jueves, 25 de junio de 2015

Para Paula

Hoy es un día muy especial, Paula cumple 40 años y sus compañeros del Club de Lectura hemos decidido que un acontecimiento tan importante merece escribirle un post para que sepa cuanto la queremos. Esta frase en sí misma no significa mucho, porque podría ser prácticamente nada, pero no, como creo que ella ya se imagina la queremos un montón, la queremos como dice la canción, con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento, porque a Paula hay que quererla así, a lo loco, dándolo todo, como lo hace ella, que menos.

Conocí a Paula porque es amiga de Bichejo, por entonces se hacía llamar Livia y claro, no podía pasar desapercibida para alguien que sea muy de romanos. Creo que rompimos el hielo jugando al Apalabrados, aunque debería decir que la que jugaba era ella porque admito con cierto bochorno que es una de las pocas personas a las que no he podido ganar NUNCA, y juro que yo no soy manco, pero nada. Es más, una vez cuando estaba a punto de conseguirlo va y se le ocurre hacerme una jugada de cien puntos en la última jugada, y no sería sincero si no admitiese que en ese momento la hubiera estrangulado con mis propias manos. Menos mal que no lo hice.

Después vino el club, y a pesar de todo lo que penamos leyendo el club es algo maravilloso, es tan maravilloso que preferimos penar a pasar página, y es tan maravilloso porque además de la pasión por leer nos une una fuerza invisible que nace del cariño, y aunque Carmen me tilde de cursi, que lo soy, en el club hay mucho cariño y mucho respeto por los demás, algo que forma parte de las amistades que vas haciendo cuando eres adulto, porque sin respeto no hay amistad, o como diría alguno de mis compañeros “si no hay mata no hay patata”.

 También hay en el club una parte que nos lleva a aprender de los demás, porque yo quisiera tener el buen gusto y la templanza de Jorge, la capacidad crítica de Carmen, la vitalidad y entusiasmo de Bichejo y los conocimientos de literatura de Paula, algo que tal vez me convertiría en alguna especie de súper-héroe lector. Curiosamente Paula nos ha llevado por caminos muy tortuosos, caminos que al principio corrían paralelos a la cordillera de los Andes y más allá, y ahí ha habido mucho dolor, bueno, prácticamente el mismo dolor que hemos pasado en otros continentes, y lo peor no era leer el libro y ya, no, de eso nada, lo peor era encima leer su reseña, pulcra y razonada, descubriendo mil matices que a mí se me habían pasado y que me hacían sentir como un vendedor de crecepelo a la puerta de una asociación de calvos.

Pero todo esto es anecdótico, lo importante de Paula es que una vez que formas parte de tu mundo te hace sentir que eres importante para ella, pero de verdad, porque notas que te abre su corazón y hasta su casa. Me encanta que sea así, y me encanta que sea arrebatada e impetuosa defendiendo sus opiniones, las cuales comparto CASI siempre; admiro su capacidad de lucha y que no exista trinchera suficientemente profunda que no pueda asaltar cuando cree que la causa es justa. Me parto de la risa o me acongojo cada vez que nos enfrenta al abismo del mundo cucú, un mundo chungo al que hay que derrotar poniéndole delante el espejo de su propia estupidez, y eso Paula lo hace como nadie, aunque me tenga siempre en vilo pendiente de si con tanto arrojo un día se pasa de frenada.


Paula cumple hoy 40 y está radiante, y yo, que ya he pasado por ahí, creo que es un momento estupendo de la vida, y más si como ella afrontas una maternidad que nos hace felices a los que la queremos, a los que esperamos que ya no salga de nuestra vida y que podamos ver como educa a su hijo feliz y lejos de la estupidez. Paula se merece que la quieran y post mucho mejores que éste para demostrárselo, aunque espero estar demostrándoselo con algo más que con palabras. Feliz cumpleaños Paula, de mi parte y de mi pequeña familia, te queremos.

