sábado, 15 de diciembre de 2012

El mar


2012 podría ser nominado como firme candidato a Año de asco puto, perfectamente. Peeeeeeeeeeeero, porque afortunadamente para casi todo existe un pero, en 2012 me ha pasado una cosa estupenda, nueva y alucinante.

He conocido el mar.

Una de las cosas chulas que te pasan por ser ingeniero es que puedes participar en la construcción de juguetes muy, muy caros. Si además te portas muy bien y tienes algo de espíritu aventurero te pueden dejar jugar con ellos. Y yo, aunque mi aspecto puede llevar a engaño, lo tengo, pardiez si lo tengo, soy de los que a poco que les animen se apunta a un bombardeo, porque me puede la curiosidad aunque realmente me esté muriendo de miedo.

Todo esto viene a cuento porque unos ingenieros, mucho más listos que yo, se han hecho una casa en el mar, no en la orilla, qué va, en medio del mar, allí donde Neptuno perdió el tridente, y como son majos me han dejado que les ayude a amueblarla, a diseñar cómo controlar la apertura de las puertas y las ventanas, a instalarlos el teléfono, las antenas de la tele y hasta la alarma. Y ha quedado estupenda, en mitad del Mediterráneo, para servir de majestuoso refugio a los atunes y peces luna que, de vez en cuando, se paseaban por allí a saludarnos.

Podría contar unas cuantas anécdotas de la vida allí, y ya lo iré haciendo, como por ejemplo alguna relacionada con estar rodeado de rudos y viriles marinos noruegos (que habrían hecho las delicias de todas las norueguistas amigas de este blog) y de algunos filipinos que quizá no les gustaran tanto. Pero hoy solo quiero hablar de la diferencia entre estar en el mar e ir al mar. Que no es lo mismo.

Estar en el mar impresiona, muchísimo, tanto que la primera vez que me asomé al balcón de nuestra casa y me vi frente a una mole infinita y azul de agua me sentí tan pequeño que me dio vértigo. Imagino que es a pequeña escala algo parecido a lo que debe sentir un hombre que va al espacio. Me encontré completamente perdido en la inmensidad, acompañado solo por el sonido del mar y el viento, sintiendo algo nuevo y desconocido. Y experimentar una sensación nueva no es algo que pase todos los días, de hecho aunque la situación se repita el sentimiento de novedad solo lo vas a vivir una vez en la vida, porque la segunda vez que vas a buscarlo ya no está allí porque los seres humanos nos adaptamos a toda velocidad a lo desconocido.

Y esta aventura ha tenido mucho de desconocido, en primer lugar profesionalmente, porque nunca me había visto en una situación de tanta responsabilidad y he sobrevivido, pero sobre todo personalmente, porque he disfrutado con cada cosa nueva como un niño. He volado en helicóptero hasta hartarme, en días buenos en los que te quedabas hipnotizado mirando el delta del Ebro y en días de mal tiempo en los que te movías a merced del viento como si te fueras a estrellar. Otras veces he ido y vuelto en barco, dejando que el agua me salpicase en la cara hasta sentirme más vivo que nunca, cuando el mar lo permitía, y botando como una pelota cuando pintaban bastos.

También me he quedado atrapado por el temporal, sintiendo la sensación del que está privado de libertad, mirando las luces lejanas de la costa desde el ojo de buey de mi camarote como un reo mira el horizonte desde su celda, sabiendo que no hay lugar donde escapar y os prometo que me he angustiado, mucho. Y he sentido el balanceo del mar acunándome en un sueño ligero y era maravilloso, con mucha diferencia el sueño más agradable del mundo, eso si Neptuno no se cabreaba y te despertabas medio desnucado.

