martes, 10 de marzo de 2015

Los cojones con comer trigo

Lo han vuelto a hacer, ahora los salvajes han destrozado Dur Sharrukin, el palacio de Sargón II, rey de los asirios. Ellos no sabrían quién era ese señor, pero les da igual, a mí no y quiero que a vosotros tampoco os dé lo mismo. Sargón II se llamó así en honor de Sargón, rey de los acadios, que había vivido sobre el año 2200 a.c. Unos 1500 años antes que él, ahí es nada, y es que la antigüedad es mucho más extensa de lo que nos parece. ¿Por qué era importante Sargón? Pues porque fundo el imperio acadio, que fue el primer imperio del que tenemos constancia por esas tierras, hasta ese momento cada ciudad era un estado y los acadios terminaron con ello. Además los acadios fueron los primeros en tener la idea de que los dioses estaban para ayudar a los hombres y no lo contrario, algo que los salvajes están muy lejos de comprender a pesar de que hayan pasado otros 2500 años.

Os presento a Sargón. Admirad su barba porque es maravillosa:


Los asirios siempre se habían considerado sucesores de los acadios, una idea tan absurda como si nosotros nos considerásemos sucesores de los visigodos, pero Sargón II tomo el nombre como muestra de poder y tal vez porque ambos Sargones habían llegado al trono de manera ilegítima, total ¿qué más da? A mi lo que me importa es que fue precisamente Sargón II el que comenzó lo que hoy conocemos por la biblioteca de Asurbanipal, uno de sus futuros sucesores, un conjunto de 22000 tablillas en las que se habla de ciencias, de matemática, de astronomía, de religión, de comercio, de geografía, etc. que apareció enterrada en la ciudad de Ninive, que será la próxima en caer, y que nos ha permitido conocer el mundo mesopotámico como no hemos conocido ningún otro mundo de la antigüedad. Este era Sargón II saludando posiblemente a uno de sus generales:


Todo lo que hemos conocido de la antigüedad gracias a ellos tiene un valor incalculable, no es que haya que atribuirles un mérito directo, porque sus actos no eran para la posteridad, pero por suerte parte de su legado fue cubierto por la arena y el barro y nos ha llegado intacto hasta nuestros días. Siempre hacía la broma con mi amigo Antonio, cuando nos decidimos a hacer historia por la UNED, que los malvados ingleses, franceses y alemanes habían expoliado todo el oriente medio, y menos mal, porque era mucho más fácil ir a Londres que a Mosul. Al final los salvajes han conseguido que tipos del siglo XIX con más sentido de la aventura que escrúpulos, hayan salvado a Sargón y los suyos de una muerte definitiva. Qué pena.

Pero desgraciadamente, tengo que sumar algo más a mi pena, el uso torticero que de estos crímenes se hace. Hace unos días leí en tuiter esto que me llenó de indignación porque es hacer demagogia con el tema hasta las trancas:


Pero es que hoy me encuentro con esto que me parece infinitamente peor por ventajista y sectario de alguien que no me lo esperaba, es lo que se llama fuego amigo:


Esta claro que ya vale todo con tal de arrimar el ascua a tu sardina, de cualquiera, porque si lo que se quiere es llamar talibán a Montoro o a Wert existen formas mucho más elegantes y menos populistas de ajustarles cuentas, como por ejemplo recordándoles lo nefasto de su mandato. Porque nada tienen que ver los cojones con comer trigo.

viernes, 6 de marzo de 2015

Donde muere la civilización





Cuando los amantes de la historia pensamos en el origen de la civilización, inevitablemente volvemos nuestros ojos a esa tierra bañada por los ríos Tigris y Eúfrates que ha sido llamada Mesopotamia desde la antigüedad. Desgraciadamente, y por una especie de ironía macabra, todos, amantes de la historia o no, volvemos los ojos al mismo lugar cuando pensamos en la más absoluta barbarie, un lugar donde miles de años después esa misma civilización corre el riesgo de ser destruida. Hoy a esa tierra entre ríos la llamamos Iraq y la estamos dejando morir al otro lado del televisor, como si no fuera más que un plató de cine en el que pelean buenos y malos.