lunes, 1 de junio de 2015

La isla de los pingüinos


Este mes, los ya casi ex-miembros del Club de Lectura 2.0, hemos leído “La isla de los pingüinos”, una novela satírica escrita nada más y nada menos que por un premio Nobel, Anatole France, a propuesta de Paula. Si se creía Anatole que eso ablandaría nuestros corazones estaba apañado, porque aquí hemos venido a odiar y nosotros odiamos con la fuerza de los mares, nosotros odiamos con el ímpetu del viento, nosotros odiamos en la distancia y en el tiempo, nosotros odiamos con nuestra alma y con nuestra carne, nosotros odiamos como el niño a su mañana, nosotros odiamos como el hombre a su recuerdo, nosotros odiamos a puro grito y en silencio, nosotros odiamos de una forma sobrehumana, nosotros odiamos en la alegría y en el llanto, nosotros odiamos en el peligro y en la calma, nosotros odiamos cuando gritas cuando callas, nosotros odiamos tanto, nosotros, nosotros odiamos tanto.

La editorial nos hace este resumen del libro: “En esta parodia de la historia de la civilización. Anatole France ha elegido como protagonista a un animal gracioso y endomingado que recuerda a la caricatura de los burgueses de finales del XIX y principios del XX: los pingüinos. La isla de los pingüinos arranca con un episodio hilarante: el bautizo por error, a cargo de san Maël, de los pingüinos del ártico. A partir de ahí, Anatole France describe en forma novelada los rasgos más notables de la historia de la humanidad, mezclando el amor y la guerra, el poder absoluto y la revolución, la religión y la especulación financiera, incluso insinuando la guerra nuclear y denunciando los rasgos más característicos del actual proceso de globalización, que a lo que se ve, no son nada nuevos. Es difícil a veces contener la risa al leer este texto heredero de Rabelais y Swift y que se anticipa a Orwell.”

Dicho todo esto, que no es más que marear la perdiz, tengo que empezar diciendo que el libro me ha gustado, a pesar de que no sea nada ameno, pero es que la aspirar aquí, en el club de tortura, a la diversión es utópico. Sin embargo tengo que abrir el debate de si está reñida la diversión con la buena lectura, si leemos para matar el tiempo o para tratar de aumentar nuestra perspectiva del mundo, porque si lo importante es lo primero no os leáis este libro, pero si al contrario pensáis que merece la pena un esfuerzo como parte del intercambio que nos propone el escritor le podéis dar una oportunidad, porque a pesar de que el libro se estira más de lo que seguramente muchos desearíamos, en su interior sigue habiendo perlas que merecen ser leídas, y tal vez son las mismas que habría en la mitad de páginas, seguro que sí, pero eso no hace que dejen de existir y que su lectura sea maravillosa.

Anatole France, que debía ser una persona tremendamente inteligente, seguramente debía saberse todo esto, porque sin duda tiene pinta de importarle poco la opinión de lechuguinos de su siglo y del nuestro, pero a este lechugino le gusta más la letra que la música de su novela, y empatiza con un señor nacido más de un siglo antes que él y que es capaz de sacarle los colores a la propia historia en sí misma, a los cuentos de hadas que nos han ido contando, a la obra y milagros de la iglesia, a la virtud de Juana de Arco, que no es otra que la virgen y santa Orberosa querida Bichejo, a los emperadores, a los burgueses y hasta a los mismos revolucionarios, sin dejar títere con cabeza, algo tan francés como ganar todas las guerras, incluso las que se han perdido.


Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Paula y Bichejo, daos prisa, que se acaban.

viernes, 1 de mayo de 2015

Canciones de amor a quemarropa



Este mes, los inasequibles al desaliento miembros del Club de Lectura 2.0, hemos leído “Canciones de amor a quemarropa”, una novela escrita por el debutante Nickolas Butler, a propuesta de Bichejo que es la que nos lleva por el camino, para algunos tortuoso, de la narrativa actual norteamericana. La verdad es que, después del esfuerzo (gratificante pero esfuerzo al fin y al cabo) que supuso la lectura del libro del niño paseante, una novela sin grandes pretensiones ni comeduras de coco me apetecía leerla, hecho que confirma el habérmela leído en unos pocos días.

