domingo, 4 de septiembre de 2011

El final de las vacaciones


Hoy se terminan las vacaciones, al menos en este pueblo que nunca fue el mío, pero sí el de mis antepasados, de los que, por cierto, aquí ya no queda ni el rastro. Un pueblo que puede presumir de sus quinientos años de historia, un enclave en mitad de las sierras que bajan hasta Granada fundado por orden del rey Carlos I en 1508 para repoblar las tierras conquistadas a los moros. De hecho, dos medias lunas comparten sitio en el escudo de la villa con una cruz de Santiago, patrón local. Quién mejor que Santiago Matamoros para protegerles de un enemigo que estaba al otro lado de un mar desde aquí todavía lejano. Dicen que fueron labradores de Jaén y soldados de la corte del rey, alguno de los cuales me dejó como testamento mis ojos azules y mis rasgos centroeuropeos, los primeros pobladores y que fue la madre del rey, Doña Juana, la que una vez cobrados los oportunos honorarios intercedió para que fuera elevada al rango de villa realenga.

Me gusta imaginarme a aquellas gentes en su nuevo reino por descubrir, en el valle que forma el río Susana, rodeados por todas partes de montes y de arroyos que todavía conservan las aguas cristalinas, con manantiales por doquier que lo abastecen de agua fresca durante todo el año, vigilados atentamente por la cumbre pelada de la sierra de la Pandera. Camino por las veredas que, como arañazos, cruzan las laderas y me hago mil componendas, dejo a mis ojos descansar sobre los mares de olivos mientras que me relamo pensando en mi bollo de pan blanco untado en buen aceite de la cooperativa y el jugo de un tomate engordado al sol en el huerto de algún vecino. Me gusta caminar mientras que escucho el canto de los jilgueros, amos de la vega y que vuelan libres en bandadas de frutal en frutal, con ese volar desmayado, con ese colorido que los diferencia de los pardos gorriones y de los negros y gordos mirlos. Me gusta volver a casa cuando anochece y es tiempo de que las golondrinas salgan por fin de sus nidos, jugando al pilla pilla con los murciélagos, ellos tan negros y ellas tan coquetas presumiendo de sus panzas blancas ante sus ojos ciegos.

Me divierte jugar a reconocer los árboles porque soy de ciudad y el único árbol con el que habito es el platanero. A veces me paro a contemplar las nogueras, grandes y majestuosas, testigos mudos de tiempos mejores para el campo, tiempos en los que los paisanos estarían ya aguardando para recoger su valiosa cosecha, pero ahora miro con nostalgia las nueces, dentro de su concha verde, que ya se empieza a rajar, y que dentro de nada comenzarán a caer y rodar por el suelo, yo no estaré para verlo. Todo lo contrario que los delicados almendros, mucho mas tempranos ellos, ya casi desprovistos de hojas y con las almendras sin recoger colgando de sus ramas como bolas de un árbol de navidad que estuviese en el esqueleto. Veo a lo lejos encinares que destacan por su verdor de los bosques de olivos, las encinas me parecen nubes de verde algodón, contundentes, pero menos que los quejigos, algunos de ellos tienen las huellas de varios siglos. Y se me viene a la cabeza la frase que dice “con el olivo picón y con la encina y el quejigo carbón”, porque los inviernos aquí, cerca de los mil metros de altura son fríos y dentro de nada habrá que encender la estufa de leña para pasar la tarde leyendo y escuchando crujir al fuego.

Hago trampas a mi dieta cuando al pasar por delante de una higuera no puedo resistirme a hurtarle un higo, a veces blanco a veces negro, grandes y jugosos los primeros, más pequeños y dulces los segundos, deliciosos los dos. Miro con repelús a los membrillos repletos de frutos, llenos de pelusa, imposibles de comer al natural pero que tan buenos están cocinados con un poco de queso fresco. Queso que hacen con la leche de las cabras que en este vergel necesitan para vivir poco pienso, las oigo balar junto con sus primas, las ovejas, que en las colinas devoran los pastos; a veces me paro para hacerle una foto a un choto, tan bonitos cuando son crías como feos serán de viejos, si es que llegan, porque es típico de aquí que acaben en un sabroso asado aromatizado con tomillo y con romero. Aquí lo que no es olivo es frutal, frutales que ya casi nadie cuida y que dan con sus frutos en el suelo, da pena ver las alfombras de peras y manzanas pudriéndose en el suelo, a su lado esperan que llegue su turno los ciruelos y los melocotoneros, de los que deben reírse a carcajadas los todavía apreciados cerezos. También veo endrinos y granados, que ahora pasan desapercibidos pero que dieron nombre a este reino, y maldigo cuando veo a los caquis, mi árbol favorito, repletos de verdes frutos que madurarán en dos meses cuando yo esté lejos.

Ando por que en ello me va la vida, pensando en estas cosas y otras muchas, hasta que el sonido de un motor me saca de mi ensueño, tractores y vehículos todoterreno dueños de los caminos me adelantan, sustitutos de burros y mulas que en un pasado no muy lejano roturaban las tierras de cultivo, animales sufridos que en pesados serones trasladaban las cosechas y los aperos de labranza hasta el pueblo. Ahora, solo llevarían aceitunas, por miles, por millones, porque los olivos están tan cargados que da gloria verlos, aunque tanto se ha abusado de plantar olivos que los mismos que los han plantado se quejan del bajo precio del aceite. Ya no se cultivan cereales, hace mucho tiempo que dejó de hacerse, y ya nadie va cargado al molino esperando a conseguir por cada kilo de trigo un vale para un pan, blanco o moreno, el único recuerdo de aquello son las tierras roturadas y robadas al bosque, ganadas al hambre, que forman manchas descarnadas junto a los bosques que tardarán en engullirlas decenas de años.

