martes, 9 de noviembre de 2010

El sufrimiento no sabe a fresa


Lo increíble de malvivir es que llega un momento en que la mala vida se traviste de realidad. ¿Que qué quiero decir?, pues que cuando vives rodeado de problemas tu mente te hace creer que la vida realmente es así, te acostumbras, bueno, no es que te acostumbres a tener problemas y ya todo te de igual, no, los problemas siempre joden, a lo que te acostumbras es a vivir angustiado, te olvidas de cómo era vivir despreocupado, sin cagarte de miedo cada vez que tu móvil suena, y lo aceptas resignadamente. En el fondo si quieres seguir fingiendo ante el mundo, simulando que tienes una vida normal, no te queda mucho más remedio, además, los límites del sufrimiento son capaces de estirarse como un chicle, siempre un poco más, un poco más, otro poco más. Pero el sufrimiento no sabe a fresa, ni a menta.

Sin embargo un día, de repente, todo cuadra como si se hubieran alineado varios planetas y todos te fueran propicios, no sabes qué es lo que ha pasado pero sin proponértelo todo es maravilloso, y no porque haya pasado algo ni medio excepcional, para nada, es de noche y no tengo absolutamente nada que contar. Eso es lo más increíble de todo, hoy ha sido un día maravilloso porque no ha pasado nada, nada malo, por supuesto, hoy el gato que vive dentro de mí, y se entretiene arañándome en el estómago, ha debido irse de puente. Ojalá no volviese, ojalá que encuentre una gata persa y se olvide de mí, pero volverá, porque sus siete vidas me pertenecen, aunque no sea yo el que le alimenta, porque si de mí dependiese ya se habría muerto de hambre hace tiempo. Maldito gato, ni siquiera ahora me dejas disfrutar del momento, no te veo pero te presiento cerca.

Mis miedos están de puente, pero yo no, y da lo mismo porque los días de puente son estupendos, trabajes o no. Es genial salir a la M40 e incumplir con el límite de velocidad, por poco que quede claro, es estupendo llegar al aparcamiento y que sobren los sitios sin preocuparte de tener que ir a aparcar al maldito destierro, es estupendo que casi no suene el teléfono y que no se te llene en una hora la bandeja de correo, además hoy, para gran regocijo del personal, ha escrito el inglés que no se entera de nada y me he permitido contestar de manera desenfada, es decir, siendo yo mismo. Mi manía de escribir correos a la yugular a lo mejor me cuesta el puesto de trabajo algún día, pero si tamaña desgracia llegase a suceder igual edito un libro. Sí, estaría genial, sería mil veces más divertido que este blog, es cierto eso de que la realidad siempre supera a la ficción.

Pero lo mejor de todo ha sido volver a casa y que todo estuviese donde debía estar, bueno a mi casa y antes a la que fue mi casa. No puedo explicar el alivio que siento cuando veo a mis padres relajados y sonriendo, cuando puedo jugar con mi sobrino de dos años y mirar con él un trozo de Bambi mientras que le enseño a imitar el ulular de un búho y a pronunciar tambor, cuando veo a la peque regresar de ese sitio en el que la intentan enseñar a comer llena de satisfacción por haber sido capaz de vencer a unos miserables guisantes, cuando cierro la puerta camino del coche completamente relajado pensando que ya ha pasado lo peor del día. Y por si no fuera poco, que para mí ya es mucho, cuando abro la puerta y veo a mi hijo comiendo tranquilo en su trona, mientras que su madre hace nuestra cena, girarse hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja para decirme, con su lengua de trapo, que ha cenado todo, todo y que no ha llorado en la ducha, bueno, solo un poquito.

Sí, a veces la vida merece la pena ser vivida, sin necesidad de que pase algo excepcional, son los pequeños detalles los que la hacen más agradable, es la ausencia de drama lo que la hace soportable.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Estimado Neptuno


Estimado Neptuno, o Poseidón, señor de los mares y océanos, patrón de los atleticos:

Como ya debes saber mañana es el derby, día funesto para los atléticos los últimos años, y, por desgracia, no me da muy buen rollo tampoco este año. O mucho me equivoco o nos van a volver a curtir el lomo porque no veo a los muchachos de las rayas rojas y blancas muy inspirados, desafortunadamente, por lo menos en lo referente al deporte del balompié, aunque a lo mejor lo suyo es la petanca y todavía no nos hemos enterado, desde luego para la petanca sí que apuntan maneras, o para lanzar huesos de aceitunas, o para jugar al tute en el hogar del jubilado. No, no les veo, pero para nada, y mira que me toca las narices tener esta sensación de cordero que va al matadero, pero me parece que no nos libra ni la madre que te parió, la señora Rea, ni su madre, tu señora abuela, la diosa de la tierra Gea, a la que devotamente hemos consagrado a nuestro portero, David, para mayor gloria de vuestro linaje.