Como anticipo tengo que admitir que a mí el libro me ha gustado, mucho más al principio que al final, porque soy de la opinión de que está malísimamente rematado en un claro caso de “cómo salgo yo ahora de este jardín”. Pero estoy seguro de que esto no es lo que habéis de leer en el resto de las reseñas del club, porque ya en el primer capítulo me di cuenta de que teníamos un caso Irving a la vista, aunque ya quisiera este señor escribir lo bien que escribe Irving. Desde ahí sabía yo que Bichejo iba a pasárselo sensacional, que Carmen valoraría lanzarlo por la ventana, y que ND lo iba a odiar con todo su corazón, que es muy grande y por tanto capaz de albergar mucho odio (me relamo de placer solo de pensar en lo que me voy a reír leyendo su reseña). Y Paula como está en modo positivo dirá que el mundo es un lugar maravilloso y punto profundo.

Libros del asteroide nos hace este resumen del libro: “Henry, Lee, Kip y Ronny crecieron juntos en el mismo pueblo de Wisconsin, Little Wing. Amigos desde niños, sus vidas comenzaron de manera similar, pero han tomado caminos distintos. Henry se quedó en el pueblo y se casó con su primera novia, mientras que el resto lo abandonó en busca de algo más: Ronny se convirtió en un famoso cowboy de rodeo, Kip en exitoso agente de bolsa y Lee en una estrella de rock de fama mundial. Cuando se vuelven a reunir en una boda, todos tratan de recuperar su vieja amistad pese a lo mucho que han cambiado. Entre la alegría del encuentro las antiguas rivalidades renacen y los viejos secretos amenazan con destrozar amistad y amor. Una novela sobre las cosas que importan: el amor y la lealtad, el poder de la música y la belleza de la naturaleza. Un relato maravilloso, emotivo y profundo que trata de un viejo tema: ¿podemos sentirnos alguna vez realmente en casa?”

La verdad es que, a pesar de que yo recomendaría leer el libro, sigo alucinando en como se pasan algunas opiniones y críticas de frenada, porque, si bien a mí llegan a interesarme las relaciones que se establecen entre los personajes, no creo que estemos ante nada trascendental que desnude con tal sensibilidad conceptos tan abstractos. Imagino que de esto hablaremos largo y tendido en el podcast, pero sin ir más lejos en la página de Amazon se pueden leer estas críticas que o bien yo soy un cacho de carne con ojos o bien yo me he leído otro libro:

«Una novela sobre una pequeña ciudad de Winsconsin y un grupo de amigos que están ligados a ella. Las partes más líricas de este emotivo libro hablan de como los personajes están casi físicamente ligados los unos a los otros. Impresionante y original.» The New York Times

«Una de esas raras novelas que pese a estar ambientadas en un lugar y tiempo muy concretos hablan de verdad de la condición humana. Un libro breve y notable. Una novela que una vez leída no se olvida.» The New Yorker

Vamos, que yo no he encontrado ni la lírica ni la verdad de la condición humana, a pesar de que no hay que ser de un pueblo de Winsconsin para entender los conflictos básicos que nos plantea la novela ligados al desarraigo, la amistad, el amor y la lealtad enfrentados al desgaste del tiempo. Pero debe ser que algo no me deja completar el puzzle y es por eso que no llego a ese nivel de emoción al que por ejemplo si llego con otra historia de amigos que tratan de reencontrarse en otro pueblo de esa América profunda tan recurrente como es la película Beautiful Girls, en la que los personajes son puestos ante tesituras muy parecidas con mucho más éxito.

Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Paula y Bichejo, este mes, como siempre, son de lectura obligatoria, justa y necesaria.

miércoles, 1 de abril de 2015

El tiempo de los regalos



Este mes, los esforzados miembros del Club de Lectura 2.0, hemos peregrinado durante el mes de marzo leyendo “El tiempo de los regalos”, de Patrick Leigh Fermor, a propuesta de ND, por segundo mes consecutivo. Un libro que los que entienden de estas cosas catalogan como uno de los clásicos de la narrativa de viajes, y sí, efectivamente, después de pasar muchas horas de este mes, pero muchas, recorriendo media Europa a través de sus páginas, puedo dar fe de que es así, es un libro de los que en este club catalogamos “de señores que caminan”.

¿Qué significa esto? Pues que a ND le va a encantar, que Paula y Bichejo van a quejarse más que un rabino en el muro de las lamentaciones y que Carmen va a aburrirse más que viendo un partido amistoso de los suplentes de la selección contra la República Checa. ¿Y yo? Pues depende, en general me gustará, pero de diez minutos en diez minutos, tras los que o bien cambiaré de lectura o bien decidiré si reposo en la almohada la oreja izquierda o la derecha. Y es que esta vez, desgraciadamente, la cosa ha sido así, una lucha titánica por seguir leyendo cada día un poco más, y no porque el libro no me haya gustado, al contrario, me ha dejado una sensación buena, justo la misma que cuando acabas entre calambres y medio deshidratado la carrera popular de tu pueblo.

Afortunadamente, el bueno de Patrick, que también le tuvo que poner empeño en escribir el libro, fue publicando sus viajes en varios libros, y, más afortunadamente todavía, ND sólo nos pidió leer el primero, por lo que sus andanzas han quedado del todo inconclusas y no sé si algún día le daré otra oportunidad, posiblemente la respuesta será sí, porque aunque el protagonista y autor pueda parecer por momentos algo soso y mojigato, no se tarda nada en tomarle cariño en sus andanzas.

RBA nos hace este resumen del libro: “A finales de 1933, a punto de cumplir diecinueve años, Paddy Leigh Fermor se cargó la mochila a la espalda y emprendió un viaje iniciático que le llevaría desde su Londres natal hasta Estambul, cruzando a pie el corazón de una Europa milenaria por la que entonces empezaba a extenderse la sombra del nazismo. El vital y despreocupado viaje significaría para el joven Leigh Fermor dar ese paso tan trascendental de la adolescencia a la edad adulta. Más de cuarenta años más tarde, con la participación activa en una guerra mundial y una vida a cuestas, el sexagenario Leigh Fermor quiso plasmar por escrito aquella experiencia única. Fruto de ese deseo son El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, dos magníficos libros en los que plasma diferentes etapas de aquel itinerario repleto de bosques, paisajes, castillos, pueblecitos y una multitud de personas de la más diversa clase y condición. Teñidos de una leve pero inequívoca melancolía y narrados con la sabiduría que dan los años, El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua son dos excepcionales joyas literarias únicas en su género. ”

En primer lugar, este señor me infunde un profundo respeto. Hay que ser alguien muy especial para con 19 años calzarse unas botas, meterse unas pocas libras en el bolsillo e irse caminando hasta Estambul. Creo que sólo por eso ya me tiene metido en su bolsillo, pero es todavía mucho más impresionante conocer las inquietudes de su vida, que nos va contando por el camino, y muchísimo más impresionante aún ver su nivel cultural, especialmente en el arte y en la literatura, a su edad y reconociendo que no había sido nunca un estudiante especialmente brillante. Al principio piensas que hay bastante de pose y bastante de realidad inventada, hasta que, terminando el libro, descubres algunos extractos sacados literalmente de su diario y ves que no hay trampa ni cartón en lo que cuenta.

Me ha resultado muy interesante la parte del libro que se centra en todo lo que tiene que ver exclusivamente con el viaje, de manera que no es difícil visualizar el camino, pero sobre todo me llega a emocionar la descripción de la gente con la que se va encontrando porque es capaz de describirla dentro de su contexto politico-social del periodo de entreguerras que me parece fascinante. Sin embargo, me ha hecho sufrir con las constantes descripciones infinitas y las frecuentes enumeraciones que no aportaban al conjunto tanto como el autor pudiera pensar, más bien provocan el efecto contrario; son fuente de desesperación e invitan al abandono en los brazos de Morfeo. Y haber abandonado este libro hubiera sido una lástima, porque es buena literatura y está escrito con un estilo claro e impecable, todo lo impecable que podríamos esperar de un caballero inglés con mucho mundo a sus espaldas.

Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Paula y Bichejo, seguro que me equivoco muy poco respecto a la previsión que hago en el segundo párrafo. Corred a comprobarlo.

martes, 10 de marzo de 2015

Los cojones con comer trigo

Lo han vuelto a hacer, ahora los salvajes han destrozado Dur Sharrukin, el palacio de Sargón II, rey de los asirios. Ellos no sabrían quién era ese señor, pero les da igual, a mí no y quiero que a vosotros tampoco os dé lo mismo. Sargón II se llamó así en honor de Sargón, rey de los acadios, que había vivido sobre el año 2200 a.c. Unos 1500 años antes que él, ahí es nada, y es que la antigüedad es mucho más extensa de lo que nos parece. ¿Por qué era importante Sargón? Pues porque fundo el imperio acadio, que fue el primer imperio del que tenemos constancia por esas tierras, hasta ese momento cada ciudad era un estado y los acadios terminaron con ello. Además los acadios fueron los primeros en tener la idea de que los dioses estaban para ayudar a los hombres y no lo contrario, algo que los salvajes están muy lejos de comprender a pesar de que hayan pasado otros 2500 años.

Os presento a Sargón. Admirad su barba porque es maravillosa:


Los asirios siempre se habían considerado sucesores de los acadios, una idea tan absurda como si nosotros nos considerásemos sucesores de los visigodos, pero Sargón II tomo el nombre como muestra de poder y tal vez porque ambos Sargones habían llegado al trono de manera ilegítima, total ¿qué más da? A mi lo que me importa es que fue precisamente Sargón II el que comenzó lo que hoy conocemos por la biblioteca de Asurbanipal, uno de sus futuros sucesores, un conjunto de 22000 tablillas en las que se habla de ciencias, de matemática, de astronomía, de religión, de comercio, de geografía, etc. que apareció enterrada en la ciudad de Ninive, que será la próxima en caer, y que nos ha permitido conocer el mundo mesopotámico como no hemos conocido ningún otro mundo de la antigüedad. Este era Sargón II saludando posiblemente a uno de sus generales:


Todo lo que hemos conocido de la antigüedad gracias a ellos tiene un valor incalculable, no es que haya que atribuirles un mérito directo, porque sus actos no eran para la posteridad, pero por suerte parte de su legado fue cubierto por la arena y el barro y nos ha llegado intacto hasta nuestros días. Siempre hacía la broma con mi amigo Antonio, cuando nos decidimos a hacer historia por la UNED, que los malvados ingleses, franceses y alemanes habían expoliado todo el oriente medio, y menos mal, porque era mucho más fácil ir a Londres que a Mosul. Al final los salvajes han conseguido que tipos del siglo XIX con más sentido de la aventura que escrúpulos, hayan salvado a Sargón y los suyos de una muerte definitiva. Qué pena.

Pero desgraciadamente, tengo que sumar algo más a mi pena, el uso torticero que de estos crímenes se hace. Hace unos días leí en tuiter esto que me llenó de indignación porque es hacer demagogia con el tema hasta las trancas:


Pero es que hoy me encuentro con esto que me parece infinitamente peor por ventajista y sectario de alguien que no me lo esperaba, es lo que se llama fuego amigo:


Esta claro que ya vale todo con tal de arrimar el ascua a tu sardina, de cualquiera, porque si lo que se quiere es llamar talibán a Montoro o a Wert existen formas mucho más elegantes y menos populistas de ajustarles cuentas, como por ejemplo recordándoles lo nefasto de su mandato. Porque nada tienen que ver los cojones con comer trigo.