Así, sentado en mi sillón, he podido ver como unas alimañas han destruido la ciudad de Nimrud, una de las cuatro capitales asirias, y se me ha roto el corazón, la pena que siento es tan grande que me obliga a escribir estas líneas para cambiar por letras mis lágrimas. Al que crea que exagero le invito a leer este otro post que escribí hace ya casi cuatro años, cuando era inimaginable, al menos para mí, que la barbarie pudiese llegar tan lejos. Y siento más pena todavía por toda esa gente atrapada en el infierno sólo por haber nacido en un lugar tan maravilloso en un tiempo equivocado, escribiría por ellos también, pero lo que mis tripas quieren decir mis dedos se niegan a teclearlo.

He tenido la suerte de conocer esos dos ríos en mis viajes por Turquía, los turcos me pasearon por el Eúfrates y los kurdos por el Tigris para enseñarme una ciudad muy pequeñita llamada Hasankeyf que, según me dijeron tenía una antigüedad de 10000 años. Pocas veces he sido más feliz que ese día, mirando esas aguas de un azul turquesa y su puente roto que tantos habían contemplado antes de mí allí mismo. Gente de diferente color de piel, gente que en multitud de idiomas habrían adorado allí mismo a dioses olvidados y a dioses modernos, gente como tú y como yo, cuyos descendientes se sentían orgullosos de mostrarme su herencia milenaria, a pesar de la decadencia visible. Habría que ser muy cretino para en ese momento no sentir otra cosa que un profundo respeto.

Por eso, yo, que soy consciente de lo circunstancial del lugar de mi nacimiento, soy capaz de hacer parte de mí lo suyo, soy capaz de comprender que cuando decimos que un lugar es patrimonio de la humanidad es porque realmente es parte de nuestra herencia colectiva como seres humanos, y siento que me agreden cuando destrozan un Lamassu unos desgraciados que ni siquiera saben qué significa aquello que están destruyendo, tanto como si volasen por los aires el acueducto de Segovia o la catedral de Santiago de Compostela. Porque en esto no debe existir ni la distancia ni la indiferencia, pensar que el problema es de otros, escurrir el bulto y mirar a otro lado nos hace a todos más miserables y a este mundo peor.

Quiero que el mundo al que pertenezco combata esta lacra hasta las últimas consecuencias, porque si hace tres mil años los asirios no hubieran imaginado que existiría una declaración universal de los derechos humanos yo ahora no puedo aceptar que en el mismo lugar del mundo que fue su imperio esa declaración en el 2015 sea papel mojado. No puedo aceptar que nadie mueva un dedo con verdadera determinación para que se cumpla porque, nos guste o no, estamos perdiendo esta guerra y algún día, avergonzados, diremos que se puedo hacer más, que se reaccionó tarde, que había demasiados intereses enfrentados que nos ataban de pies y manos. No puedo aceptarlo, me niego, son fanáticos, no tienen cabida en el mundo y sin complejos hay que exterminarlos.


Y mientras, con el corazón en un puño buscando un falso consuelo, me repito que las esculturas que tanto admiré sólo eran piedra, sólo eran piedra, como sus corazones. Malditos sean.

domingo, 1 de marzo de 2015

Por amor a la física

Este mes, los libertinos miembros del Club de Lectura 2.0, hemos malgastado el segundo mes del año leyendo “Por amor a la física”, de “Un señor que no voy a mencionar”, a propuesta de ND. He de decir que, cuando se decidió el reparto de libros, éste era uno de los que más me apetecía leer, porque, a pesar de lo mucho que tuve que sufrirla como estudiante de ingeniería, a mí la física me encanta y alguna vez todavía abro alguno de mis libros, ya un poco amarillentos, y me recreo leyendo algún capitulo con la despreocupación del que ya no se juega los cuartos.

Pero no podían ser las cosas tan sencillas en el club, ni siquiera con un libro que habla de algo tan inofensivo, a priori, como la física, por supuesto que no, así que, por arte de birlibirloque nos hemos visto envueltos de cierto mal rollo a causa de una denuncia por comportamiento sexual inapropiado contra el autor. Ahí es nada, ya os podéis imaginar los ríos de tinta que han corrido por nuestro grupo de WA para decidir si a “Un señor que no voy a mencionar” le hacíamos una reseña o no. Al final hemos decidido dar libertad a cada uno de los miembros para que publicase o no, somos muy de respetar las libertades de los demás, seguro que mucho más que el autor, y por mucho que sea inocente hasta que no se demuestre lo contrario.