Hago énfasis en lo de “como bien debes saber” porque llevas una década tocándote las pelotas a dos manos, cuidado con el tridente que los carga Urano. A lo mejor, cansado de nuestro juego que aburre hasta a las sirenas, te has hecho del Barcelona aprovechando que, además, tiene puerto de mar. No es que te lo reproche, futbolísticamente hablando, más bien alabaría tu buen gusto, pero si es así, maldito renegado, podrías haber avisado y nos hubiéramos ido a celebrar la Europa League a Sol con la estatua del oso y el madroño, nuestro héroe, el único que lleva sudando la camiseta casi cien años. Nosotros, los que cada dos domingos vamos a la orilla del río con fe inquebrantable, preferiríamos que aun sigas siendo uno de los nuestros, pero el movimiento se demuestra nadando.

Honestamente creo que no tienes sangre en las venas, pasas de nosotros cuando a unos centenares de metros se descojona de ti la dama de blanco. Ya debería hacértela hervir, la sangre, que confundan a la advenediza con tu madre, y se hable de la diosa Rea/Cibeles, ¡qué barbaridad!, vamos, es como confundir a la Macarena con la Esperanza de Triana, o viceversa que no se me enfade nadie, por mucho que las dos sean madres de Jesús y procesionen en viernes santo. A mí se me caería la cara de vergüenza si una diosa frigi(d)a me hiciese una colosal peineta dos veces al año, delante de tu sobrino Apolo que, algún partido de estos, de un ataque de risa se va a caer del pedestal de su fuente y va a terminar hecho pedazos. Claro, que a lo mejor te da miedo que de la carroza de la frígi(d)a tiren dos majestuosos leones a los que llaman Higuaín y Ronaldo, mientras que de tu concha marina tiran dos putos caballitos de mar, ¡hay que joderse!, llamados Perea y Valera, la verdad es que es para echarse a llorar, y tú mientras con cara de póker mirando para otro lado.

Pero yo a pesar de todo no lo voy a dar todo por perdido, quiero creer en un milagro, y para ello cuento contigo. Si Goku, que era medio gilipollas, pudo con Célula y Freezer, si Oliver batió a Benji y no media casi un palmo, ¿no va a poder Agüero ganarle al abuelo de Carvallo un mano a mano? Sí, yo sigo teniendo fe, pero necesito tu ayuda, necesito que vuelva Forlán y se vaya a su casa su hermano gemelo, ese que lleva un par de meses arrastrándose por el campo, necesito un cerebro para Reyes, valor y unas gotas de 3 en 1 para Simao y un corazón para Tiago. Necesito que convoques a las nubes y a la lluvia, señor de las aguas, hasta formar un tornado de manera que el banquillo de los suplentes vuele por los aires y le caiga encima a Cristiano Ronaldo, que le siga una tormenta de esa de mil millones de litros por metro cuadrado, para que Marcelo y Ramos suban la banda en piragua, para que Özil nade a braza y Khedira a mariposa mientras que jugamos al waterpolo con Casillas meneando los pies mientras que el bueno de Assunçao le muele a pelotazos.

Creo que no es mucho pedir, como diría el Papa Roma, en verdad es justo y necesario. Si sigues siendo de los nuestros, si de verdad quieres darnos la alegría que ya nos merecemos, si quieres domar a los leones y levantarle las faldas a tu vecina, haz que el cielo se junte con la tierra, haz que el Manzanares se desborde inundando la Castellana y Concha Espina, haz que el agua espabile a los nuestros, les insufle fuerzas y sabiduría mientras que aturde y ahoga a los de blanco.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La casa de trapo


Éste es el primer relato que presenté al concurso Miss & Mister Blogger 2010, el tema era la casa de verano, si os apetece curiosear hay relatos estupendos. Es un relato totalmente autobiográfico que hice con bastante cariño, me gustó como me quedó, modestamente, aunque es un poco largo :)

Como cada año la primavera iba tocando a su fin, eran días maravillosos con tardes infinitas de sol y juegos infantiles, juegos vividos siempre en la calle y en compañía, porque entonces nada se entendía si no era compartiéndolo con los tuyos, con tu pandilla, la misma con la que ibas a clase el resto del año, aprendiendo a resolver las reglas de tres y el uso del pretérito imperfecto; la misma cuadrilla de gamberros con la que intentabas robar la llave del despacho de los profesores para fotocopiar furtivamente los exámenes de inglés… ¿qué si lo conseguimos?, ¿tú qué crees?