Me gusta el mar, quiero volver al mar. Mañana es tarde.

martes, 11 de diciembre de 2012

Una pequeña historia de la crisis

Una de las cosas buenas de retomar el blog es poder escribir en caliente.
Aunque estaba preparando una entrada para poneros al día de lo que ha sido este año, esta mañana me ha pasado una de esas cosas sobre las que hay que reflexionar.
Como muchos sabréis estoy desplazado en una mina por el profundo sur, esto por sí mismo creo que me dará para unas cuantas entradas, de las divertidas, que las habrá, pero hoy no va a ser una de ellas.
Esta mañana me he levantado como de costumbre a las siete y he quedado con mis compañeros para desayunar mi taza de Cola Cao y mi barrita de pan tostado bien untado de la tarrina de a kilo del Tulipán comunitario, cosas del sur que nos espantan a los mesetarios. Hacía un frío pelón, del que hace que por estas sierras se haga un jamón tan bueno, un frío húmedo que se cala en los huesos.
Al llegar al bar, uno de esos bares de carretera lleno de currantes que se toman el primer carajillo del día, un hombre de aproximadamente mi edad ha venido corriendo hasta donde había aparcado. Me ha pedido, con un fuerte acento del este, que por favor le llevara a una gasolinera porque se había quedado tirado y nadie le ayudaba. Por supuesto he recelado, creo que es lo más humano, pero entonces me ha pedido que le acompañase a su coche en el que, tapados con una manta raída, estaban su mujer y dos niños de no más de tres o cuatro años. Se me ha encogido el alma.
He dejado el desayuno para más tarde y me he ido con él a buscar una gasolinera, mientras me ha contado un poco de su vida, que es Búlgaro y lleva diez años en España, que antes era albañil pero ahora no encuentra nada y lleva más de dos años en el paro, que su mujer cuida a un anciano por 600€ y que con eso malviven y que cualquier día el anciano se muere y no sabe entonces que va a hacer con sus niños. Le he preguntado qué hacía tan temprano con los niños en el coche y me ha comentado que iban a la Cruz Roja a buscar alimentos a Huelva.
Le he preguntado por qué no vuelve a su país y me ha contado que allí es todavía peor, que la gente se muere de hambre y que aquí sus hijos por lo menos comen, van al colegio y tienen un médico. Después, como casi todo el mundo me ha preguntado si es verdad que se va a volver a abrir la mina, a la que esperan como el maná, y le he dicho que no lo sé, que estamos trabajando en ello pero que todo depende de lo que cueste, de que se encuentre financiación, de los permisos de la Junta. Hemos llenado el bidón de gasolina y le he vuelto a dejar con su familia, le he deseado suerte y me he tomado las tostadas con un regusto amargo.
Son malos tiempos para todos, bueno para casi todos, para mí también, que veo peligrar cada día mi puesto de trabajo, pero comparado con esta familia debería estar dando gracias a cada segundo a mis padres y a un sistema educativo público que ha permitido ser ingeniero al hijo de un obrero. Algo que no han tenido esos niños, números sin rostro para la mayoría, pero resulta que esos niños existen, que esos niños estaban acurrucados en los asientos traseros de un Citroën Xsara muertos de sueño, muertos de frío y muertos de hambre. No por su culpa. Unos niños que han nacido en España en una época en la que su padre era mano de obra muy apetecible para el constructor de turno, el mismo que se llenó los bolsillos a costa de nuestro futuro y que, seguramente, conduce un Rolls y evade impuestos con el beneplácito del ministro Montoro.
Sé que a muchos os parecerá mi rollo de siempre, y que igual os cansa, pero se me revuelven las tripas cada vez que pienso en qué clase de personas nos estamos volviendo. Y sé que a todos os da pena esta historia pero ha llegado un momento en el que con eso no sirve, la pena no va a llenar la tripa de esos niños, nuestros actos puede que sí, y no me estoy refiriendo a la caridad precisamente.
Y nuestros actos empiezan por ser más duros con los fuertes y no criminalizar a los débiles, que ya está bien, que como ellos podemos acabar casi cualquiera. No dudar de que esta pobre gente no puede quedar excluida del sistema sanitario, porque no veo yo que estén aquí con el fin de hacerse caras y caprichosas intervenciones quirúrgicas. Defender la educación pública y de calidad como la inversión que es, porque con nuestros grandes recursos naturales de esta no saldremos jamás. Exigir que los bancos asuman su parte del coste de sus tropelías, que a mí el tasador me lo enviaron ellos y bien que lo pagué, además de tener que rechazar una sustanciosa ampliación que me ofrecían para lo que yo quisiera. Pues si ahora no cobras te jodes, aunque ya se encarga la ley y el gobierno de lo contrario.
Alguno me dirá que muy buenas palabras pero no hay dinero, pero dinero sí que hay, lo que pasa que hay muy poca vocación de que sirva para el bien común, que lo dice la constitución “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”, y aquí unos se lo llevan crudo y otros solo tributamos sin derecho a quejarnos. Y yo no soy comunista, probablemente ni siquiera soy socialista pero lo que seguro que no soy es gilipollas.
 Y eso, por ejemplo, se hace no votando a los mismos hijos de puta de siempre, protestando en la calle a un gobierno que nos ha mentido y que se pasa su programa por el forro de sus caprichos, y ahorraros los comentarios de que queremos ganar en la calle lo que perdemos en las urnas, es otro derecho que tenemos por incómodo que resulte, de eso se trata. Que tanta austeridad nos va a acabar matando y nos estamos creyendo que es la única alternativa. Que parecemos tontos. Porque al final vamos a ser como el famoso refrán del burro, ese que cuando su dueño le había acostumbrado a no comer va y se muere, el muy hijoputa.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Back in black


