de Shanghai, junto con la colonia extranjera, y que se ve solo y apartado de sus padres al comenzar la invasión japonesa de china. A partir de ahí el libro narra todas las peripecias de Jim para sobrevivir por las calles de Shanghai, tratando de encontrar a sus padres hasta que, por fin, es hecho prisionero e internado en un campo de prisioneros, junto a un aeródromo militar, del que saldrá tres años después tras la liberación de China por los americanos.

Esa es la trama, pero no me interesa lo más mínimo, a mí lo que me ha llamado la atención del libro es el fondo sobre el que se desarrolla, el conjunto de grupos que conviven, unos encerrados por otros, y que, como he dicho al principio, comparten que ya están muertos, cada uno a su manera. En mi opinión ese es el valor de este libro, la relación que se crea entre todos ellos y, muy a su pesar, cierta resignación que se superpone al odio: “En la guerra de verdad nadie sabía de qué lado estaba, y no había banderas, ni comentaristas ni vencedores. En la guerra de verdad no había enemigos”.

Por un lado están los prisioneros, un grupo privilegiado antes de la guerra. Gente que, aunque llegase a sobrevivir, en realidad está muerta porque su vida murió al comenzar el conflicto armado. Digo esto porque todo lo que podrían haber llegado a ser se perdió con la guerra y esa es una forma de morir: “Había ocurrido una extraña duplicación de la realidad, como si todo lo que le ocurría desde la guerra sucediera dentro de un espejo”. Ellos ya no son ellos, son seres sin alma atrapados en un espejo.

“Todo el mundo en Lunghua estaba muerto. Era absurdo que no hubieran conseguido comprenderlo”.

A su alrededor están los soldados japoneses, a los que Jim parece más admirar que odiar atraído por el valor de sus soldados y sobre todo por el de sus pilotos, a los que temía “más que por su furia por su paciencia”. Ellos también estaban muertos desde el comienzo, víctimas que un imperialismo suicida llevado hasta las últimas consecuencias. Mas que la locura de los kamikaze me sobrecogen los soldados que, sabiendo que todo está perdido, aguantan en sus posiciones hasta las últimas consecuencias, tal vez porque no tienen donde escapar ya que son náufragos rodeados por millones de chinos dispuestos a matarlos sin compasión, pero eso no quita ni un ápice de mérito a que ni siquiera lo intenten y esperen a la muerte como un deber inevitable que forma parte del mismo sentido de su guerra. Sin esa muerte no hay honor y antes es el honor que la propia vida.

Por último están los chinos, y a pesar de que son los protagonistas invisibles de esta historia, para mí lo más sobrecogedor del libro es el papel que ellos tienen en todo esto. La historia de los europeos y japoneses comparada con la suya es tan insignificante como verter en el océano un par de gotas de aceite.

Los chinos eran para todos un genero sub-humano que a pesar de ello y contra su voluntad ponía el tablero de juego y la mayor parte de los sufrimientos. No significaban nada ni para unos ni para otros y hay montones de citas que lo corroboran:

“Los nueve criados chinos que para la mente de Jim y los demás niños ingleses eran tan ciegos y pasivos como los muebles”.

“En muchos sentidos, los esqueletos estaban más vivos que los campesinos que por breve tiempo habían arrendado esos huesos”.

“Sabía que los soldados chinos estaban obligados a trabajar hasta la muerte, que esos hombres hambrientos estaban tendiendo con sus propios huesos una alfombra para los bombarderos”.

Visto así se entiende que ese mundo fuera abono en el que podría germinar sin muchos problemas el comunismo que estaba por llegar. A fin de cuentas “algún día la China castigaría al resto del mundo y se tomaría una venganza espantosa”. Puede que ya lo esté haciendo.

