sábado, 30 de enero de 2010

Cuestión de fe


Existen cosas en este mundo que son una mera cuestión de fe, como la propagación de las ondas o el vuelo de los aviones. Bueno, a lo mejor las ondas en sí no, porque negar a estas alturas que las ondas existen es de ser bastante gilipollas, pero ¿alguien ha visto una onda surcar los cielos?, yo no, ¿y de qué están compuestas? porque vale, puedo entender una onda en el agua, es fácil, tiras una piedra a un estanque y allí aparece, me cuesta más trabajo entender las ondas sonoras aunque he visto mil veces las cuerdas de un violín vibrar y he jugado a hablar por dos vasos unidos por un trozo de lana, pero ¿una onda electromagnética transportando energía y atravesándonos a cada momento?, ¡qué barbaridad! Podrán decir lo que quieran D’Alembert y Schrödinger pero para el común de los mortales eso es ciencia ficción, de hecho todo lo que Estratón de Lampsaco o Anaximandro de Mileto no fueron capaces de comprender a mi entender no existe y para la mayoría tampoco.

Y pongo el ejemplo de las ondas porque, además de ser didáctico, gracias a las ondas nos hemos convertido en la sociedad globalizada en la que vivimos, y eso ha pasado casi sin darnos cuenta y sin que nos pidan permiso; estoy seguro de que a nadie se le ha acercado un señor muy educado preguntándole “¿quiere usted globalizarse?, ¿no?, pues cómprese un bosque y piérdase en él”. Esa respuesta a mí me tentaría aunque cada vez quedan menos bosques en los que perderse. Si nos fijamos casi toda la información que circula por el mundo viaja por ondas y por haces de luz. Ya solo se deben salvar las cartas del banco y los recibos varios, que son los que deben mantienen vivos a los de correos. Se me ocurre un chiste malísimo pensando que muchas cartas viajarán en Honda, aunque eso también era antes, cuando ser cartero me parecía un trabajo cojonudo solo por poder conducir una moto amarilla. Ahora las cartas viajan en un carrito de la compra propulsado por carteros desmotorizados y sin casco.

Porque hoy todo es wifi, wireless, wimax, GSM, GPS, 3G, 4G, bluetooh, ondas p’arriba, ondas p’abajo, satélites, fibras ópticas por las que corren desenfrenados haces de luz que atraviesan ciudades, países, continentes y hasta los océanos. No tenemos ni puta idea de cómo sucede pero lo damos por supuesto con la mayor felicidad y nos parece de lo más natural, si tu teléfono no puede conectarse a Facebook, eres un troglodita y un paria tecnológico, en mi juventud podían discriminarte por no llevar ropa de marca pero hoy en día tienes que tener ropa de marca y un iPhone, manda huevos, cada día es más difícil sobrevivir en la jungla digital. Y hemos pasado de rebobinar cintas de ACDC con un boli, para no gastar pilas, a descargárnoslas por Internet y almacenarlas en un mp3 en el que caben miles y además no ocupan nada. ¿Trivial? Pues a mí se me caen las pelotas de pensarlo.

Y compramos y vamos exigiendo cada vez más megas, gigas y teras con la naturalidad del que se compra una docena de huevos, y un huevo es tangible y a veces hasta comestible, pero ¿qué es un giga de memoria?, porque nos han contado el rollo del silicio, el de los bits llenos de ceros y de unos, el diodo, el transistor, ¿pero como entra un cero en un trozo de silicio?, mucho hablar de semiconductores pero ni el tato sabe como funcionan. Y si supiera meter bits en trozos de silicio, luego tendría que aprender a sacarlos y a que tomen la forma de una foto en una pantalla LCD que ni Dios sabe tampoco como va el LCD, pero ya está obsoleto y lo que pita es el LED y hasta diremos que el LCD es una mierda porque es lo que toca. Posiblemente lo diga el mismo listillo que afirmará que todo es cuestión de la ALU, de la CPU, del bus de datos y del bus de proceso, y que está chupado y lo sabe cualquiera, ya, ¡te reto dos veces a que me lo expliques!