viernes, 6 de marzo de 2015

Donde muere la civilización





Cuando los amantes de la historia pensamos en el origen de la civilización, inevitablemente volvemos nuestros ojos a esa tierra bañada por los ríos Tigris y Eúfrates que ha sido llamada Mesopotamia desde la antigüedad. Desgraciadamente, y por una especie de ironía macabra, todos, amantes de la historia o no, volvemos los ojos al mismo lugar cuando pensamos en la más absoluta barbarie, un lugar donde miles de años después esa misma civilización corre el riesgo de ser destruida. Hoy a esa tierra entre ríos la llamamos Iraq y la estamos dejando morir al otro lado del televisor, como si no fuera más que un plató de cine en el que pelean buenos y malos.

Así, sentado en mi sillón, he podido ver como unas alimañas han destruido la ciudad de Nimrud, una de las cuatro capitales asirias, y se me ha roto el corazón, la pena que siento es tan grande que me obliga a escribir estas líneas para cambiar por letras mis lágrimas. Al que crea que exagero le invito a leer este otro post que escribí hace ya casi cuatro años, cuando era inimaginable, al menos para mí, que la barbarie pudiese llegar tan lejos. Y siento más pena todavía por toda esa gente atrapada en el infierno sólo por haber nacido en un lugar tan maravilloso en un tiempo equivocado, escribiría por ellos también, pero lo que mis tripas quieren decir mis dedos se niegan a teclearlo.

He tenido la suerte de conocer esos dos ríos en mis viajes por Turquía, los turcos me pasearon por el Eúfrates y los kurdos por el Tigris para enseñarme una ciudad muy pequeñita llamada Hasankeyf que, según me dijeron tenía una antigüedad de 10000 años. Pocas veces he sido más feliz que ese día, mirando esas aguas de un azul turquesa y su puente roto que tantos habían contemplado antes de mí allí mismo. Gente de diferente color de piel, gente que en multitud de idiomas habrían adorado allí mismo a dioses olvidados y a dioses modernos, gente como tú y como yo, cuyos descendientes se sentían orgullosos de mostrarme su herencia milenaria, a pesar de la decadencia visible. Habría que ser muy cretino para en ese momento no sentir otra cosa que un profundo respeto.

Por eso, yo, que soy consciente de lo circunstancial del lugar de mi nacimiento, soy capaz de hacer parte de mí lo suyo, soy capaz de comprender que cuando decimos que un lugar es patrimonio de la humanidad es porque realmente es parte de nuestra herencia colectiva como seres humanos, y siento que me agreden cuando destrozan un Lamassu unos desgraciados que ni siquiera saben qué significa aquello que están destruyendo, tanto como si volasen por los aires el acueducto de Segovia o la catedral de Santiago de Compostela. Porque en esto no debe existir ni la distancia ni la indiferencia, pensar que el problema es de otros, escurrir el bulto y mirar a otro lado nos hace a todos más miserables y a este mundo peor.

Quiero que el mundo al que pertenezco combata esta lacra hasta las últimas consecuencias, porque si hace tres mil años los asirios no hubieran imaginado que existiría una declaración universal de los derechos humanos yo ahora no puedo aceptar que en el mismo lugar del mundo que fue su imperio esa declaración en el 2015 sea papel mojado. No puedo aceptar que nadie mueva un dedo con verdadera determinación para que se cumpla porque, nos guste o no, estamos perdiendo esta guerra y algún día, avergonzados, diremos que se puedo hacer más, que se reaccionó tarde, que había demasiados intereses enfrentados que nos ataban de pies y manos. No puedo aceptarlo, me niego, son fanáticos, no tienen cabida en el mundo y sin complejos hay que exterminarlos.