Recuerdo con cariño, y cierta añoranza, los coletazos de esos meses de junio, en los que la jornada escolar era ya continua e intrascendente, regalo anticipado de un verano eterno en el que cada día era una aventura en sí misma, porque entonces la vida era un reloj daliniano de agujas estáticas que se burlaban de los problemas y de las prisas. Aún no nos tocaba a nosotros preocuparnos por lo mundano, y, aunque no nos sobraba de nada, todo lo que no se podía comprar con dinero se desparramaba por nuestras calles y plazas, lo mismo nos daba dar patadas a una pelota vieja que a una lata, lo importante era salir, estar juntos, para reír o para escalabrarnos, para jugar al chopo, a las canicas o a la taba.


En esas andábamos cuando de repente llegaba julio, como una puñalada rasgando hasta el mismísimo cielo, para arrancarnos de todo aquello; julio, tiempo de que la troupe agarrase sus bártulos y se marchase de vacaciones. Caray, no ha pasado tanto desde que sucedió, pero sin embargo me parece tan, pero que tan lejano… Era como un milagro, porque cuando llegar a fin de mes se convertía en un acto de heroísmo cotidiano, marcharse de vacaciones estivales era un acto suicida, de rebeldía o tal vez de supervivencia. Sea como fuere, allí nos plantábamos, mis padres, los tres hermanos y nuestro pastor alemán, a bordo de un SEAT 850 amarillo, que tenía la mala costumbre de averiarse, cargado hasta los topes y coronado por una baca tan voluminosa como él mismo. Parecía el coche de unos magrebíes retornando a su oasis africano, pero no, solo éramos una familia de clase baja y periférica buscando refugio a la sombra de los pinos.


Los pinos, parece que desde aquí puedo olerlos, casi noto que mis dedos se pegan a las teclas, impregnadas de la resina de mis recuerdos, y siento a las chicharras cantar, con su letanía interminable que no paraba ni de día ni de noche. Por supuesto, nuestro destino no podía ser un chalet con piscina, ni siquiera una urbanización de aprendices de pijos con vespino o la casa del pueblo, qué va, lo nuestro era el aire libre, las estrellas como techo y el baño comunitario, el baño más grande del mundo, un baño que ni la cabeza de la Preysler podría concebir, vadeando el arroyo, detrás de los zarzales, cien metros cuadrados, metro arriba, metro abajo.


Nadie era tan afortunado como nosotros, sobre todo el día en el que llegábamos a la zona de acampada, el pinar nos pertenecía, sin escrituras y sin contrato, solo había que buscar un sitio de sombra generosa y un poco llano porque el resto corría de nuestra parte, una tienda de campaña de tamaño familiar con dos habitaciones, y una cocina, lujo asiático de los campistas más avezados. Porque así era nuestra casa de verano, de tela impermeable, naranja y amarilla, coqueta, con ventanas y porche, sustentada por una estructura robusta de acero templado. Una vez elegido el sitio, y debidamente limpio, de las profundidades de la baca del ocho y medio salían dos sacos, el primero marrón, donde esperaba su turno la lona de la tienda escrupulosamente doblada el verano anterior; el otro era blanco, y en él se encontraban los hierros de la tienda, un amasijo de chatarra que iba cobrando forma a duras penas, a pesar de que repetíamos el mismo ritual cada verano.


Porque entonces las cosas eran más funcionales que prácticas y montar la tienda era un ejercicio de maña y paciencia. Cada hierro venía suelto y parecían multiplicarse cada año. La única ayuda era un código de tres colores en los extremos de cada palo que permitían ir completando las esquinas de un poliedro imaginario. Cien veces había que desmontar y montar lo que ya parecía acabado, hasta que al final todo encajaba y la tienda se mostraba majestuosa como el esqueleto de un dinosaurio fosilizado. Comparado con aquello montar un cubo Rubik era tan simple como encajar un puzle de dos piezas, chupado. El resto era mucho más sencillo, fijar la lona al armazón, tensar los vientos y clavar los clavos, para terminar todos juntos cavábamos un reguero para desviar el paso del agua y enterrábamos los faldones de la tienda con piedras que acarreábamos felices al ver el resultado de nuestro trabajo.


Así que allí estábamos, cómodamente instalados en la naturaleza, a la orilla de un arroyo de un agua tan cristalina que se podía beber mientras nos bañábamos. Cuantas veces me acordé de ese agua fría, años más tarde, cuando trasladamos nuestros meses de julio a la cálida orilla del Cantábrico. Aquel agua, fruto del deshielo, embalsada en piscinas naturales, que nos ponía azules con su mero contacto, pero de la que no nos hubiera sacado ni un grupo de buzos de operaciones especiales específicamente adiestrados. Solo nos sacaban nuestras madres que, desde la orilla, nos reclamaban para ir a comer bajo la amenaza de recibir algún pescozón o un cocotazo. Morenos como tizones nos presentábamos en una mesa llena de ensaladas, gazpachos, carnes y pescados, servidos en platos y tazas de aluminio, cocinados en nuestro camping gas o en las parrillas destinadas a tal menester, sin que a los forestales les preocupasen incendios no intencionados.