Porque vamos dando todo por supuesto sin sorprendernos de nada y no damos a las cosas la verdadera importancia que tienen. Desde tener agua fresca y limpia saliendo de un grifo hasta a hablar por teléfono móvil con alguien de la Cochinchina, todo es de serie y natural. Y estamos perdiendo la curiosidad y lo queremos todo hecho, sin esfuerzo y sin buscar ni un porqué y yo por ahí no paso aún con el riesgo de parecer un cascarrabias tocapelotas y preguntón. Ahora mismo no dejo de preguntarme por nuestro cerebro, ¿cuántos gigas tiene? ¿dónde almacena la información? ¿cómo la procesa? ¿qué hace que algo nos guste o que seamos bordes? ¿emitimos ondas? ¡Uf!, espero que no.

jueves, 28 de enero de 2010

Pesadilla


Tener la conciencia tranquila es estupendo, me permite dormir todos los días como un tronco porque no existe nada en el mundo que me quite el sueño, vale, soy pobre y tengo una hipoteca y un trabajo que se puede desvanecer en cualquier momento, como el de cualquier no funcionario, pero eso es el ruido de fondo, ya me he acostumbrado y francamente me da igual, como yo suelo decir “Dios proveerá”. Aunque es pasarse de tener morro dejarle la responsabilidad de mi destino a Dios, principalmente por mi declarado agnosticismo (según la RAE: Actitud filosófica que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia), soy agnóstico porque me parece más elegante y más místico que ser ateo del todo.

Pero volvamos a los sueños, soy una de esas personas que no recuerdan nunca lo que han soñado lo cual es una faena porque conociéndome como me conozco seguro que tengo unos sueños de lo más animados e intuyo que me estoy perdiendo algo divertido. La ventaja es que tampoco recuerdo mis pesadillas, a lo mejor es porque no las tengo, puede ser que no tenerlas tenga que ver con mi tranquilidad bovina (o bobina de bobo), bueno, esto es ya una teoría. Por eso me sorprende tener un sueño recurrente desde que terminé la universidad, que sin llegar a ser una pesadilla si que se le parece mucho, y es curiosamente del único que me acuerdo. Un par de veces al año me despierto desasosegado pensando que no he terminado la carrera. ¿A alguien más le pasa?

Según mi teoría no debo tener la conciencia muy tranquila por las tropelías que hice en mis últimos años de estudiante, y decir estudiante es retórico porque, quitando los últimos seis meses que me encerré a estudiar para olvidar mis penas (aprobé 13 asignaturas entre junio y septiembre), estudiar, lo que se dice estudiar, estudié muy poco, ir a clase menos todavía. Ahora me avergüenza decirlo porque fui un parásito gorrón, pero está claro que no todas las lecciones se aprenden a la vez, algunas ni siquiera se terminan aprendiendo jamás, de cualquier modo a mis padres les debo una pasta, ¡qué me la descuenten de la herencia!

Existen dos versiones del sueño, la primera es que todavía soy estudiante y estoy a punto de que me echen de la universidad y la segunda es que alguien descubre que me falta una asignatura y que mi título es papel mojado.

Hoy me ha despertado la segunda, me tocaba volver a clase para ajustar cuentas con mi pasado porque de repente, y no tengo ni repajolera idea a cuento de qué mi título era provisional, si quería tener el bueno, el que firma su majestad, tenía que cursar aún otro año más de carrera. Mi yo dentro del sueño se negaba a afrontar la situación, lo que le faltaba, miles de horas de trabajo, la casa, el crío, el blog y encima volver a clase, ¡qué agobio!. La solución por la que ha optado no ha estado mal, si nadie se entera en el trabajo ¿qué más da tener el título o no? En eso ha estado a mi altura, a veces cometo la torpeza de no afrontar las cosas de cara a la primera, meto la cabeza debajo de las sábanas con la esperanza de que todo se solucione solo y desafortunadamente el mundo no funciona así.