Me voy y lo hago con pena, con la misma pena que se irán detrás de mí muchos de los habitantes del pueblo en busca de un jornal que les permita subsistir. Porque descontando los olivos poco tienen con que ganarse la vida en este pueblo de gente humilde y trabajadora, sobre todo ahora que hay crisis y los albañiles no se manchan el mono con yeso. Con pena partirán llenando autobuses camino de Francia, para vendimiar y cosechar la fruta que aquí se pudre en el suelo porque nadie la quiere y casi nada vale. El pueblo perderá su luz y quedará despoblado en un otoño triste al que precederá un invierno de aceituna madura, y entonces la gente se volcará en su recogida, los bares se llenarán de cuadrillas en busca de un café caliente antes de que salga el sol y se arrancarán molinos y prensas, y las calles olerán a aceite y alperchín y la vida comenzará de nuevo.










miércoles, 31 de agosto de 2011

Libertad, igualdad, ¿fraternidad?



Me gusta debatir de política con ND, a pesar de que nuestras posturas son y serán siempre contrarias, me gusta leerlo y pensar un poco sobre lo que me dice, también me gusta pensar que él, que es buena persona y todo un caballero, querrá lo mejor para su familia y sus amigos, conociéndole hasta para sus enemigos, aunque dudo que tenga alguno. Lo que quiero decir, y ya se lo he dicho comentando en su blog o en tuiter, es que estoy seguro de que en el fondo queremos lo mismo, y eso es algo que me hace sentir bien y se lleva parte de mis miedos, aunque los caminos que nos llevan hasta allí son distintos, tan distintos que posiblemente solo existan en nuestra imaginación porque, probablemente, ese lugar sea una fantasía y si no lo es, entonces, el camino todavía no está ni asfaltado.

Hace unos días él me dijo que yo lo que quería era conseguir la igualdad a costa de recortar la libertad, he pensado mucho en ello porque fue una frase que no me hizo sentir para nada bien, soy así, algunos en su tiempo libre se tumban en una hamaca y vacían la mente, yo, como no puedo desconectar nunca, me quedo dándole vueltas a las cosas. Imagino que nadie que me conozca, aunque sea un poquito, aunque sea de leer el blog, pueda llegar a pensar de mí que estoy a favor de coartar la libertad de nadie, que estoy a favor de colectivizar los medios de producción y abolir la propiedad privada, eso no funciona ni funcionará, es más me parece una atrocidad terrible y una pérdida de tiempo tremenda que en el año 2011 tenga que explicarlo. Tampoco entiendo que cuando critico saraos como el JMJ alguien piense que critico la fe de las personas, me parece una falta de respeto y una justificación fácil de la ley del embudo, los más fervientes detractores de lo público y de las subvenciones, que han aplaudido a rabiar el espectáculo, deberían pensar seriamente si han obrado coherentemente o les ha podido el placer de tocarle la moral al contrario. Si alguien va tener la tentación de contestarme diciendo que existen cosas peores desde aquí le doy la razón, sí hay cosas mucho peores, pero que algo sea peor no convierte lo malo en bueno, es una forma de razonar muy española, y así vamos.

La libertad es algo subjetivo, aunque al leerlo suene chocante, para algunos tener un contrato de 40 horas a la semana, que se convierte sistemáticamente en más de 50, es algo cercano a la esclavitud, si ese contrato es además precario no es que sea cercano a la esclavitud, es que eres lo más parecido en el tercer milenio a un algodonero de Virginia o a un remero de las galeras que cruzaban el Atlántico, claro, que peor es ser somalí y que a nadie le importe tu vida un pimiento, pero eso sería hacer demagogia y por hoy voy a dejarlo. Para otros pagar 30 años de hipoteca es una esclavitud y para algunos más la falta de libertad puede ser pagar impuestos y no tener capacidad de decidir que quieren hacer con un dinero que tan honesta y duramente han ganado, quiero entender que ND va por ahí cuando dice que quiero recortar su libertad, pero a lo mejor me equivoco porque nunca me había planteado que tributar mermase la libertad de nadie, simplemente para mí es una obligación que tengo como ciudadano y punto. O a lo mejor también me equivoco y estamos hablando de la libertad de los mercados, esos mercados que si no fuera porque existen leyes tenderían hacia los monopolios y a los precios pactados, lo de la ley de la oferta y la demanda, al menos la que yo estudié en la universidad, en España es un cuento chino.