Sí, me fui, hice mi propia versión del viaje a ninguna parte. Ha pasado un año, me ha pasado un año.

Por encima.

Ha sido un año terrible, para olvidar, el peor año de mi vida, de lejos. Y me lo he comido con patatas, como un niño mayor, casi ni he llorado.

Sólo un poco.

Y aquí estoy un año más tarde, más gordo, más calvo, con el pelo más blanco, con el alma más rota, con cicatrices por dentro y por fuera, desilusionado, abatido y muerto de miedo.

Sobre todo muerto de miedo.

Y sin un blog donde contarlo. Rumiando mi rabia por dentro, escupiéndola en tuiter. Contemplando atónito un espectáculo del que no me puedo sentir mero espectador.

No son formas.

Vuelvo porque creo que lo necesito y no porque me arrepienta de haber cerrado el blog. Estaba saturado y me sentí liberado. Pero las cosas no son así de sencillas una vez que escribir se convierte en necesidad.

Sí, dije que me iría para nunca volver ¿y qué? Espero que un año sea tiempo suficiente como para que nadie lo consideré un simple arrebato.

No lo era.

Quiero volver a escribir pero no quiero partir de cero porque después de mucho pensarlo este es mi sitio y aquí estáis vosotros. Alguno os alegraréis de volver a verme, otros, espero que los menos, diréis que soy un rajado, a la mayoría os la traerá al fresco.

Como debe ser.

Claro que este blog no volverá a ser el mismo, no puede serlo, al menos hasta que él y yo recuperemos la mutua confianza.

Necesitamos tiempo.

Vuelvo a casa por navidad, qué ironía, y no lo hago tirando fuegos artificiales porque la ocasión no los merece, por eso el título de este post. Vuelvo por los mismos motivos que expliqué en mi primer post, hasta que, otra vez, deje de necesitarlo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Delenda est Carthago (FIN)





Pues sí, aquí termina mi estancia en Carthago, en un día de navidad triste y gris, aunque mis ojos, paradójicamente, niegan la realidad y me hacen ser consciente de que fuera de mi mundo irreal brilla con fuerza el sol de invierno.

Es hora de plegar velas y levantar el ancla porque no me apetece ver más las ruinas descarnadas que, cada anochecer, proyectan sombras alargadas, tan lúgubres que hacen que se me encoja el alma siempre que trato de poner un pie en el puerto. Tantas veces lo he intentado, sin conseguirlo, que ya no quiero hacerlo nunca más, no quiero sentir más la angustia de estar tan cerca estando tan lejos. Por eso, en un día en el que los vientos me parecen favorables, pongo rumbo mar adentro. Y no pienso a mirar hacia atrás, hoy hago mías las palabras de Marco Porcio Caton, yo también opino que Carthago debe ser destruida, hasta los cimientos, por eso navegaré deprisa para no escuchar gritos y lamentos que me hagan virar o zozobrar, dejaré que Escipion Emiliano complete su tétrico trabajo y espero que para cuando los buitres monden las últimas palabras yo ya estaré lo suficientemente lejos como para no escuchar sus graznidos sordos y huecos.