Yo voy a hacer uso de esa libertad para pasar de puntillas por el libro, que si os digo la verdad a mí no me ha entusiasmado, y es que de un libro de divulgación lo mínimo que se puede pedir es que te enganche al tema que cuenta, y éste es un quiero y no puedo, de tal manera que si la física ya te gustaba te quedarás como estabas, y si no te gustaba harás que no quieras tocarla ni con un palo, porque todo el entusiasmo que “Un señor que no voy a nombrar” intenta transmitir es vacuo y bastante decepcionante.

La editorial Debate nos vende la burra con estas buenas palabras: “Durante más de treinta años como profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), “Un señor que no voy a nombrar” perfeccionó su peculiar arte de enseñar y de hacer de la física algo accesible y divertido. En sus cursos, siempre prácticos, ha llegado a colocar su cabeza delante de un martillo demoledor o a aplicarse una sobrecarga de trescientos mil voltios para explicar conceptos básicos a sus estudiantes. En Por amor a la física, “Un señor que no voy a nombrar” responde a preguntas curiosas: ¿Es posible que seamos más bajos estando de pie que estando tumbados? ¿Por qué los colores del arcoíris siempre están ordenados del mismo modo? ¿Sería posible tocar alguno con la mano? “Un señor que no voy a nombrar” acompaña a los lectores en un viaje maravilloso abriendo nuestros ojos ante la increíble belleza y el poder con el que la física puede revelarnos los mecanismos ocultos del mundo que nos rodea. «Para mí», escribe “Un señor que no voy a nombrar”, «la física es una forma de ver lo espectacular y lo mundano, lo inmenso y lo diminuto, como un bonito y emocionante conjunto de interrelaciones», «sumerjo a las personas en su propio mundo, el mundo en el que viven y con el que están familiarizadas pero que todavía no abordan como físicos.» “

Preciosas palabras las de “Un señor que no voy a nombrar”, pero que lo hubieran sido más aún si no hubiese dedicado los años de su senectud a, presuntamente, acosar a sus alumnas del curso online pidiéndoles fotos con poca o ninguna ropa. Y es que, como las cabezas a veces se trastornan, “Un señor que no voy a nombrar”, astrofísico experimental, tal vez ha decidido cambiar su amor a la física por el amor a las físicas, algo muy lícito si no es delinquiendo, y tal vez también piense que se ha confundido de campo de estudio y esté ahora más interesado en otros tipos de sistemas binarios y agujeros negros. Todo el asco que me provocan ese tipo de comportamientos creo que me los voy a reservar para el podcast, que promete ser jugoso.


Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Paula y Bichejo, y esta vez prometo que no tengo ni idea de si vamos a salir por soleares, requiebros, tarantos o bulerías.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Felicidades Bichejo



Hoy Bichejo cumple 40 años y tenemos que celebrarlo por muchos motivos. El primero es porque a Bichejo le encantan los cumpleaños, los suyos y los ajenos también, pero por supuesto más los suyos porque van a acompañados de cariñitos y de regalos. Y como 40 es una cifra muy redonda le vamos a dar las dos cosas sobradamente, para que haga su entrada en la mediana edad por todo lo alto. Bienvenida.

Bichejo llegó a mi vida por la blogosfera, como tantas otras cosas y gente buena que me han llegado desde allí, pero ella es especial, porque Bichejo es Bichejo y sus circunstancias, y sus circunstancias es esa forma de ver la vida a la que llamamos bonitismo y a la que tanto me he agarrado en los últimos años, ella no se imagina cuanto me he aplicado el cuento y cuanto me ha ayudado. Pero por supuesto no se quiere a nadie por ser el profeta del bonitismo en la tierra, nada de eso, yo a Bichejo la quiero porque es alguien sensacional, y me voy a contener para no parecer excesivamente pelota.

Bichejo es sensacional porque es una de esas personas que es ella misma y le importa un bledo lo que digan, hagan o piensen los demás, es sensacional porque sabe rodearse de lo bueno y descartar todo lo malo por poco práctico, es sensacional porque no se molesta en ocultar sus imperfecciones, que las tiene, hasta el punto que esas imperfecciones se convierten en parte de su encanto, es sensacional porque está llena de vida y no ha terminado de preparar una cosa cuando ya está metida en organizar la siguiente, contagiando a todo el que se deja su entusiasmo y haciéndole participe de sus planes.