Y la verdad es que nunca pasaba nada porque los que así veraneábamos amábamos la naturaleza y disfrutábamos de nuestro privilegiado escenario. Recuerdo las truchas cruzando las charcas, rozándonos los pies, a las ardillas trapecistas que nos lanzaban piñas en cuanto nos descuidábamos, a las majestuosas libélulas azul turquesa que, como aviones de reconocimiento, se pasaban los días río arriba y río abajo, y a los tímidos erizos de hábitos nocturnos que eran sorprendidos cuando íbamos a hacer pis de noche linterna en mano. De todo eso éramos privilegiados testigos, mientras que muchos idiotas al pasar nos miraban con desdén creyéndonos desafortunados. Y de mucho más me acuerdo, porque viví cosas que poco a poco se han ido olvidando, como beber en un botijo agua fresca con unas gotas de anís, como ir a comprar media barra de hielo artesanal para después trocearla a martillazos, como escavar en el suelo hasta dar con un manantial y besar el agua con los labios, como comprar leche a un vaquero para hervirla y hacer requesón, y tantas y tantas cosas más que ahora se llaman turismo rural y entonces solo eran turismo barato.


Pero de lo que más me acuerdo es de esas noches sentados en el porche de nuestra mansión portátil, sin más luz que la de la luna y la de un farol de gas, alrededor del cual se arremolinaban millones de insectos volando, inmolándose los más atrevidos como sacrificio invertebrado a vulcano. Noches de largas conversaciones de los mayores, que los niños escuchábamos callados, noches de partidas de julepe a peseta, en las que si ganabas cinco duros habías rentabilizado el verano, noches en las que lo único que se oía era el croar de las ranas que vivían felices en la charca de al lado. Noches frescas que a veces desembocaban en tormentas eléctricas, tan violentas que te encogían el corazón cuando un trueno anunciaba con décimas de segundo la aparición de un rayo que, por un instante, volvía la noche día, nuncios de gotas de agua golosas que repiqueteaban en la lona acompasadamente, rítmicas y continuas, como un coro de campanillas que nos acompañaban en procesión en el duermevela que precedía al sueño, al lugar atemporal en el que los sacos de dormir eran de algodón de azúcar dulce y rizado.


De todo eso me acuerdo como si hubiera sucedido hoy mismo, lo mismo que me acuerdo del día en el que todo terminó, el día que el cielo se volvió loco o nos consideró indignos de seguir disfrutando de nuestro vergel, el día que se travistió de noche, que apagó el sol, que conjuró a todos los vientos para castigarnos, que nos mandó diablos que a cada carcajada despertaban truenos, tan fuertes que al retumbar en la montaña parecía que la iban a partir, el día que el río harto de seguir el mismo camino se desbordó por la tierra y por el aire. Ese maldito día en el que tuvimos que huir a la carrera en el coche para no ver como la tormenta se lo llevaba todo. Y cuando al final escampó allí estaba nuestra casa, con la lona hecha jirones, con los vientos arrancados, con los hierros hechos un amasijo deforme, irrecuperable. Ese día terminó todo, volvimos a casa con los restos del naufragio y nunca jamás volvimos a ser campistas ningún verano.


Sí, volvimos al pinar, por supuesto, pero siempre rodeados de ladrillos y bajo un tejado, fue entonces cuando comencé a echarlo de menos, porque las ardillas ya no me alegraban la comida, ni me dormía la siesta por el arroyo arrullado.

martes, 2 de noviembre de 2010

Siempre adelante, siempre a la izquierda


Ésta no pretende ser una historia de vencedores y vencidos, no pretende desenterrar sentimientos causados por algo que sucedió hace muchos años, aunque no demasiados, hechos que yo no viví en primera persona aunque si pude escucharlos relatados directamente por labios que si los vivieron, por no pretender no pretende ni ser una historia de política, ni de sindicalismo, aunque, evidentemente, va de eso.


Como ya me he cansado de repetir mil veces, mis genes son heredados de los que nada tuvieron; por un lado de los que no tuvieron nunca nada y punto pelota, gente humilde, gente de campo, por el otro de los que teniendo mucho lo perdieron todo y además fueron humillados. Así es la vida y a mí ya me da igual, ha pasado tanto tiempo que los que lo vivieron ya no están y los que lo sufrieron han cerrado sus heridas, así deben quedar, cerradas, pero con dignidad. Nosotros, nietos y bisnietos, no tenemos ya de qué quejarnos porque lo hemos tenido todo, y no me refiero solo a un estómago que no conoce el hambre o a unos pies que siempre han estado bien calzados, no, me refiero a algo mucho más importante, hemos tenido libertad y sobre todo hemos vivido en paz y no tenemos miedo. Así crecí, sin miedo y sin ser consciente de todo esto que escribo, en mi barrio del otro lado de la vía viendo pasar los trenes de cercanías llenos de currantes camino de Aluche, mi padre, que siempre tomaba el primer tren de las 5:50 de la mañana, era uno de ellos, ha llovido mucho.