Y mientras, con el corazón en un puño buscando un falso consuelo, me repito que las esculturas que tanto admiré sólo eran piedra, sólo eran piedra, como sus corazones. Malditos sean.

domingo, 1 de marzo de 2015

Por amor a la física

Este mes, los libertinos miembros del Club de Lectura 2.0, hemos malgastado el segundo mes del año leyendo “Por amor a la física”, de “Un señor que no voy a mencionar”, a propuesta de ND. He de decir que, cuando se decidió el reparto de libros, éste era uno de los que más me apetecía leer, porque, a pesar de lo mucho que tuve que sufrirla como estudiante de ingeniería, a mí la física me encanta y alguna vez todavía abro alguno de mis libros, ya un poco amarillentos, y me recreo leyendo algún capitulo con la despreocupación del que ya no se juega los cuartos.

Pero no podían ser las cosas tan sencillas en el club, ni siquiera con un libro que habla de algo tan inofensivo, a priori, como la física, por supuesto que no, así que, por arte de birlibirloque nos hemos visto envueltos de cierto mal rollo a causa de una denuncia por comportamiento sexual inapropiado contra el autor. Ahí es nada, ya os podéis imaginar los ríos de tinta que han corrido por nuestro grupo de WA para decidir si a “Un señor que no voy a mencionar” le hacíamos una reseña o no. Al final hemos decidido dar libertad a cada uno de los miembros para que publicase o no, somos muy de respetar las libertades de los demás, seguro que mucho más que el autor, y por mucho que sea inocente hasta que no se demuestre lo contrario.

Yo voy a hacer uso de esa libertad para pasar de puntillas por el libro, que si os digo la verdad a mí no me ha entusiasmado, y es que de un libro de divulgación lo mínimo que se puede pedir es que te enganche al tema que cuenta, y éste es un quiero y no puedo, de tal manera que si la física ya te gustaba te quedarás como estabas, y si no te gustaba harás que no quieras tocarla ni con un palo, porque todo el entusiasmo que “Un señor que no voy a nombrar” intenta transmitir es vacuo y bastante decepcionante.

La editorial Debate nos vende la burra con estas buenas palabras: “Durante más de treinta años como profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), “Un señor que no voy a nombrar” perfeccionó su peculiar arte de enseñar y de hacer de la física algo accesible y divertido. En sus cursos, siempre prácticos, ha llegado a colocar su cabeza delante de un martillo demoledor o a aplicarse una sobrecarga de trescientos mil voltios para explicar conceptos básicos a sus estudiantes. En Por amor a la física, “Un señor que no voy a nombrar” responde a preguntas curiosas: ¿Es posible que seamos más bajos estando de pie que estando tumbados? ¿Por qué los colores del arcoíris siempre están ordenados del mismo modo? ¿Sería posible tocar alguno con la mano? “Un señor que no voy a nombrar” acompaña a los lectores en un viaje maravilloso abriendo nuestros ojos ante la increíble belleza y el poder con el que la física puede revelarnos los mecanismos ocultos del mundo que nos rodea. «Para mí», escribe “Un señor que no voy a nombrar”, «la física es una forma de ver lo espectacular y lo mundano, lo inmenso y lo diminuto, como un bonito y emocionante conjunto de interrelaciones», «sumerjo a las personas en su propio mundo, el mundo en el que viven y con el que están familiarizadas pero que todavía no abordan como físicos.» “

Preciosas palabras las de “Un señor que no voy a nombrar”, pero que lo hubieran sido más aún si no hubiese dedicado los años de su senectud a, presuntamente, acosar a sus alumnas del curso online pidiéndoles fotos con poca o ninguna ropa. Y es que, como las cabezas a veces se trastornan, “Un señor que no voy a nombrar”, astrofísico experimental, tal vez ha decidido cambiar su amor a la física por el amor a las físicas, algo muy lícito si no es delinquiendo, y tal vez también piense que se ha confundido de campo de estudio y esté ahora más interesado en otros tipos de sistemas binarios y agujeros negros. Todo el asco que me provocan ese tipo de comportamientos creo que me los voy a reservar para el podcast, que promete ser jugoso.


Como siempre, encontraréis otras opiniones en las reseñas de Desgraciaíto, Carmen, Paula y Bichejo, y esta vez prometo que no tengo ni idea de si vamos a salir por soleares, requiebros, tarantos o bulerías.