Pero Bichejo sobre todo es sensacional porque es amiga de sus amigos, porque sé que es una persona con la que se puede contar en las duras y en las maduras, y nos lo demostró cuando nos acompañó en el día más difícil de los últimos años y ni se imagina cuanto se lo agradecemos, porque su risa me alegra la vida, porque decidió hacerse del Atleti, porque compartimos medio corazoncito lector que nos hace ser cómplices de momentos estupendos, escritos y hablados, en esos podcast en los que tan bien nos lo pasamos y en las que muchas veces nos toca hacer frente común.

Bichejo es un regalo que me ha traído la vida sin esperarlo, porque nuestros planetas giraban a años luz de distancia, y por eso es tan especial, porque me aporta lo que gente mucho más cercana no ha sido capaz y porque cuando pienso en ella siempre me viene una sonrisa a la cara. Y por todo ello, y por mucho más espero que sigamos cumpliendo años juntos mucho, pero que mucho tiempo, porque sé que lo mejor está por venir, porque tenemos una edad estupenda que nos va a traer muchas más alegrías que tristezas.


Feliz cumpleaños Bichejo, espero que seas todo lo feliz que te mereces. Te quiero.

domingo, 1 de febrero de 2015

Entre limones




Entre limones

Este mes, los renovados miembros del Club de Lectura 2.0, hemos estrenado el año leyendo “Entre limones”, de Chris Stewart, a propuesta de Bichejo. Una vez más, Bichejo haciendo gala de su generosidad para con nosotros, sus queridos compañeros de club, nos ha colado un libro que tenía que leerse por no sé qué compromiso, y ya sabemos que, tal vez por eso de que las penas compartidas son menos penas, nos utiliza para quitarse los marrones de encima sin pensar mucho en cuanto nos puede herir. Admito que según nuestro sistema de elección de libros está en su derecho y, al menos esta vez, aliviado proclamo: “podría haber sido peor”.

Porque con nuestros antecedentes, y sabiendo que damos un premio limón al peor libro del año (aprovecho el post para recordar que soy vigente ganador), leernos algo llamado entre limones es como tentar al diablo, pero no, porque sin ser nada del otro mundo, tampoco que nadie se haga ilusiones falsas, ya firmo ahora mismo que la obra de Chris Stewart sea lo peor que leamos este año. Tampoco se puede empezar siempre con un libro tan maravilloso como “El cero y el infinito”, es más, casi es mejor no elevar tanto el listón para ir calentando según las hojas vayan cayendo del calendario.

La editorial Almuzara, que publica el libro en España, nos dice de él lo siguiente: “Entre limones es una de esas cosas raras y maravillosas: un libro divertido e intuitivo que encanta desde la primera página a la última…y es que alguien que, sin tener ni idea y sin pensárselo dos veces, se mete a reconstruir y llevar un cortijo en un rincón perdido de una sierra de España, claramente no puede estar haciendo nada malo, todo lo contrario, puede ser que por esa razón haya logrado vender un millón de libros y se haya traducido a quince idiomas. ”

Dada la temática del libro es sorprendente que haya sido tan vendido y tan traducido, dado el contenido es sorprendente que sea tan alabado y recomendado, esto último no quiere decir que sea un petardo de libro, porque no lo es, pero sí que es verdad que no pasa de ser un libro amable, escrito con cierto sentido del humor y con muy poca sustancia. De hecho, admito que yo lo he disfrutado más por proximidad geográfica de lo que lo habría hecho si el bueno de Chris, en lugar de haberse comprado un cortijo en las Alpujarras, se hubiese comprado un casería en Vizcaya.

Porque es importante poder ponerse en situación de lo que representa que una pareja inglesa caiga en mitad de la Andalucía profunda, y yo creo que, precisamente eso, no queda bien reflejado en el libro, tal vez porque los ingleses son gente muy educada o tal vez por no ponerse a malas con sus vecinos alpujarreños, que, seguro, son de armas tomar. Yo, que conozco bien algunas serranías de Jaén y Granada, que tengo primos capaces de matar a un gorrino a bocados, creo llegar bien al fondo del libro, pero si no has escuchado hablar en el bar del pueblo de “los ingleses” a los paisanos cuando se toman un café y un coñac antes de ir a recoger aceituna, posiblemente este libro no te diga nada.