Lo gracioso es que al despertarme y ser consciente de que era un sueño todavía me he preguntado si de verdad había terminado todo y si realmente no tendría que volver a pasar por las aulas. Se me ha venido a la cabeza la imagen de mi título colgado en casa de mis padres y es cuando me he tranquilizado, sí, todo ha terminado. He respirado más hondo que si viniese de bajar a pulmón la Fosa de las Marianas.

De todas formas, pensándolo en frío, no sé por qué tengo tanta preocupación con el puñetero título, seguramente habría sido muchísimo más feliz sin él y no me hubiera sido muy difícil encontrar un trabajo más tranquilo y mejor pagado. Tampoco entiendo por qué mis padres lo cuelgan en su casa, al principio pensaba que era porque se sentían orgullosos de su niño pero ahora pienso que es un mensaje subliminal que me hacen: “con la pasta que nos hemos gastado en que tengas esta mierda de diploma aquí podría lucir un Picasso”. Vale, tenéis razón, lo siento.

martes, 26 de enero de 2010

Ingeniero multiusos

Como ingeniero responsable de que todas las hojas de papel tengan dos caras en los proyectos en los que participo la vida no es ni completamente aburrida ni tampoco trepidante, voy revisando hoja a hoja a un ritmo que considero aceptable y así voy pasando los días. De vez en cuando alguien quiere que primero revise sus hojas o de repente unas hojas son importantísimas y hay que dejar todo para atenderlas porque fueron mal revisadas. Ni fu ni fa, soy uno más de departamento de revisores de hojas y mi meta es pasar lo más desapercibido posible. Tampoco soy bueno en este oficio, solo tengo un par de años de experiencia y casi todo el mundo sabe más de hojas que yo, por eso solo me dejan revisar las hojas A4 mientras que algunos de mis compañeros se atreven hasta con las A1.

Hoy, de repente, tengo complejo de navaja suiza multiusos, o eso es lo que me haría falta para que una horda de descuartizadores me desmembrase y me repartiese por medio mundo. Me explico. Desde hace un año me encargo de que un proyecto de almacenamiento de gas submarino disponga de hojas debidamente homologadas para su correcta ejecución. Es un trabajo más importante de lo que puede parecer porque gracias a ello las ancianitas de este país tendrán asegurado suministro de gas en sus cocinas para hacerse una sopita caliente los días de invierno y estarán calentitas los días de nieve, si es que la pensión les da para pagar la factura de la caldera. Creo que es el mejor trabajo que he tenido nunca y poco a poco le voy pillando el tranquillo, ya no titubeo cuando me hablan de anversos y de reversos (aunque sean tenebrosos).

Como me tomo mi trabajo muy a pecho se debe haber corrido la voz de que no se me pasa ni una hoja sin sus dos caras reglamentarias y todo el mundo me trae tacos de hojas para revisar. Hace un año eche una mano en un proyecto en un país del otro lado del charco, lo pasé genial allí aunque las hojas tienen otro formato y al principio me costó trabajo adaptarme. Lo pasé tan bien que me han homologado como revisor oficial del reino azteca. Además de seguir preocupándome por el bienestar de mis abuelitas debo preocuparme de que no se nos haya pasado ni una hoja mala en una oferta de algo que llaman gasolinas limpias. Yo lo de gasolinas limpias no lo acabo de entender pero debe ser una frase del rollo “guerra preventiva”, bueno, es lo de menos, mi empresa me da la oportunidad de participar en tan insigne misión, Juanjo ML suma y sigue, puede con eso y con más. De donde saco el tiempo para hacerlo es un secreto que me llevaré a la tumba. ¡Para que luego digan que un hombre no puede hacer dos cosas a la vez!