Sabía que este día tenía que llegar, a fin de cuentas yo soy de romanos y era mi destino aniquilar Carthago, pero no es fácil, imagino que nunca es fácil terminar con algo que tú mismo has creado, a lo que has dedicado cientos de horas llenas de la ilusión de descubrir algo nuevo. Pero no me voy triste, han sido dos largos años viviendo plácidamente en este puerto, dos años en los que, como no podía ser de otra manera, me han pasado muchas cosas que me han marcado profundamente, aquí las he contado, traicionando muchas veces el sentido de lo que buscaba al sentarme a escribir y sorprendiéndome otras al encontrar las palabras exactas que llenaban mis silencios. Porque yo nunca me había sentado a escribir antes de llegar a Carthago, y creo que lo echaré de menos. A partir de ahora, mis reflexiones morirán, huérfanas de un teclado, junto a los personajes a los que ya no escribiré una biografía histriónica, junto a los relatos por mí inventados, algunos malos, algunos, contra pronóstico, aceptablemente buenos.

Echare mucho de menos a Carthago, sobre todo a las gentes que por entre sus calles vivían, a todos los que alguna vez la visitaron, a todos los que alguna vez, generosamente, me regalaron su tiempo y sus pensamientos, siempre con cariño, siempre aportándome algo, ¡les estoy tan agradecido!, tan agradecido como a todos los que en sus ciudades virtuales pusieron un indicador que mostraba este camino, llenándolo de lectores prestados pero fieles, también los echaré de menos a ellos.

Pero sobre todo echaré de menos ver por aquí a la niña ñoña que con el solo brillo de sus ojos ha hecho que no necesitase un faro para iluminar este puerto, y al valiente Explorador que, desde su acantilado, nos recitaba historias llenas de sensibilidad y cordura, tan apreciadas para mí como su amistad. Sentiré vacío y pena cuando en las tardes más duras no encuentre calor y afecto en la taberna más populosa de Carthago, regentada por buenos amigos a los que siempre llevaré en mi barco, esperando descubrir algún día con ellos un nuevo puerto, no puedo irme sin que sepáis cuanto os quiero.

Y no solo a ellos, también añoraré no encontrar libros de colores en las tiendas del ágora, llenos de historias que merecen la pena ser leídas, no reiré más con las historias del burlón enmascarado, mi compadre del Iberus, al que debo un abrazo y una tarde en el hipódromo, a ver si por fin los rojos ganan a los blancos, ni sonreiré cuando paseando por el campo, buscando la más distinguida de las setas, y también la más brillante, vea batir las alas llenas de optimismo de la princesa de las hormigas y de la reina de las mariposas, siempre dispuestas a levantarme el ánimo, lo mismo que ha hecho tantas veces la chica de la sonrisa alegre al verme pasar cabizbajo delante de su ventana.

No me alargo más en la despedida, aunque se me hace amargo pensar que es lo último que os voy a escribir aquí, parece mentira. Pero lo repito por última vez, no estoy triste, solo algo emocionado, porque pasarme por aquí y conoceros ha sido estupendo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿Dónde están las personas?

 
A veces me pregunto dónde están las personas, sí, esas con las que comparto atascos por las mañanas, esas que respiran el mismo aire que yo, las mismas que veo corriendo detrás de un autobús o esperando bajo la lluvia cruzar un semáforo. ¿Dónde estáis?, ¿por qué me parecéis tan invisibles que dudo de vuestra existencia?, ¿o tal vez soy yo un espectro con apariencia de ser humano?

Cierro los ojos y siento miedo, de una manera sutil, una especie de congoja que me presiona la piel, como si de repente el aire fuese más denso y la tierra hubiese aumentado su gravedad un par de metros por segundo cuadrado. Me preocupo de cosas tan trascendentes que, comparadas con mi insignificancia, me hacen sentir pequeño, impotente y ridículo, pero ser consciente de ello no me ayuda, más bien todo lo contrario.

Hasta que se me pasa y viene la ira, un odio que me da miedo porque es asesino, tan feroz es que me hace sentir capaz de matar con mis propias manos, capaz de perdonar al que lo hiciese, de comprenderlo, de justificarlo. Es más, no entiendo por qué nadie lo hace y da el primer paso, se me hace muy difícil comprender por qué cada día un vengador justiciero no apalea hasta convertir en pulpa a un duque mangante y codicioso, al presidente de una patronal especialista en desviar dinero a paraísos fiscales, al consejero delegado de un banco que se lo llevó crudo sabiendo que era la ruina, a un ex presidente del gobierno con un sueldo vitalicio que se atreve a juzgar que nuestro sueldo de miseria es insostenible, a un político que se atreve a cancelar la tarjeta sanitaria de un parado.