Yo sí he podido disfrutarlo porque en mi pueblo llegaron los ingleses hace años, disfrutando de unas condiciones de vida que ni en sus sueños más optimistas se podrían haber permitido pagando en libras, porque conozco pastores de piel curtida cuya vida transcurre de lunes a domingo pastoreando cabras y ovejas, porque sé que los paisanos piensan que los guiris son idiotas y que donde quieran y como quieran les pueden dar gato por liebre, porque me consta que los ingleses aplican esa máxima de ande yo caliente ríase la gente, pero sobre todo porque he escuchado el sonido de los arroyos, los cencerros por el monte y los jilgueros revolotear en los frutales, y todo eso está en el libro. Mis compañeros me dirán que todo eso lo pongo yo y no el libro, y es verdad, pero por lo menos me ha hecho disfrutar algo de lo que hubiera sido una insípida lectura.

Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Livia y Bichejo, y me temo que esta vez sea yo el más optimista porque creo haber escuchado que alguien ha tenido la tentación de tirar el libro por la ventana.

martes, 30 de diciembre de 2014

El libro de los vicios

portada de 'El libro de los vicios'

Este mes, los simpáticos miembros del Club de Lectura 2.0, hemos leído “El libro de los vicios”, de Adam Soboczynski, un simpático periodista y escritor polaco afincado en Alemania, a propuesta de Carmen. El libro es un híbrido entre novela y ensayo, no sé si existe el termino ensayo novelado, que da vueltas y vueltas para tratar una idea que se resume en una frase: Nos estamos volviendo gilipollas.

Como casi siempre parecía una elección adecuada, además, es un libro corto que nos venía fenomenal para leerlo antes de la reunión plenaria del club antes de la navidad y que, de esa manera, pudiera entrar en las votaciones. Pero no, el libro es tan ameno como debatir con una almeja, y por eso lo corto se hace largo... así es el karma en el club de lectura.

La editorial Anagrama trata de vendernos la moto con esta sinopsis: “En veintinueve capítulos y a través de un puñado de personajes que recorren toda esta «casi novela» con sus vicisitudes, el autor desgrana su visión ácida del mundo moderno. Antes la gente tenía más vicios, fumaba en los bares, comía carne sin complejos, apreciaba más lo inesperado, actuaba con pasión. Ahora, en cambio, se prohíbe fumar, todo el mundo bebe menos en las fiestas, come sano y practica deporte, las ciudades parecen fotocopiadas unas de otras y lo «ecológico» triunfa por doquier. Quiere celebrar la ciudad como un lugar repleto de aventuras en cuyas callejuelas esperan las amantes más bellas, pero constata con horror cómo proliferan en ella los horrendos centros comerciales. Lamenta que en el mundo de hoy todo lo informal y erótico se combate, y todo lo pornográfico, en cambio, goza de la aprobación general.”

La pena de este libro es que la idea es buena, porque tiene un mensaje claro de crítica contra la modernidad de pega que podría dar muchísimo más de sí. Porque desde la ironía con la que pretende contarnos su pensamiento, debería meternos en el bolsillo desde la primera página y no soltarnos hasta la última, pero algo no funciona, desde mi punto de vista los personajes que son unos agonías y unos cansinos, de manera que todo aquello que prometía hacernos pasar un buen rato se convierte no en un castigo, que tampoco hay que exagerar, pero si en un ni fu ni fa muy decepcionante.

Soboczynski (gracias al que inventó el corta y pega) critica duramente la superficialidad de lo moderno, la uniformidad hacia la que nos dirigimos, lo políticamente correcto, y lo hace con un sarcasmo que me sorprende en alguien que es más joven que yo, realmente me sorprende leer a alguien más joven que yo, pero no es capaz de rematar la jugada y la estira más de lo que su idea da de sí. También puede influir en mi visión del libro que realmente esté hablando de mi propia generación, de la gente que estando en la mediana edad pretende vivir en una juventud casi perpetua, y que a pesar de ello me sienta tan poco identificado.

Tal vez, y admitiendo la verdad que hay detrás de la mayoría de las cosas que cuenta, mi mundo y el suyo llevan órbitas paralelas, de manera que vemos el mismo sol pero cada uno desde su perspectiva. Al menos desde ambas se ve que adoramos la banalidad, que el progreso no nos hace más libres, tal vez todo lo contrario, y que a cambio estamos perdiendo gran parte de lo que nos hacía diferentes y originales. En todo éso sí estoy de acuerdo pero no era necesario tratar de adornarlo tanto.


Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Livia y Bichejo, que una vez vistas las votaciones del club de este año se van a resumir en que si apreciáis vuestro tiempo no toquéis este libro ni con un palo. Hacedles caso.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La larga marcha






Este mes, los resignados miembros del Club de Lectura 2.0, hemos leído “La larga marcha”, de Rafael Chirbes, a partir de ahora EHQNALPYA (el hombre que no amaba los puntos y aparte) a propuesta de Paula, una novela, desde mi punto de vista algo fallida, que nos habla de la España de la dictadura franquista. EHQNALPYA, además de no incluir un miserable punto y aparte, algo que voy a reproducir en este post para que veáis en primera persona lo agotador que resulta, recurre a algo tan socorrido como es repasar historias en paralelo que van tejiendo el mensaje de la novela hasta que confluyen, inevitablemente, al final. Como ya es costumbre en estas reseñas voy a copiar lo que nos dice el editor como resumen: “La mirada narrativa de Rafael Chirbes pone en evidencia los oscuros e incómodos mecanismos personales y colectivos de nuestra historia durante la posguerra española y la resistencia antifranquista de los años sesenta. Dos generaciones caminan delante de un espejo que no devuelve imágenes gratas o autocomplacientes. Hombres y mujeres que se reparten el dolor y la humillación de la derrota mientras aprenden la dura tarea de sobrevivir. La juventud universitaria que intenta tomar conciencia mientras aprende a construirse contra un pasado que inevitablemente forma parte de su herencia. Estamos frente a una de esas novelas que los lectores reclaman a los autores de su tiempo, frente a una de esas novelas que se esperan.” Y efectivamente, se trata de una novela que los lectores reclamaríamos, porque muchos tenemos necesidad de enfrentarnos a los fantasmas que nos han enseñado nuestros mayores, tal vez como refuerzo de una identidad que en algún momento yo creí que formaba parte de mi genética, tal vez para poder estar en la piel de los que crecí considerando malvados por vocación, sin conocer sus motivos, sin tener la oportunidad de despreciarlos, a ellos y a sus motivos, al menos con conocimiento. Por eso “La larga marcha” ha tenido momentos puntuales en los que me ha emocionado, porque habla de la gente corriente de los dos bandos a los que, simplemente, les tocó estar ahí, sin mucha convicción, la justa para justificar sus actos; dividiendo el libro en dos partes, una primera que cuenta la historia de los que tuvieron que sobrevivir en la postguerra y una segunda que es la de sus hijos en los años sesenta. La diferencia es clara, la primera es una generación desgastada que se conforma simplemente con sobrevivir, y la novela juega a enseñarlos siempre en tinieblas, rodeados de palabras a media voz que tratan de evitar la atención de quien pueda escucharlas, la segunda es una generación que aunque ha vivido esa miseria, tanto física como moral, no siente la guerra como algo propio y quiere un cambio, de nuevo nos encontramos ese ambiente medio clandestino pero con diferente motivación, los padres tienen necesidades materiales, los hijos creen necesitar la libertad. Los que hayáis llegado hasta aquí pensaréis que la novela me ha gustado, pero os equivocáis de pleno, bueno, para lo que es el nivel del club aprueba, pero en general se me ha hecho pesada y difícil de seguir, especialmente la primera parte que no es más que una colección de retratos de época a los que, una vez dibujados, EHQNALPYA trata de sacar partido sin darse cuenta de que tienen ya menos jugo que el hueso de jamón de un cocido. Además, como si de la misma carne de ese hueso se tratara, las historias, tal vez por haber intentado morder más de lo que se podía tragar, se van haciendo hebras que cuesta trabajo masticar, hasta hacerse algo de bola. Por momentos la novela se hace confusa, teniendo que poner el lector todo de su parte para saber donde está cada uno y qué narices está pasando. Después, cuando EHQNALPYA, enhebra todas las historias, todo mejora, siendo los capítulos finales los mejores, como si hubieras encontrado algo de agua tras atravesar el desierto. Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Livia y Bichejo, que me temo van a ser de lo más diversas, recorriendo el amplio espectro que va del amor al odio, pasando por la indiferencia y la ovación afectuosa pero no por ello apasionada. Y además, en unos días todo esto lo debatiremos en el podcast del club, sí, con sonido en alta felicidad y risas garantizadas.