Pero todo esto no es nada, antes de que me dieran licencia para revisar trabajaba haciendo una oferta para hacer navegar barquitos de papel por un canal que atraviesa un país centroamericano. Pasé un año de mi vida estudiando como transportar los navíos papirofléxicos de un océano a otro, por eso no peco de falsa modestia si hoy me puedo considerar un experto mundial en la materia y no es un tema baladí, si no tienes cuidado la nao puede hundirse por exceso de agua o volcar si ha quedado en el dique seco, debe ser muy desagradable que le pase algo así a una embarcación de papel de 400 metros. Desafortunadamente nuestro sistema de pasar barquitos por ese canal era más caro que el que idearon otros niños más listos que nosotros y nos quedamos sin jugar, o no, de repente nos han pedido ayuda para diseñar el juego porque debe ser muy difícil, espero que solo sea una broma de niños traviesos y al final se vayan con su canal a otro parque.

Y hay más, no me había repuesto aún del susto acuático cuando he recibido una llamada de un desconocido de otro departamento. A sangre fría me ha demandado un CV para la oferta en un país arábigo (de esos que construyen rascacielos de un kilómetro de alto e islas con forma de palmeras) para hacer un aeropuerto en el que despegarán y aterrizarán sin parar aviones de cartulina. Ha sido el colmo, pase lo de los barcos, vale, pero lo de los aviones ni hablar, además mis aviones de cartulina siempre caen en picado y no vuelan nada, creo que no tengo bien depurada la técnica de los flaps.

Sin yo buscarlo comienzo a dar vueltas en una especie de ruleta de la fortuna con casillas llenas de trampas y con paradas en diferentes continentes. Qué me hará parar en una de ellas es una cuestión de azar lejos de las reglas del entendimiento humano. Seguiremos informando.

domingo, 24 de enero de 2010

Lo que sé y lo que ignoro

Solo sé que no sé nada. ¡Qué frase tan cojonuda! Seguro que si Sócrates no hubiera existido podría haberla deducido yo mismo, pero los filósofos griegos tienen la mala costumbre de haber vivido antes que el menda que subscribe, y por ese insignificante motivo me han pisado montones de buenas ideas. De todas formas es una frase de un extremismo visceral, es un frase que tiene un fondo casi hasta de chulería, de sabelotodo, de ahí queda eso, de soy más chulo que un ocho y mi modestia es más grande que todos vosotros juntos, piltrafillas. Sócrates, como Chuck Norris, debía ser un tipo capaz de contar dos veces hasta infinito.

Aunque no lo parezca, yo soy mucho más modesto que él, faltaría más. Admito sin complejos que no tengo ni puta idea de casi nada, a pesar de que un montón de almas cándidas piensan lo contrario. El truco es saber un poquito de muchas cosas y no hablar más de la cuenta de ninguna, con esa sencilla receta uno puede ganarse la vida, pasar por entendido y si tienes la suerte de tener un enchufe en la tele hasta te puedes hacer tertuliano, bueno menos de la tertulia de Curri Valenzuela. Para entrar en su tertulia debes como mínimo haber contado en voz alta hasta menos infinito en números romanos. ¿Imagináis?, menos palo, menos palo palo, menos palo palo palo, (millones billones y trillones de menos I, V, X, L después), menos palo palo infinito, menos palo infinito, ¡menos infinito! ¡Bravo!, ya eres un Curriman o una Curriwoman.

Es un hecho que existen muchísimas más cosas que ignoro que las que sé. La suerte es que mi cerebro, imagino que como el de todo el mundo, no tiene capacidad de abarcar cosas muy grandes a la vez, supongo que es un sistema de autoprotección que tiene la criatura para que no me de un chungo que me deje catatónico. Porque el agujero negro de mi ignorancia me abruma, y no solo pienso en la ignorancia en el sentido de conocimientos (además eso no me importa la mayoría no me serían necesarios ni si quiera para alimentar a mi curiosidad), no, yo pienso en la ignorancia en termino de la multitud de sitios, personas y acontecimientos que ni sé que existieron, que existen y que existirán. Eso me jode, porque mi vida es demasiado finita hasta para rascar en la corteza de mi desconocimiento.