Opino que la igualdad es una reclamación justa y legítima del que es desfavorecido por una mera cuestión de nacimiento, creo que la sociedad actual tiene la obligación de ofrecer igualdad de oportunidades a todo el mundo, y eso que parto de un eufemismo que da mucha risa, pero me conformo con unos mínimos, como por ejemplo una educación de calidad y gratuita para todo el mundo, estoy seguro de que no pido la luna, salvo para los buitres carroñeros que en todo ven negocio sin importarles un pimiento la colectividad. Sin ella, en lugar de ser hoy ingeniero estaría malviviendo con algún trabajo de miseria destinado a los parias como yo, una pena para mí, pero si sumas a muchos como yo una pena para la sociedad, porque si hago caso de molinos en eso de que la falsa modestia es una estupidez, entonces desperdiciar mi inteligencia habría sido un mal negocio para mi actual patrón y para el recaudador de impuestos. Soy de los que opina que dinero para lo fundamental hay, y más que habría si existiese la voluntad de tener mano dura con la corrupción, con los coches oficiales, con el fraude fiscal, con las facturas sin IVA, con los contratos en negro. Cada vez que pienso en cosas así me acuerdo del jefe de mi empresa patera, facha en el amplio sentido del término, de misa de domingo, oyente de intereconomía y sin embargo defraudador sin escrúpulos y patrón de rumanos sin contrato, o del jefe de A, muy del opus él, pero que le paga en B la mitad del salario. Está muy feo tomar la parte por el todo pero a veces no puedo evitarlo, es en esos momentos cuando digo que la canción que me quieren vender tiene una letra muy bonita pero que la música desafina, la realidad desafina.

El sistema no funciona, y no va a funcionar, me parece bien limitar el endeudamiento porque yo mismo en mi casa lo hago, no me gusta deber un euro más de la que tengo y cuando no tengo empiezo a apretarme el cinturón por las cosas prescindibles, sin embargo esto va a ser el truco del almendruco para justificar los recortes sociales en lugar de recortar en reducir la administración, el gasto en defensa (de los pozos de petróleo), en obras faraónicas que no vienen a cuento que acaban cuadriplicando el presupuesto, es así y si no al tiempo. Es curioso que viviendo en una de las comunidades autónomas más endeudadas de España, ahora los mismos que han dilapidado lo habido y por haber me digan que se acabó el despilfarro, imagino que ellos lo llamaban inversión, que suban los impuestos y aparezcan las tasas como por arte de magia, que suban un 50% el metro y el autobús de manera que cuando voy a ver a mi cuñado al hospital me sale más barato ir en coche y pagar el aparcamiento, no es lógico y no lo entiendo. Como tampoco entiendo que me receten una medicina que por el hecho de ser un tratamiento crónico me sale casi gratis, a ver, yo con mi sueldo puedo pagar mis medicinas, no necesito que me las subvencionen, es ahí cuando llego a lo de la fraternidad o si alguien lo prefiere que lo llame solidaridad. No me valen las tablas rasas, cada uno debe pagar según tiene porque casi nadie es pobre por gusto, pero hoy en día nos buscamos cualquier excusa para justificar que somos egoístas: si no tiene es porque es vago, yo no ayudo a una ONG porque no sé que hacen con el dinero, si está enfermo es porque se lo habrá buscado... Lo deshumanizamos todo para hacernos más fácil nuestra hipocresía, para no dar arcadas cada vez que vemos el telediario aunque lloremos como magdalenas viendo una película de amor despechado. Escribo como casi siempre, desde las tripas y trato de no hacer un juicio de valor, pero yo, que vengo de una familia pobre que ha conocido lo que es pasar hambre hasta mi generación, sí, hambre de esa que te hace doler la tripa y no te deja ni dormir, el dolor que siento al escuchar algunos relatos de mis padres me hace ser así, pobre y orgulloso, la infancia en mi barrio del otro lado de la vía también, con nuestro balón colectivo, con nuestras raquetas hechas a mano.

lunes, 15 de agosto de 2011

Asurbanipal



Yo soy de romanos, eso lo sabe ya hasta el Tato, lo que no sé si he contado, y es que soy de memoria distraída, es que además de romanos soy de asirios, muy de asirios, a pesar de que eran una pandilla de asesinos sanguinarios que se pasaron por la piedra a babilonios, elamitas, mitanos, sirios, judíos, egipcios y hasta al apuntador, a sangre y fuego, como se hacían las cosas en la antigüedad. Tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza, las cosas de la guerra eran así, a lo mejor porque escribir una declaración de los derechos humanos en cuneiforme debía costar un huevo y la yema del otro y, total, todos sabemos para lo que sirve una declaración de los derechos humanos incluso en la actualidad, para limpiarse las posaderas. Por eso, teniendo en cuenta lo que rasca el barro cocido, decidirían que era mejor no intentarlo y hacer las cosas a su manera. Pero sobre todo soy de asirios porque me enamoré de sus palacios, de sus imponentes esfinges, de su escultura, de sus relieves, y sobre todo de las escenas de caza de leones de un rey llamado Asurbanipal que durante más de dos milenios reposó oculto en el barro.

Asurbanipal (y lo voy a escribir así, de la manera más sencilla, porque con él pasa como con Benicasim, que nadie sabe cuantas eses, emes y enes hay que poner) fue el último gran rey de los asirios, su nombre significa el heredero de Asur, el dios oficial, del imperio, aunque había muchos otros, tantos como hicieran falta para justificar el funcionamiento del mundo. Una cosa curiosa de los asirios, y posiblemente heredada de sus parientes los acadios, es que para ellos el hombre no estaba al servicio de los dioses, sino al contrario, una postura más que inteligente y que asustaba mucho a sus vecinos. De hecho el propio rey era un dios más, porque a fin de cuentas siempre acojona más matar a un dios que a un Borbón, por ejemplo, solo hay que observarle cazar leones como el que se toma un tinto de verano, una mano en el cuello del animal y la otra soltando un mortal espadazo. Es de lo más natural que los reyes sean así de majestuosos, bien con leones bien disparando a osos borrachos, la cosa es y era intentar impresionar al personal, aunque a la hora de la verdad la experiencia nos dice que en una corte con varias esposas y numerosos aspirantes al trono la vida es y era cosa de no tomársela muy en serio.