De verdad que no lo entiendo, ¿tan cobardes somos?, ¿tanto han llegado a lavarnos el cerebro? ¿tan asustados estamos que lo asumimos como inevitable? Siento arcadas, sobre todo de su impunidad, de su desvergüenza, de su arrogancia, de su descaro. ¿Por qué lo toleramos?

No lo sé, y me doy mucho asco mientras que rumio desde mi sofá esta rabia, desde mi vida ficticia y acomodada que veo pender de un hilo, pero que aguanta mientras que la vida de otros ya se ha desmoronado. Gente que sufre porque está desamparada, porque tiene que buscar caridad en lo que por justicia era suyo y se lo han robado. Gente que se ha ido quedando por el camino como sacrificio humano de los codiciosos, que jugaba según las reglas que estos les marcaban, gente honesta que trabajaba bien y que pagaba sus impuestos religiosamente, que tenía su negocio y lo sacaba adelante con sangre, sudor y lágrimas, gente que puedes ser mañana tú, o yo, o tu madre, o tu hermano.

Estoy dispuesto a apretarme el cinturón por ellos, a compartir lo que pueda, a ser hasta el límite solidario, porque es de justicia, como dicen los que nunca tienen crisis, es justo y necesario. A eso estoy dispuesto. Pero a cambio quiero la cabeza de esa panda de golfos hijos de la grandísima puta, quiero verlos sufrir, quiero verlos acorralados, que no sepan donde meterse, que su descaro se transforme en miedo, que se sientan perseguidos y amenazados, que nadie los justifique, que nadie ponga en ellos falsas esperanzas porque su mundo putrefacto ha fracasado.

Hay que exterminarlos de raíz, con cualquier medio, como el tumor que son, y esperar que su estiércol sirva para que nazcan políticos decentes, de todos los colores, porque nos hacen mucha falta, periodistas que no vean peligrar su sueldo por contarnos la realidad, empresarios honestos que sean conscientes de su compromiso real con la sociedad, gente valiente que aporte sus ideas, trabajadores buenos y preparados.

Cada vez estoy más convencido que resignarse no es la solución. Desde mi frustración veo que nace un compromiso y yo cada vez me veo más comprometido con pequeñas cosas que si se multiplicasen por miles servirían de algo. Es algo que cada día crece un poco más y me da fuerzas para seguir sin hundirme, aunque sea por egoísmo, porque lo necesito para poder mirarme a la cara, para poder mirarte a la cara sin sentirme un puto gusano.

martes, 1 de noviembre de 2011

Achaques y chuletones



Cuando llegué a la universidad era un tío raro y melenudo que se había criado en el barrio del otro lado de la vía. En la primera clase me senté en la última fila y me puse a leer el periódico, sin hacer el menor intento por relacionarme con nadie. Así me recuerdan mis amigos.

Por eso, cuando todos los grupos se iban formando imagino que por algún tipo de afinidad que yo no veía, yo seguía más solo que la una compartiendo viajes en el autobús 450 con otro tío todavía más raro que yo, al que unos años más tarde apodábamos “el digodigo” por su forma de hablar digna del Gallo Claudio. Con el tiempo, y eso significa un largo proceso que más o menos duró un año, comencé a relacionarme con un grupo que, la verdad, de sociable tenía poco. Sería por eso de que Dios los cría y ellos solos se juntan. No éramos muchos, seis fijos y algunos que iban y venían, atraídos o repelidos por nuestra forma de ser, éramos ácidos de cojones, lo seguimos siendo.

¿Chicas? Una o ninguna, tanto era así que los agradecimientos de mi amigo A eran “para mis compañeras que con su indiferencia me han dejado largas horas para el estudio”. Eso no era verdad del todos, porque lo de largas horas para el estudio en nuestro caso era una licencia poética.