Sin embargo existe gente que sabe de todo, le ha pasado de todo y se atreve a opinar de todo. Yo les llamo los opinadores. Los opinadores son una de las castas más despreciables que te puedes encontrar en la vida porque además de ser pesados y palizas te arruinan la mayoría de las conversaciones. No importa de qué estés hablando, ellos saben más, no importa donde hayas ido, ellos estuvieron antes, y además comieron en el mejor restaurante. Son gente despreciable que no merece la pena conocer pero que por algún motivo inimaginable no acaba colgada del mástil de un barco con bandera somalí.

Me estoy acordando de uno en particular, un campeón del mundo, una persona autoproclamada rey Salomón del nuevo siglo, me tocó sufrirle durante una temporada y me amargó las comidas de muchos más días de los que estoy tardando en olvidarle, y eso que ya llevo más de mil días sin verle. Un día hablando con otro compañero nos propusimos sacar un tema del que no fuera entendido, le tocó a las vacas. En medio de la comida y sin venir a cuento dije “la mejor raza de vaca es la parda alpina”, no tardó ni un segundo en responderme “te equivocas, la mejor es la negra avileña”, ese día me descojoné pero me rendí, no sabría nada de vacas pero ¡qué pedazo de ciervo era el amigo!

Por cosas así vivo con el dilema de si merece la pena vivir en busca del conocimiento, cada día que pasa estoy más convencido de que la respuesta es no. El motivo, pues muy simple, la experiencia me va haciendo comprender que la ignorancia es una de las variables principales en la ecuación de la felicidad y encima es directamente proporcional a la misma. Y si el saber forma parte de la ecuación debe ser como la famosa épsilon de mis ejercicios universitarios, prácticamente despreciable. Porque desde hace un tiempo mi felicidad principalmente depende de una personita de la que ignoro más de lo que sé y que además, afortunadamente para él, es un libro en blanco aún por escribir, espero, por su bien, que sea uno de aventuras con un final feliz.

viernes, 22 de enero de 2010

Reuniones


Mi primer jefe tenía sus cosas particulares, incluso alguna buena aunque haya decidido que es mucho mejor no volver a hablarme con él. Vale, no conocía cierta terminología básica como por ejemplo horas extras, vida personal, calefacción o servicio de limpieza, para él meros detalles insignificantes que nada tenían que ver con nuestro rendimiento laboral. Porque con el tiempo comprendí que lo que a él le hubiera gustado tener es una plantación de algodón en Georgia con mano de obra esclava, pobre, ¡qué molestos le tenían que parecer el estatuto de los trabajadores y el convenio colectivo!, eso justifica que se los pasaba por el forro de los cojones. Lo que no entendía es que programar seis horas seguidas a cinco grados con los dedos helados y con la vejiga llena (porque al baño que no conoció una fregona era mejor no ir) nos hacía ser menos eficientes, si lo hubiese comprendido nos hubiera comprado unos guantes y un orinal.

Sin embargo tirar siete años de mi vida a su lado me dejó alguna enseñanza, bueno, pocas y no todas éticas y/o legales, una de las mejores es la siguiente: “Las reuniones hay que ganarlas siempre”. Vamos que las reuniones son como las finales de un Gran Slam o de la Copa de Europa, no vale con jugarlas o participar, no, tienes que traerte el título a cualquier precio o serás un perdedor y nadie se acordará de ti. Y esto vale para cualquier tipo de reunión, hasta para las de vecinos, pero como esas se juegan siempre fuera de casa, los participantes están medio dopados y al final acaba siendo un todos contra uno, he decidido que es mejor no ir, es preferible que te declaren perdedor por incomparecencia.