Asurbanipal no era el príncipe heredero al trono, su padre, llamado Asarhadon, nombró heredero a su hermano mayor que, curiosamente, murió ese mismo año, siempre hay una historia de un hermano mayor que debió reinar... Tras tan desafortunada pérdida Asurbanipal fue proclamado heredero a pesar de tener todavía otro hermano mayor al que hicieron rey títere de Babilonia, su nombre era Shamash-shum-ukin, pero no le duró mucho el chollo porque se rebeló contra su hermano y fue escabechado, ríete tú del bodrio ese de Enemigos Íntimos y de las Azúcar Moreno. Y alguno se preguntara ¿cómo sabemos estos sucesos de hace 2700 años?, pues porque a los asirios les gustaba escribir las cosas, increíblemente, Asurbanipal sabía leer y escribir, algo rarísimo sobre todo teniendo en cuenta lo complicada que era la escritura cuneiforme y los años de estudio que su aprendizaje requería, gracias a él hoy en día conocemos qué paso durante tanto tiempo entre las orillas del Tigris y el Eúfrates ya que entre las ruinas de su palacio en Nínive apareció su biblioteca personal con más de diez mil tablillas de barro cocido, una cápsula del tiempo esperando el momento oportuno para hablarnos.

A la muerte de Asarhadon, Asurbanipal subió al trono como “Rey del Universo”, ahí queda eso, si Felipe II hubiera sabido de su existencia se habría sentido un pobre hombre, fue un militar implacable y lo primero que hizo fue seguir con la guerra que su padre dirigió contra la otrora gran potencia de la antigüedad, Egipto, no paró de zumbar a egipcios y nubios hasta que Tebas y Menfis cayeron en sus manos, por eso no es de extrañar lo de rey del universo, porque Asurbanipal llegó a tener el control de Asiria, Media, Persia, Aramea, Fenicia, Israel, Judea, Asia Menor, norte de Arabia, gran parte de la península de Anatolia y Chipre, vamos, el mundo mundial, a esas alturas los Griegos estaban tirándose pedruscos y los Romanos etruscos. Solo quedaban por someter sus vecinos del sureste, los elamitas, que trataron de apoyar la rebelión del hermano de Asurbanipal en Babilonia y, como ya he contado antes, lo pagaron caro, los asirios tomaron su capital, Susa (no confundir con la cantante brasileña que hablaba con un topo), unas de las ciudades más antiguas que se conocen, y acabaron como reino vasallo de asiria.

Tras ello, Asurbanipal reino más o menos en paz hasta completar cuarenta y dos largos años de reinado, una buena cifra para un rey de la antigüedad. Sin embargo a su muerte se sucedieron una serie de guerras civiles que debilitaron mucho al imperio, tanto que en apenas dos décadas sucumbió a manos de una coalición de medos y babilonios. Y así pasaron los asirios a la historia, viendo como sus palacios y ciudades desaparecían bajo el fango, odiados por casi todos, y es que se lo habían ganado a pulso. Por ejemplo, una de las costumbres de la época, además de sembrar la muerte y destrucción, era deportar a los derrotados de maneras que perdieran sus raíces y fueran integrándose en su nueva tierra de acogida, lo cual debía funcionar bastante bien pero generaba gran odio y resentimiento entre los que se quedaban. Por ello, como venganza póstuma, los enemigos de Asurbanipal le rebautizaron como Sardanápalo y contaron de él que era un rey que vivía rodeado de lujo, cobarde y pusilánime que se suicido al ser derrotado, así se escribe la historia, si no has vencido en vida siempre puedes difamar en la muerte, sin ir más lejos Babilonia pasó a la historia judeocristiana como la gran puta de la antigüedad y la destrucción de Nínive fue celebrada en el antiguo testamento, Asurbanipal esté donde esté se debe estar descojonando.

miércoles, 3 de agosto de 2011

¿Zombi o fantasma?

Volviendo al tema de la muerte, sí, ya sé que estoy un poco pesadito, pero las experiencias traumáticas es lo que tienen, hay que exorcizarlas. Pues eso, que estaba yo pensando que si por alguna extraña circunstancia algún día me tengo que morir no me gustaría dejar las cosas tal cual, quiero decir, ¿me muero y catapum chinpum, o me busco las mañas para volver a dar por saco a los que me sobrevivan? Total, ¿qué hace un tío tan simpático como yo esparcido en cenizas o dando de comer a los gusanos si puedo volver a este mundo para ajustar cuentas y, de paso, descojonarme un rato?