De entre los recuerdos de aquel tiempo no puedo, ni quiero, ni podré olvidar nunca unas siglas que no llegaba a entender, ni por su ortografía, llena de ces y de oes superfluas, ni por su significado, CCOO. Las Comisiones Obreras de las que mi padre era orgulloso afiliado, y no uno más, porque nunca se hubiera conformado con eso, él era un militante activo, sin más recompensa a su esfuerzo que los sinsabores, las decepciones y las broncas con mi madre, sin ganar nunca nada a cambio, como debe ser, de una casta de sindicalistas que parece desaparecida, de la que comenzó pagando sus veinticinco pesetas clandestinas a cambio de un sello en un carnet sin nombre ni rostro, un carnet cuya posesión podía ser un boleto ganador para recibir una buena manita de hostias y pasar una temporada en el calabozo. En el 75, y bastante antes, mi padre era de comisiones, tenía dos hijos y a penas 28 años, por eso se me cae la cara de vergüenza por mis miedos y mi sumisión, por lo que a veces pienso y por lo que muchas más veces callo.


Mi padre pertenecía a la Federación de Actividades Diversas, curioso nombre, y era secretario del comité de su empresa. Muchos, con la boca ligera, acusan a los sindicalistas de estómagos agradecidos y de vagos, de todo habrá, no digo que no, pero generalizar y hacerle el caldo gordo a quien no teme más que por su poltrona me parece ignominioso. Recuerdo que nosotros, muchos años antes de conocer la palabra impresora, teníamos una máquina de escribir, era horrible, las pasaba canutas para cambiarle la cinta, para justificar los textos, para borrar las erratas a base de retroceder e introducir entre la cinta y el papel una tira de tipex blanco. Con esa máquina ayudaba a mi padre a pasar a limpio sus actas de reunión y sus cartas dirigidas a la dirección de la empresa, siempre en dos copias que hacíamos con papel de calco. Dándole a las teclas me di cuenta de que la vida era jodida, por lo menos para nosotros que no siendo pobres de pedir, como la demagoga lideresa, no nos sobraba de nada, dándole a las teclas aprendí lo que era la explotación pura y dura, el acoso laboral, mucho antes de que como gilipollas le llamáramos mobbing, el despido improcedente, la conciliación laboral y la magistratura de trabajo.


Era gente dura de pelar, que no se amedrentaba por casi nada, hecha a si misma, que sobrevivían a base de puros huevos a huelgas que podían durar semanas, que ayudaban con lo que podían a un compañero despedido improcedentemente hasta que normalmente era readmitido tras pasar unos meses sin un sueldo con el que hacer frente a los gastos, en nuestras carnes lo sufrimos, gente que no se dejaba comprar por un variable, un ascenso de mierda o un puestecillo de encargado. Tenían ideales y lucharon por ellos, pero han sido muy mal recompensados, Son los grandes olvidados de aquel tiempo, y también los grandes engañados, bueno, más que engañados realmente traicionados. Traicionados por un gobierno que entonces se llamaba de izquierdas y que rápidamente cambió la chaqueta de pana por corbatas de seda y viajes en avión privado, traicionados por un partido comunista que se acomodó al sistema demasiado rápido y traicionados por sus propios dirigentes que bajo el disfraz de la renovación se vendieron por cuatro subvenciones, tres locales y algún que otro cargo. Siento vergüenza ajena cuando veo a un ex secretario general de comisiones no presentar su dimisión como parlamentario “socialista” ante la reforma laboral que nos han colado.


Son viejos dinosaurios que se dejaron la piel para conseguir vivir un país más justo y solidario, victimas del bipartidismo, del pensamiento único, de la globalización y de los mercados. Ya no están de moda, claro, porque ya no existen explotadores y explotados, porque ya no existen especuladores que provocan crisis económicas que pagan religiosamente las multinacionales y los bancos, pobrecitos ellos, porque no existen contratos basura y nadie hace horas extras no remuneradas por el miedo a ser despedido, no existen ni la corrupción ni los paraísos fiscales, los servicios públicos son divinos, las pensiones están aseguradas y podremos entretenernos trabajando hasta los 70 años, si es que llegamos. Todo es idílico y además tenemos que dar gracias al todopoderoso por tener, y conservar, un puesto de trabajo, ahora los buenos son los empresarios que altruista y desinteresadamente nos hacen el favor de darnos trabajo.