Pero las reinas son las reuniones de trabajo, especialmente las que se convocan de un día para otro, en las que no sabes quién va a ir pero el que convoca es el cliente presa de un ataque repentino de ansiedad, y lo que es mejor, no sabes a qué vas tú aunque sospechas que caramelos, lo que se dice caramelos, no van a repartir. Cuando todos esos factores se unen has tenido la suerte de ser elegido para ser asistente a la reina de las reuniones. Yo me pongo tan nervioso que me cuesta conciliar el sueño por las noches, y no porque me vayan a crujir vivo al día siguiente, mi experiencia me dice que nadie muere en una reunión, me pongo nervioso porque en el fondo me va la marcha y estoy deseando de jugar con los demás niños.

Me encanta el aire solemne del principio, cuando nos miramos unos a otros como los boxeadores que se tantean un poco en el primer asalto, el intercambio de tarjetas de visita, la presentación inicial, aunque es mejor cuando se salta este paso y vas directamente al grano sin saber quien es quien, y tienes la posibilidad de quitar la palabra al mismísimo director general del cliente, porque no le conoces, y hasta rebatirle sus argumentos ante la admiración de sus subordinados. Pero lo normal es que todo comience con un “Buenos días soy Juanjo ML responsable de que todas las hojas de papel tengan dos caras en este proyecto” (murmullos de envidiosa fascinación).

El siguiente paso es enterarte que se está cociendo, y con esto no me refiero a enterarse de cual es el tema de la reunión, algo totalmente secundario, lo que hay que saber es a quien le van a caer las hostias, que es el motivo real de la convocatoria, dar de hostias a alguien en público. Esto es como las partidas de póker, si a los diez minutos no sabes quien es el primo es que el primo eres tú, igualito. Y eso es lo que determina qué vas a hacer, si la cosa no va contigo pues dejas que te resbale todo y disfrutas con el espectáculo, solo debes intervenir si al que están sodomizando te paga, y depende de cuanto te pague, si no como si le parten los pulgares, algo habrá hecho.

Y si al que piensan crujir es a ti, puedes intentar varias cosas, aquí es de donde tiro de mi experiencia como recolector de algodón. La primera mentir, con dos modalidades, uno, negar la evidencia a capa y espada, algo que funciona más de lo que muchos suponen, dos, contar una milonga, con suerte quien esté presente no tendrá ni puta idea y para cuando lo descubra tú no estarás allí, si esto falla se pasa inmediatamente a negar la evidencia. La segunda es echar la culpa a alguien que no esté delante con la misma cara de pena que pondrías si tuvieses que estrangular a Bambi para sobrevivir, por supuesto hay que decir antes que ese no es tu estilo y que jamás has culpado a nadie que no estuviera delante para defenderse, pero que esta vez y en contra de tus principios no te queda más remedio. La tercera es ser una persona íntegra y salir del apuro con el poder de la verdad y los razonamientos, pero desde luego es el último recurso y no lo recomiendo.

Hoy he tenido una reunión de esas pero no querían zurrarme a mí, qué lastima, me he quedado con las ganas.

martes, 19 de enero de 2010

Crisis de identidad

Estos días sufro una grave crisis de identidad, no es nada nuevo, es una frustración que voy acarreando como un preso acarrea su bola, pero de vez en cuando la bola se hace tan grande que me apetece abandonarla aunque para ello me tenga que cortar un pié. Ahora estoy en esos días, apático y tristón. Imagino que no es nada grave y que simplemente se trata de los efectos de un síndrome post vacacional, pero se me está haciendo taaaaaaaaaan cuesta arriba remontar enero.