Hace trece años que terminamos la universidad, sorprendentemente, porque como he adelantado éramos unos vagos que no daban ni chapa, lo nuestro era irnos a jugar al baloncesto, al ajedrez y al mus. Cuando conseguimos un despacho para la asociación que nos servía de tapadera lúdica, con ordenadores, equipo de música y conexión a Internet, algunos no volvimos a ir a clase más, y en mi caso eso significa que no pisé una clase de la escuela desde mi primer tercero. Es un verdadero milagro que hoy todos tengamos cogiendo polvo un título de ingeniero.

A pesar de lo mucho que ha llovido desde entonces, nos seguimos viendo, no es la misma relación que antes pero es estupendo quedar una vez cada tres o cuatro meses y ver que las cosas siguen funcionando exactamente igual, o mejor, porque vernos es abrir una ventana al pasado libre de problemas y de reproches, lo que nos une ahora son las ganas de vernos y de pasar un buen rato. Dentro de esos ratos es un clásico nuestra cena anual en Casa Hortensia, restaurante asturiano de trato brusco pero de comida abundante, buena y contundente. Nosotros hace tiempo que nos dejamos de inventos que terminaban con el bolsillo y la panza vacíos, desde nuestro último fracaso gastronómico decidimos ir a tiro fijo y cenar invariablemente fabada y chuletón, con un par, llevamos así unos años. Tantos como para darnos cuenta de que ya no somos los mismos, de que nos hacemos mayores y que tanta contundencia a la hora de cenar nos empieza a venir muy grande.

Cuando el viernes entré en el restaurante y vi a mis amigos tomando unos culines de sidra en la barra, fui consciente como nunca del paso del tiempo, sus cabezas pelonas y canosas, más o menos como la mía, dan fe de que ya no somos unos niños, las conversaciones tampoco. Porque antes nuestras conversaciones volvían una y otra vez a aquellos años, que ahora parecen tan felices, de la universidad, nos pasábamos horas riéndonos de las mil anécdotas que tenemos, muchas malvadas, como cuando pegamos una silueta de Batman en uno de los espejos interiores del proyector de transparencias y como no había ni presupuesto para otro ni forma de quitarla, una semana nos pasamos llamando a Bruce Wayne, parece que todavía puedo escuchar nuestras carcajadas y a nuestro profesor de Máquinas eléctricas diciendo la famosa frase de “estos cabrones lo han puesto a conciencia”.

Sin embargo, ahora hablamos de otras cosas, nos contamos nuestros achaques ante un plato de cabrales mientras que llega la fabada, hablamos de que ya no jugamos al baloncesto porque nos duelen las rodillas y recomendamos las mejores medicinas para regenerar los cartílagos, nos lamentamos de que ahora cada dos por tres nos toca ir al dentista, seguimos con el apartado de operaciones varias y rematamos con los resultados de nuestras analíticas mientras que, irónicamente, nos repartimos el lacón y el chorizo. Lo peor viene cuando ya ahítos nos sacan una bandeja con cuatro chuletones perfectamente deshuesados y fileteados. Nos miramos unos a otros con cara de no poder, y no podemos. La foto que acompaña al texto da fe de que nos dejamos más de la mitad y que con vergüenza pedimos una fiambrera para llevárnoslo.

El tiempo pasa, afortunadamente para unas cosas y desafortunadamente para otras. Ya no tenemos que ir a los sitios más cutres de Huertas y Malasaña para tomar algo, ahora nos dejamos sablear con copazos de 14 pavos en sitios en los que sospechosamente somos de los más jóvenes, Gin Tonics, por supuesto, tampoco hacemos de emborracharnos una meta, solo una circunstancia. Comemos chuletón de marca en lugar de bravas y oreja en lugares un tanto siniestros, volvemos a casa en taxi en lugar de ir peregrinando de búho en búho por Cibeles y Príncipe Pío, pero nos falta algo, creo que se llamaba juventud y por algún sitio, sin darnos mucha cuenta, nos la hemos ido dejando.

viernes, 28 de octubre de 2011

La bronca que no te tocaba




La bronca que no te tocaba fastidia más que ninguna, además de por injusta por traicionera e inesperada.

Da igual lo que hayas hecho, da igual si realmente te merecías una bronca por ese motivo o por cualquier otro, el caso es que te acabas de llevar la del pulpo porque casualmente pasabas por allí. Y por eso mismo es un ataque demoledor, es como uno de esos documentales que pasan en la 2 de leones desmembrando gacelas.