España ha cambiado mucho desde entonces, puede que ahora seamos más ricos en lo material, pero somos infinitamente más pobres en valores, unos valores que a mí me enseñaron bien, curiosamente los principales eran el esfuerzo y el trabajo, porque para poder llevar a gala su condición obrera tenían muy claro que primero había que hincar el lomo y trabajar mucho. Eran grandes profesionales que no concebían un insulto mayor que el de ser llamados vagos, y es que a fin de cuentas casi todos, para subsistir, habían empezado a trabajar a los 13 o 14 años, por experiencia no sería. Evidentemente no tenían estudios superiores y, por eso precisamente, educaron a sus hijos grabándoles a sangre y fuego la importancia de tenerlos, porque no eran ignorantes, simplemente no habían tenido las oportunidades que otros tenemos. Además, nos enseñaron a escuchar a los que piensan diferente, sin tratar de imponernos tampoco su ideario, pero dejando en nosotros un poso de sensibilidad, una cierta conciencia de clase que desprecia lo material, que no justifica los medios por muy bueno que sea el fin, capaz de la autocrítica y de no comulgar con ruedas de molino solo porque el molinero es del partido al que votamos.


Estos días me he acordado de aquel tiempo por la muerte de Marcelino Camacho, un ejemplo de entrega y lucha, una de esas personas de las que no podemos prescindir, pensemos como él pensaba o no, un referente para mucha gente, como mi padre, que tuvo la suerte de conocerle en persona, como yo, que tuve la suerte de que mi padre me lo presentara en la famosa huelga general del 14D, yo tenía 15 años. Nunca olvidaré ese día en el que vestidos con unos petos de seguridad interna íbamos abriendo el camino de cientos de miles de personas, justo delante de la cabecera, de tal forma que con solo girar la vista podía ver a Julio Anguita, Nicolás Redondo, al renegado de Antonio Gutiérrez o al propio Camacho. Ese día le dieron por donde amargan los pepinos al felipismo y a su plan de empleo juvenil, tenían redaños para hacerlo. Por eso, y por más cosas, cuentan con toda mi admiración y respeto, aunque no comulgo con sus ideas comunistas ni se me ocurriría llamar a nadie camarada mientras canto la internacional con el puño en alto.

jueves, 28 de octubre de 2010

Las muñecas rusas


Cuando era pequeño, y tal vez no tan pequeño, me asaltaba una duda existencial. ¿Cómo las personas mayores podían ser capaces de vivir con el recuerdo de tantos años acumulados? Y creo que no era una pregunta idiota, aunque no supiera la respuesta.

Después dejé de pensarlo, bastante ocupado estaba forjándome un porvenir como para tener tiempo de plantearme preguntas metafísicas. Pero ahora, concretamente ayer, me volví a hacer la misma pregunta, como casi siempre atrapado en el atasco de la M40, es sorprendente pero es el lugar de las preguntas fundamentales, y es que, a lo mejor, cuando hicieron los túneles del pardo atravesaron alguna corriente electromagnética de energía que activa mis neuronas, o no. Gilipolleces aparte, lo más curioso es que tenía la solución, de repente había encontrado la teoría que lo explicaba todo y como soy un tío que escribe un blog voy a compartirla.

Vamos a llamarla “teoría de las muñecas rusas”, imagino que todo el mundo las conoce, son una serie de muñecas huecas que al abrirlas contienen una nueva muñeca más pequeña en su interior y así sucesivamente (diría que siento la maldad de la foto, pero ni de coña porque es estupenda, no dejo de pensar en qué tendrá Chemari en su interior). Pues eso, creo que soy una especie de muñeca rusa, y no porque cada vez sea más grande y sea capaz de contener a un Juanjo anterior, que también, soy una muñeca rusa porque puedo diferenciar perfectamente a los Juanjos que en mi vida han sido, como si fueran distintas personas de las que guardo algunos recuerdos pero que puedo mirar desde una perspectiva exterior.

Y cada uno de esos Juanjos, ha tenido problemas distintos, alegrías distintas, metas y objetivos distintos, compañía distinta, lo cual ha sido también un factor importante para dar discontinuidad a mi propia vida, en cada momento he estado rodeado por mis congelados. ¿Que por qué los llamo congelados? Porque son todas esas personas que en un momento del pasado se separaron de nuestro camino pero que nosotros nos empeñamos en recordar como cuando teníamos veinte años, eso daría para otro tipo de análisis mucho más divertido, como es nuestra reacción cuando vemos al macizo de turno con barriga y medio calvo esperando su turno en la caja del supermercado.

