Una de las cosas que nos hace ir tranquilos por la vida es creer que nuestra visión del mundo es la correcta, que lo que nosotros entendemos como bueno es lo normal y que la gran mayoría de la gente es así, que piensa como nosotros.
Es un error. Un error de cojones.
Lo peor del tema es que se acaba desarrollando una especie de superioridad moral que nos permite, sin ningún tipo de reflexión, ir juzgando a los demás sin pararnos a pensar por qué alguien actúa de una manera si no es de la manera en la que actuaríamos nosotros. Por supuesto que hay cosas objetivamente buenas o malas, pero antes de juzgarlas como tales no es mal ejercicio mirarlas con el prisma desde el que la miran los demás y ver si nuestra opinión se ha distorsionado. Aunque sea un poco.
Esto viene a cuento por todo lo que llevo escuchado y leído desde el viernes por el asesinato múltiple de Connecticut. Que un pirado coja un rifle y asesine a sangre fría es algo que me espeluzna, pero no quiero hablar ni de eso ni de cómo la violencia está generalizada, eso daría para muchos otros posts que dejaremos para los comentarios o para otro día.
De lo que quiero hablar es del hecho de cómo desde aquí vemos a la gente de allí, de cómo pensamos que son, básicamente una panda de chalados con un arsenal guardado en el armario. Y muchos lo son, por supuesto, pero nunca nos paramos a pensar cómo lo ven ellos, más allá de nuestra información que se limita a saber que existen unos señores muy malos de la asociación del rifle (que son malos nivel ojalá os murieseis todos ahora mismo, es verdad) y que van sembrando de armas el país con el beneplácito de unos políticos comprados por el lobby de las armas.
Yo he tenido la suerte de hacer dos proyectos en la América profunda, uno en Wichita Falls, Texas, una pequeña ciudad en la frontera de Texas y Oklahoma, y otro en Hopkinsville, en el Condado Cristiano de Kentucky, telita. Si miráis en los enlaces que pongo os podéis hacer una idea de cómo podía ser la vida en unos lugares en los que lo más reseñable que ha pasado por allí ha sido, literalmente, un tornado. En ambos sitios conocí gente de apariencia encantadora que coleccionaba armas, pero no una ni dos, esa gente tenía en sus casas auténticos arsenales que exhibía con el mismo orgullo que su colección de herramientas y sus autos.
Para ellos es normal, es parte de su vida, han crecido rodeados de armas, son aceptadas socialmente y es un símbolo de su libertad individual que, por mucho que hagan referencia a los valores de la comunidad, está por encima de cualquier otra cosa. Por eso cuando nosotros escuchamos que lo que matan son las personas y no las armas nos llevamos las manos a la cabeza, pero para ellos es una frase cargada de lógica, y reaccionan de la misma manera que si a nosotros nos prohibieran tener un coche porque hay gente que se emborracha al volante y se lleva a una familia por delante. Los coches no matan solos.
Recuerdo que en el Condado Cristiano no se podía comprar ni una cerveza después de ponerse el sol ni el domingo, ni para tomarla en casa. Sin embargo recuerdo las gavetas llenas de balas, como si fueran gominolas, vendidas al peso. A muchos les conté mi sorpresa por no poder comprar una cerveza en domingo pero sí una pistola, ¿sabéis la respuesta?, pues que no entendían la relación ni por qué se lo planteaba.
Luego pasa lo que pasa y, como en cualquier sitio, cuando sucede una desgracia se lloran lágrimas de cocodrilo y a los tres días a otra cosa mariposa. Es algo que están dispuestos a asumir, que probablemente sucederá a un tercero, como nuestros muertos en la carretera que no son de nadie hasta que te toca.
Con su pan se lo coman.