Lo más gracioso, y esto es un eufemismo, es que eres una víctima colateral de una guerra que inició alguien que en ese momento seguro que está en casa, tocándose los genitales con ambas manos, mientras que tú estás como un gilipollas haciendo horas extras no remuneradas o desplazado en la Cochinchina (o más allá) cobrando 40 miserables euros de dieta, por cierto, deben llamarlas así porque en algunos sitios se adelgaza mucho con lo que te dan (desde aquí aprovecho para mandar un afectuoso saludo a todos mis colegas ingenieros que se dejaron las pestañas en su juventud estudiando para acabar firmando un contrato de semi esclavitud a cambio de un sueldo de subsistencia).

Este tipo de bronca tiene de bueno que si no entras al trapo, y consigues camuflarte como el “bichobola” que realmente eres, tal como viene se va, es como una ola en el mar, total, si a Bruce Lee le parecía bien eso de “be water my friend” a todos los demás seres mortales debería bastarnos. Si lo dejas pasar tarde o temprano el “abroncador” se olvidará de ti y volverá a concentrar su ira en la verdadera presa. Lo malo es tomárselo a la tremenda y ser víctima de un ataque de dignidad que te haga plantar cara. Es un error de principiantes, las puertas del INEM están llenas de despedidos con 20 días de indemnización y de pardillos que no supieron callarse a tiempo, es más, en muchos casos coinciden ambos atributos en la misma persona.

Si eres tan torpe de contestar airado que esa no es tu vaina, entonces has dejado de ser parte del decorado y pasas a formar parte del problema, te conviertes automáticamente en otro empleado díscolo con ganas de tocar los cojones sin venir a cuento, porque un jefe en pleno ataque de ira no es consciente de sus actos, el pobre. A partir de ahí te puedes llevar una retahíla de contestaciones entre las que se hayan:

  • Sois todos unos putos inútiles (a secas).
  • Al final tendré que hacerlo yo, no sé para qué os pago un sueldo si sois todos unos putos inútiles.
  • Eso se hace así porque me sale de los cojones, putos inútiles.
  • Sois todos una panda de rojos y putos inútiles, con Franco no pasaba esto.

Si en ese momento se te ocurre replicar que no tiene razón y que no eres un puto inútil ya puedes ser muy indispensable o eres hombre muerto.

Una vez superado el trance, dependiendo de la clase de mal bicho que sea tu jefe, se plantean varios escenarios. El más probable, afortunadamente, es que la cosa quede así, aunque ese año la cifra de tu subida rime con Zapatero. En algunos casos, los menos, lleva aparejada tarjeta roja y expulsión, aunque existe una variante de este plan a la que denominaré “ajuste de cuentas”, este consiste en que a la mínima oportunidad, en cuanto dejes de ser indispensable te darán una caja para que metas tus cosas dentro bajo la vigilancia de un guarda de seguridad.

Sin embargo, existe una especie de jefe en peligro de extinción que es el jefe blandito, un raro espécimen que, una vez pasado el calentón inicial, tiene remordimientos. Nadie sabe por qué los jefes blanditos llegan a ser jefes. Tener un jefe así es una suerte tan grande como encontrarte a Michelle Pfeiffer en una isla desierta (sí, ya se que si está ella no está desierta, pero me tomo mis licencias literarias, con Michelle me tomaría otras licencias, además de quitarle algo de ropa y veinte años). Un jefe con remordimientos es un chollo, en ese momento le puedes sacar cualquier cosa, sobre todo si manejas el noble arte de las sutiles indirectas. Con habilidad puedes conseguir unos bolígrafos de colores, tipex (de cinta), un par de horas de vacaciones por estrés, entrar en la lista de los que van a dar un vale descuento cuando compres desodorante sin alcohol o un boleto para la rifa de un perrito piloto, porque tampoco hay que abusar, que tu jefe sea blandito no significa que sea gilipollas.

Resumiendo, si te cae la bronca que no te tocaba mantente frío como una cobra, sonríe y sé profesional, déjate el orgullo y los principios en casa, y sobre todo no recurras a la violencia, que es, como dijo Asimov, el último recurso del incompetente.

Nota del autor: Todos los personajes de este post son de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Ningún empleado fue herido o despedido durante la redacción del mismo.