Yo por lo menos puedo diferenciar cinco Juanjos distintos, claro que soy el único que puede hacerlo, cada uno con su problemática particular, totalmente independientes, que no me crean ningún tipo de problema, ni cargo de conciencia. Ni siquiera me siento responsable de sus actos, únicamente de los del actual y, si no ha prescrito alguna tontería con hacienda, tal vez, y solo digo tal vez, del post universitario. Voy a presentarlos.

El niño: Ese Juanjo era feliz, a pesar de tener unos amigos cabrones que cuando jugaba de portero le llamaban Arcofofo, curiosa forma de llamarme gordo metiendo de por medio al gran Arconada, portero en blanco y negro (al menos en mi casa) que nos hizo perder una Eurocopa. El Juanjo niño creía firmemente que sería algo en la vida, tenía confianza, sacaba buenas notas y desbordaba ganas de vivir. Era valiente y no le importaba partirse la cara con nadie, sí, era terco como una mula, creo que era el mejor Juanjo de todos. Como ya he dicho en este blog otros días le echo mucho de menos y creo que de alguna forma le he traicionado.

El adolescente: Un tío complicado, lleno de miedos y crisis existenciales para las que no estaba preparado, curiosamente murió de un enfisema pulmonar. No le tengo especial cariño porque era un bobo y un pánfilo. Sus pajas mentales fueron un lastre para el desarrollo de los demás, siempre preocupado por intentar gustar, intentar caer bien y reventarse los granos, fue el tonto de los cojones que no tuvo narices para estudiar historia y no ser ingeniero, los siguientes Juanjos le odiamos. Evidentemente pasó sin pena ni gloria por la vida, a pesar de sus buenas calificaciones y su cara de no haber roto un plato.

El universitario: Un cabra loca, un viva la virgen que afortunadamente volvió del lado oscuro para desolación de mis padres y mucho de mis allegados. Era talento en estado puro, ironía y mala leche concentradas, capaz de sacarse esa tontería llamada industriales sin pisar en clase los últimos tres años. Un Ave Fénix deseando de recuperar el tiempo perdido preocupado por vivir mucho, vivir todo y vivir rápido, yendo de experiencia en experiencia, buenas y malas, todas útiles, de borrachera en borrachera, de tontería en tontería, hasta que un día le sonó el reloj y comprendió que el tiempo de hacer el tonto se le había acabado.

El post universitario: El cisne del patito feo, con su título en el bolsillo, un trabajo en la empresa patera (lo cual significaba tener la pasta que nunca había tenido) y unos ojos azules de escándalo que paseaba en citas de dudosa reputación con estupendas mujeres surgidas de una cosa que se llamaba internet. Fue claramente de más a menos, sobre todo porque fue un idiota que se enamoró con el resultado de una trituración por minipimer de corazón, le hicieron gazpacho. Pero se le pasó, y se volvió a enamorar, y no le hicieron daño, y se casó, se hipotecó, se compro un perro y luego fue padre. No hemos vuelto a verlo, yo creo que se fue a por tabaco.

El padre: Ese soy yo, cuando nació Dani me cambió la vida y me volví mucho más responsable y preocupado. Como las serpientes mudé la piel y me transformé en lo que soy ahora, un señor preocupado por el paso del tiempo, la caída del pelo y los horarios. No sé cuánto tiempo tardaré en desprenderme de él, de mí, pero creo que no le voy a echar mucho de menos, ni él a mí. Es curioso, pero yo que soy un mar de dudas y todo me lo replanteo, creo que esta vez he dado en el clavo con mi teoría, y lo sé porque miro a mi hijo y me miro a mí, y pienso en el niño que fui y es imposible que sea el hombre de ahora. Es claro y meridiano, porque ese niño de tres años algún día crecerá y ya no será mi niño de tres años, por mucho que le siga queriendo igual o más que ahora.

Y sobre todo porque ahora, que he consumido gran parte de mi vida, soy consciente de que únicamente así es posible sobrellevar las emociones de los éxitos y de los fracasos, de las alegrías y de las penas, es necesario soltar lastre y abandonarse, aunque sea a uno mismo, y es necesario comenzar de nuevo, aunque sea de vez en cuando.

lunes, 25 de octubre de 2010

No se puede vivir sin música


No se puede vivir sin música, al menos a mí me resulta imposible. Por múltiples motivos, aunque afortunadamente con la música nunca llegaría a la conclusión de que son demasiados. Podría aburríos haciendo una lista y un post insufrible, pero creo que no es necesario, con uno que os cuente va a ser suficiente. La música es el único arte que me emociona hasta las lágrimas, aunque las demás las disfrute no es lo mismo, puedo tener amores puntuales y pasajeros con ellas pero jamás nada tan intenso. La música es pasión, es sentimiento, es un impulso eléctrico que inunda el cerebro, es el caparazón donde me puedo aislar y cerrar los ojos hasta olvidarme del resto.