Debo de ser uno de los ingenieros con menos vocación del planeta, la ingeniería me atrae lo mismo que Anne Igartiburu, cero patatero. Pero de algo hay que vivir, incluso alguien se tiene que acostar con Anne, yo me la imagino diciéndome “¿te has puesto el condón corazón?” y se me pasan todas las calenturas del mundo, ¡y mira que es mona la chica!, a lo mejor con media caja de viagra nos entenderíamos. Por eso cada mañana, cuando entro por la oficina, me pregunto qué coño hago yo allí, me paso el día haciendo una interpretación magistral digna de un globo de oro, bueno de eso mejor no que nominan a cualquiera. Y debo ser buen actor porque nadie se queja e incluso cada vez me van dando mejores papeles porque ya domino la comedia, el drama y con la que se avecina en el horizonte creo que llegaré a interpretar hasta una de ciencia ficción.

Seguramente muchos se sentirán identificadísimos conmigo y además pensarán que son tan pringados como yo por no saber salir de este bucle. Para más coña encima están de moda los testimonios en prensa de casos de éxito personal de gente que en cierto momento tuvo los santos cojones de dar un golpe de timón a su vida y salió para delante. Y curiosamente nadie habla de al que le fue mal y paso hambre, frío y calamidades, eso sería muy didáctico, igual se me pasaba la tontería. Solo veo casos como el de Mengano, que dejó su trabajo de chupatintas para dedicarse a la cría de caballitos de mar y ahora trabaja desde su casa del fondo del mar gracias a su conexión de fibra óptica submarina, o el de Zutana que abandonó su curro de teleoperadora y ahora tiene un blog de éxito con dos millones de visitas al día por el que se saca una pasta, pero claro Zutana es mega guay y yo solo un jodido cascarrabias que no sabe ni criar caballitos de mar.

Porque eso es lo que más me fastidia, el pensar que no tengo ni oficio ni beneficio. Sobrevivo porque tengo un trabajo como el de las abejas obreras, llevo a la abeja reina mis dos o tres granitos de polen al día y con eso cubro el expediente, el truco es que vivo en un enjambre de abejas que no hacen mucho más que yo y además existen montones de zánganos que atraen la atención del insecticida. El día que se marchiten las flores y se acabe el polen no habrá nada en el mundo que sepa hacer y tendré que competir con montones de abejas descarriadas por encontrar un miserable grano de polen.

He pensado mucho en lo que me gustaría hacer y mi angustia vital no ha hecho más que incrementarse. Me gustaría vivir en el campo pero no se distinguir una alcachofa de una berenjena, tampoco sé si las lechugas se reproducen por esquejes o si el árbol del que cuelgan las zanahorias es de hoja caduca o perenne, ignoro si las coliflores se plantan en junio o en diciembre y siempre me he preguntado que narices son los grelos, ¡seré berzas!, definitivamente no seré agricultor. Probaría de pastor pero seguro que acabo ordeñando al perro y esquilando a las gallinas, mis vacas nunca pondrían huevos con dos yemas y no sabría hacer ni queso ni yogur con la leche de mis cerdos.

Probaría a ser artesano pero mis manos son torpes como los retratistas del FBI, no creo que nunca vendiese algo que ellas hubieran parido, albañil tampoco está a mi altura, la fabricación del cemento me parece algo más complicado que la física nuclear, tampoco podría ser ni fontanero ni pintor, ni siquiera de brocha gorda, cada vez que en casa me confunden con el encargado del mantenimiento la acabo liando, instalar un fregadero o pintar un techo no son tareas tan inofensivas como a simple vista parecen. De modelo de bañadores ni hablamos.

Ay, esto no tiene solución, comenzaré a leer sobre los caballitos de mar…

domingo, 17 de enero de 2010

La vida es un partido de fútbol


A mucha gente no le gusta el fútbol, es de lo más normal, a mí tampoco me gustan montones de cosas que hacen furor entre las masas, los detractores del balompié lo reducen todo a una frase tan simple como que solo son veintidós tíos en pantalón corto corriendo detrás de un balón. Es cierto, no voy a poner ni una objeción…, bueno sí, una, si juega el Atleti corren menos de veintidós, seguro. Si alguien no ha ido a ver un partido a un estadio se lo recomiendo porque la sensación de ver, sentir y escuchar a decenas de miles de personas a la vez pone la carne de gallina. Aunque esto no tiene que ver con el fútbol, tiene que ver con la fe, también se me puso la carne de gallina escuchando una misa cantada en la basílica de Santa María en Trastevere a pesar de que tengo rotas las relaciones diplomáticas con la iglesia desde que tengo uso de razón.