En resumen, 'El imperio del sol' me ha sobrecogido la frialdad con la que está escrito, sin juzgar ni a nada ni a nadie, es una narración desprovista de sentimientos que deja todo al propio juicio del lector. El autor simplemente se limita a exponer unas serie de hechos tal y como son, sin adornos pero tampoco sin miramientos, por lo que si no sientes empatía por los personajes es un libro que no te dirá nada pero si eres capaz de hacer tuyo su sufrimiento te hará pedazos. Si no siempre te quedará una radiografía de una guerra que, como casi todas, no tiene vencedores absolutos, pero sí vencidos.

martes, 18 de diciembre de 2012

Bajo la mirada del otro

Una de las cosas que nos hace ir tranquilos por la vida es creer que nuestra visión del mundo es la correcta, que lo que nosotros entendemos como bueno es lo normal y que la gran mayoría de la gente es así, que piensa como nosotros.
Es un error. Un error de cojones.
Lo peor del tema es que se acaba desarrollando una especie de superioridad moral que nos permite, sin ningún tipo de reflexión, ir juzgando a los demás sin pararnos a pensar por qué alguien actúa de una manera si no es de la manera en la que actuaríamos nosotros. Por supuesto que hay cosas objetivamente buenas o malas, pero antes de juzgarlas como tales no es mal ejercicio mirarlas con el prisma desde el que la miran los demás y ver si nuestra opinión se ha distorsionado. Aunque sea un poco.
Esto viene a cuento por todo lo que llevo escuchado y leído desde el viernes por el asesinato múltiple de Connecticut. Que un pirado coja un rifle y asesine a sangre fría es algo que me espeluzna, pero no quiero hablar ni de eso ni de cómo la violencia está generalizada, eso daría para muchos otros posts que dejaremos para los comentarios o para otro día.
De lo que quiero hablar es del hecho de cómo desde aquí vemos a la gente de allí, de cómo pensamos que son, básicamente una panda de chalados con un arsenal guardado en el armario. Y muchos lo son, por supuesto, pero nunca nos paramos a pensar cómo lo ven ellos, más allá de nuestra información que se limita a saber que existen unos señores muy malos de la asociación del rifle (que son malos nivel ojalá os murieseis todos ahora mismo, es verdad) y que van sembrando de armas el país con el beneplácito de unos políticos comprados por el lobby de las armas.
Yo he tenido la suerte de hacer dos proyectos en la América profunda, uno en Wichita Falls, Texas, una pequeña ciudad en la frontera de Texas y Oklahoma, y otro en Hopkinsville, en el Condado Cristiano de Kentucky, telita. Si miráis en los enlaces que pongo os podéis hacer una idea de cómo podía ser la vida en unos lugares en los que lo más reseñable que ha pasado por allí ha sido, literalmente, un tornado. En ambos sitios conocí gente de apariencia encantadora que coleccionaba armas, pero no una ni dos, esa gente tenía en sus casas auténticos arsenales que exhibía con el mismo orgullo que su colección de herramientas y sus autos.
Para ellos es normal, es parte de su vida, han crecido rodeados de armas, son aceptadas socialmente y es un símbolo de su libertad individual que, por mucho que hagan referencia a los valores de la comunidad, está por encima de cualquier otra cosa. Por eso cuando nosotros escuchamos que lo que matan son las personas y no las armas nos llevamos las manos a la cabeza, pero para ellos es una frase cargada de lógica, y reaccionan de la misma manera que si a nosotros nos prohibieran tener un coche porque hay gente que se emborracha al volante y se lleva a una familia por delante. Los coches no matan solos.
Recuerdo que en el Condado Cristiano no se podía comprar ni una cerveza después de ponerse el sol ni el domingo, ni para tomarla en casa. Sin embargo recuerdo las gavetas llenas de balas, como si fueran gominolas, vendidas al peso. A muchos les conté mi sorpresa por no poder comprar una cerveza en domingo pero sí una pistola, ¿sabéis la respuesta?, pues que no entendían la relación ni por qué se lo planteaba.
Luego pasa lo que pasa y, como en cualquier sitio, cuando sucede una desgracia se lloran lágrimas de cocodrilo y a los tres días a otra cosa mariposa. Es algo que están dispuestos a asumir, que probablemente sucederá a un tercero, como nuestros muertos en la carretera que no son de nadie hasta que te toca.
Con su pan se lo coman.