Eso sí, no se puede volver de cualquier manera, hasta en esto de volver del más allá tiene que haber clases, por ejemplo, nada de mediums ni de ouija, ¡por favor!, que para conversaciones en las que nadie se entera una mierda y se acaba inventando la mitad ya he tenido suficiente con mi abuela, y problemas de falta de cobertura ya he tenido suficientes con Movistar, el menda por ahí no pasa ni muerto, menudo canteo. Además, ya me estoy imaginando a los cachondos que me invoquen tomándome el pelo, si desea manifestarse indignado mueva el vaso al uno, si desea manifestarse calmado mueva el vaso al dos, vamos que ouija ni de coña. Tampoco me iría eso de aparecerme representado en una pared, porque aunque da un miedo de la leche, con la suerte que gasto el día de la impresión salgo con la mismita cara de atún rojo que tengo en el carné de conducir, y bastante vergüenza voy a pasar los próximos diez años delante de cualquier agente de la benemérita como para inmortalizarme así en un trozo de cemento mientras que la peña me mira saltándoseles las lágrimas, nanay, además, con lo gilipollas que nos estamos volviendo igual hacen allí mismo un museo y salgo en un sello. Esto incluye cualquier tipo de representación como por ejemplo aparecerse representado en una tostada, es cutre, ni de coña.

Por eso me debato entre convertirme en un zombi o en un fantasma. Lo de zombi a simple vista la verdad es que es un poco mierda, mucho nombre que acojona, ¡uy, soy un zombi, cómo me las gasto!, pero a la hora de la verdad eres un piltrafilla. Si te lo montas por tu cuenta igual está bien, pero lo normal es que si eres zombi, que por cierto es una de las cosas más normales de la vida, es que acabes enrolado en un ejército de seres lentos y estúpidos, con menos cerebro que la calavera de Hamlet para ser destrozado como carne de cañón. Si yo me convierto en zombi, estoy seguro de que según salgo de la tumba el jefe de los zombis me manda de extra al Resident Evil y acabo despedazado por cualquier crío de quince años pajillero y lleno de granos. A pesar de ello, ser zombi no lo descarto del todo, me pone, si la resurrección me respeta la poca inteligencia que me queda, y parte de la mala leche, creo que podría llegar a ser un zombi estupendo, sobre todo porque con esta cara no necesitaré mucho atrezzo para ir acojonando. Yo de zombi debo hacer llorar a los leones del congreso, a la bruja mala del oeste, ¡hasta a los Mossos d'esquadra!

Si zombi ya tiene caché fantasma debe ser lo máximo, puedes hacer lo que te salga de las pelotas, aparecer, desaparecer, atravesar puertas y paredes, hablar en inglés con Whoopi Goldberg con acento de Manhattan, conseguir un crédito de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, ¡eres el puto amo!, el mundo, por muy etéreo que te parezca, está en tus manos, salvo porque no te puedes comer un bocata de tortilla de patata, pero claro ¿qué es eso comparado con hablarle en la oreja a Whoopy? Como fantasma puedes jugar con la impresión de los primeros encuentros, y yo lo sé porque he visto uno, y rematar dando la brasa sin piedad a tu víctima, a fin de cuentas tienes mucho tiempo libre y pocas preocupaciones, puedes pasarte horas dando la tabarra a quien te apetezca sin que el pringado de turno pueda hacer nada por librarse de ti, eso sí, un consejo voy a darle al futuro espectro, nunca, pero nunca jamás, hay que aparecérsele a la suegra, ella es una profesional y tú estás empezando, y, además, es fácil que por mala pécora acabe penando como tú, con la diferencia de que ella ya sabe que estás esperándola, uf, lo pienso y me da un mal rollo total porque entonces ya no vale pedirse zombi para despedazarla.

Para terminar voy a poner unos ejemplos didácticos, basados en alguna de las experiencias amorosas más traumáticas de mi juventud, para decidir cuando merece la pena ser zombi y cuando fantasma: Caso 1, amor platónico de tu vida que cuando le pides salir te dice con lágrimas en los ojos que no está preparada para una relación pero que sorprendentemente comienza a salir con el más mamón del barrio pasada una semana, ¿zombi o fantasma?, pues está clarísimo que fantasma, para que cada vez que te vea sienta el mismo horror que le corroe por dentro cuando se levanta junto al hijoputa de su marido todas las mañanas. Caso 2, rollete al que vas a visitar cuando está de erasmus en Germania y que según bajas del avión te cuenta que tiene un novio alemán y que has ido para nada, ¿zombi o fantasma?, pues clarísimo también, ni una cosa ni otra, que tuvo el detalle de colocarme en el piso de sus amigas macicísimas y resaladas, puedo prometer y prometo que al pisar Barajas su deuda estaba saldada. Caso 3, bicho infecto que aprovechando que me voy de vacaciones se va con mi mejor amigo a la playa y no precisamente para jugar a las palas, ¿zombi o fantasma?, pues de manual, rifle Remington 7400 en vida para mi amigo y para ella zombi, pero zombi armado con una motosierra y una máquina de hacer carne picada, para perseguirla por tierra mar y aire hasta Salou y allí mismo escabecharla.

Muahahahahahahahaha

domingo, 31 de julio de 2011

Pánico a una muerte ridícula


Electrocutarse al cambiar una bombilla.
Suicidarse sin mirar la Primitiva.
Ahogarse en la piscina de un barco.
Desnucarse en la bañera fornicando.

Eso cantaban los Def Con Dos hace ya unos añitos, tantos que un servidor era un universitario con la cabeza en las nubes y el pelo largo. Admito que yo a la muerte la respeto mucho, sobre todo porque las mujeres vestidas de negro que portan un arma a mí no me ponen nada, bueno, quitando a Catwoman y su látigo, pero solo porque la gata está macicísima y mis hormonas van a lo suyo y no respetan nada. Sinceramente, creo que morirse debe ser algo molesto, aunque voy a aclarar que no hablo por propia experiencia cual vulgar tertuliano, debe ser una de esas cosas que acarrean un montón de inconvenientes y, afortunadamente, alguna ventaja, que sí, como dejar de soportar a tu suegra, claro, que no hay por qué llegar tan lejos, siempre puedes tener la suerte de que sea ella la que dé el primer paso, aunque solo sea por educación y por dar ejemplo.