Sin embargo que te guste el fútbol y que seas capaz de vivir y de malvivir siguiendo las desventuras de tu equipo es una de esas cosas irracionales que le dan gracia a la vida, y hablo de pasar el rato y poder charlar luego con los amigos de ello, porque reconozco que si llevas la ropa interior con su escudo es para hacértelo mirar (que conste que a mí me gustaría también hablar de la guerra del Peloponeso pero mis contertulios, los muy ladinos, se hacen los suecos). Se me ocurren unas cuantas cosas que pocos se atreven a cuestionar y que nos dan mil quebraderos de cabeza mucho peores, como por ejemplo el amor. Porque el amor no deja de ser algo estúpido que trae más sinsabores que recompensas, estar enamorado es una enajenación mental transitoria de impredecibles y dolorosos efectos. Incluso el sexo, que es capaz de arrastrar a las mayores miserias humanas y personales, nos gusta a todos.

No entiendo por qué, pero siempre he preferido a los perdedores y los antihéroes, a lo mejor es porque me siento más identificado con ellos que con los ganadores o a lo mejor es que soy masoquista por naturaleza. Y si existe algo en el mundo que desafíe al destino y a la buena suerte eso son los colores rojiblancos. Mucha gente ha tratado de explicar por qué se es del Atleti y nadie lo ha conseguido, es un misterio tan grande como el de las pirámides, pero si eres del Atleti una cosa tienes clara, la fatalidad existe y tarde o temprano te darás con ella de bruces. Y por si esto parece poco vivimos bajo el embrujo de una maldición que nos hace siempre pensar que la felicidad es efímera. Incluso en los mejores momentos de la vida, en esos en los que luce el sol, la brisa es fresca y los pájaros cantan, nosotros creemos que algo nos arrebatará la felicidad y además de la manera más cruel y despiadada.

Con el Atleti nada es evidente ni obvio, la palabra relajación nos es desconocida, siempre hay que estar en tensión a la espera de acontecimientos, normalmente negativos. Yo lo resumo en una frase, vivir apretando el culo, porque desde que te sientas en una butaca del Manzanares tu destino es vivir con el culo apretao. Hasta que no pita el árbitro el final no podría introducirse por el ano de los asistentes ni el pico de un colibrí picolanza mayor, somos ventosas humanas adheridas a nuestros asientos en los que hemos provocado el vacío. Sospecho que un día de tanto apretar y apretar se va a provocar una alteración espaciotemporal de manera que el graderío se transformará en un agujero negro que no solo absorberá la luz, sino que también engullirá el estadio, Madrid y la galaxia entera.

Por eso me atrevo a decir que la vida es como un partido de fútbol si el que juega es el Atleti. Es sufrimiento continuo, es un sin vivir, es riesgo y es emoción, y es meter la pata de la manera más ridícula de vez en cuando, y es saber que no debes rendirte jamás ni en los días que te sientes pequeño y todo a tu alrededor parece burlarse de ti, y es volver a levantarse después de tropezar porque piensas que algún día te sonreirá la suerte, y si ese día llega, ¡uy, si ese día llega!, te sientes un triunfador por unos segundos, te sientes parte de algo que flota como la magia y que te hace abrazarte con un tío que se sienta al lado de ti y al que no conoces de nada, pero que por unos instantes es tu hermano del alma.

Y después todo se pasa, y vuelves a ponerte en tensión esperando el gancho de izquierdas que te devuelva a la lona, o a la luna. Me voy al fútbol.