Muchos días, cuando no me apetece nada escribir, pienso que con una canción lo podría resumir todo, pero no he construido mi Carthago virtual para acabar siendo un pinchadiscos, así que me he ido con la música a otra parte y he creado una nueva página donde hacerlo. Si miráis un poco a la derecha veréis un nuevo enlace, allí, además de poner enlaces a mis listas de música, iré colgando ese video que resuma el día, y como vivo en una montaña rusa imagino que habrá sitio para todo. Si os apetece por allí nos vemos.


¡Ah! y de paso he cambiado el contador por uno que no haga saltar una ventana con publicidad, espero que este no sea tan molesto.

sábado, 23 de octubre de 2010

El cavernícola


Podríamos decir que el cavernícola es un señor, o un hombre, o simplemente un ser humano, pero pese a las apariencias no da las características mínimas para ser incluido en cualquiera de esos grupos, por lo menos no para mí que desde esta trinchera me siento libre para juzgarlo. Increíblemente él se considera gracioso y ocurrente, tanto como para despreciar a parte del género humano, para comenzar a la mitad de él por razón de su sexo, pero desprecia a muchísima gente más, como por ejemplo a mí mismo porque no pienso como él cree que se debe pensar, y eso, desde su estrechez de miras, debe ser considerado como una desviación o una enfermedad mental.


El cavernícola es el adalid del pensamiento único, pero para su desgracia vive dentro de una sociedad en la que ciertos comportamientos no son tolerados, eso le desconcierta. A él le gustaría vivir en el mundo sin colores de la letra con sangre entra, ese mundo que ha conocido y que tanto añora, los buenos tiempos seguro que los llamaría. Pero como todo eso se ha terminado, afortunadamente, el cavernícola se ha ido adaptando al medio hasta llegar a ser un profesional, tanto como para poder vivir de ello disfrazado de demócrata. Va por la vida representando una función, con mucho arte y salero, escondiendo a regañadientes sus verdades universales en función de lo políticamente correcto.


Pero a veces no se da cuenta y baja la guardia, es entonces cuando sale el verdadero cavernícola, cuando se junta con otros cavernícolas que le ríen los chistes y le jalean las gracias. Entonces suelta sus exabruptos sin pensarlo mucho, encantado de haber encontrado un púlpito desde el cual vocear sus proclamas, y es entonces cuando nos hiela la sangre y la esperanza. Porque nos creíamos libres de especímenes como él y nos asustamos de ir respirando el mismo aire que antes su venenoso riego pulmonar ha ensuciado, en primer lugar por si se nos pega algo, aunque es complicado, en segundo lugar porque no se le arranca de su poltrona como a la mala hierba, como se extirpa un tumor, de raíz y sin contemplaciones, sin disculpas, sin excusas. Porque para muchos como yo, que además no podemos ser acusados de progresistas de salón o pesebreros, eso marca una gran diferencia, no se puede poner al mismo nivel la torpeza con la indecencia, la incompetencia con la intolerancia.


Por eso, cuando el cavernícola mete la pata se siente dolido, principalmente por lo injusto que le parece no poder expresar libremente su ideario, para él no deberíamos ser iguales ni ante la ley, pero, como es sibilino, cuando ve que su trono corre el riesgo de moverse recurre inmediatamente a falsas disculpas que esconden aun más veneno del que ya había soltado, en el fondo debe pensar que los demás somos gilipollas, y cuando ya no le queda más remedio que meter la cabeza debajo del ala, solo entonces, se confiesa traicionado por sus palabras, lo cual es muchísimo más terrible. A ver, cavernícola, no nos importa lo que sueltas por tu sucia boca, entérate bien, lo que nos preocupa eres tú, tu miserable existencia, los pensamientos que habitan dentro de ti, el problema no es que digas lo que piensas, el problema es que lo piensas, el problema es que existe alguien tan mezquino que todavía piensa así.


Después de escucharle no me extraña que en su microscópico mundo monocolor tenga pesadillas con hordas de mujeres feladoras que amenazar con arrebatarle el puesto, no da para más, no me extraña que tenga miedo del reparto de preservativos a diestro y siniestro, de las clases de educación sexual, total, si lo que espera de una mujer es que esté con la pata quebrada y en casa, y si está preñada mejor, poco importan los embarazos no deseados o evitar un aborto, eso le es indiferente, simplemente es el justo castigo a las mujeres pecadoras que irán derechitas al infierno. Y lo que más me apena es que en lugar de correrle a gorrazos desde el Pisuerga al Duero muchas de ellas le votaran, disculpándole por solo ser un muchacho travieso.