El otro día, en una charla de café, salió el tema de la muerte de la pobre Amy Winehouse, a mí personalmente me tocan la narices esos comentarios del tipo “si es que se veía venir”, y ya sabéis lo peligroso que es tocarme a mí las narices (literalmente, como le gusta a mi querida Anijol), si fuera porque se veía venir entonces Roberto Iniesta debería llevar ya veinte años muerto, y yo lo veo en plena forma. Lo que no puede ser tampoco, es que digas que Amy Winehouse ha muerto y alguien te conteste “¿en serio?, no me lo puedo creer”, coño, ni tanto ni tan calvo, son cosas que pasan, es como si te dicen que han encontrado a la cantante de La Oreja de Van Gogh muerta (la de ahora no, la otra, la del brazo gordo) atragantada con un trozo mal masticado de chuletón de buey y contestas que no te lo puedes creer, ¡coño!, esas cosas se ven venir, y si yo fuera ella comería la carne picada, por si acaso.

Las personas, cuando hablas de cómo les gustaría morir, te responden siempre que haciendo cosas que dan buen rollo, craso error. A mí me gustaría morir haciendo el amor, por ejemplo, esta es una de las formas menos útiles, porque quedarse a medias en un polvo es una putada aunque sea el último y definitivo, además, si la muerte te pilla follando y, además, no es un polvo de pago, estás cortando de raíz la posibilidad de repetir en el futuro, lo cual es un drama si eres de los que les cuesta un riñón pillar cacho. Otros quieren morirse mientras que están durmiendo, bueno, en ese caso por lo menos que sea durante la siesta y que te pille con el estómago lleno, porque morirse en ayunas debe ser muy triste, y perderse el desayuno es una crueldad innecesaria, solo hay que ver lo que fastidia un día no desayunar para hacerse unos análisis, vamos, es que ya no remontas el vuelo hasta el desayuno del día siguiente, de ello deduzco que un muerto que no ha desayunado no tiene que tener muy buena cara, el pobre.

Yo, si me tengo que morir, preferiría que fuese de otra manera, por ejemplo, el día en que tu pareja te va a dejar y en el momento justo en el que pronuncia la puñetera frase “no eres tú, soy yo”, en ese preciso te mueres y santas pascuas, te ahorras un año escuchando boleros y dando el coñazo a los amigos y ahí le dejas el regalo de tu cuerpo presente para que se joda, con suerte hasta puede terminar en un juicio el asunto y en unos años de cárcel por homicidio imprudente. Pero eso no es nada comparado con morir fulminado por un rayo justo cuando Ratzinger Z te da la comunión en plena jornada mundial de la casta juventud, eso sí que es morirte en modo EPIC WIN, ahí le has arruinado la beatificación por los siglos de los siglos, amén, y además cuando llegas al cielo te espera San Pedro en persona con las llaves de un chalé de lujo en la zona más exclusiva del paraíso, justo al lado de San Mamerto de Viena y Santa Dominga de Tropea, un lujazo.

En fin, no deja de ser una forma como otra cualquiera de irse al patio de los callados, pero las hay peores, las llamadas ridículas y que tanto miedo añadido y absurdo proporcionan al puñetero momento, vamos, como si nos fuésemos a quedar para ver la repetición de la jugada. Ejemplos de esas muertes podría ser el momento en el que Mariano Rajoy, presidente electo, bota en el balcón de Génova, que se desprende y cae al vacío, una muerte ridícula, claro, que siempre podría ser peor si nos ponemos en el lugar del feliz pepero al que en ese momento de caos se le cae Esperanza encima dejándolo tieso mientras que ella gasta su quinta vida adelantando de paso varias casillas más a la presidencia del gobierno, eso es morirte en modo EPIC FAIL. Lo mismo que si al buenazo de Llamazares le atropella en un paso de cebra un vehículo blindado del Banco Espíritu Santo, lo mismo que si al incombustible Rubalcaba se le atraviesa un huesecillo de faisán en la garganta y cae fulminado, muertes terribles, todas, muertes imaginarias que nos harían a las malas personas como yo descojonarnos un buen rato.

miércoles, 27 de julio de 2011

Los alaridos de la conciencia


Estoy enfadado, muchísimo, diría que indignado, pero voy a dejar la palabrita en paz porque de tanto usarla se está desgastando. Una de las cosas buenas de estar de baja es que uno tiene tiempo libre para leer la prensa, ese castigo que, por desgracia, más que disfrutar sufrimos, y aunque no es de lo que quiero hablar si que aprovecho para expresar mi estupor ante las barbaridades que se pueden escribir en los diarios. De la televisión no hablo porque ellos ya juegan en otra categoría. No es una cuestión de posicionamiento político, eso me parece hasta sano, es una cuestión de que no existe ni un miserable periódico en el que se diferencie con objetividad la información y la opinión, es que se la suda, han decidido cada uno hacerse su tortilla de patatas y es casi imposible diferenciar qué es en cada una cebolla, patata y huevo. Podría decir que es una tragedia, pero tampoco lo es, porque en este país la prensa la deben leer cuatro gatos contados, la tragedia es esta última que casi nadie lee, que casi nadie se preocupa de nada, que casi nadie se moja.

Soy de una generación que tuvo la suerte de criarse en una época mucho más comprometida, en la que nuestros padres sabían de qué dictadura se salía y ver un futuro por construir les llenaba de ilusión que tal vez hoy se ha cambiado por desengaño, pero de alguna manera eso nos lo supieron transmitir, nos hicieron pensar, definieron en nosotros unas ideologías, nos hicieron más responsables. Yo mi ideología la tengo clarísima, como sabéis soy defensor de lo público a muerte, por lo menos para las cosas fundamentales como la sanidad y la educación, eso es innegociable, y no solo por justicia social, que también, sino porque pienso que son pilares necesarios para sacarle el máximo potencial a un país, sin igualdad de oportunidades, y ya sé que es un eufemismo, nos iríamos al carajo.

Hubo un tiempo en el que vivía con la ilusión de que existía un estado que velaba por mí, y no porque alguna vez haya esperado que ese estado me resolviera la vida, eso ya traté de hacerlo yo solo dejándome los cuernos estudiando, subvencionado por alguna beca y sobre todo por los sacrificios de mis padres, no soy tan iluso. Sin embargo, si que esperaba que ese estado tuviera más en cuenta el bien de la mayoría que el bien de unos pocos, que destinaría sus recursos a proteger a los más desfavorecidos y a los más necesitados, pero no, vivo en un país en el que se protege al que más tiene, al avaricioso, a los que por pura codicia nos han llevado a la ruina, a los que han empobrecido a toda una generación jugando con fuego y que ahora necesitan ser rescatados. Estoy hasta los mismísimos huevos del doble rasero, de los miles de millones de todos que salen como por arte de magia para ayudar a los más ladrones, que no sentarán sus orondos culos en la celda de una prisión.

Se me retuercen las tripas viendo a los especuladores atizale a un país, que en el fondo somos nosotros, para sacarle hasta el tuétano a base de intereses, de la manera más ficticia posible, porque esto me recuerda a los demonios de Caja Madrid obligándome a tener un préstamo personal además del hipotecario al dudar de mi solvencia, claro, es lo más lógico, si dudas de que te puedo dar un préstamo ponme dos y quédate más tranquilo. Hijos de puta. Y en esas estamos, como el oso que baila en la feria lleno de grilletes, sodomizados pero sonrientes, porque los que gobiernan tengo claro que no se sientan en ningún parlamento. Pero lo que más me jode, es ver para qué hay dinero, hay dinero para los bancos que quiebran y para las guerras que huelen a petroleo, miles de millones de euros sin parpadear, pero no hay dinero para el que no puede pagar seis meses de una hipoteca, ¿obra social?, ¡los cojones!, hay tres mil y pico de millones de beneficios del Santander, y trescientos cuarenta y ocho del banco mundial para ayudar al cuerno de África, es de vergüenza, me gustaría ser creyente para pensar que el que manda un avión a bombardear Trípoli en lugar de mandar otro lleno de alimentos a Somalia va a arder en el infierno.

Nunca pensé que escribiría algo tan amargo, tan descorazonado, pero he perdido la fe en el sistema y me siento desnudo y abandonado. Pero no resignado, creo en la gente, en que cada uno podemos poner nuestro granito de arena para que las cosas mejoren, que no solo vale protestar y no hacer nada. No hay más que levantar la cabeza y observar la multitud de personas que sí quieren hacer algo por los demás, la cantidad de gente que se juega el pellejo para denunciar las injusticias, para que no falte un medicamento allí donde más se necesita, o una ración de comida a un niño que por la tele da mucha pena pero del que en dos segundos nos olvidamos. Antes nunca hacía una donación o me hacía socio de una ONG porque pensaba que esa era una obligación del estómago sin fondo que recauda mis impuestos, pero me he dado cuenta de que no, el 0,7% es una utopía y un engañabobos y me siento con obligación de hacer un poquito más por mi cuenta. No porque sea una buenísima persona, que va, es simplemente que no soporto más los alaridos de mi conciencia.

lunes, 25 de julio de 2011

Cómo conquisté el oeste (II)


Tras un merecido descanso y víctima del jet lag me dirigí a la fábrica a la que intentábamos timar con nuestros robots aquella misma mañana. Aunque ya me habían avisado, y no me cogió por sorpresa, lo primero que me llamó la atención fue su obsesión por la seguridad, algo absolutamente incompatible con contratarnos, porque la única seguridad que proporcionaba mi empresa era la del trabajo mal hecho y la de los numerosos impagos. De hecho, no habían pasado muchos meses desde que me llevaron al hospital de Alcalá porque un robot más rápido que yo me había dado un estacazo en plena mandíbula. Total, que tras las presentaciones con mis clientes y comprobar indiferente sus caras de escepticismo sobre mis cualidades para sacarlos del atolladero en el que se habían metido, justo las mismas que yo tenía, me llevaron a hacer el preceptivo curso de seguridad.

¡Las dos horas que pasé allí fueron inenarrables! Imaginaos una sala de proyecciones vacía equipada con una tele y un reproductor de VHS, me sientan en la primera fila y me dicen que me van a poner un video de dos horas de duración en el que me van a explicar cómo salir de allí vivito y coleando. Estaba pensando yo en un video de la NASA cuando de repente aparece delante de la cámara un señor gordo como un cachalote y de aspecto desaseado que se presenta como responsable de seguridad de la fábrica, nada de puesta en escena, qué va, el señor con una pared de fondo y ya está. Comienza a hablar con esa retranca texana que aburre a las ovejas y que no se entiende una mierda, diez minutos, veinte, media hora, sin pausas, todo en un primer plano continuo estremecedor, sin pausas ni descansos. Yo me quería morir mientras que pensaba qué narices hacía allí un chaval de Alcorcón, del barrio del otro lado de la vía para más señas, hasta que comenzó la parte divertida. Más o menos a los tres cuartos de hora, grandes cercos de sudor aparecieron en sus axilas, al poco comenzó a resoplar al hablar, a cambiar el peso de una pierna a otra y a estirar y encoger las manos, mientras la cámara grabándolo sin darle descanso, yo me retorcía de la risa en la silla. Así se tiró otra hora más, con dos cojones, en un monólogo del absurdo que ni el mejor Ozores en sus más gloriosos años.

Era acojonante la obsesión por la seguridad, admito que aquí tenemos mucho que aprender de ese tema, pero ni tanto ni tan calvo. Tras ver la película de Benny Hill y hacer un pequeño test, presenté mi seguro obligatorio por valor de un millón de dólares (nunca jamás la carne de alcorconita valió tanto) y firmé un papel por el que me comprometía a seguir las reglas de seguridad, a no beber alcohol y a no participar en apuestas, ¡menudos sosainas! con lo divertido que hubiera sido hacer una porra Dallas Cowboys – New England Patriots, además te lo dejaban bien claro, no habría segundas oportunidades, si me pillaban delinquiendo me ponían en el avión de vuelta sin pensarlo. A continuación, pasaron revista a mis equipos de protección individual compuestos por chaleco, botas, casco y unas horribles gafas de seguridad dignas del mismísimo Steve Urkel, joder si serían feas que el inspector al verlas comenzó a reírse y me dijo en un español mexicano “son muy feas, primo”, sí, eran muy feas, pero no daba el presupuesto para más en la empresa patera.

Con mi portátil a cuestas por fin pude llegar a la zona donde estábamos perpetrando nuestro último crimen. La instalación era chula, pero que aquello no iba a funcionar lo sabía hasta el Tato, salvo que el Tato no debía ser texano. Allí al lado estaba mi despacho, porque eran tan eficientes que me habían habilitado un despacho con teléfono y conexión a internet, de la de verdad, casi se me caen las lágrimas cuando vi descargarse los megas a la misma velocidad que en España se descargaban los kb, por supuesto desde el primer momento pensé que allí me iba a poner las botas pirateando cedés, porque entonces la gente no tenía ni ipods ni ipums, y doy fe de que me lucré con éxito distribuyendo cierto disco de Shakira, cuando Shakira era morena y aún le quedaba un poquito de dignidad, desde luego si me hubiera consultado su discográfica en ese momento sobre sus posibilidades de éxito en los estates las canciones esas de loba, perra y zorra se habrían adelantado por los menos seis o siete años.

El despacho era un lujo asiático, desde allí programaba el cerebro de la bestia y recibía las visitas diarias de mis dos interlocutores con el cliente, Mr. “Cover Your Ass” Owen, el hombre que todo lo escribía y registraba, y Mr. Lechón Peterson, responsable de informática y unas de las personas más empanadas que he conocido, siempre me pregunté cómo tal lechón tenía ese puesto, hasta que descubrí que su padre era dueño de una petrolera local y le tenía allí enchufado. Era tan lechón que gracias a él resolví el asunto de las gafas feas, me explico. Como había pasado muy poco tiempo desde lo del 11S, todo el mundo estaba en pleno proceso de demostrar que era un poco más americano que el vecino, banderas por aquí, banderas por allá, hasta había un modelo de gafas de seguridad llamado patriot rojo, azul y blanco, la verdad es que eran muy chulas. Pues un buen día el bueno de Bill vino a verme y dejó sus gafas en mi mesa, yo me las puse y cuando terminamos de hablar, el bueno de él me preguntó si las había visto, ¿qué gafas?, contesté pensando que se lo tomaría a broma, unas como las que llevas puestas, me las debo haber dejado en otro lado... Sin comentarios.

En aquel despacho también conocí al cachalote protagonista del video de seguridad, que se pasaba regularmente para ver si cumplía las normas, que incluían programar en el despacho con gafas y casco, ¡la madre que los parió!, por mucho que insistí en que no se me iba a caer la lámpara en la cabeza no estaba autorizado a quitármelos dentro del recinto de la fábrica, ni para ir al baño... Además de eso, el cachalote se encargaba de ver si acudíamos a nuestro refugio en los simulacros de tornado, que eran semanales. Alguno pensará en un refugio subterráneo lleno de latas de sardinas por si había que sobrevivir esperando un rescate, pues no, nuestro refugio era el servicio de caballeros que estaba especialmente reforzado. Era el horror, si aquello en el mejor de los casos olía a choto, y todo el mundo se puede imaginar cual era el peor de los casos, os podéis imaginar con cuarenta tíos dentro, casi daban ganas de que el tornado fuera de verdad y nos llevase con él lejos, muy lejos.